8.5.15

Literatura y cine

Las adaptaciones literarias a la pantalla gigante -fuera del teatro-,  significan tal vez la forma más clásica de poner a disposición del público una obra escrita en escaso tiempo de duración, oscilando entre una y media, dos o tres horas; brevedad que resume muchas páginas de un acto intelectual que narra la vida misma en espacios diversos del orden creativo, mezclando realidad, ficción, drama, suspenso, y demás elementos que posibilitan contar una historia que enganche al lector. Su relevancia mediática la posiciona para ser llevada al cine y reacomodarla a otra forma narrativa por medio de las imágenes en movimiento, con aciertos, desaciertos y posturas que marcan en muchos casos la idea del autor cinematográfico, el cual, en contados casos, tiene el apoyo del escritor quien colabora en el guion y vela por sus intereses, los cuales normalmente entran en tensión ante lo que la puesta en escena representa, es decir, la visión del director de cine, versus la acción literaria narrada originalmente en papel.

En la pasada Feria del Libro celebrada en Bogotá, programaron un conversatorio con el título Literatura y Cine:¿Qué tienen las palabras que no tengan las imágenes y viceversa? Una conversación con tres grandes autores y cineastas sobre las diferencias y similitudes que tiene la narración en el cine y en la literatura”, participando Mauricio Bonnett, Philippe Claudel y Antonio Monda, moderando Valerie Milles.  Por fuera del horario establecido, con hora y media de retraso, el evento empezó a las 3:30 pm con un auditorio a medio llenar que parece esperaba con mayor emoción al escritor colombiano William Ospina quien tenía su turno en el mismo espacio una vez terminada la sesión.

Siendo un tema relevante en las dinámicas del cine como medio de comunicación imbuido de arte, el tiempo terminó siendo poco para profundizar sobre el objetivo de la conversación. Por ejemplo, una introducción acertada de la moderadora sobre esa relación tan directa y básica en la historia del cine, lo cual, pensando en un público tan variado en las edades, era necesario exponer y explicar, dejando a un lado la presentación extenuante y ególatra de los intelectuales, sus amistades cinematográficas hollywoodenses y sus trabajos fílmicos y literarios.

Según lo planteado, hubo común acuerdo en llegar con una escena fílmica del gusto personal para ser exhibida y analizada en el contexto general del tema.

Inicialmente, el escritor y director italiano Antonio Monda, nos llevó por la primera escena de El Padrino -1972- de Francis Ford Coppola: la frase “creo en América”, es la línea de entrada que encontramos para entender la oscuridad, la soledad, el pedido, la cercanía, el grupo, y el contexto mafioso en el que los personajes que están en esa sala, se comunican. Una confesión, un favor, y una orden, sirven para entrar a la luz de una fiesta matrimonial, día de propicio para que el jefe de la familia conceda favores positivos a sus invitados. Lo interesante de este primer análisis en palabras de Monda, es la comunicación que debemos entender y descubrir en el protagonista solitario que vanagloria a su nación, y a desparpajo cuenta uno de sus problemas familiares para ser favorecido por un interlocutor invisible que sólo descubrimos minutos después. Si “los ojos son la ventana del alma”, en esta escena quedan excluidos y no dejan que lleguemos a esa luz.


Rara situación a la que llegaron Mauricio Bonnett y Philippe Claudel al escoger la misma escena de la cinta Barry Lyndon -1975- de Stanley Kubrick, coincidencias donde se puede “hilar muy delgado” al pensar que su ejercicio no fue muy juicioso en la búsqueda de sus obras representativas; hasta el punto que encontramos en YouTube con el rotulo “mi escena favorita de Barry Lyndon” la misma secuencia escogida por ellos tal cual como nos la presentaron en el auditorio. Pero más allá de este extraño dato, ¿Qué valoran de esta escena? ¿Cuál es su significado? Nos encontramos ante una mesa de cartas, jugadores sentados, y público observador, están en una gran sala que se acondiciona estéticamente con los elementos del periodo histórico retratado, donde las miradas melancólicas de Lady Lyndon y Redmond Barry  se cruzan a la luz de la vela que parece quemar sus rostros pintados ante el silencio de sus sentimientos, y el ruido por instantes de las personas que los acompañan, de fondo la banda sonora –El Trio de Schubert- en su diáfana idea de mostrarnos pasión:
                
Al amparo de esta serena melodía se consuma el fatal enamoramiento de Lady Lyndon, en una de las secuencias más arrebatadoramente hermosas de la película que remeda el lenguaje no verbal del cine mudo y que Martin Scorsese alabó con gran derroche de elogios en el documental ‘Kubrick, una vida en imágenes’. En dicha secuencia, y por medio de las miradas, Redmond Barry seduce a la condesa Lyndon en la mesa de juego, con la trémula luz de las velas que ilumina sus rostros anhelantes de ternezas no pronunciadas, y con una cortina de penumbra que les aísla del resto de circunstantes, sombras insignificantes ante la grandeza del amor irrenunciable que nace del pecho de la dama. Es una escena que desprende gran sutileza y dulzura: Lady Lyndon, cuyos afeites no pueden disimular su turbación, sale al balcón a tomar el aire; poco después le sigue Redmond, que camina como embriagado por su perfume, hasta que llega a su altura; entonces ella se da la vuelta y le mira con arrobo; él le coge las manos y finalmente se besan.

La música, el lenguaje corporal, los sentimientos, y la puesta escena, se mezclan con la luz acondicionada a la vida cotidiana nocturna de ocio; valor agregado que el director nos entrega para entender las estrategias de ascenso social y cultural en una sociedad vinculada al arribismo, la “sangre azul”, y el heroísmo como forma estratégica de acomodamiento político y militar, este último como complemento de Bonnet al exponer otra escena importante de la cinta, el famoso acto de Barry en batalla y su infortunio belicista.   


La referencia cinematográfica de Valerie Milles vino de la cinta Todas las Mañanas del Mundo -1991- de Alain Corneau, al igual que sus antecesoras, tenemos oscuridad, pausas, rostros ensombrecidos y lucidos, sumando la sensibilidad musical a través de la interpretación de la viola entre maestro y alumno en edad madura, y en plena Francia de Luis XIV. Llevándonos a evocar -cuando se ha visto la cinta- los recuerdos y desavenencias de los personajes, Marin Marais y Sainte-Colombe, que parece sólo solucionarse con un trago de vino compartido, y la concentración básica para emprender el camino de los dedos a través de las gruesas cuerdas que entregan esa delicada sonoridad llena de sentimientos.

