6.3.15

Tiempo de Cine: Tiempos del Olympia

“El Salón Olympia estaba situado entre las carreras séptima y trece, costado sur de la calle 25. El recinto media por lo menos setenta metros en el sentido este oeste y unos treinta metros de ancho. La cabina de proyección, al fondo, quedaba al oriente, junto a los palcos principales un tanto elevados sobre la platea, para el público que pagaba más y veía de frente la pantalla instalada en medio del salón. A ambos lados de platea, los palcos laterales para familias abonadas. La galería para el púbico de menos ingresos, que veía la proyección la revés, se desarrollaba hacia occidente, donde estaba el escenario, con telón pintado por Coriolano Leudo, tramoya, socavones y camerinos” (Tiempos del Olympia, p.54)

En 1992 la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano –FPFC- publicó un libro de lujo en su diagramación y contenido, Tiempos del Olympia, investigación histórica que describe y analiza un período trascendental en la exhibición cinematográfica colombiana y sus relaciones alternas con la producción y el posicionamiento comercial y fílmico de los denominados pioneros del cine colombiano en cabeza y juicio de los hermanos Di Domenico. Investigación a cargo de dos apasionados cinéfilos vinculados a la gestión y preservación de nuestro patrimonio audiovisual: Jorge Nieto –Q.E.P.D.- y Diego Rojas, historiadores del cine colombiano vinculados al proceso de fortalecimiento de nuestras imágenes en movimiento como afición, entrega, y oficio en dirección de una divulgación eficaz.    

El primer proyecto editorial de la FPFC celebra los 80 años de la inauguración del Salón Olympia de Bogotá el 12 de diciembre de 1912. En sus agradecimientos los autores ponen de manifiesto la labor encomiable de Leila El´Gazi quien “recogió, descifró y ordenó la voluminosa y dispersa información textual y gráfica”, reflejo directo que notamos en cada una de las 132 páginas en la citación entrelazada con el bosquejo analítico, y descriptivo que se cruza con diversas imágenes de complemento asemejándose a un viejo álbum familiar de cartas, postales, recortes de prensa, y  fotografías.

Al abrir el libro, encontramos los lazos familiares que serán nombrados en el desarrollo de vínculos empresariales, árbol genealógico interesante que deja entrever las relaciones sociales y matrimoniales, complemento ajustado a los registros fotográficos de “los protagonistas”: Francesco Di Domenico Cozzarelli, Vincenzo Di Domenico Cozzarelli, Giuseppe Di Ruggiero, Erminio Di Ruggiero, Giovanni Di Domenico Mazzoli, Donato Di Domenico Mazzoli.    

La organización de esta función escrita se presenta a usanza de los programas cinematográficos o eventos artísticos programados por nuestros salones de espectáculos, con seis actos iniciales, un intermedio visualmente bello,  y cinco actos finales que se presentan tal cual maravillosa forma quijotesca; terminado con un índice de películas, y el listado de fuentes usadas.  


El efecto mediático de un salón lujoso para la capital colombiana, desplegó una serie de comentarios de prensa que vislumbraban un cambio para la ciudad en sus formas de acercarse al cine, con regularidad se enfatizaba en comparaciones con otros teatros europeos, reseñas de películas, y su orden moral dentro del contexto de las buenas costumbres adoptadas por el Estado en su constitución política de 1886:

…“Próximamente se estrenará un magnifico aparato cinematográfico de los señores Di Doménico Hermanos, último modelo, en un magnifico edifico estilo europeo, que con tal objeto se edificara en san Diego”, se informó desde febrero de 1912. La noticia daba detalles sobre la instalación eléctrica (“será propia”) y sobre la capacidad de los patios y salones (“para 5,000 personas”).
“Por fin tendremos en Bogotá un teatro al estilo de El Olympia de París o de la Alhambra de Londres”, se afirmó con entusiasmo en junio a propósito del “gran salón para toda clase de diversiones”, dotado con “todas las condiciones de elegancia y confort […] parece que el edificio será destinado específicamente para exhibiciones cinematográficas”. En octubre se anuncia el 2próximo traslado” del aparato de los Di Doménico “del pabellón de Mecánica del Bosque al nuevo y elegante Teatro Olympia”, y se avisa de la “enorme y variada remesa de películas” traídas de Europa, “entre las cuales hay muchísimas de interés directo para Bogotá”, con la advertencia  e que “ninguna de las nuevas películas adolece de inmoralidad”, pues “`para la escogencia de ellas se tuvieron ante todo en cuenta el gusto bogotano y la tendencia ilustrativa que a esta clase de espectáculos ha querido darse en los pueblos civilizados del globo. Que así sea” (p.57).     

Los innumerables momentos de encuentro que tuvo la sociedad bogotana en el “gigante” de San Diego, estuvieron marcados por las imágenes en movimiento, piezas musicales, conferencias académicas y políticas, actos de beneficencia, reinados de belleza, encuentros causales y amorosos, discusiones acaloradas, bullicio de niños, el rumor dirigido a los recién llegados, y así significativamente toda una serie de formas de pensar y sentir del acontecer de un momento importante alrededor de un espacio público central dispuesto para el goce que podía pasar a las “noches de angustia” ante el inconformismo de los asistentes ante alguna obra que se salía de sus formas de ver y pensar el mensaje fílmico. 

Revisando el listado de cintas que se reseñan en la obra, Nieto y Rojas destacan las nacionales, en su orden alfabético: Aura o las Violetas; Bajo el Cielo Antioqueño; El Charquito; Carnaval de Barranquilla en 1914; Como los Muertos; Conquistadores de Almas; De Barranquilla a Girardot; Dos Nobles Corazones; El Amor, el Deber, y el Crimen; El Cronófono subiendo por los Andes; El Drama del 15 de Octubre; Inauguración del Monumento a Ricaurte; La Fiesta del Corpus y de San Antonio; La Fiesta de las Flores; La Fiesta del Domingo 14 en la Escuela Militar; La Hija del Tequendama; La Procesión Cívica del 18 de Julio; Las Fiestas del centenario de Cundinamarca; Maniobras del Ejercito en el Puente del Común; María; Primer Congreso Mariano Nacional (y de Homenaje a la Virgen de Chiquinquirá); Ricaurte en San Mateo; SICLA Journal; “Última Fiesta de Noviembre”; Una Notabilidad Rural.

Inferimos que muchas de los filmes presentados hacen parte de un primitivo principio cinematográfico de registrar el acontecer diario en fiestas, paradas castrenses, encuentros religiosos, celebraciones patrióticas, y noticieros de variedades; igualmente algunos largometrajes nacionales representativos del periodo silente sobrevivientes del desastre del vinagre por el acetato de celulosa fílmico, otros simplemente esfumados del proyector de los tiempos, reconstruidos por medio del dato de la crónica, el periodismo, y la historia del cine colombiano.

El Teatro de Cine, como objeto estudio en Colombia, ha tenido pocas investigaciones, y tal vez solo una que se centre en las diversas aristas de las posibilidades que el cine ofrece en aspectos como la exhibición, la producción, la crítica, el público, la tecnología, la economía, etc. Precisamente Tiempos Olympia nos ofrece esa posibilidad historiográfica de acercarnos a diversos temas en el marco de un eje central de recepción social a través del cinematógrafo. Momento histórico de Bogotá que podemos analizar desde diversos puntos de la historia cultural.

En su último aliento, el libro nos pone ante la caída literal de los muros del Salón Olympia, reflejo directo de décadas pasadas ante los cambios suscitados en el paso del teatro de barrio al cineplex; ya en ese momento, cambiaba la ciudad, se ampliaba, desplazaba, y reconstruía, y en eso no era ajeno la grandeza arquitectónica que adornaba la esquina de la calle 25:

…Un sábado de mayo de 1945 la prensa publicó: “El Olympia sintetiza toda una época de gratas y hermosas añoranzas, casi medio siglo de encantadores recuerdos para varias generaciones de pura estirpe santafereña que por primera vez contemplaron las grandes hazañas de héroes ya desaparecidos, que vieron admirados el embrujo de aquel endiablado apartito por cuyos haces de luz brotaban imágenes, ruidos y sonidos milagrosos”. El domingo se exhibieron  “en matinal, a 0.15, Chan en Río y ¡Qué par de reclutas!, en matiné doble a 0.30 Blanca Paloma y el corto de Manolete, y en vespertina y noche, a 0.20, El Capitán Blood para todos”.
El siguiente lunes terminaron los días del Olympia, cuando una piqueta municipal, “la piqueta del progreso”, comenzó a demoler sus muros y estructuras para dar paso a la continuación de una calle, la actual carrera novena, que trazaba un nuevo destino al terreno. Después quedaron solamente estos recuerdos del más importante salón de cine en los que fueron los tiempos del Olympia” (p. 130).    

Así, cada ciudad tiene en su memoria colectiva -cada vez menos narrada-, las influencias y gustos por el arte mágico del entretenimiento donde el cine cabe con todos sus significados. En la búsqueda, en el encuentro, y en la compilación documental, podríamos descubrir muchos salones o teatros que marcaron una época, un territorio, y funcionaron como cohesionadores de sentimientos aunados al vaivén de la agitada vida urbana, o al sosiego insoportable de una población bucólica.        

Finalmente, podríamos ubicar este libro como un clásico de la literatura que sobre el cine nacional, y uno de sus teatros más representativos, se ha escrito en el país; conexión del archivo fílmico que demuestra la experticia, el gusto desmesurado por el cine, y la “amabilidad” de los investigadores en entregarnos un documento para el deleite de la lectura, y la observación gráfica.


Ahí queda el ejemplo, una forma entre muchas de hacer historia del cine.      

23.2.15

Mirando solo a la tierra

Cine y sociedad espectadora en Medellín (1900-1930)
Autor: Germán Franco Díez
Editorial Pontificia Universidad Javeriana
Taller y Oficio de la Historia
2013, págs. 238


La historia local del cine colombiano se sigue escribiendo en libros de publicación universitaria, cumulo de trabajos que posibilitan ir atando hilos desde estudios de casos con periodos definidos que amplían el espectro hacia una historia regional, nacional y globalizadora. El caso reseñado es la investigación del maestro Germán Franco Díez, investigador consagrado a la comunicación desde el sentido de lo público, formado en la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad Nacional, interesado en la historia cultural, la relación de la comunicación con la cultura, los géneros y formatos televisivos, las narrativas audiovisuales, las culturas juveniles, la responsabilidad social y la convivencia.   

Su investigación analiza desde la capital antioqueña la “sociedad espectadora” que nace, se establece, se desarrolla, y trasciende bajo la luz del cinematógrafo en el espacio público que lo ubica como dispositivo cultural de divertimento ante otras posibilidades ya comunes de esos espectadores “clásicos” influenciados por las fiestas religiosas, el teatro, la zarzuela, el circo, la ópera, el canto, las corridas de toros, y el ilusionismo, sólo por nombrar algunas que el autor posiciona como espectáculos paralelos.

El libro Mirando solo a la tierra presenta a quienes nos interesa la historia del cine colombiano, una pesquisa interesante que usa como sustento teórico autores que abordan el hecho histórico de las imágenes en sentido práctico vinculantes al arte, el libro, la música, el cine, etc; y los tan necesarios y enriquecedores contenidos de recursos periodísticos representados en El Colombiano y El Bateo; entrando en comunión y dialogando en los contenidos que presenta Franco desde la introducción, cuatro capítulos, las conclusiones, y los anexos.

En resumen, el autor nos presenta:

…La historia de cómo llegó el cine a la ciudad y cómo fue usado; qué películas se proyectaron, en dónde, cómo se proyectaron, cómo las veía la gente, cómo se percibían sus relatos e imágenes; qué prácticas culturales se desataron y cuáles se debilitaron ante la proyección cinematográfica, y qué nuevos relatos y representaciones construyó Medellín acerca de sí misma gracias al cine son los temas que aborda este libro (pág. 15).      

Las preguntas realizadas pueden caer en la sencillez y obviedad de quien las lee rápidamente sin detenerse en el objeto de estudio donde se suscitan. En contexto, contenido y objetivo desarrollado, podemos identificar en la lectura pormenorizada del libro que estas son respondidas de manera eficiente para el lector, posibilitando traspasar esa frontera entre el documento académico y el texto básico informativo.   

  El concepto “modos de ver”, traído desde el análisis de la pintura por John Berger para el contexto británico, es el que nos plantea Germán Franco Díez para su objeto de estudio en Medellín, entendida y puesta en la práctica de esa sociedad en avance, y explicada así:

… Los modos de ver no se entienden como una manera de mirar sino como una manera de nombrar prácticas colectivas de contemplación o entretenimiento que están asociadas no solo a los contenidos del espectáculo mismo sino a la forma como se presenta, es decir, el ritual de ir al cine, la oscuridad, la manera de relacionarse, el lugar en sí (pág. 25).

El ritual de ir al cine se encumbra en la puesta en escena de los diversos temas que descubrimos en treinta años de análisis, todos a través del espectáculo fílmico en una ciudad a portas de la modernidad urbanística, cultural, social,  y tecnológica. Teniendo igualmente en cuenta su contexto político en el marco del desarrollo centralizado por los gobiernos conservadores de turno, y lo que implicaba eso en aspectos educativos, moralizadores y sociales en las instituciones cotidianas representadas en la iglesia, las escuelas, y los gobernantes locales, lo que indirectamente nos lleva a un proceso de mentalidades en el accionar cotidiano de los medellinenses, y en ellos, un “modo de ver” y escuchar esas historias que le mostraban a través de un lienzo, tan distantes de su escenario geográfico, pero tan universales en sus sentimientos colectivos y personales.