      
Las escenas presentadas venidas de los libros El Padrino de Mario Puzo, Barry Lyndon de William Makepeac Thackeray, y Todas las Mañanas del Mundo de Pascal Quignard, sirvieron para enfatizar sobre esa tradicional relación vigente en los actuales engranajes de la producción cinematográfica mundial; así,  seguimos en el rumbo de tener en las repetitivas pantallas de nuestros circuitos de exhibición películas que recurren a la vieja formula literatura y cine, donde experimentados y nuevos directores, no se alejan de esa posibilidad que rinde sus frutos cuando la adaptación se acerca al texto original, o por el contrario lo supera en su forma narrativa, viejo debate que no deja de presentarse en las críticas de cine y movimientos cinematográficos históricos como la Nueva Ola Francesa, y en algunos de los denominados nuevos cines que discutían las necesidades de alejarse de la “tradición de calidad” instaurada por el mercado, y apostar por nuevas formas narrativas, y de exhibición en festivales por fuera de la marca impuesta por Hollywood y cercana a los cine nacionales.

En conclusión, podemos afirmar que literatura y cine en su relación inseparable, continua siendo un tema abierto al análisis en las innumerables obras cinematográficas que encontramos en  la historia del cine, y de aquellas que constantemente llegan a la oferta local, tanto en las salas comerciales como en las independientes y sus ciclos del denominado “cine de arte y ensayo”, “cine de autor” o “cine independiente”. El conversatorio, en términos de su significado en el contexto del homenaje realizado a Gabriel García Márquez, sirvió de forma introductoria para aquellos asistentes alejados de los análisis  del cine desde enfoques académicos y críticos; oportunidad interesante y escueta que pudo ser más didáctica desde el principio básico enfocado al tipo de público que asistió.

Fuente
http://www.el-parnasillo.com/barrylyndon.htm, Barry Lyndon, crítica de la película de Stanley Kubrick basada en la novela de William Makepeac Thackeray (Consultado, Mayo 6 de 2015).

Referencias escenas fílmicas
-Todas las Mañanas del Mundo: https://www.youtube.com/watch?v=uZoBP0sdXm8


17.4.15

Revista Kinetoscopio: Gabo y el Cine

[…]  Se indignaron con las imágenes que el prospero comerciante Don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquillas de boca de león, porque un personaje muerto y sepultado en una película, reapareció vivo y convertido en árabe en la película siguiente. El público que pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes de los personajes, no pudo soportar aquella burla inaudita y rompió la silletería. El alcalde a instancias de don Bruno Crespi, explicó mediante un bando, que el cine era una maquina de ilusión que no merecía los desbordamientos pasionales del público. Ante la desalentadora explicación, muchos se tomaron que habían sido víctimas de un nuevo y aparatoso asunto de gitanos, de modo que optaron por no volver al cine, considerando que ya tenían bastante con sus propias penas para llorar por fingidas desventuras de seres imaginarios”
Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad.  

En su edición de julio-septiembre de 2014, Kinetoscopio, la revista de cine publicada por el Centro Colombo Americano de Medellín, homenajeó al literato colombiano Gabriel García Márquez, quien cumple su primer año de deceso. El especial compila dos partes con sendos artículos, inicialmente un Dossier Gabo: de las letras a la pantalla; luego El rastro de Gabo en diez películas. Podemos considerar este número como un balance para acercarnos de forma sencilla y práctica al cine, la literatura, y sus adaptaciones desde el mundo narrado por el escritor en Latinoamérica y el mundo.  

El artículo de César Alzate Vargas, Gabriel García Márquez y el Cine, pone  acento al recorrido del escritor por las fronteras se su oficio como literato y hombre de cine en sus diversos guiones adaptados, o en colaboraciones directas en cinematografías relevantes como la mexicana y la cubana. Mencionado la tan problemática adaptación de su mundo escrito al movimiento de la imagen fílmica, líneas que dan pistas para identificar títulos, y ubicar cintas como referentes de revisión directa para entender el mundo del escritor colombiano a través de “la pluma y la pantalla” (págs. 13-18).


La breve entrevista a Joel del Río, a propósito del libro El Cine según García Márquez -2013- realizada por Diego Agudelo, se desarrolla en  seis preguntas que directamente podemos vincular con el primer documento al descubrir en las reflexiones del crítico cubano sus intenciones de descifrar y retomar con los ojos del presente, ese pasado no bien llevado del cine “macondiano” en el análisis de 25 cintas; lo que incita la búsqueda necesaria del libro para entrar en ese mundo propuesto desde la reflexión juiciosa y metódica de las películas, sus influjos, y alejamientos de los textos iniciales representados en cuentos y novelas (págs. 19-21).

Luciano Castillo nos resume en tres páginas lo que significó para el Cine Latinoamericano el origen y desarrollo de la Escuela Internacional de Cine y televisión de San Antonio de los Baños en Cuba, anecdotario interesante que sirve para ubicarnos en contexto con otra habilidad y entusiasmo del escritor, encontrándonos con nombres y referencias directas que no son ajenas a una interpretación de la historia del cine mundial (págs., 22-26).

Gabriel García Márquez, Un pionero en la crítica de cine colombiana, es el título con el que Iván Gallo entra a presentarnos al escritor en medio de los círculos periodísticos como columnista de periódicos nacionales como El Universal de Cartagena, y El Espectador en Bogotá. Recorrido que nos deja esbozos de los acercamientos directos a un cine poco exhibido en el país durante periodos agitados en la vida política nacional, presentados desde el 9 de abril de 1948 hasta la dictadura de Rojas Pinilla en los años cincuenta (págs. 27-29).   

Finalmente, la primera parte de este especial termina con un reportaje publicado en 1982 en la revista Comunicarte, entrevista realizada por Gabriel Octavio Rodríguez a García Márquez en momentos de su participación como jurado del Festival de Cine de Cannes, mostrándonos a un escritor ágil, certero, y hasta políticamente in-correcto en sus apreciaciones sobre las internas de un grupo de trabajo para deliberar sobre las obras que concursaban en el afamado festival, datos que sirven para sumar al conocimiento del tipo de cine que en ese momento se hacía en territorio europeo y latinoamericano (págs. 30-35).


La segunda parte de la revista nos lleva por el cine de Gabo en diez filmes, en su orden se analizan:

-Eréndira, de Ruy Guerra. Bajo el peso de Gabo, por Martha Ligia Parra.
-Tiempo de morir, de Jorge Alí Triana. El tiempo del buen cine, por Liliana Zapata B.
-Crónica de una muerte anunciada, de Francesco Rosi. El destino en suspenso de la adaptación, por Alessandro Rocco.
-Milagro en Roma, de Lisandro Duque. La niña santa y el verdadero santo, por Oswaldo Osorio.
-El verano de la Señora Forbes, de Jaime Humberto Hermosillo. Una deuda pendiente, por Andrés Rodelo.  
-Edipo Alcalde, de Jorge Alí Triana. Sófocles a la colombiana, por Yasmín López.    
-El coronel no tiene quien le escriba, de Arturo Ripstein. Batallas largamente perdidas, por Juan Carlos González A. 
-El amor en los tiempos del cólera, de Mike Newell. Como el río Magdalena, que se funde en la arena, por Diana María Agudelo.
-Del amor y otros demonios, de Hilda Hidalgo.  Los demonios silenciosos, por Diego Agudelo G. 
-Memorias de mis putas tristes, de Henning Carlsen, La memoria está en las palabras, por Julián Cajas.                    

La revista culmina presentándonos en viñetas, con la autoría de Iñigo Montoya y Álvaro Vélez –Truchafrita, la adaptación de uno de los párrafos del libro Cien Años de Soledad dedicado a la magia del cine en macondo, las cuales complementan la reseña.

Nota: El subrayado del título del texto que referencia el listado de películas, corresponden al autor de la reseña.
Fuente
Revista Kinetoscopio, Gabo y el Cine, Volumen 24. Nº 107 / Julio- Septiembre 2014., Colombo Americano, Medellín.        

4.4.15

Crónica roja: Homicidio por los Títulos de una Cinta

Algunas noticias del pasado que se descubren en la prensa, sirven para identificar situaciones del orden judicial que se vinculan con temas directamente relacionados al objeto de estudio que el  historiador tiene como especialidad, en este caso el cine, el público,  y el oficio de operador o proyeccionista.  Conocemos la famosa anécdota del Salón Olympia en Bogotá y sus letreros o títulos en la pantalla que eran posible leerse por los asistentes que pagaban un poco más por la entrada, y aquellos que detrás del telón, les tocaba esos mismos letreros pero al revés, con la posibilidad de tener lectores expertos que “cantaban” que decía allí con la habilidad necesaria para ganarse unos centavos.  
   
Sin embargo, cuando el escenario es diferente, la paciencia es nula, y los lectores  del  “lienzo al revés” no existen, los ánimos se calientan y la discusión por unos “títulos” pasa a otro estado, el del crimen por una situación algo absurda que en la cabeza del directo implicado, puede ser normal ante la sencillez de sacar un arma y simplemente solucionar su inconformismo con un tiro directo, en conclusión, una acción para que “no le ponga ojo al cine”.     

Presentamos a los lectores una breve reseña de crónica roja publicada en el periódico El Tiempo en enero de 1928, sin firma de redacción.    

Un Homicidio por los Títulos de una Cinta
-En Choconta-
José Arévalo Contestó  con una bofetada a un reclamo de Jerónimo
Fernández y éste le disparo un balazo en un ojo.

Choconta, enero 30.
TIEMPO-Bogotá.

Anoche a las once y media, cuando todavía no había acabado de salir todo el público de la función cinematográfica, el señor Jerónimo Fernández, carpintero, dio muerte de un tiro de revólver al señor José Arévalo, albañil  y maquinista del aparato cinematográfico.
 En el curso de la función había aparecido la cinta con los letreros al revés. El señor Fernández, que era espectador cerca del aparato, protestó ante Arévalo por haber presentado así la cinta; Arévalo le manifestó que no era culpa de él, pues así había venido de Bogotá. Al terminarse la función, y cuando el agente de servicio se había ausentado, los antedichos tuvieron nuevas voces; parece que Arévalo abofeteó a Fernández, quien descargo su revólver en el ojo derecho de su contendor, dejándolo instantáneamente muerto. Poco después llegó al lugar del acontecimiento que lo fue la puerta del salón de la escuela de varones, el policial de Cundinamarca señor Anatolio Castillo quien recogió el revólver y custodió el cadáver mientras llegaba la autoridad que había de levantarlo. En vista que ni el alcalde, ni el inspector de policía ocurrían al levantamiento, se llamó al señor prefecto, quien acudió un momento después e inicio la investigación.  
Este lamentable suceso tiene alarmada a la sociedad. La falta de policía municipal se hace sensible cada día; y si no fuera porque la de Cundinamarca sabe cumplir con su deber, habría muchos más crímenes que lamentar. Algunas familias me han manifestado que no concurrirán más a estos espectáculos púbicos mientras la policía no ofrezca garantías de seguridad. Debo informar que el alcalde y el inspector siempre ocurrieron al lugar del crimen, una hora después.


Nota: Agradezco a Arnold López su versión de los hechos en la imágenes que acompañan el texto                 

6.3.15

Tiempo de Cine: Tiempos del Olympia

“El Salón Olympia estaba situado entre las carreras séptima y trece, costado sur de la calle 25. El recinto media por lo menos setenta metros en el sentido este oeste y unos treinta metros de ancho. La cabina de proyección, al fondo, quedaba al oriente, junto a los palcos principales un tanto elevados sobre la platea, para el público que pagaba más y veía de frente la pantalla instalada en medio del salón. A ambos lados de platea, los palcos laterales para familias abonadas. La galería para el púbico de menos ingresos, que veía la proyección la revés, se desarrollaba hacia occidente, donde estaba el escenario, con telón pintado por Coriolano Leudo, tramoya, socavones y camerinos” (Tiempos del Olympia, p.54)

En 1992 la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano –FPFC- publicó un libro de lujo en su diagramación y contenido, Tiempos del Olympia, investigación histórica que describe y analiza un período trascendental en la exhibición cinematográfica colombiana y sus relaciones alternas con la producción y el posicionamiento comercial y fílmico de los denominados pioneros del cine colombiano en cabeza y juicio de los hermanos Di Domenico. Investigación a cargo de dos apasionados cinéfilos vinculados a la gestión y preservación de nuestro patrimonio audiovisual: Jorge Nieto –Q.E.P.D.- y Diego Rojas, historiadores del cine colombiano vinculados al proceso de fortalecimiento de nuestras imágenes en movimiento como afición, entrega, y oficio en dirección de una divulgación eficaz.    

El primer proyecto editorial de la FPFC celebra los 80 años de la inauguración del Salón Olympia de Bogotá el 12 de diciembre de 1912. En sus agradecimientos los autores ponen de manifiesto la labor encomiable de Leila El´Gazi quien “recogió, descifró y ordenó la voluminosa y dispersa información textual y gráfica”, reflejo directo que notamos en cada una de las 132 páginas en la citación entrelazada con el bosquejo analítico, y descriptivo que se cruza con diversas imágenes de complemento asemejándose a un viejo álbum familiar de cartas, postales, recortes de prensa, y  fotografías.