El primer capítulo, Hacía una sociedad espectadora, nos ubica con las relaciones entre cine y sociedad, cine e historia, las socialidades de la sociedad espectadora y su territorio, el paso de la sociedad parroquial a la sociedad espectadora, finalmente la historia del cine en Medellín. 

El segundo capítulo, Modos de ver: Medellín, una parroquia silenciosa (1900-1913), entra en temas referidos al encuentro con el espectáculo cinematográfico, y la ciudad como factor de cohesión en aspectos referidos al aporte del cine como artefacto tecnológico y visual con sus primeras proyecciones, modos de ver y acción comercial; sumado a las prácticas colectivas y cotidianas de algunos oficios donde se vinculan otras maneras ya “clásicas” de diversión.

El tercer capítulo, Un agradable desengaño: el cine convierte a Medellín en sociedad espectadora (1912-1924), analiza ampliamente las posibilidades que el cine entrega en diversos temas derivados de su consumo  y encuentro en aspectos que tiene que ver con el orden público, la delincuencia, la educación y complemento en otros espectáculos. También encontramos la posición del cine  como nueva empresa ventajosa para la economía local con las compañías que entraron en el negocio de la producción, y la exhibición con la aparición de los teatros como escenarios para “exaltar las pasiones”.

El último capítulo, El “hechizgo” del cine: los modos de ver en la sociedad espectadora (1924-1930), expone los avances de la técnica cinematográfica en aspectos como el montaje, las sagas, y el paso del silente al sonoro; además de la relación entre la moral, el cine y con ella la censura.  

Valor agregado de esta investigación es la posibilidad que el autor nos entrega en sus anexos para revisar la lista de espectáculos entre 1908-1916; además del listado de películas que pasaron por los teatros y salones de la ciudad entre 1909-1930, cintas que pueden ser tomadas en cuenta para estudios comparativos con otras ciudades del país, y así identificar dinámicas de exhibición y recepción con respecto a esos “modos de ver” de nuestros pobladores en el marco de un posicionamiento relevante del filme como forma de entrar a otros escenarios de encuentro en la línea de sociedad espectadora.

Con este libro tenemos un gran ejemplo de acercarnos al hecho cinematográfico como tema de estudio desde la historia y en el contexto de las sociabilidades de una ciudad. Esperando que su uso sea efectivo en cursos y electivas sobre la historia de Medellín desde aspectos culturales, sociales y urbanísticos. Que no se quede en el estante oscuro del olvido sin su uso para explicarles a los niños,  jóvenes, y adultos de la capital antioqueña, las formas de expresarse y presentar el cine en el contexto de los años 1900-1930.

En el marco de la historiografía del cine colombiano desde estudios de caso locales, sin mencionar la ciudad de Bogotá, nombramos dos investigaciones que se acercan al objeto de “esculcar” en nuestras ciudades el cine como medio de comunicación y divertimento que se posiciona en las cotidianidades de una sociedad en crecimiento, el caso de Barranquilla en Blanco y Negro de José Antonio Nieto Ibáñez dividido en tres tomos: Historia del séptimo arte en la ciudad 1876-1935; La historia de la ciudad a través del cine; El cine sonoro y parlante llega a la ciudad 1908-1935. Y la investigación ya reseñada en este blog de Angie Agudelo Rico, Bucaramanga en la Penumbra: la exhibición cinematográfica 1897- 1950.

Barranquilla, Medellín y Bucaramanga, quedan examinadas en los primeros treinta años de nuestra historia fílmica desde la exhibición y producción cinematográfica en sus primeros treinta años del Siglo XX. ¿Cali dónde queda en el período de estudio? A la espera de una pesquisa del profesor Ramiro Arbeláez que seguro ayudará a dilucidar otro espacio geográfico para encontrar diferencias, y encuentros en las formas de presentarse el cine en sus entornos más comunes.

Nota: Un antecedente importante de estudio en la capital de Antioquia es el libro de Edda Pilar Duque La Aventura del Cine en Medellín, publicado por la Universidad Nacional e Colombia y El Áncora Editores en 1992.                      

14.2.15

El cine nacional en la Revista de Estudios Colombianos

Nos. 33-34, 2009

Asociación de Colombianistas y Wabash College

Un número especial dedicado al cine colombiano aparece un poco invisible ante los escenarios académicos donde la cinematografía nacional entra como objeto de estudio. Se trata de la edición especial de la Revista Estudios Colombianos en sus números 33-34 publicada en el año 2009, con la responsabilidad editorial de la Asociación de Colombianistas y Wabash College, y la dirección como editora invitada de la Dra. Juana Suárez, reconocida investigadora en las idas y venidas de nuestro cine, con su mirada juiciosa y crítica para potenciar los contenidos que encontramos para el deleite del lector interesado en nuestras imágenes en movimiento.

El logro de esta publicación se encuentra en los diversos temas del cine colombiano que van y vienen en aspectos significativos que se vinculan a nuestra realidades filmadas en ficción: con adaptaciones literarias; ejercicios de memoria desde el oficio de director; entrevistas que entran en el escenario de reconocimiento del autor, con sus adaptaciones, problemas y eficiencias; y un panorama bibliográfico básico de reconocimiento centrado en textos recientes venidos desde los beneficios institucionales con las becas de investigación.



En su introducción El cine colombiano: ¿es posible otra mirada?, Suárez expone dos factores como principios de la publicación: primero, la propuesta siempre vigente en su discurso académico de generar diálogo entre los investigadores y sus pesquisas sin importar el campo de estudio y su espacio geográfico  de desarrollo; segundo, al afirmar:

…Por otro, poner en esa mesa de diálogo otros elementos y épocas del cine colombiano. Con sus aciertos y fallas, la Ley de Cine del 2003 ha generado interés sobre estudios del cine colombiano pero ante todo material de trabajo, convocatorias, publicaciones, festivales y exhibiciones.  Con cierto ritmo, el cine colombiano ha ido superando el  “síndrome de los diez años” (cada director hacía una película cada tanto), para pasar a un balance anual más copioso de, por lo menos, doce a dieciséis películas colombianas al año. La calidad de las mismas se mira con optimismo por algunos sectores, con pesimismo por otros. Un punto de partida, entonces, ha sido entender este momento de la producción fílmica colombiana como arte de un proceso y como uno de los intentos sólidos de generar industria cinematográfica (pág. 4).

En momentos de despegue fílmico con nuevos y consagrados directores del medio nacional, y la amplia participación en festivales internacionales, el material de insumo para el análisis del cine contemporáneo colombiano se incrementa para presentes y futuras investigaciones en diversos campos de estudio, recordando la prioritaria y básica necesidad de reconocer la historia del cine colombiano en sus diversas etapas de desarrollo; lo anterior, para que las nuevas generaciones de cineastas no se crean el cuento que el cine colombiano solo tiene veinte años de desarrollo.

 Para los interesados en el contenido de la revista, con sus respectivos artículos que pueden leerse en su totalidad ir a:



28.1.15

El jardín –indeseado- de amapolas

Realizar una película sobre La Violencia de los últimos treinta años en Colombia, supone retos difíciles para el cineasta que entra en el territorio de la vida política y social de nuestro país. Hacerlo, sin miedo de usar el “nombre propio” de los actores del conflicto, es otro desafío en momentos donde las tormentas de los odios son recias en algunos grupos y una esperanza tenue se vislumbra como oportunidad para terminar un conflicto de muchos años.       

Estrenada a finales del año pasado, la obra de Juan Carlos Melo Guevara nos muestra el universo rural de algunos pobladores del sur colombiano, exactamente el Departamento de Nariño y su problemática con el conflicto colombiano donde guerrilla, paramilitares, narcotraficantes, y la desatención del Estado, representan un solo monstruo de muchas cabezas que devora las esperanzas de  Emilio y la de su hijo Simón, entrando en sus vidas la delicadeza y candidez de Luisa, para sumergirnos en una historia que parece sencilla pero que vemos como se complica cuando los avatares de las necesidades que se dan por el desplazamiento y la situación económica, involucran a los personajes con el negocio turbio de la savia lechosa que se saca de la vaina de la bella flor.


La excelente dirección actoral, el paisaje de la geografía nariñense, y un guion bien desarrollado sin pretensiones más allá de narrar una historia contemporánea con elementos del pasado violento colombiano, da motivos para insistir que faltan muchas películas que se acerquen y discutan nuestras situaciones sociales en contexto, sin importar los “campos de batalla” y los escenarios de representación donde se instauren con la ya reconocida economía del recurso. Nuestro cine colombiano con Jardín de Amapolas, tiene una obra que sirve de ejemplo para demostrar como el desplazamiento por parte de la guerrilla, las masacres de los paramilitares, y el negocio del narcotráfico, suman al mal habido repertorio del teatro de operaciones nacional, en pueblos lejanos y  desconocidos con el abandono constante de los gobiernos de turno.

Los niños y su inocencia nos llevan a momentos representativos de alta acción e interés para los que observamos y sentimos en algunas escenas la dureza de nuestra ajena realidad, y que parecen fuertes a la luz de los que todavía se imaginan un país lleno de “realismo mágico”. Los niños en el cine, y con ellos los adultos como factores de encuentro y discusión, posibilitan aunar historias que van más allá -en algunos casos-, de eso que no imaginamos, pero que sentimos tan cercano a la realidad de un país políticamente complicado.    

Se celebra que Jardín de Amapolas haya llegado a algunas de nuestras salas de exhibición, obviamente con la in-soportable soledad de poquísimos asistentes que apoyan y se deciden por un cine de calidad técnica y artística por fuera de la oferta fatídica que vemos cada fin de año desde la órbita nacional. Fue una breve emoción  que valió la pena ver y reseñar.  

Datos de interés
http://www.jardindeamapolas.com/
https://www.youtube.com/watch?v=JuXCJCC8aso
http://www.proimagenescolombia.com/secciones/cine_colombiano/peliculas_colombianas/pelicula_plantilla.php?id_pelicula=1878
   

14.11.14

Belleza Coronada

Noviembre trae lluvia, inundaciones, y reinas, seres de la “animalandía” colombiana con medidas perfectas 90 60 90 que representan nuestras regiones, en caravanas representativas que mezclan reuniones familiares, apoyos políticos, y lagartearía televisiva desde uno de los canales privados colombianos que orondo se posicionó en nuestra historia televisiva como el canal oficial del reinado nacional de la belleza. Siendo un país de reinas coronadas y sin coronar, nuestras bellezas se metieron en la idiosincrasia nacional desde el año 1934 según las reseñas históricas, y pasaron al formato cinematográfico como hecho noticioso en nuestros cines por medio de cintas que mezclaban variedades: visitas presidenciales, inauguraciones institucionales, juego de loterías, ciclismo –vuelta a Colombia-, entre otros; allí, ellas ponían el acento en blanco y negro de unas medidas “imperfectas” que denotaban otro rasgo y sentido de belleza. 

Pero el rating ha bajado, ya el evento en Cartagena tiene otras connotaciones,  su público se ha alejado a otros programas, a otras realidades nacionales; la pequeña caja de los sueños no es la misma de los años ochentas y noventas del siglo pasado, cuando el programa era obligatorio ese fin de semana de puente para verlas saltar en trajes “folclóricos”, en trajes de baño, y llenas de fantasía por algún diseñador de moda. La presión mediática bajó, e importa un bledo cómo se llama la ganadora, qué traje lucio y a qué departamento pertenece; ahora nos ocupamos más por sus errores al responder preguntas sobre cultura general, para abochornarlas, burlarnos en las redes, y creer que son unas niñas tontas, postizas y puestas allí para que disfruten unos pocos días de fama. 

En “busca del dato perdido”, sobre otros temas más bellos, encontré una interesante referencia sobre El primer concurso de belleza en Colombia, publicado por la Revista Cromos en el año 1965, escrito por Lucy Nieto de Samper y con Fotos de Mult. Documento que posibilita entender ciertas sensibilidades y cotidianidades de la feminidad, de las relaciones sociales de una sociedad conservadora y convencida de esa herencia cultural venida de la tradición española desde una pequeña ciudad del centro vallecaucano.   


A continuación el texto para que la seriedad retorne al querido trono, y el toque de frivolidad se torne interesante:

El primer concurso de belleza en Colombia se hizo en 1904
Cuando el siglo XX amaneció en Colombia, la patria se encontraba pobre y sangrante... Liberales y conservadores se empeñaban en una guerra fratricida y miles y miles de hombres morían en los campos de batalla.

En el gobierno, un hombre viejo y achacoso, trataba de conducir al país desde su exilio de Villeta, lugar en donde tuvo que instalarse a causa de su precaria salud.
La vida era muy difícil y el país económico estaba paralizado. El comercio se hallaba arruinado, la producción en todos sus órdenes era casi nula, y el peso estaba tan devaluado como el actual...

Cuando cesó el fuego en los campos de batalla, se fueron aplacando las pasiones y adormeciendo los odios, y parecía que iba a amanecer por fin una época de recuperación y progreso, el país sufrió un daño irreparable: la separación de Panamá...       