Al abrir el libro, encontramos los lazos familiares que serán nombrados en el desarrollo de vínculos empresariales, árbol genealógico interesante que deja entrever las relaciones sociales y matrimoniales, complemento ajustado a los registros fotográficos de “los protagonistas”: Francesco Di Domenico Cozzarelli, Vincenzo Di Domenico Cozzarelli, Giuseppe Di Ruggiero, Erminio Di Ruggiero, Giovanni Di Domenico Mazzoli, Donato Di Domenico Mazzoli.    

La organización de esta función escrita se presenta a usanza de los programas cinematográficos o eventos artísticos programados por nuestros salones de espectáculos, con seis actos iniciales, un intermedio visualmente bello,  y cinco actos finales que se presentan tal cual maravillosa forma quijotesca; terminado con un índice de películas, y el listado de fuentes usadas.  


El efecto mediático de un salón lujoso para la capital colombiana, desplegó una serie de comentarios de prensa que vislumbraban un cambio para la ciudad en sus formas de acercarse al cine, con regularidad se enfatizaba en comparaciones con otros teatros europeos, reseñas de películas, y su orden moral dentro del contexto de las buenas costumbres adoptadas por el Estado en su constitución política de 1886:

…“Próximamente se estrenará un magnifico aparato cinematográfico de los señores Di Doménico Hermanos, último modelo, en un magnifico edifico estilo europeo, que con tal objeto se edificara en san Diego”, se informó desde febrero de 1912. La noticia daba detalles sobre la instalación eléctrica (“será propia”) y sobre la capacidad de los patios y salones (“para 5,000 personas”).
“Por fin tendremos en Bogotá un teatro al estilo de El Olympia de París o de la Alhambra de Londres”, se afirmó con entusiasmo en junio a propósito del “gran salón para toda clase de diversiones”, dotado con “todas las condiciones de elegancia y confort […] parece que el edificio será destinado específicamente para exhibiciones cinematográficas”. En octubre se anuncia el 2próximo traslado” del aparato de los Di Doménico “del pabellón de Mecánica del Bosque al nuevo y elegante Teatro Olympia”, y se avisa de la “enorme y variada remesa de películas” traídas de Europa, “entre las cuales hay muchísimas de interés directo para Bogotá”, con la advertencia  e que “ninguna de las nuevas películas adolece de inmoralidad”, pues “`para la escogencia de ellas se tuvieron ante todo en cuenta el gusto bogotano y la tendencia ilustrativa que a esta clase de espectáculos ha querido darse en los pueblos civilizados del globo. Que así sea” (p.57).     

Los innumerables momentos de encuentro que tuvo la sociedad bogotana en el “gigante” de San Diego, estuvieron marcados por las imágenes en movimiento, piezas musicales, conferencias académicas y políticas, actos de beneficencia, reinados de belleza, encuentros causales y amorosos, discusiones acaloradas, bullicio de niños, el rumor dirigido a los recién llegados, y así significativamente toda una serie de formas de pensar y sentir del acontecer de un momento importante alrededor de un espacio público central dispuesto para el goce que podía pasar a las “noches de angustia” ante el inconformismo de los asistentes ante alguna obra que se salía de sus formas de ver y pensar el mensaje fílmico. 

Revisando el listado de cintas que se reseñan en la obra, Nieto y Rojas destacan las nacionales, en su orden alfabético: Aura o las Violetas; Bajo el Cielo Antioqueño; El Charquito; Carnaval de Barranquilla en 1914; Como los Muertos; Conquistadores de Almas; De Barranquilla a Girardot; Dos Nobles Corazones; El Amor, el Deber, y el Crimen; El Cronófono subiendo por los Andes; El Drama del 15 de Octubre; Inauguración del Monumento a Ricaurte; La Fiesta del Corpus y de San Antonio; La Fiesta de las Flores; La Fiesta del Domingo 14 en la Escuela Militar; La Hija del Tequendama; La Procesión Cívica del 18 de Julio; Las Fiestas del centenario de Cundinamarca; Maniobras del Ejercito en el Puente del Común; María; Primer Congreso Mariano Nacional (y de Homenaje a la Virgen de Chiquinquirá); Ricaurte en San Mateo; SICLA Journal; “Última Fiesta de Noviembre”; Una Notabilidad Rural.

Inferimos que muchas de los filmes presentados hacen parte de un primitivo principio cinematográfico de registrar el acontecer diario en fiestas, paradas castrenses, encuentros religiosos, celebraciones patrióticas, y noticieros de variedades; igualmente algunos largometrajes nacionales representativos del periodo silente sobrevivientes del desastre del vinagre por el acetato de celulosa fílmico, otros simplemente esfumados del proyector de los tiempos, reconstruidos por medio del dato de la crónica, el periodismo, y la historia del cine colombiano.

El Teatro de Cine, como objeto estudio en Colombia, ha tenido pocas investigaciones, y tal vez solo una que se centre en las diversas aristas de las posibilidades que el cine ofrece en aspectos como la exhibición, la producción, la crítica, el público, la tecnología, la economía, etc. Precisamente Tiempos Olympia nos ofrece esa posibilidad historiográfica de acercarnos a diversos temas en el marco de un eje central de recepción social a través del cinematógrafo. Momento histórico de Bogotá que podemos analizar desde diversos puntos de la historia cultural.

En su último aliento, el libro nos pone ante la caída literal de los muros del Salón Olympia, reflejo directo de décadas pasadas ante los cambios suscitados en el paso del teatro de barrio al cineplex; ya en ese momento, cambiaba la ciudad, se ampliaba, desplazaba, y reconstruía, y en eso no era ajeno la grandeza arquitectónica que adornaba la esquina de la calle 25:

…Un sábado de mayo de 1945 la prensa publicó: “El Olympia sintetiza toda una época de gratas y hermosas añoranzas, casi medio siglo de encantadores recuerdos para varias generaciones de pura estirpe santafereña que por primera vez contemplaron las grandes hazañas de héroes ya desaparecidos, que vieron admirados el embrujo de aquel endiablado apartito por cuyos haces de luz brotaban imágenes, ruidos y sonidos milagrosos”. El domingo se exhibieron  “en matinal, a 0.15, Chan en Río y ¡Qué par de reclutas!, en matiné doble a 0.30 Blanca Paloma y el corto de Manolete, y en vespertina y noche, a 0.20, El Capitán Blood para todos”.
El siguiente lunes terminaron los días del Olympia, cuando una piqueta municipal, “la piqueta del progreso”, comenzó a demoler sus muros y estructuras para dar paso a la continuación de una calle, la actual carrera novena, que trazaba un nuevo destino al terreno. Después quedaron solamente estos recuerdos del más importante salón de cine en los que fueron los tiempos del Olympia” (p. 130).    