Mientras tanto, el mundo vivía otras experiencias: Inglaterra pasaba por una época de bienestar y de progreso, bajo el austero gobierno de la reina Victoria. Francia, dejando aun lado sus guerras y sus derrotas, se abría paso por el camino de la comodidad y el placer. Era la época de los “frufrús”, los volantes, los encajes, los adornos. En París, modistos, joyeros, decoradores se entregaban con entusiasmo a trabajar en realzar el encanto de la mujer y acentuar sus atractivos… En la moda se moldeaba el busto, se apretaba la cintura casi hasta la asfixia para formar el “talle de avispa”, y conferir a las caderas su valor… Las faldas se ceñían al cuerpo para abrirse a ras del suelo en amplios vuelos, y las cabezas sostenían grandes sombreros cubiertos de pájaros, flores y frutas… las mujeres se adornaban también con capas, boas de plumas, encajes, broches y toda clase de “perendengues” y recargos, era la “belle epoque”…, la era de la galantería, el reinado de la mujer…

EN COLOMBIA UNA REINA. –Pero si en Francia todo era propicio para que la belleza se exaltara, para que venerara en todo su esplendor a la mujer, en Colombia no había sino problemas… dificultades, contratiempos… No obstante… en una pequeña población del Valle del Cauca –la alegre Buga- los habitantes Vivían su “belle epoque”, y se preocupaban por elegir a las más bellas.

Los reinados de entonces, claro está, eran muy diferentes. Las costumbres austeras, las modas, no permitían el análisis tan minucioso que se hace ahora de los encantos femeninos. Y la belleza se juzgaba únicamente por la perfección de los rasgos de la cara, que era, por lo demás, lo único visible en la mujer, ya que entonces usaban trajes muy largos que las aprisionaban desde el cuello hasta el tobillo.

Y así fue como se desarrollo el primer reinado de belleza en Colombia: los notables del lugar se reunieron y escogieron las muchachas más bonitas y más distinguidas, y en poder de los nombres convocaron al pueblo a un plebiscito, para que en esa forma se eligiera a la mejor. Por medio de “esquelas” que se repartieron de casa en casa, solicitaron los votos para las siguientes señoritas: María Fernández de Soto (hoy esposa de don Alberto Cucalón), María Luisa Campo Rivera (contrajo matrimonio con el Dr. Peregrino Ossa), Luisa Sinisterra Concha, Paulina Sanclemente Cabal (quien casó con don Rafael Fernández de Soto), Francisca y Eulalia Cabal Salcedo, María Martínez Escobar (Señora de don Luis Azcarate), Inés Pombo Martínez (esposa del Dr. Gustavo Martínez), Raquel Becerra, Lucía Sanclemente (que fue casada con el Sr. Francisco cabal), Carmen Becerra Escobar (quien fue esposa del Sr. Braulio Rivera), y Raquel Becerra Fernández de Soto.

La votación favoreció a la hermosa Carmen Becerra, quien fue entonces coronada reina; la acompaño en calidad de princesa la señorita María Martínez Escobar. Esto ocurrió en abril de 1904. Patrocinó ese primer concurso de belleza el semanario Zig-Zag, un periódico de tamaño tabloide con sólo cuatro páginas, que dirigía el Dr. José Joaquín Hurtado y administraba don Regulo Domínguez.


INFORMACIÓN DE PRENSA. –Familiares de la primera reina de belleza colombiana, Sr. Luis Eduardo Domínguez y Sra., conservan como reliquia un ejemplar amarillento de Zig-Zag en donde bajo el título “Concurso de Belleza” se informó al público sobre la elección de la reina. En algunos apartes decía: “… por fortuna, y aun cuando se excusaron muchos sufragantes y otros –los menos- no se dignaron a dar respuesta alguna a nuestra esquela, no por eso hemos dejado de saber cual de las muchas flores ha merecido el triunfo. Triunfo, es verdad, obtenido sin esfuerzos de inteligencia y sin ruido de fusiles o cañones, más no por eso menos glorioso. Porque es una manifestación de la justicia humana, que corona una de las obras de la creación, es decir, una de esas producciones que la naturaleza, en sus momentos de delirio, se complace en forjar como para dar una prueba objetiva de las bellezas del cielo o del poder de Dios…”

MUCHO VA DE PEDRO… A PABLO. –“Triunfó sin esfuerzos de inteligencia”… “inteligencia virgen”… eran atributos de la época. La mujer de entonces no existía sino como adorno del hogar. Era “el destello del amor infinito, incomparable y bello” y la perenne inspiración de compositores y poetas. La mujer de principios del siglo XX, vivía en una urna de cristal… y el hombre le rendía pleitesía… Eran en verdad otras épocas… Pero regresemos a la reina:

Carmen Becerra nació en Buga en el hogar del señor coronel Gustavo Becerra Baca y de la señora Carmen Escobar Rivera. Eran miembros de familias muy distinguidas. Por la línea materna, la reina descendió de familias de rancios abolengos, como los Álvarez del Pino. Y por la línea paterna abundan intelectuales de pura cepa bugueña.

Carmen no conoció a su madre –también una hermosa mujer- porque murió al dar a luz a la niña. Y por eso vivió al lado de una tía, doña Tulia Becerra. Fue tal el cariño por quien amorosamente reemplazó a la madre, que cuando se llegó la hora del matrimonio de la linda joven, le puso como condición a su novio seguir viviendo en la casa de la tía. El aceptó y vivieron con ella. 

Por lo mismo que la niña –que fue bellísima desde chiquita- no conoció a su madre, todos los parientes se dedicaron a consentirla. En la casa de campo de sus abuelos paternos, en las afueras de Buga, construyeron una casita con techo de paja, para que Carmen jugara con sus muñecas…

MURIO EN PLENA JUVENTUD.- Cuando la sociedad bugueña eligió a Carmen Becerra como la mujer más bella, iniciando así los concursos de belleza que hoy se dan silvestres en el país, la joven no tenía sino 16 años. Tres años después, el 17 de agosto de 1907, contrajo matrimonio, en elegante ceremonia, con el doctor Braulio Soto Rivera. El matrimonio fue tan feliz como efímero, pues la esposa fallecía siete años después, a la edad de 26 años. Por extraña coincidencia, la primera reina de belleza murió un 11 de noviembre, la fecha que 33 años después se consagró para realizar en Cartagena los concursos nacionales de belleza.

NOTA.- Estos datos, realmente curiosos y quizá desconocidos, nos lo facilitó don Luis Eduardo Becerra, pariente de la reina.                 

Nota: los puntos suspensivos y las palabras en mayúscula, corresponden al texto original.



6.11.14

Qué se cumplieron 40 años de la publicación de Ojo al Cine! ¿Pero a qué hora?

Seminario Historia de Cali siglo XX
Área Cultural Banco de la República Cali
Noviembre 13 de 2014
Hora: 5 pm.
Lugar: Auditorio Área Cultural Banco de la República –Cali
Teléfono: (2) 8836945, Conmutador: (2) 6847750, Fax: (2) 8834352

Dirigido aUniversidades, Colegios, Redes Culturales, otros. Público en general.

Presentación
Se cumplieron cuarenta años de la publicación Ojo al Cine, revista editada por el Cine club de Cali en los años setentas del siglo pasado, momento importante para el ámbito de la crítica y exhibición fílmica de uno de los cineclubes más importantes de la Historia del Cine en Colombia que tuvo diversos autores y temas de interés cinéfilo para una comunidad local, nacional e internacional.

Celebraremos en el Seminario Historia de Cali Siglo XX organizado por el Área Cultural del Banco de la República en Cali, los 40 años de Ojo al Cine con tres intervenciones que mezclan una investigación académica y los aportes de dos integrantes del Cine club de Cali que ejercieron como amigos, coordinadores, programadores, y editores de la revista recordada.    

                             Imagen: Títulos de la portada del boletín y la Revista Ojo al Cine.
 Fuente: Yamid Galindo Cardona, Cine club de Cali 1971-1979, Tesis de grado                                              Licenciatura en Historia, Universidad del Valle, 2006.

            Programa
-Publicaciones del Cine club de Cali 1971-1979 
Por: Yamid Galindo.

-Que 40 años no son nada…
Por: Patricia Restrepo.

-Ojo al Cine y el Grupo de Cali
Por: Ramiro Arbeláez.

 ¡Cordialmente invitados!

Nota: Para una mirada inicial sobre el significado de la Revista Ojo al Cine en el ámbito de exhibición cinematográfica del Cine club de Cali, revisar:






21.10.14

Cantinflas: ¡Ahí no está el detalle!

El género del biopic o película biográfica, siempre tendrá la dificultad de escoger los hechos más relevantes del escogido, por lo tanto para algunos aficionados o conocedores de la estrella filmada, quedará la insatisfacción de que algo quedó faltando en la historia narrada; con la particularidad de ser obras que exponen los mejores momentos del biografiado, obviando en la mayoría de los casos los acontecimientos que dejan mal parado a ese ser humano relevante en un contexto particular de la vida política, social, o artística. La película Cantinflas de Sebastián del Almo no es la excepción a la regla, nos quedamos con una parte que identifica al cómico en sus inicios, a Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes, pobre económicamente, pero con ganas de deslumbrar en sus actos de payaso de carpa hasta descubrir su don básico y eterno: el enredo parlanchín, sin sentido, divertido, y asociado a su vestimenta lastimera de vago.   

La cinta recrea algunas relaciones afectivas, los problemas familiares, las condiciones como actor-productor de sus obras, los conflictos con el medio artístico del sindicato de actores mexicanos, y su afición por la tauromaquia. Además la entrada a Hollywood con la cinta de Michael Anderson La Vuelta al Mudo en 80 Días, éxito taquillero que logró el premio Oscar a mejor película en 1956, y a Cantinflas el Globo de Oro como mejor actor de comedia-musical, convertido en hecho relevante que la película atraviesa paralelamente como recurso narrativo mientras descubrimos al personaje en altos y bajos de su posición como hombre público y privado. Las grandes ligas de la producción norteamericana se muestran abiertamente con algunos iconos de la historia del cine como Chaplin y su famosa frase resaltando el papel de su colega mexicano, hecho particular que supuestamente desenreda las dudas e intenciones del actor para acomodarse a la producción internacional que le valió mayor prestigio.

Un punto alto de la obra es la actuación de Óscar Jaenada, quien logra cautivarnos con la interpretación hasta el punto de sacarnos una sonrisa en su parodia del mexicano universal, muy puesto en el trabajo de cómico, y demasiado serio en la representación de Don Mario, dos papeles en uno que llevan al espectador a discernir las dificultades del ser humano ante la fama, y su acomodamiento a otra escala social de alcances impensados en el hombre que nos presentan al inicio, y que paulatinamente se descubre hasta tener un disfraz, y transformar su rostro por medio de un pequeño bigote alargado y partido, momento que suma a la anécdota del porque su mote.  


¿Cuál es el encanto del film? ¿Por qué la sala repleta con público de todas las edades? Una de las respuestas es la identificación de Cantinflas como icono artístico latinoamericano, vinculado a la Edad de Oro del cine mexicano, y por lo tanto referente de ciertos espectadores que crecieron y se acomodaron a las exhibiciones de nuestros teatros. Por lo tanto, es generacional y hereditario, referente familiar que identificamos en cualquier espacio cultural donde su imagen se explota; sumándole las posibilidades semanales de ver alguna película en la parrilla televisiva, o por el contrario acceder fácilmente a su cintas desde otros formatos y medios de visualización.           

Para identificar a la estrella, y darle mayor sentido a la obra desde las situaciones que no percibimos, es relevante el aporte de Juan Diego Parra sobre Cantinflas, análisis certero que posibilita entrar en la “opera cantinflesca” partiendo e tres fases definidas en su obra:

…La primera es representada por el personaje en cuanto tal, o sea el pelado vagabundo, marginal y oportunista, que habita las calles del D.F. Mejicano sin ningún norte definido capaz e trabajar sólo por pocas horas, suficientes para sacar algún provecho económico inmediato que se derive en estados permanentes de embriaguez, y que le permitan los favores de alguna dama bella. La segunda fase enmarcada al Cantinflas abstracto que representa a caracteres conocidos o bien de la literatura clásica o bien de la historia…; la tercera época se refleja en la caracterización de personajes públicos con algún rol social, como diputados, sacerdotes, maestros de escuela, empleados de ministerio, etc…, que sostuvieron la carrera tardía de Mario Moreno, dándoles una directriz monótona, conformista e inofensiva (Revista Kinetoscopio, No. 65, 2003, pág. 102).

Cada etapa se define por un cumulo de obras que arrancan en el año 1936 con No te engañes, corazón, culminando en 1981 con El barrendero; en total, más de cuarenta películas sumándole algunos cortos realizados entre los años 1939-1940 donde Cantinflas interpreta diversos personajes con el influjo de su figura de “fresco” vagabundo, y la entrada al escenario de las adaptaciones literarias e históricas con el toque dramático y burlesco que deja acercarnos un poco a su origen por medio de gestos y enredos. Culminando con el actor “estirado” temeroso de envejecer, de habla lenta, y queriendo ejemplarizar moralmente su  entorno social y cultural, esquina opuesta de sus inicios que en algunos casos choca con el espectador que no logra acomodarse a esa versión final de su vida artística.

Parra igualmente analiza a Cantinflas desde la distinción de ciertas máscaras que definen su puesta en escena:

…La máscara lingüística: El juego verbal de Cantinflas descubre la debilidad del interlocutor, lo desnuda y lo hace vulnerable. Mientras más se desnuda al otro, más se encubre Cantinflas, menos expuesto está.  
La máscara de la insensibilidad: la coraza de la insensibilidad es otra máscara empleada por Cantinflas, definible desde la teoría bergsoniana de la risa, en donde ésta para producirse debe despojarse de cualquier sentimiento, de cualquier inclinación sensible hacía el otro. El otro debe ser objeto y objetivo de risa, por tal no puede ser subjetivado por el afecto...: Cantinflas trivializa el dolor ajeno y se sirve del suyo propio para conmover y obtener beneficios…; Cantinflas trivializa toda clase de sentimientos dolorosos ajenos. El dolor de la muerte, por ejemplo se hace irrelevante en su obra.
Máscara del melodrama o manipulación del sentimiento ajeno: El otro siempre es victima de sus propios sentimientos y eso lo sabe bien Cantinflas, por eso se escuda en la compasión que pueda inspirar en momentos específicos para adquirir algún beneficio (2003, 70-74).