Así, cada ciudad tiene en su memoria colectiva -cada vez menos narrada-, las influencias y gustos por el arte mágico del entretenimiento donde el cine cabe con todos sus significados. En la búsqueda, en el encuentro, y en la compilación documental, podríamos descubrir muchos salones o teatros que marcaron una época, un territorio, y funcionaron como cohesionadores de sentimientos aunados al vaivén de la agitada vida urbana, o al sosiego insoportable de una población bucólica.        

Finalmente, podríamos ubicar este libro como un clásico de la literatura que sobre el cine nacional, y uno de sus teatros más representativos, se ha escrito en el país; conexión del archivo fílmico que demuestra la experticia, el gusto desmesurado por el cine, y la “amabilidad” de los investigadores en entregarnos un documento para el deleite de la lectura, y la observación gráfica.


Ahí queda el ejemplo, una forma entre muchas de hacer historia del cine.      

23.2.15

Mirando solo a la tierra

Cine y sociedad espectadora en Medellín (1900-1930)
Autor: Germán Franco Díez
Editorial Pontificia Universidad Javeriana
Taller y Oficio de la Historia
2013, págs. 238


La historia local del cine colombiano se sigue escribiendo en libros de publicación universitaria, cumulo de trabajos que posibilitan ir atando hilos desde estudios de casos con periodos definidos que amplían el espectro hacia una historia regional, nacional y globalizadora. El caso reseñado es la investigación del maestro Germán Franco Díez, investigador consagrado a la comunicación desde el sentido de lo público, formado en la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad Nacional, interesado en la historia cultural, la relación de la comunicación con la cultura, los géneros y formatos televisivos, las narrativas audiovisuales, las culturas juveniles, la responsabilidad social y la convivencia.   

Su investigación analiza desde la capital antioqueña la “sociedad espectadora” que nace, se establece, se desarrolla, y trasciende bajo la luz del cinematógrafo en el espacio público que lo ubica como dispositivo cultural de divertimento ante otras posibilidades ya comunes de esos espectadores “clásicos” influenciados por las fiestas religiosas, el teatro, la zarzuela, el circo, la ópera, el canto, las corridas de toros, y el ilusionismo, sólo por nombrar algunas que el autor posiciona como espectáculos paralelos.

El libro Mirando solo a la tierra presenta a quienes nos interesa la historia del cine colombiano, una pesquisa interesante que usa como sustento teórico autores que abordan el hecho histórico de las imágenes en sentido práctico vinculantes al arte, el libro, la música, el cine, etc; y los tan necesarios y enriquecedores contenidos de recursos periodísticos representados en El Colombiano y El Bateo; entrando en comunión y dialogando en los contenidos que presenta Franco desde la introducción, cuatro capítulos, las conclusiones, y los anexos.

En resumen, el autor nos presenta:

…La historia de cómo llegó el cine a la ciudad y cómo fue usado; qué películas se proyectaron, en dónde, cómo se proyectaron, cómo las veía la gente, cómo se percibían sus relatos e imágenes; qué prácticas culturales se desataron y cuáles se debilitaron ante la proyección cinematográfica, y qué nuevos relatos y representaciones construyó Medellín acerca de sí misma gracias al cine son los temas que aborda este libro (pág. 15).      

Las preguntas realizadas pueden caer en la sencillez y obviedad de quien las lee rápidamente sin detenerse en el objeto de estudio donde se suscitan. En contexto, contenido y objetivo desarrollado, podemos identificar en la lectura pormenorizada del libro que estas son respondidas de manera eficiente para el lector, posibilitando traspasar esa frontera entre el documento académico y el texto básico informativo.   

  El concepto “modos de ver”, traído desde el análisis de la pintura por John Berger para el contexto británico, es el que nos plantea Germán Franco Díez para su objeto de estudio en Medellín, entendida y puesta en la práctica de esa sociedad en avance, y explicada así:

… Los modos de ver no se entienden como una manera de mirar sino como una manera de nombrar prácticas colectivas de contemplación o entretenimiento que están asociadas no solo a los contenidos del espectáculo mismo sino a la forma como se presenta, es decir, el ritual de ir al cine, la oscuridad, la manera de relacionarse, el lugar en sí (pág. 25).

El ritual de ir al cine se encumbra en la puesta en escena de los diversos temas que descubrimos en treinta años de análisis, todos a través del espectáculo fílmico en una ciudad a portas de la modernidad urbanística, cultural, social,  y tecnológica. Teniendo igualmente en cuenta su contexto político en el marco del desarrollo centralizado por los gobiernos conservadores de turno, y lo que implicaba eso en aspectos educativos, moralizadores y sociales en las instituciones cotidianas representadas en la iglesia, las escuelas, y los gobernantes locales, lo que indirectamente nos lleva a un proceso de mentalidades en el accionar cotidiano de los medellinenses, y en ellos, un “modo de ver” y escuchar esas historias que le mostraban a través de un lienzo, tan distantes de su escenario geográfico, pero tan universales en sus sentimientos colectivos y personales.


El primer capítulo, Hacía una sociedad espectadora, nos ubica con las relaciones entre cine y sociedad, cine e historia, las socialidades de la sociedad espectadora y su territorio, el paso de la sociedad parroquial a la sociedad espectadora, finalmente la historia del cine en Medellín. 

El segundo capítulo, Modos de ver: Medellín, una parroquia silenciosa (1900-1913), entra en temas referidos al encuentro con el espectáculo cinematográfico, y la ciudad como factor de cohesión en aspectos referidos al aporte del cine como artefacto tecnológico y visual con sus primeras proyecciones, modos de ver y acción comercial; sumado a las prácticas colectivas y cotidianas de algunos oficios donde se vinculan otras maneras ya “clásicas” de diversión.

El tercer capítulo, Un agradable desengaño: el cine convierte a Medellín en sociedad espectadora (1912-1924), analiza ampliamente las posibilidades que el cine entrega en diversos temas derivados de su consumo  y encuentro en aspectos que tiene que ver con el orden público, la delincuencia, la educación y complemento en otros espectáculos. También encontramos la posición del cine  como nueva empresa ventajosa para la economía local con las compañías que entraron en el negocio de la producción, y la exhibición con la aparición de los teatros como escenarios para “exaltar las pasiones”.

El último capítulo, El “hechizgo” del cine: los modos de ver en la sociedad espectadora (1924-1930), expone los avances de la técnica cinematográfica en aspectos como el montaje, las sagas, y el paso del silente al sonoro; además de la relación entre la moral, el cine y con ella la censura.  