Las caretas expuestas identifican lo que el personaje entrega y expone a su interlocutor, para hacerlo, es necesario un adversario, desnudándolo en sus intenciones o enredándolo en sus propósitos con tres elementos directos y básicos de su dirección escénica, eficacia que se logra con la soltura en algunas de sus cintas, y que cae en la monotonía con la repetición del esquema hasta el aburrimiento. Cantinflas entra en el escenario popular por los rasgos distintivos que podemos identificar en sus fases y máscaras, podemos observar en sus personajes centrales, y paralelos, una semejanza con la vida cotidiana que nuestros pueblos latinoamericanos han vivido, sobretodo en aquellos filmes donde su retrato es exacto o semejante al hombre o mujer común y corriente que debe sobrevivir ante las circunstancias de sus necesidades básicas.

Identificado inicialmente en el espacio colombiano como payaso torero que visitaba las plazas taurinas, Cantinflas transitó luego a las pantallas de nuestros espacios cinematográficos, sobretodo a aquellos que tenían el rotulo de la franquicia Teatro México y su distribuidora Pelmex –películas mexicanas-, todo un circuito de salas que ponían el acento cultural de un país para mexicanizarnos un poco, y asumir sus estrellas musicales a través de la radio, el cine, y posteriormente la televisión. Pero luego, en los años ochentas, y a sus 75 años, la visita de la curtida estrella se dio para ser presidente del jurado de nuestro Festival de Cine de Cartagena, muy protegido de la inclemencia del clima, parece que Don Mario estuvo muy resguardado en el hotel con su buzo cuello tortuga, y traje de paño, asuntos anecdóticos de una semana fílmica donde el viejo actor parece fue muy adusto, y poco cantinflesco.

A partir de los elementos expuestos, sumados a algunos asuntos centrales del  contenido biográfico del filme Cantinflas, podemos discernir las posibilidades de uso que encontramos en su narración, la cual, sin lugar a dudas, entra en el esquema de obras enfocadas a la relación “cine en el cine”, orientadas a presentarle al espectador ciertos momentos donde un actor, director, genero, o contexto histórico cinematográfico, se pone al alcance del público con diversos ejemplos: Meliès, Chaplin, Marilyn Monroe, Orson Wells, el western, la nueva ola francesa, etc. En el caso de la obra citada sus elementos y homenajes fílmicos son relevantes, pero escuetamente representados, nos queda faltando más de las intríngulis internas de Hollywood, y las luchas del sindicato de actores mexicanos, y eso en consonancia con Cantinflas, puede quedarse en lo mínimo o sin sentido ante su importancia histórica en México, y su escasa participación en el escenario estadounidense.

En conclusión: ¡Ahí no está el detalle!

Ficha
Cantinflas, 2014, México.
Director: Sebastián del Almo.
Guión: Edui Tijerina, Sebastián del Amo
Música: Roque Baños
Fotografía: Carlos Hidalgo
Productora: Kenio Films / Pantelion Films
Sinopsis: Mike Todd, un excéntrico productor de Broadway, llega a Los Ángeles con un proyecto de película bastante descabellado, La vuelta al mundo en 80 días, con el que quiere sacudir el star-system de Hollywood. Mario Moreno es un cómico que se gana la vida en las carpas de la Ciudad de México. Su personaje Cantinflas lo lleva a volverse un ícono del cine mexicano, y uno de los personajes más importantes de la industria fílmica. Sus caminos se cruzan en una película que terminará ganando cinco premios Oscar, y un Globo de Oro para Mario. (FILMAFFINITY)

Fuente
Juan Diego Parra, Cantinflas o no ser: Ahí está el detalle, Revista Kinetoscopio, Centro Colombo Americano de Medellín, Vol. 14, No. 65, 66, 2003.
                   
  


   

15.10.14

Cien años del asesinato de Rafael Uribe Uribe

El texto que se presenta hace parte de un artículo en construcción y revisión titulado Realidad y ficción sobre el asesinato de Rafael Uribe Uribe en la película “El drama del 15 de octubre” en 1915; a propósito de los cien años del asesinato del político liberal.    

Cotidianidad bogotana en 1914
En 1914 el mundo sobrelleva la denominada “gran guerra” o Primera Guerra Mundial. Mientras tanto el orden político nacional desde la capital colombiana seguía su curso con nuevo gobierno dentro de la República Conservadora, esta vez José Vicente Concha (1914-1918), y la participación escueta de algunos liberales en su gobierno, algo que venía presentándose desde el tratado de Wisconsin que dio por terminada nuestra última guerra civil en 1902, escenario público donde Rafael Uribe Uribe se desempeño como voz militante y relevante dentro del contexto de la practica de legislar, gobernar, y decidir políticas para el desarrollo económico, educativo, y social del país, aunque de la letra al hecho haya mucho, y se tengan en el panorama situaciones geográficas como la perdida de Panamá en 1903.          

Interesante la reseña del año del asesinato de Uribe Uribe, expuesta de manera concreta y particular por Luis Eduardo Abello en una serie de temas que describe desde el origen de los partidos políticos en Colombia, hasta lo que él considera exageradamente “el dialogo con los inmortales”, es decir, la llegada del general a un escenario cercano al paraíso católico, intelectual, literario, y político, en dialogo con Moisés, Roseau, Garibaldi, Mirabeau, Martí, Byron, Berbeo, Nariño, y Don Quijote[1]

Bogotá se muestra como una ciudad triste donde rodaban unos cuantos carros, y en el cual el tranvía de mulas había sido desplazado; urbe con pequeños gamines pregonando los periódicos del momento con el extra y la noticia vieja; capital que los domingos invitaba a su retreta en el parque de la Independencia; el agua se traía en múcuras desde el chorro de Padilla, y los paseos al Salto del Tequendama sumaban a las actividades cotidianas y de ocio que algunos bogotanos ponían en sus vidas; la chicha se consumía como bebida preferida de cierto sector vinculado a los artesanos y obreros, junto a la cerveza que tenía sus indicadores explícitos; los “víveres estaban por las nubes”, “el café no se podía exportar”, “la monotonía era aplastante, y los días transcurrían tan iguales uno y otro, que se diría eran el mismo”; mientras tanto “en el Salón Olimpia, los melindres de la Bertini, las caídas de ojos de la Robine, las truculentas aventuras de Juanita Hansen y las payasadas de Max Linder el precursor del humorismo en el cine, satisfacían plenamente los deseos de divertirse de los bogotanos”[2].           