Valor agregado de esta investigación es la posibilidad que el autor nos entrega en sus anexos para revisar la lista de espectáculos entre 1908-1916; además del listado de películas que pasaron por los teatros y salones de la ciudad entre 1909-1930, cintas que pueden ser tomadas en cuenta para estudios comparativos con otras ciudades del país, y así identificar dinámicas de exhibición y recepción con respecto a esos “modos de ver” de nuestros pobladores en el marco de un posicionamiento relevante del filme como forma de entrar a otros escenarios de encuentro en la línea de sociedad espectadora.

Con este libro tenemos un gran ejemplo de acercarnos al hecho cinematográfico como tema de estudio desde la historia y en el contexto de las sociabilidades de una ciudad. Esperando que su uso sea efectivo en cursos y electivas sobre la historia de Medellín desde aspectos culturales, sociales y urbanísticos. Que no se quede en el estante oscuro del olvido sin su uso para explicarles a los niños,  jóvenes, y adultos de la capital antioqueña, las formas de expresarse y presentar el cine en el contexto de los años 1900-1930.

En el marco de la historiografía del cine colombiano desde estudios de caso locales, sin mencionar la ciudad de Bogotá, nombramos dos investigaciones que se acercan al objeto de “esculcar” en nuestras ciudades el cine como medio de comunicación y divertimento que se posiciona en las cotidianidades de una sociedad en crecimiento, el caso de Barranquilla en Blanco y Negro de José Antonio Nieto Ibáñez dividido en tres tomos: Historia del séptimo arte en la ciudad 1876-1935; La historia de la ciudad a través del cine; El cine sonoro y parlante llega a la ciudad 1908-1935. Y la investigación ya reseñada en este blog de Angie Agudelo Rico, Bucaramanga en la Penumbra: la exhibición cinematográfica 1897- 1950.

Barranquilla, Medellín y Bucaramanga, quedan examinadas en los primeros treinta años de nuestra historia fílmica desde la exhibición y producción cinematográfica en sus primeros treinta años del Siglo XX. ¿Cali dónde queda en el período de estudio? A la espera de una pesquisa del profesor Ramiro Arbeláez que seguro ayudará a dilucidar otro espacio geográfico para encontrar diferencias, y encuentros en las formas de presentarse el cine en sus entornos más comunes.

Nota: Un antecedente importante de estudio en la capital de Antioquia es el libro de Edda Pilar Duque La Aventura del Cine en Medellín, publicado por la Universidad Nacional e Colombia y El Áncora Editores en 1992.                      

14.2.15

El cine nacional en la Revista de Estudios Colombianos

Nos. 33-34, 2009

Asociación de Colombianistas y Wabash College

Un número especial dedicado al cine colombiano aparece un poco invisible ante los escenarios académicos donde la cinematografía nacional entra como objeto de estudio. Se trata de la edición especial de la Revista Estudios Colombianos en sus números 33-34 publicada en el año 2009, con la responsabilidad editorial de la Asociación de Colombianistas y Wabash College, y la dirección como editora invitada de la Dra. Juana Suárez, reconocida investigadora en las idas y venidas de nuestro cine, con su mirada juiciosa y crítica para potenciar los contenidos que encontramos para el deleite del lector interesado en nuestras imágenes en movimiento.

El logro de esta publicación se encuentra en los diversos temas del cine colombiano que van y vienen en aspectos significativos que se vinculan a nuestra realidades filmadas en ficción: con adaptaciones literarias; ejercicios de memoria desde el oficio de director; entrevistas que entran en el escenario de reconocimiento del autor, con sus adaptaciones, problemas y eficiencias; y un panorama bibliográfico básico de reconocimiento centrado en textos recientes venidos desde los beneficios institucionales con las becas de investigación.



En su introducción El cine colombiano: ¿es posible otra mirada?, Suárez expone dos factores como principios de la publicación: primero, la propuesta siempre vigente en su discurso académico de generar diálogo entre los investigadores y sus pesquisas sin importar el campo de estudio y su espacio geográfico  de desarrollo; segundo, al afirmar:

…Por otro, poner en esa mesa de diálogo otros elementos y épocas del cine colombiano. Con sus aciertos y fallas, la Ley de Cine del 2003 ha generado interés sobre estudios del cine colombiano pero ante todo material de trabajo, convocatorias, publicaciones, festivales y exhibiciones.  Con cierto ritmo, el cine colombiano ha ido superando el  “síndrome de los diez años” (cada director hacía una película cada tanto), para pasar a un balance anual más copioso de, por lo menos, doce a dieciséis películas colombianas al año. La calidad de las mismas se mira con optimismo por algunos sectores, con pesimismo por otros. Un punto de partida, entonces, ha sido entender este momento de la producción fílmica colombiana como arte de un proceso y como uno de los intentos sólidos de generar industria cinematográfica (pág. 4).

En momentos de despegue fílmico con nuevos y consagrados directores del medio nacional, y la amplia participación en festivales internacionales, el material de insumo para el análisis del cine contemporáneo colombiano se incrementa para presentes y futuras investigaciones en diversos campos de estudio, recordando la prioritaria y básica necesidad de reconocer la historia del cine colombiano en sus diversas etapas de desarrollo; lo anterior, para que las nuevas generaciones de cineastas no se crean el cuento que el cine colombiano solo tiene veinte años de desarrollo.

 Para los interesados en el contenido de la revista, con sus respectivos artículos que pueden leerse en su totalidad ir a:



28.1.15

El jardín –indeseado- de amapolas

Realizar una película sobre La Violencia de los últimos treinta años en Colombia, supone retos difíciles para el cineasta que entra en el territorio de la vida política y social de nuestro país. Hacerlo, sin miedo de usar el “nombre propio” de los actores del conflicto, es otro desafío en momentos donde las tormentas de los odios son recias en algunos grupos y una esperanza tenue se vislumbra como oportunidad para terminar un conflicto de muchos años.       

Estrenada a finales del año pasado, la obra de Juan Carlos Melo Guevara nos muestra el universo rural de algunos pobladores del sur colombiano, exactamente el Departamento de Nariño y su problemática con el conflicto colombiano donde guerrilla, paramilitares, narcotraficantes, y la desatención del Estado, representan un solo monstruo de muchas cabezas que devora las esperanzas de  Emilio y la de su hijo Simón, entrando en sus vidas la delicadeza y candidez de Luisa, para sumergirnos en una historia que parece sencilla pero que vemos como se complica cuando los avatares de las necesidades que se dan por el desplazamiento y la situación económica, involucran a los personajes con el negocio turbio de la savia lechosa que se saca de la vaina de la bella flor.


La excelente dirección actoral, el paisaje de la geografía nariñense, y un guion bien desarrollado sin pretensiones más allá de narrar una historia contemporánea con elementos del pasado violento colombiano, da motivos para insistir que faltan muchas películas que se acerquen y discutan nuestras situaciones sociales en contexto, sin importar los “campos de batalla” y los escenarios de representación donde se instauren con la ya reconocida economía del recurso. Nuestro cine colombiano con Jardín de Amapolas, tiene una obra que sirve de ejemplo para demostrar como el desplazamiento por parte de la guerrilla, las masacres de los paramilitares, y el negocio del narcotráfico, suman al mal habido repertorio del teatro de operaciones nacional, en pueblos lejanos y  desconocidos con el abandono constante de los gobiernos de turno.

Los niños y su inocencia nos llevan a momentos representativos de alta acción e interés para los que observamos y sentimos en algunas escenas la dureza de nuestra ajena realidad, y que parecen fuertes a la luz de los que todavía se imaginan un país lleno de “realismo mágico”. Los niños en el cine, y con ellos los adultos como factores de encuentro y discusión, posibilitan aunar historias que van más allá -en algunos casos-, de eso que no imaginamos, pero que sentimos tan cercano a la realidad de un país políticamente complicado.    

Se celebra que Jardín de Amapolas haya llegado a algunas de nuestras salas de exhibición, obviamente con la in-soportable soledad de poquísimos asistentes que apoyan y se deciden por un cine de calidad técnica y artística por fuera de la oferta fatídica que vemos cada fin de año desde la órbita nacional. Fue una breve emoción  que valió la pena ver y reseñar.  

Datos de interés
http://www.jardindeamapolas.com/
https://www.youtube.com/watch?v=JuXCJCC8aso
http://www.proimagenescolombia.com/secciones/cine_colombiano/peliculas_colombianas/pelicula_plantilla.php?id_pelicula=1878
   

14.11.14

Belleza Coronada

Noviembre trae lluvia, inundaciones, y reinas, seres de la “animalandía” colombiana con medidas perfectas 90 60 90 que representan nuestras regiones, en caravanas representativas que mezclan reuniones familiares, apoyos políticos, y lagartearía televisiva desde uno de los canales privados colombianos que orondo se posicionó en nuestra historia televisiva como el canal oficial del reinado nacional de la belleza. Siendo un país de reinas coronadas y sin coronar, nuestras bellezas se metieron en la idiosincrasia nacional desde el año 1934 según las reseñas históricas, y pasaron al formato cinematográfico como hecho noticioso en nuestros cines por medio de cintas que mezclaban variedades: visitas presidenciales, inauguraciones institucionales, juego de loterías, ciclismo –vuelta a Colombia-, entre otros; allí, ellas ponían el acento en blanco y negro de unas medidas “imperfectas” que denotaban otro rasgo y sentido de belleza. 

Pero el rating ha bajado, ya el evento en Cartagena tiene otras connotaciones,  su público se ha alejado a otros programas, a otras realidades nacionales; la pequeña caja de los sueños no es la misma de los años ochentas y noventas del siglo pasado, cuando el programa era obligatorio ese fin de semana de puente para verlas saltar en trajes “folclóricos”, en trajes de baño, y llenas de fantasía por algún diseñador de moda. La presión mediática bajó, e importa un bledo cómo se llama la ganadora, qué traje lucio y a qué departamento pertenece; ahora nos ocupamos más por sus errores al responder preguntas sobre cultura general, para abochornarlas, burlarnos en las redes, y creer que son unas niñas tontas, postizas y puestas allí para que disfruten unos pocos días de fama. 

En “busca del dato perdido”, sobre otros temas más bellos, encontré una interesante referencia sobre El primer concurso de belleza en Colombia, publicado por la Revista Cromos en el año 1965, escrito por Lucy Nieto de Samper y con Fotos de Mult. Documento que posibilita entender ciertas sensibilidades y cotidianidades de la feminidad, de las relaciones sociales de una sociedad conservadora y convencida de esa herencia cultural venida de la tradición española desde una pequeña ciudad del centro vallecaucano.   


A continuación el texto para que la seriedad retorne al querido trono, y el toque de frivolidad se torne interesante:

El primer concurso de belleza en Colombia se hizo en 1904
Cuando el siglo XX amaneció en Colombia, la patria se encontraba pobre y sangrante... Liberales y conservadores se empeñaban en una guerra fratricida y miles y miles de hombres morían en los campos de batalla.

En el gobierno, un hombre viejo y achacoso, trataba de conducir al país desde su exilio de Villeta, lugar en donde tuvo que instalarse a causa de su precaria salud.
La vida era muy difícil y el país económico estaba paralizado. El comercio se hallaba arruinado, la producción en todos sus órdenes era casi nula, y el peso estaba tan devaluado como el actual...

Cuando cesó el fuego en los campos de batalla, se fueron aplacando las pasiones y adormeciendo los odios, y parecía que iba a amanecer por fin una época de recuperación y progreso, el país sufrió un daño irreparable: la separación de Panamá...       

Mientras tanto, el mundo vivía otras experiencias: Inglaterra pasaba por una época de bienestar y de progreso, bajo el austero gobierno de la reina Victoria. Francia, dejando aun lado sus guerras y sus derrotas, se abría paso por el camino de la comodidad y el placer. Era la época de los “frufrús”, los volantes, los encajes, los adornos. En París, modistos, joyeros, decoradores se entregaban con entusiasmo a trabajar en realzar el encanto de la mujer y acentuar sus atractivos… En la moda se moldeaba el busto, se apretaba la cintura casi hasta la asfixia para formar el “talle de avispa”, y conferir a las caderas su valor… Las faldas se ceñían al cuerpo para abrirse a ras del suelo en amplios vuelos, y las cabezas sostenían grandes sombreros cubiertos de pájaros, flores y frutas… las mujeres se adornaban también con capas, boas de plumas, encajes, broches y toda clase de “perendengues” y recargos, era la “belle epoque”…, la era de la galantería, el reinado de la mujer…

EN COLOMBIA UNA REINA. –Pero si en Francia todo era propicio para que la belleza se exaltara, para que venerara en todo su esplendor a la mujer, en Colombia no había sino problemas… dificultades, contratiempos… No obstante… en una pequeña población del Valle del Cauca –la alegre Buga- los habitantes Vivían su “belle epoque”, y se preocupaban por elegir a las más bellas.

Los reinados de entonces, claro está, eran muy diferentes. Las costumbres austeras, las modas, no permitían el análisis tan minucioso que se hace ahora de los encantos femeninos. Y la belleza se juzgaba únicamente por la perfección de los rasgos de la cara, que era, por lo demás, lo único visible en la mujer, ya que entonces usaban trajes muy largos que las aprisionaban desde el cuello hasta el tobillo.