Abello prosigue su relato con la hora trágica de la una y media de la tarde del día jueves 14 de octubre, presentando una ciudad monótona, con el usual presagio de ser un día frío, con ambiente triste, y en vía de convertirse en negro ante el vaticinio del drama. Los tres personajes de la acción –Uribe, Galarza, Carvajal- son expuestos como “el león y dos chacales que atacaron a mansalva”, e inmediatamente la escena del político saliendo de su casa después de almorzar, caminando a pasos lentos en dirección al capitolio, y la trágica acción sobre la carrera séptima que derivó en su muerte; lo que sigue, es una serie de situaciones que mezclan la incertidumbre, el dolor, y los últimos minutos de Rafael Uribe Uribe[3].                   


Crónica e impacto de una muerte lenta
Quince días después del asesinato se publicaron una serie de reseñas concernientes a presentar la figura del inmolado político, una de ellas, descarnada en su contenido, corresponde al médico y cirujano Luis Zea Uribe, testigo directo de las horas desesperantes de la lenta agonía del político, y de su posterior autopsia. El relato inicia en el momento que Zea se desplaza a su consultorio de la carrera 6ͣ cerca al Palacio de San Carlos, y nota el algarabío en uno de los costados hasta escuchar la voz del Sr. Juan Bautista Moreno que le grita: “corra doctor, que acaban de asesinar al General Uribe a hachazos y allá lo llevan para la casa”[4]

Meticulosamente Zea nos lleva por su periplo de atención urgente, inicialmente llegando a la casa del herido mortal, quien yacía en su aposento desangrándose con “la mano en la región del cráneo donde se encontraba la herida principal, agitando la cabeza de derecha a izquierda, como si no pudiera sostenerla”, prosiguiendo a informarnos desde la verbigracia médica, lo que observó en el paciente, y los apoyos de otros colegas con los instrumentos de cirugía necesarios para prestar los primeros auxilios, informándonos sobre los retorcijones, y una acción en la que Uribe se enderezó sobre el lecho “como buscando algo con las manos” lo que les supuso que tenía sed, alargándole un vaso con la bebida; más adelante el diagnostico fatal antes de pedir los elementos necesarios para una trepanación:

… Al caer en el lecho, después del transitorio desmayo, con los ojos cerrados, estuvo unos pocos instantes silencioso pero empezó a agitarse nuevamente y a quejarse en alta voz. El Dr. Henao y yo exploramos la grande herida. Con el índice se recorrió toda la extensión de la diéresis en los tejidos blandos; se recorrió el hueso y hallóse que el cráneo había sido roto, en sección neta, de dirección horizontal, lo que demostraba que el agresor no había tirado el hacha verticalmente, sino que había buscado uno de los lados de la víctima, para herirla con mayor acierto y comodidad. Los bordes de la sección ósea estaban a diferente nivel, y parecía que el segmento superior era más saliente que el inferior, sin poderse precisar cuál de los dos era el móvil[5].   

Tal es el detalle que el lector susceptible podrá obviar la lectura para no encontrarse con la posibilidad de imaginarse el dolor y la angustia de la víctima, más la azarosa experiencia de los galenos ante el servicio prestado en medio del gentío que deseaba saber la suerte del General y su infortunio, y ante todo la morbosidad de buscar con sus blancuzcos pañuelos la gota de “sangre patriótica” derramada por el guerrero de muchas guerras civiles y políticas. Evento particular y constante de nuestra historia que llevó al extremo del atentado, y el asesinato, sus diferencias doctrinarias durante el siglo XX en ejemplos de revisión histórica ampliamente conocidos e investigados, incluyendo el de los ciudadanos anónimos caídos en los enfrentamientos partidistas, la denominada Violencia, y el conflicto incesante que vivimos en la actualidad con visos de una salida negociada con la paz anhelada.

La parte final de las memorias está dedicada a la autopsia, lo que permitió según el Dr. Zea, apreciar mejor el carácter y gravedad de las heridas, subsiguiente al acto artístico de tomar la mascarilla[6] en yeso del cadáver insepulto.  Los puntos expuestos se dirigen a la extensión de la herida –boquete- de 8 ½ centímetros de largo por 4 ½ de ancho, y la observación de los daños colaterales en el cerebro, pasando a la abertura de la cavidad esplácnica, resaltando las vísceras de un hombre sano, “casi las de un adolescente”, augurándole, a no ser por su muerte, seis lustros más de vida:

… Con suma habilidad se cosió nuevamente el cuerpo; retiráronse los linos ensangrentados y se tornó  a colocar en el ataúd.  La expresión del rostro no era la de una blancura sonreída, sino más bien la expresión adusta, severa, un tanto cejijunta que se le observaba en sus momentos de réplica, en lo más recio de las batallas parlamentarias. Al verlo extendido, descubierta la faz, un poco escorzada la cabeza entre la negra caja, era evidente el parecido con el cuadro de Orlando muerto, que se admira en una de las galerías del Museo Británico[7].  

El último párrafo del informe personal y apasionado del Dr. Zea, exalta melifluamente al general Uribe como “paladín colombiano”; integrado con imágenes del personaje en la ya reconocida foto que hemos visto en diversos libros con su cabeza dirigida a medio perfil hacía la izquierda, una de sus escasos 21 años, un retrato familiar junto a su esposa y sus dos primeras nietas, además de la pose del autor a cuerpo entero, mirando la cámara y con un libro en sus manos. Se resalta que el documento es un aporte relevante para entender un momento crucial del atentado y sus noticias posteriores desde el ámbito privado de la atención médica, y las sensaciones que eso trajo en el contexto de catorce horas entre el medio día del 15 de octubre y la madrugada del 16 en lo que fue la crónica e impacto de una muerte lenta.   

Imagen tomada de: Enrique Santos Molano, Jaime Zarate Valero, Enciclopedia ilustrada de las Grandes Noticias Colombianas 1483-1983, Universidad Central, 1983, p. 141.  



[1]Luis Eduardo Abello, Espadas y corazones, biografía de Rafael Uribe Uribe, (Bogotá: Editorial Peñalosa, 1959) 70-78.  
[2]Abello, 72-73. 
[3]Abello, Espadas, 75-77.
[4]Luis Zea Uribe, Los últimos momentos del General Uribe Uribe, El Liberal Ilustrado, Tomo III-Número 1.148-19, (Bogotá, octubre 31 de 1914) 291.
[5]Zea, 292.
[6]Expuesta en el museo de la Universidad Libre donde quedaba la residencia del político liberal al momento de su muerte: “En la pieza, aún reposa la cortina vino tinto que Uribe Uribe corría para ver la calle y el piso de madera de aquélla. En el sitio donde se hallaba la cabecera de su cama, bien una placa blanca recuerda que ahí murió uno de los colombianos más ilustres. Galindo se devuelve en el tiempo. Saca del bolsillo de su saco de paño importado una pequeña llave que abre una biblioteca que guarda importantes señales de vida del personaje histórico, como la mascarilla de yeso del político, con la mueca de su muerte”, tomado de: Fabián Forero, El Tiempo, 29 de noviembre de 2010.   
[7]Zea, Los últimos, 298.