Y así fue como se desarrollo el primer reinado de belleza en Colombia: los notables del lugar se reunieron y escogieron las muchachas más bonitas y más distinguidas, y en poder de los nombres convocaron al pueblo a un plebiscito, para que en esa forma se eligiera a la mejor. Por medio de “esquelas” que se repartieron de casa en casa, solicitaron los votos para las siguientes señoritas: María Fernández de Soto (hoy esposa de don Alberto Cucalón), María Luisa Campo Rivera (contrajo matrimonio con el Dr. Peregrino Ossa), Luisa Sinisterra Concha, Paulina Sanclemente Cabal (quien casó con don Rafael Fernández de Soto), Francisca y Eulalia Cabal Salcedo, María Martínez Escobar (Señora de don Luis Azcarate), Inés Pombo Martínez (esposa del Dr. Gustavo Martínez), Raquel Becerra, Lucía Sanclemente (que fue casada con el Sr. Francisco cabal), Carmen Becerra Escobar (quien fue esposa del Sr. Braulio Rivera), y Raquel Becerra Fernández de Soto.

La votación favoreció a la hermosa Carmen Becerra, quien fue entonces coronada reina; la acompaño en calidad de princesa la señorita María Martínez Escobar. Esto ocurrió en abril de 1904. Patrocinó ese primer concurso de belleza el semanario Zig-Zag, un periódico de tamaño tabloide con sólo cuatro páginas, que dirigía el Dr. José Joaquín Hurtado y administraba don Regulo Domínguez.


INFORMACIÓN DE PRENSA. –Familiares de la primera reina de belleza colombiana, Sr. Luis Eduardo Domínguez y Sra., conservan como reliquia un ejemplar amarillento de Zig-Zag en donde bajo el título “Concurso de Belleza” se informó al público sobre la elección de la reina. En algunos apartes decía: “… por fortuna, y aun cuando se excusaron muchos sufragantes y otros –los menos- no se dignaron a dar respuesta alguna a nuestra esquela, no por eso hemos dejado de saber cual de las muchas flores ha merecido el triunfo. Triunfo, es verdad, obtenido sin esfuerzos de inteligencia y sin ruido de fusiles o cañones, más no por eso menos glorioso. Porque es una manifestación de la justicia humana, que corona una de las obras de la creación, es decir, una de esas producciones que la naturaleza, en sus momentos de delirio, se complace en forjar como para dar una prueba objetiva de las bellezas del cielo o del poder de Dios…”

MUCHO VA DE PEDRO… A PABLO. –“Triunfó sin esfuerzos de inteligencia”… “inteligencia virgen”… eran atributos de la época. La mujer de entonces no existía sino como adorno del hogar. Era “el destello del amor infinito, incomparable y bello” y la perenne inspiración de compositores y poetas. La mujer de principios del siglo XX, vivía en una urna de cristal… y el hombre le rendía pleitesía… Eran en verdad otras épocas… Pero regresemos a la reina:

Carmen Becerra nació en Buga en el hogar del señor coronel Gustavo Becerra Baca y de la señora Carmen Escobar Rivera. Eran miembros de familias muy distinguidas. Por la línea materna, la reina descendió de familias de rancios abolengos, como los Álvarez del Pino. Y por la línea paterna abundan intelectuales de pura cepa bugueña.

Carmen no conoció a su madre –también una hermosa mujer- porque murió al dar a luz a la niña. Y por eso vivió al lado de una tía, doña Tulia Becerra. Fue tal el cariño por quien amorosamente reemplazó a la madre, que cuando se llegó la hora del matrimonio de la linda joven, le puso como condición a su novio seguir viviendo en la casa de la tía. El aceptó y vivieron con ella. 

Por lo mismo que la niña –que fue bellísima desde chiquita- no conoció a su madre, todos los parientes se dedicaron a consentirla. En la casa de campo de sus abuelos paternos, en las afueras de Buga, construyeron una casita con techo de paja, para que Carmen jugara con sus muñecas…

MURIO EN PLENA JUVENTUD.- Cuando la sociedad bugueña eligió a Carmen Becerra como la mujer más bella, iniciando así los concursos de belleza que hoy se dan silvestres en el país, la joven no tenía sino 16 años. Tres años después, el 17 de agosto de 1907, contrajo matrimonio, en elegante ceremonia, con el doctor Braulio Soto Rivera. El matrimonio fue tan feliz como efímero, pues la esposa fallecía siete años después, a la edad de 26 años. Por extraña coincidencia, la primera reina de belleza murió un 11 de noviembre, la fecha que 33 años después se consagró para realizar en Cartagena los concursos nacionales de belleza.

NOTA.- Estos datos, realmente curiosos y quizá desconocidos, nos lo facilitó don Luis Eduardo Becerra, pariente de la reina.                 

Nota: los puntos suspensivos y las palabras en mayúscula, corresponden al texto original.



6.11.14

Qué se cumplieron 40 años de la publicación de Ojo al Cine! ¿Pero a qué hora?

Seminario Historia de Cali siglo XX
Área Cultural Banco de la República Cali
Noviembre 13 de 2014
Hora: 5 pm.
Lugar: Auditorio Área Cultural Banco de la República –Cali
Teléfono: (2) 8836945, Conmutador: (2) 6847750, Fax: (2) 8834352

Dirigido aUniversidades, Colegios, Redes Culturales, otros. Público en general.

Presentación
Se cumplieron cuarenta años de la publicación Ojo al Cine, revista editada por el Cine club de Cali en los años setentas del siglo pasado, momento importante para el ámbito de la crítica y exhibición fílmica de uno de los cineclubes más importantes de la Historia del Cine en Colombia que tuvo diversos autores y temas de interés cinéfilo para una comunidad local, nacional e internacional.

Celebraremos en el Seminario Historia de Cali Siglo XX organizado por el Área Cultural del Banco de la República en Cali, los 40 años de Ojo al Cine con tres intervenciones que mezclan una investigación académica y los aportes de dos integrantes del Cine club de Cali que ejercieron como amigos, coordinadores, programadores, y editores de la revista recordada.    

                             Imagen: Títulos de la portada del boletín y la Revista Ojo al Cine.
 Fuente: Yamid Galindo Cardona, Cine club de Cali 1971-1979, Tesis de grado                                              Licenciatura en Historia, Universidad del Valle, 2006.

            Programa
-Publicaciones del Cine club de Cali 1971-1979 
Por: Yamid Galindo.

-Que 40 años no son nada…
Por: Patricia Restrepo.

-Ojo al Cine y el Grupo de Cali
Por: Ramiro Arbeláez.

 ¡Cordialmente invitados!

Nota: Para una mirada inicial sobre el significado de la Revista Ojo al Cine en el ámbito de exhibición cinematográfica del Cine club de Cali, revisar: