12.4.16

El fin justifica el cine

El cineasta Luis Ospina nos entrega un manifiesto generacional del denominado Grupo de Cali en un extenso e intenso documental poniéndonos en contexto con su vida, la de dos de sus amigos entrañables, y el resto de la "pandilla" que llegó por efecto fílmico a su vida como realizador: fotógrafos, directores de arte, montajistas, camarógrafos, actores, y unos buenos pocos amigos. Todo comenzó por el fin es un gran collage histórico del cine colombiano desde la perspectiva de un espacio geográfico definido desde el presente en retrospectiva hasta mediados del siglo veinte, pulso inicial para entrar en el archivo y conocer visos de su vida familiar en la infancia donde la cámara recrea cotidianidades hasta ponernos en otro momento, la del paciente Ospina, donde parece la enfermedad es el fin de una vida hecha rollo en plena realización fílmica.

La entrada a la intimidad del director caleño es desbordante, sin tapujos nos pone ante su situación médica y los devenires que conllevan ante los diagnósticos, las intervenciones quirúrgicas, y ese sosiego que significa el ejercicio de memoria lleno de olvido, el encuentro de amigos que atraviesa toda la cinta, y el adecuado montaje que se realiza para ir tejiendo estratégicamente la vida de Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, y allí un montón de anecdotario que le da voz a muchos en el intrincado fenómeno estético del cine en medio del sexo, la música, y las drogas, todo bajo la premisa del fracasado sueño sesentero del cual hicieron parte. Así, “ellos de rumba, y el mundo se derrumba”.       

El uso de los archivos fílmicos sobresale por la misma eficacia de Luis Ospina al conservar sus documentos y posibilitar años atrás -en parte-  su acceso; por ende, el camino que él despeja para entregarle al espectador una narración fluida y acondicionada a un estilo ya marcado en sus pasados trabajos audiovisuales, reusados, y apropiados nuevamente como hipertextos. Pero el tema del grupo caleño de por sí, ha sido un copioso objeto de estudio desde miradas independientes a sus cabezas visibles o en conjunto en monografías de grados, ensayos literarios, exposiciones museísticas, artículos académicos u objetos audiovisuales con constantes temas transversales que incluyen nombres, épocas, obras, y un largo etcétera.

Lo anterior nos posiciona directamente para entender un momento de largo aliento que deviene más o menos en tres décadas que mezclan las etapas más disimiles que ya el profesor Ramiro Arbeláez se ha atrevido en clasificar en cinefilia, experimentación, y realización, las tres en conjunción con el Cine club de Cali, Ciudad Solar, la Universidad del Valle, la Cinemateca la Tertulia, el Canal Regional Telepacífico, y claro está, el contexto de la ciudad de Cali con sus teatros de barrio, la situación sociocultural, sus transformaciones urbanísticas, y la violencia que se identifica desde la explosión del 7 de agosto de 1956, hasta el fenómeno del narcotráfico con el “dinero fácil” de los años ochenta.

Un punto importante de este tema, es que los tres personajes puestos en lente han dejado obra escrita para inferir parte de su pensamiento intelectual vinculado al arte de la crítica, la literatura, el cine, la televisión, y las vicisitudes que eso conlleva. Tenemos entonces en la obra literaria y de crítica cinematográfica de Andrés Caicedo, las formas de comprender un mundo y estado de ánimo vinculado a su vida; en los dos libros de Carlos Mayolo, la singularidad a desparpajo de reconocer su accionar con el cine y lo televisivo; y en Luis Ospina, con sus “palabras al viento”, la pluma que juega con el lector y su visión del cine a través de sus “sobras” completas. Los tres escenarios vivenciales escritos, puestos en papel, son el mejor ejemplo de la necesidad que tiene el cinéfilo y realizador fílmico de dejar un registro, incluyendo la notoria correspondencia de los tres que sirve de parangón privado y público del sentir de un momento; por lo tanto, esa elaboración tiene una relevancia especial para el escenario de armar un rompecabezas especifico que tiene como línea temática lo fílmico, y en él, todo un séquito de personas que posibilitaron armar un mundo ligado a escenarios con una marca especial de representaciones, lo cual sucede de forma rápida y resumida en el documental reseñado.

Esta autobiografía fílmica que tiene marca certificada en el contexto mundial, nos deja como enseñanza que los procesos de realización cinematográfica siempre tienen un desarrollo grupal de arraigo fuerte, en cabeza de pocos que se distinguen sobre los demás, pero que imprimen un sello distintivo para dejar obras y huellas paralelas en otros escenarios de producción, desde los artísticos, hasta los académicos; posicionándolos en el entramado cultural, histórico, sociológico, y hasta político, situación que es recurrente y efectiva en este caso de estudio que atrae nuevos conocedores y, aumenta el conocimiento de esos viejos aficionados a ese influjo cultural tan atractivo y lleno de cine.    

Estamos entonces ante una obra compleja para aquellos que desconocen el desarrollo histórico del cine colombiano, y allí la situación social del país; no es cuestión de ser un “simple fanático” del grupo de Cali para hacerse la idea con este documental de ser ya un experto en el tema sin inmutarse en el riesgo que eso conlleva; el mismo que identifiqué en el grupo de personas que abandonaron la sala un poco estupefactos ante el intenso montaje de esos “locos de Cali”, o los que viéndola decían que era una película demasiada pesada y extenuante para una sentada de más de dos horas. Quedan las sensaciones, y las diversas miradas que suscita Todo comenzó por el fin, cada una apoyada en la mirada individual o colectiva que despierta ojo por ojo.   

Ficha técnica
Género: Documental.
Dirección: Luis Ospina.
Producción: Luis Ospina.
Producción ejecutiva: Sasha Quintero.
Guión: Luis Ospina.
Director de Fotografía: Francisco Medina.
Fotografía adicional: José Luis Guerín, Lina González, Luis Ospina, Rubén Mendoza, Margarita Peña, Miguel Salazar, Jaime Bonilla, Óscar Campo, Ramiro Arbeláez.
Edición: Gustavo Vasco / Luis Ospina.
Música: Camilo Sababria, Franz Schubert, Los Speakers, Johnny Pacheco & Rolando Laserie, Junior Jein, Bloque de Búsqueda.

Publicaciones a propósito del tema en el blog  





11.3.16

El lente memorístico de Fernell Franco

El andar pausado era proporcional a su voz a la hora de saludar y preguntar por el último estreno de la cinemateca; escasos minutos que sumaron horas con el pasar de los años en su visita semanal, siempre en primera fila, allá donde la pantalla parece que se le mete a uno por los ojos, sillas distintivas que los cinéfilos caleños escogen para verse -mejor- una cinta en el edificio de don Gino. La atmósfera creada en las fotos de Fernell Franco (1942-2006) siempre estuvieron inmersas en su historia de vida, lo que vivió en su niñez en la población de Versalles, sitio de donde salió exiliado con su familia por la cruenta violencia partidista, llegando a la capital vallecaucana para entrar en el circuito de una ciudad que lo cambiaba todo, y en ella, la realidad de sobrevivir ante la adversidad.

Su interesante trasegar por el mundo del oficio fotográfico, es narrado de forma magistral en el relato intimo que concedió a María Iovino entre los años 2001-2004. Fernell Franco otro documento, es un libro de bolsillo publicado con motivo de la retrospectiva de su obra expresada en las series Agua, Desierto, Retratos de Ciudad, Demoliciones, Pacífico, Amarrados, Festivales, Galladas, Billares, Interiores, Prostitutas; monumental exposición que nos movió por diversos espacios de Cali para sumergirnos en las luces y sombras del blanco y negro documental por el cual el ojo profundo del maestro fue preciso, pasando por décadas, personajes, espacios públicos, y su visión del mundo a través del rollo, el enfoque, y la reproducción técnica de sus imágenes:

[…] No confío en la rapidez de nada y menos de la fotografía, que es un medio en el que se puede hacer una composición inmediata, porque creo que para poder trasmitir algo con una imagen es mucha la honestidad que uno tiene que poner ahí.
Creo que en esto de intentar hacer una obra personal también he sido muy tímido y muy silencioso porque me parece que antes de que uno se atreva a hablar de algo, primero tiene que estar muy lleno de eso. No hay otra posibilidad que permita una lectura nueva (pág. 94). 

Estamos ante lo que podría ser el testimonio final del artista, llevándonos por etapas disímiles que dan testimonio de sus dificultades, encuentros, trabajos, y posicionamientos en el ámbito de la prensa, la reportería, y el mundo artístico venido de las bienales, y su accionar en Ciudad Solar a inicios de los setentas del siglo pasado.
Así, la curadora de esta gran muestra fotográfica afirma: 

[…] En las imágenes de Franco se desentrañan la relación férrea y desconfiada que se tiene con lo poco o con lo mucho que se posee en los países en conflicto; la dramática inestabilidad con respecto al lugar en que se habita; el misterio, la sobreposición de apañamientos y de soluciones de urgencia que ocultan lo que ha registrado la memoria; y el sentido lúgubre que imparte aún a las manifestaciones de la celebración, una historia marcada por el avasallamiento del más débil y por la diferencia extrema.  
   
En resumida cuenta, nuestro fotógrafo hizo parte de un mundo convulsionado por su propia historia, de la cual saco parte en el desarrollo de una sensibilidad agitada por su contexto como ciudadano en constante combate con la supervivencia, aquella que le mostró lo mejor y peor de sus congéneres.


Lo interesante de esta organizada narración son los datos que podemos extraer a propósito de sus gustos e influencias por el cine. Vemos entonces al niño, joven, y adulto que saca de su pasado algunos cuadros representativos del cine universal, vinculo especial donde las imágenes se hacen movimiento, y él las apropia para sus recorridos fotográficos:   
    
[…] El primero de esos amores que encontré en Cali y que me hizo saber a los doce años lo que es una pasión, fue el cine. Cerca de la casa que mis padres consiguieron en el barrio Guayaquil, cuando llegamos a la ciudad, estaba el teatro Ángel: un cine continuo medio tenebroso en el que pasaban fundamentalmente películas para el gusto más popular. Era la única distracción en esos alrededores y comencé a frecuentarlo, si podía, todos los días, hasta que supe de otros teatros en los barrios vecinos y de esa manera amplié cada vez más mi recorrido y al mismo tiempo, mis gustos cinematográficos.

En la situación económica en que vivía mi familia, era impensable que mis padres me pudieran llevar al cine o que me dieran dinero para que yo comprara boletos, pero siempre me las arreglé para entrar a todo lo que quería ver porque en aquella época existía un boleto que llamaban el “enganche”, lo que quería decir con el pago de uno entraban dos. Yo me paraba en la puerta de los teatros y, timidísimo como siempre he sido, me atrevía a abordar a las personas que llegaban solas para que me dieran la oportunidad de ver la película. Así conseguí pasar días enteros en los teatros, a veces, semanas seguidas sin parar. Salía de mi casa a las ocho de la mañana y no volvía hasta las diez de la noche.

A través del cine hice unos viajes maravillosos. Al comienzo no vi más que cine mexicano, pero aun así esos dramas intensísimos y esas historias exageradas de abusos de la pobreza que estaban en el guion de esas películas me mostraron que había otro país, que siendo distinto era igual al nuestro. Creo que por esa razón el cine mexicano era tan popular: la gente de los barrios pobres se sentía plenamente identificada con esas películas que tocaban esa forma latinoamericana de la vida. Lo hacían con otra música, con otro acento y con otras formas, pero era muy similar a la cotidianidad de nuestros barrios y de nuestros pueblos.

Las narraciones de la pobreza y del sufrimiento mexicanas eran tan fuertes que podían parecer irreales, pero me mostraron que con el drama se contaban historias. Todas se me volvieron una sola cosa, menos Los olvidados de Buñuel. Ésta me impacto tremendamente, porque está tan bien hecha que en la exactitud de sus imágenes sentí ya intensamente que ése era mi mundo. Me pareció que en el mensaje, en la imagen y en el tratamiento de Los olvidados estaban las realidades propias. 

En otro momento más adelante, cuando vi el neorrealismo italiano observé que se trataba también de que había una corriente que no evadía la realidad, que afirmaba lo cercano sin pena. Lo entendí así, porque había notado que en el cine americano la tendencia era eliminar lo real o disfrazarlo y avergonzarse de eso, desplazarlo de los lugares centrales y en cambio, hablar de la elegancia.  

Casi todo lo que veía era en blanco y negó y so me mostró, en comparación con lo que vi en color, que con el blanco y negro las profundidades y los dramas se expresaban mejor. Los maestros en este campo ya fueron los grandes directores del cine negro, que se convirtieron en un apoyo muy importante para la concepción de la imagen que me hice solo y a las carreras cuando trabajé como reportero (p.p., 30-32).

[…] Era tanto lo que yo corría en mi bicicleta, que un día me estrellé con un carro que no vi en mi acelere. Los dos: bicicleta y yo salimos volando y dando vueltas por el aire. No recuerdo que esto hubiera sido un trauma, reparé la bici y seguí moviéndome en ella de un lado para otro hasta que de pronto un día cualquiera desapareció para siempre. Supongo que se la robaron. Todo era exactamente como en la película de Vittorio de Sica. No sólo no había trabajo para el que no tenía bicicleta, si no que por esas mismas razones había que cuidarla muchísimo porque uno estaba en riesgo constante de que se la robaran. Todo el que estaba buscando una oportunidad laboral, que éramos muchos, necesitaba una bicicleta al menor precio posible. Ladrón de bicicletas es la película que traduce con toda exactitud lo que podía ser aquello, que tenía también mucho de ternura y de padecimiento (p. 49).

[…]Me parece que la realidad es blanca y negra y que el color es el generador de engaños, que es un distractor que pone borroso lo que uno quiere decir. El blanco y negro permite manejar profundidad en lo más sencillo, porque lo obliga a uno entender el contraste más simple de lo verdadero. Desde que estaba muy joven me ha parecido que el color lleva a la fotografía al mundo de Walt Disney, porque le da el encanto de la fantasía y de las exageraciones.

Desde que era un muchacho vi mucho cine negro y era un gran entusiasta de las películas de James Cagney y de las de John Huston. Creo que muchas de esas producciones fueron determinantes en la mirada que me fui haciendo. El halcón maltes, por ejemplo, es una obra que ha permanecido en mi memoria como un gran clásico de la genialidad del cine.  Desde antes me impresionaba el encuentro de la sombra con la luz. Ver altos contrastes de penumbra y luminosidad es algo que ha llamado mi atención desde que soy un niño, quizás por lo mismo me impactaron la elegancia, la sofisticación y la intensidad de los blancos y negros del cine negro. En ese contraste se movía una cosa también intensamente violenta y malvada pero elegantísima (p. 66).

La primera parte de estos recuerdos fílmicos vienen de la mano con uno de los teatros de barrio ya en el olvido, en momentos donde la niñez y juventud de su cuerpo experimentaba necesidades de ocio tan comunes en esa etapa; y ahí, el cine como base de su encuentro con historias tan comunes a nuestras realidades desde México e Italia, este último con un ejemplo particular vinculado al neorrealismo, el cual entreteje con parte de sus necesidades laborales expresadas en ese accionar de la biela y el manubrio.

Luego nos da argumentos precisos sobre su gusto por el blanco y negro, ligándolo al género cinematográfico que mayor sacó provecho de estos colores para crearnos narraciones truculentas llenas de héroes, antihéroes, y heroínas malvadas sacadas de la literatura rápida de libros de bolsillo franceses y norteamericanos. Momento para encontrar en “franca lid” al fotógrafo y su especial gusto por un estilo único que aprovechó para mostrarnos historias cotidianas llenas de sensibilidad.

Con este valioso aporte a la historia de la cultura fotográfica, encontramos un claro ejemplo del sentido dificultoso y práctico de buscar un oficio, adecuarse a él, practicarlo, y ante todo experimentarlo en varias situaciones de la vida misma, convirtiendo finalmente en una marca insustituible que perdura en el tiempo con la memoria integra de quien fue un representante clásico de nuestra cultura caleña.        

¡Quedamos a blanco y negro!

               

        

6.3.16

Vivomatografías

Grata noticia tener en la web una revista sobre precine y cine silente en Latinoamérica. Las gestoras de este impulso intelectual son las maestras Andrea Cuarterolo desde su espacio académico de la Universidad de Buenos Aires en Argentina; y Georgina Torello de la Universidad de la República en Uruguay. Investigadoras especializadas de los encuentros y vericuetos de la aparición del cine como manifiesto artístico y documental a finales del siglo XIX, y los primeros decenios del siglo pasado en nuestros territorios.   

Además de la editorial, encontramos una división especial que posiciona diversos temas para el lector acucioso de conocer estos momentos del arte fílmico donde el silencio parecía ser un eco estruendoso del cine para cierto número de espectadores, los cuales distinguían las imágenes en movimiento en el entramado de los espacios públicos, y allí sus salones, teatros, o circos.


Artículos de investigación; traducciones; rescates; entrevistas; reseñas, y documentos; posicionan este primer número de invaluable valor académico para los interesados en este periodo de nuestra historia cinematográfica.  Para el caso colombiano, encontramos dos referencias: una de la profesora Ana maría López en la sección traducciones titulada Cine temprano y modernidad en América Latina; otra del profesor Ramiro Arbeláez y su documental sobre Garras de Oro, entrevistado por Juan Sebastián Ospina León.

El resto de documentos dan fe del objetivo que busca esta publicación: posicionar un tema al que poco investigadores se aferran en sus estudios fílmicos; y ser un órgano de difusión para nuestros países latinoamericanos en función de un momento histórico representativo.

Anímense, conozcan, y acérquense al llamado cine primitivo de nuestro continente, un esfuerzo loable puesto al alcance de nuestros sentidos.  


¡A buena hora!



28.12.15

El cinematógrafo: 120 años

I
Debió ser mágico, la imagen hecha movimiento con representaciones de la vida misma en sus momentos más ordinarios, estaba ante los ojos de algunos espectadores incrédulos, asustadizos, y emocionados ante el espectáculo. Finalizaba el siglo XIX, y un nuevo dispositivo venido del arte aparecía como influjo cultural que poco a poco iría insistiendo sobre su primitivo orden básico de manifestarse a través de una pantalla.

Después de tanto ensayo, error, creación, y acción, desde Beccari, Niepce, Daguerre, pasando por Plateau, Marey, Demeny, Reynaud, y Edison; la gloria fue para Louis Lumière:

[…] Quien un 13 de febrero de 1895, patentó un aparato que servía para obtener y proyectar imágenes cronofotográficas. La primera función cinematográfica se realizó el 22 de marzo de 1895 en la calle Rennes nº 44, sede de la Sociedad de Apoyo a la Industria Nacional, donde se proyectó Salida de los obreros de la fábrica Lumiére. El 1º de junio de 1895, Louis Lumière exhibió en Lyon (además de la citada): Plaza de la Bolsa de Lyon, Sesión de acrobacia, Los herreros, Bebé pescando, El incendio de una casa, El regador regado, La merienda del bebé.
El 16 de noviembre estas proyecciones se repitieron en la Sorbona. El 28 de diciembre de 1895, en el Salón Indien del subsuelo del Grand Café, ubicado en el Boulevard des Capucines nº 14, el cinematógrafo tuvo su primer encuentro con el verdadero público: el público curiosos y dispuesto a pagar. Así comenzó el cine (Duca, 1975, págs. 13-15).  

Los temas exhibidos dan fe de unos primeros ensayos dedicados a situaciones normales, escogidas para ser presentadas en escenarios privados donde la aceptación o unos primeros comentarios, eran necesarios para dar ese segundo paso dirigido al público “común y corriente”, en un espacio público, y cobrando. Pasos que debían quedar atrás en el momento de buscar un ciclo diferente al de la experimentación.    


La tridente cinematográfico queda establecida entre los hermanos Auguste y Louis Lumière, Georges Meliès, y la empresa Pathé: Técnica, espectáculo, y negocio; lo que resultaría en producción, distribución y exhibición; en resumen, la actualidad cinematográfica con ton y son. Así en algún momento el señor Meliès halla recibido de los creadores una respuesta parca cuando quiso comprarles su invento: “No se vende, joven, y denos las gracias. Aparte su interés científico, no tiene ningún interés comercial” (García E., 1970, pág. 31).

II
Noël Burch, en su importante referente sobre el cine primitivo, presenta un dato que refleja las sensaciones que produce el cinematógrafo a escasos meses de su aparición en Nijni Novgorod, ciudad rusa donde el escritor y político Máximo Gorki daba sus impresiones sobre la ilusión óptica de ese nuevo invento:

[…] “La noche pasada estuve en el reino de las Sombras. Si supiese lo extraño que es sentirse en él. Un mundo sin sonido, sin color. Todas las cosas –la tierra, los árboles, la gente, el agua y el aire- están imbuidas allí de un gris monótono. Rayos grises del sol que atraviesan  un cielo gris, grises ojos en medios de rostros grises y, en los árboles, hojas de un gris ceniza. No es la vida sino su sombra, no es el movimiento sino su espectro silenciosos (…) Y en medio de todo, un silencio extraño, sin que se escuche el rumor de las ruedas, el sonido de los pasos o de las voces. Nada. Ni una sola nota de esa confusa sinfonía que acompaña siempre los movimientos de las personas[1].          

Para el autor, el texto de Gorki resulta fundamental por expresar las exigencias de la ideología naturalista de la representación, dominante en ese momento en casi toda Europa. Contraste inentendible que se aleja de sentido concreto de una obra, la cual debía estar dotada “de color, sonido y palabras, de relieve, de la extensión en el espacio (“Todo se mueve, rebosa de vitalidad y cuando se acerca al borde de la pantalla se desvanece tras ella, no se sabe dónde) (Burch, 1987, pág. 42). Tal vez esta impresión supuso un interesante debate de ideas sobre las posibilidades que ese artefacto tenía sobre retratar la realidad, el efecto en los sentidos, y su distorsión en el escenario de las representaciones artísticas de ese momento; las cuales, impajaritablemente, fueron entrando en el proceso de creación de los guionistas, las puestas en escena, y las necesidades de adoptar de otras artes lo mejor de ellas, mezcla distintiva que fue permeando decenio tras decenio el cine hasta lo que vivimos en el presente.     

III
Desde nuestra tierra encontramos la referencia de Clímaco Soto Borda, quien reseña el uso del cinematógrafo “sobre el lienzo del Teatro Municipal de Bogotá”, traído a la capital por el señor Ernesto Vieco con diversas imágenes que representaban por ejemplo el “mar con sus olas que se precipitan en pos de otras”, o “el ruido atronador de la locomotora que parece venírsenos encima con su enorme cadena de carros”; experiencia que parece no fue de todo agradable por la algarabía excesiva, lo que llevaba a la conclusión de no ser un espectáculo apropiado para un teatro, pero sin duda para un salón (Soto, 1897).

Tulio Hermil -diecisiete años después- escribe sobre las posibilidades civilizadoras que el cine ha traído a la humanidad:

[…] la misión del cinematógrafo, como la de la prensa, es esencialmente civilizadora. Hacer obra de verdad, hacer obra de belleza hacer obra de progreso: he ahí su fin. Despertar en el alma de las muchedumbres el sentimiento patrio, las nobles empresas, los sublimes heroísmos; instruir la mente de los pueblos con los ejemplos de abnegación, de altruismo y de justicia; ser, en una palabra, ¡faro que ilumine el sendero y no tea que incendie y arrase! (Hermil, 1914).

Desde Medellín, Tomás Carrasquilla asume el cine como una necesidad, acorde a la modernidad y las costumbres de una sociedad conservadora e influyente, espectáculo fantástico, imposible, instructivo, simbólico, educativo e inmoral:

[…] Ciertamente: aquel encanto, aquella atracción que en todos ejercen esas visiones instantáneas y mentirosas, es porque en ellas vemos, tal vez sin darnos cuenta de su enseñanza, la imagen fidelísima de nuestras propias existencias: toda vida, la vida toda, es un reflejo, una película” (Carrasquilla, 1914).    

Las tres visiones del cine tienen el atractivo de ser referencias publicadas en Colombia, cada autor desde la experiencia como espectador en función de entregar un mensaje que posiciona el cinematógrafo como vinculo directo entre la sociedad, las costumbres, y sus representaciones ante el hecho fílmico de observar una cinta, y las sensaciones resultantes de ese encuentro. Síntoma positivo de la llegada del cine a nuestro territorio y sus efectos en la vida privada y pública.                        
IV
A propósito del concepto, se debe a Léon-Guillaume Bouly la palabra cinematógrafo, quien la empleó en 1893 al patentar un aparato con ese nombre. Desde la historia de las técnicas, sería el nombre del maquina inventada por los hermanos Lumière. En el lado del la conceptualización en su distinción del cine mismo, el cineasta Robert Bresson lo define en su oposición al teatro:

[…] el cine, en su definición comercial común, es un vehículo para actores profesionales que representan la comedia según las normas teatrales en vigencia; por el contrario, el cinematógrafo es el registro de un real no representado, sin actores ni recursos con códigos (de dicción, del gesto) extraídos del teatro (Aumont, Marie, 2006, págs., 43-44).          

Con el pasar de los tiempos, cuando el cine es distinguido como arte, y su  exhibición es explotada comercialmente, el concepto comienza a distinguirse como formula publicitaria para atraer clientes de diversa índole. Sin embargo, sus pioneros nunca pensaron en las imágenes en movimiento como fenómeno estético, “para ellos, como para buena parte de la humanidad, el cine podía ser un registro de la realidad superficial, o un ingenioso dispositivo para el espectáculo o el entretenimiento. Pero creían firmemente que más allá de ese nivel no había mayor futuro. El cine era, en el mejor de los casos, un hijo ilegitimo del teatro y de la fotografía” (Romaguera, Alsina, 1989, pág. 13). Nacen entonces los críticos y teóricos que empezaron a encontrar en el cine una forma de reflexionar sobre las valoraciones del mundo que se adaptaban a la pantalla, posibilitando que Ricciotto Canudo sentara su posición en un documento titulado Manifiesto de las Siete Artes -escrito en 1911-, resultando el término Séptimo Arte, “postulado suyo, porque creyó ver en el cine un epicentro y una posible culminación de pintura, arquitectura, escultura, poesía, danza y música” (Romaguera, Alsina, pág. 14).


V
Ciento veinte años no son nada. El cine sigue tan campante entreteniendo, realizando,  y repitiendo historias que parecen no agotarse ante el asombro o reproche de quienes las observamos en todos sus formatos, desde los clásicos, hasta los que la industria nos pone en el juego constante del mercado. En el cine, muchas edades caben, para todos hay, entran en el fin único de divertirse por varios minutos ante la vida misma hecha relato por medio del movimiento fotográfico. Las sensaciones son muchas, y sus discursos mediáticos trascienden a escenarios inimaginables. Ante la oscuridad del teatro, y la des-concentración de la sala casera, el espectador se sumerge en un extraño vinculo que lo lleva apasionadamente ante el instante eterno de una narración que parece no envejecer: Hoy la observa, y posiblemente diez años después la repita, intacta y a la espera de otro reconocimiento, otras pausas, otra vida en medio de tantas reproducciones.

Fin
Tres definiciones:
1-      El cine es un sueño –Dr. Serge Lebovici.
2-     El cine es el arte del movimiento y los ritmos visuales de la vida y la imaginación –Germaine Dulac.
3-     El cine es un sistema de signos cuya semiología corresponde a una posible semiología del sistema de signos de la realidad misma –Pier Paolo Pasolini.         

Bibliografía
-Aumont, J., Marie, M., (2006). Diccionario teórico y crítico del cine. Buenos Aires: la marca editora.  
-Burch, N., (1987). El tragaluz del infinito. Madrid: Catedra Signo e Imagen.
-Carrasquilla, T. El buen cine. Revista Cinemes, Nº 1, Medellín 1914. Tomado de: Cobo, J., Arbeláez, R., (2011). La crítica de cine una historia en textos. Colombia: Proimagenes, Universidad Nacional. 
-Dmytryk, E., (1995). El cine, concepto y práctica. México: Limusa Noriega Editores.   
-Duca, L., (1975). Historia del cine. Argentina: Editorial Universidad de Buenos Aires.  
-García E., J., (1970).  Vamos a hablar de cine. España: Biblioteca Básica Salvat.
-Hermil, T. ¿Qué es el cine? En De Cine Universal, Cali, Revista El Kine, Bucaramanga, 1914.  Tomado de: Cobo, J., Arbeláez, R., (2011). La crítica de cine una historia en textos. Colombia: Proimagenes, Universidad Nacional. 
-Romaguera, J., Alsina, H., (1989). Textos y manifiestos del cine. Madrid: Catedra Signo e Imagen.             
-Soto, C. Días de cine – Cinematógrafo. En El Rayo X, septiembre 4 de 1897. Tomado de: Cobo, J., Arbeláez, R., (2011). La crítica de cine una historia en textos. Colombia: Proimagenes, Universidad Nacional. 

Nota Fílmica
En 1995, para homenajear los 100 años del cine, reunieron a 40 reconocidos directores para que realizaran un cortometraje de 52 segundos utilizando el cinematógrafo original que inventaron los Lumiére. Este documental titulado Lumiére y Compañía, es una buena razón para entender las posibilidades del Tragaluz del Infinito, extraño objeto creador de estrellas, olimpos, triunfos, y fracasos.      

24.12.15

Minicuentos navideños

Años atrás llegó a nuestras librerías un libro del cineasta Tim Burton titulado La Melancólica muerte de Chico Ostra,  traducido a nuestro idioma por Francisco Segovia, publicado por la editorial Anagrama en el año 1999. Veintitrés minicuentos hacen parte de esta compilación extraña, especial, y cruelmente divertida, semejante a la obra cinematográfica del director.  Se ha escogido para la fecha tres de sus textos, donde el niño ojos de clavo, chico mancha, y palillo, sufren la fecha navideña. Los dibujos que ilustran nuestros personajes, hacen parte del lápiz de Burton para sus lectores.

Ojos de Clavo
El niño de ojos de clavo
terminó de montar su árbol
de estaño en un solo día.
Pero se veía muy raro
pues él mismo no veía.


La gran Navidad de Chico Mancha
En Navidad Chico Mancha  
recibió un traje nuevo.
Limpio y blanco como un huevo
y pasado por la plancha.

Más en cuestión de minutos
(no llegaron a ser diez)
Manchas de grasa y esputos
se formaron otra vez.



La Navidad de Palillo
Palillo pudo notar que su árbol de Navidad
parecía un churumbel bastante más sano que él.   



¡Felices fiestas!

18.12.15

La Masacre de las Bananeras -1928-, parte 3

En la película colombiana María Cano -1990-, de Camila Loboguerrero, encontramos una escena de los dirigentes socialistas privados de su libertad en La Dorada -1927-, discuten sobre el escenario de la zona bananera y su territorialidad entregada a los gringos, y sobre las peticiones obreras: Que acaben con el comisariato de la compañía y los pagos en vales; que se construyan escuelas; que se les procure el descanso dominical; que sean reconocidos como trabajadores de la compañía por contrato como lo fijan las leyes de Colombia. Finalmente, proponen ir a la huelga. Otro momento nos ubica en la “Plaza de Ciénaga, Zona Bananera, Marzo de 1928”, allí se escuchan vivas a “la flor del trabajo”, Ignacio Torres Giraldo, y Raúl Eduardo Mahecha en conversación y encuentro con los encargados de llevar adelante el movimiento obrero en esta región; encontrando el uso violento de uno de los encargados de la seguridad de la United que deja bien claro que allí no necesitan sindicato: “aquí la gente comía mierda antes que llegaran los americanos”.  La última escena de este episodio sobre las bananeras se da el 5 de diciembre de 1928, el encuentro con los militares, y la masacre.

Tal vez es la única reseña fílmica que ha tocado el tema de la masacre de las bananeras desde la ficción en el contexto biográfico de una luchadora obrera como lo fue María Cano. Sin embargo, el hecho histórico queda poco contextualizado, y se dirige más a presentar a los líderes del Partido Socialista Revolucionario como emblemas de este proceso desde el lado intelectual, y su posterior situación de perseguidos políticos. Así que el momento aciago e histórico, necesita otras narraciones desde el cine, buscando personajes anónimos por fuera de los reconocidos en el ámbito social, ambientándose con los textos literarios, y aprovechando la memoria de los archivos, las discusiones judiciales donde Jorge Eliecer Gaitán fue importante, y encontrando caminos para mostrarle a nuevas generaciones ciertos vínculos del cine nacional con su pasado.                       

Terminamos nuestro ciclo dedicado a ese suceso histórico del siglo XX colombiano con el texto dedicado al accionar de la empresa norteamericana en nuestro territorio con sus “gracias y travesuras”. Expuestas en reconocimiento de una situación desagradable donde el pueblo que hacía parte del consorcio como empleado explotado, es afrentosamente violentado en sus derechos fundamentales; en medio de ser un “hecho tan doloroso y al mismo tiempo tan sometido a los vaivenes de la ficción”, como afirma el historiador Mauricio Archila, para decirnos que “lo ocurrido luego también sigue sumido en las brumas del recuerdo, pero las proyecciones históricas son más claras”.     

Gracias y travesuras de la United…
Las grandes empresas  multinacionales no apelan a última instancia de la fuerza bruta sino cuando ven amenazados sus intereses en materia grave. Y aun en ese caso extremo prefieren utilizar a sus cipayos criollos armados, reservando sus propios efectivos para la eventualidad de que los sirvientes les fallen en la gendarmería de sus riquezas. Los capítulos anteriores lo comprueban ampliamente. Pero la fuerza no es más que un último recurso.  Los grandes consorcios tentaculares tienen armas e instrumentos de dominación mucho más productivos y eficaces. En primer término, la corrupción de sus agentes nativos, cuya venalidad siempre han sabido explotar con verdadera maestría. Esto es regla general. No ha habido pulpo imperialista que no haya pagado  con largueza la entrega incondicional de sus paniaguados. Y en estas artes útiles del soborno, y del cohecho, la United Fruit Company ha sido tradicionalmente Mater et Magistra. Pero además hay otro instrumento de predominio que esta compañía ha manejado a la perfección: el paternalismo. Vamos por partes.

En el terreno de la corrupción, a la frutera  no le tembló jamás la mano ante nada ni ante nadie. Abundaron los parlamentarios, jueces y gobernadores enriquecidos por el usufructo de fértiles tierras bananeras a cambio de su connivencia en las más sucias maniobras antinacionales. Hay un caso que se aproxima a los límites de la comicidad. En la época dorada de la United la prensa capitalina llegaba a Santa Marta e el mejor de los casos cada ocho días. En consecuencia, el único medio de información y comunicación era la prensa local, consistente en cuatro periódicos cuya supervivencia hubiera sido muy precaria a no ser por el generoso patrocinio de la Frutera que con mano providente les suministró durante años las pautas de publicidad que necesitaron para subsistir. Cuentan con risa los samarios de esa época –subrayando la nula importancia que la Compañía daba al hecho mismo de la publicidad- cómo aparecían a menudo los diarios de Santa Marta con grandes avisos de la Magdalena Railway Company (subsidiaria de la United), en los cuales anunciaba sus itinerarios, siempre atrasados. En otras palabras, era frecuente, por ejemplo, que en los aviso de abril aparecieran los itinerarios de marzo. La cosa era clara. A la Frutera no le interesaba dar a conocer sus horarios de llegadas y salidas del tren. Como no podía interesarle modalidad alguna de propaganda dentro del territorio mismo de su imperio. Su objetivo era tener a la prensa local a su entera disposición. Y siempre la tuvo. Para eso llegaban las órdenes de avisos puntualmente y para eso se pagaban a tarifas exorbitantes.

Aproximadamente entre un 30% y un 40% de las fincas de la zona pertenecían a la United. El resto era de propiedad de los terratenientes criollos que le vendían a fruta al monopolio. Con estos propietarios nacionales, insidiosamente formó la United una clase parasitaria, dependiente y ociosa que, dentro del proceso de producción, se limitó siempre a recibir periódicamente su cuantioso banana check, con el cual los beneficiarios de este tesoro inverosímil vivían como sultanes, algunos en Santa Marta y otros, más refinados, en la lejana Europa. Cuentan de uno de ellos que, regresando a su ciudad nativa después de muchos años de residir en Francia decía, lleno de asco y desdén: “Más vales estar enterrado en París que vivo en Santa Marta”.


El pérfido paternalismo que practicó la Frutera durante su hegemonía en la zona de Santa Marta no fue gratuito. Cumplió a cabalidad el fin que se proponía, sojuzgando totalmente a los propietarios criollos e impidiendo así la aparición del mínimo conato de burguesía nacional que más o menos pudiera oponerse a sus desmanes. La United nunca quiso que los terratenientes locales supieran nada del mercado internacional del banano, ni de la técnica para prevenir las plagas, ni de los controles de calidad, pero ni siquiera de los rudimentos del cultivo mismo de la fruta. Todo lo manipulaba y todo lo hacía la todopoderosa United. Los propietarios no iban alas fincas  más que a emborracharse con sus colegas y con los jerarcas de la Compañía. Los obreros pagados con salarios de hambre, cortaban la fruta bajo la dirección de capataces entrenados por los gringos. La Empresa proveía asistencia técnica para combatir a los enemigos naturales del banano, los sacaba de las fincas, seleccionaba el que le convenía, lo embarcaba y se lo llevaba. Mientras tanto, los propietarios colombianos disfrutaban de la más esplendorosa holganza. De pronto los rozaba la adversidad porque la sigatoka o el Panamá disease arruinaban las plantaciones, porque los huracanes des devastaban o, simplemente  porque los secuaces de la compañía habían rechazado cosechas enteras de óptima fruta bajo el pretexto de “mala calidad”, cuando lo cierto era que habían recibido orden superior de rechazar debido a que había oferta den Nueva York y una mayor afluencia de banano podía echar los precios por la tierra. En tales casos no había problema. Ahí estaba “Mamita United” lista a otorgar créditos a largos plazos y bajos intereses para compensar cualquier pérdida a sus hijuelos amados. Y la verdad es que a la Frutera le interesaba que los propietarios criollos fueran en todo momento sus deudores. Así los tenía más sometidos.

Hubo sin embargo, una estupenda excepción. Dos hermanos Olartes, oriundos de Antioquia, que habían llegado a la Zona y hecho allí una fortuna a fuerza de trabajo. Fueron inmunes a la ponzoña del paternalismo. Ellos mismos administraban su finca y conocían a fondo todos los pormenores del cultivo. Eran, además, audaces y bien bragados. Cuando llegaban los testaferros de la Frutera a las fincas s “seleccionar” la fruta, la aristocracia bananera dormía siestas  infinitas. Los Olartes estaban  presentes en el proceso de la selección y, cuando los lacayos cumplían órdenes de rechazar, los dos hermanos a quienes nadie podía engañar en cuanto a conocimiento de la fruta, se hacían aceptar  sus racimos a punta de revólver si era menester, probando, además, que no había tal mala calidad. Al mismo tiempo, el banano de los propietarios ausentistas se quedaba pudriéndose en las fincas.                


Hay un episodio poco conocido en la tenebrosa historia de la Frutera, en el cual concurren curiosamente las consecuencias de la corrupción y del paternalismo. Al célebre Mr. Bradshaw lo sucedió en el trono de la frutera Mr. George S. Bennett, quien lo ocupaba cuando se inició la primera administración López. Mr. Benett, fiel a al tradición sagrada de su empresa, empezó a manipular todas las palancas de la compra de conciencias. De pronto el presidente López tuvo noticia de que el gerente de la Frutera se encontraba comprometido en una alta operación de soborno al poder judicial en Santa Marta, en el caso de un litigio de aguas dentro de la Zona. El jefe del Estado envío a toda prisa un investigador competente quien penetró en la oficina de Benett y encontró en su escritorio el expediente del caso, que el gerente y sus abogados mercenarios habían sustraído del juzgado. El señor Benett fue detenido y traído a Bogotá junto con su jurista de cabecera y en la capital estuvieron a buen recaudo por cerca de dos meses. Cuando Benett regresó a Boston, la Compañía, a modo de desagravio, lo hizo vicepresidente. Y entonces vino lo maravilloso, lo increíble: la venganza apocalíptica del gringo ultrajado. La mortífera sigatoka se abatió sobre las fincas de los propietarios colombianos u aniquiló sus plantaciones. Su ignorancia los hacía inermes ante el desastre y de nada les valió su abyección de tantos años. El yanqui ofendido, a todos castigó por parejo. La justicia es ciega y tiene en sus  manos una balanza en equilibrio y una espada. Y ¿qué pasó con las haciendas de la United? Que las matas siguieron fruteciendo en todo su esplendor protegidas por acueductos de “caldo bordelés” (compuesto químico que combate y evita la sigatoka), mientras las vastas plantaciones de los colombianos se deshacían ante la impotencia de quienes, tarados por el paternalismo, nunca se interesaron por meter la nariz en las técnicas de cultivo y prevención. Cuentan los testigos de esa época que hasta muchos kilómetros de las plantaciones se percibía el relente dulzón de miles de hectáreas, de banano putrefacto. Mr. Benett convocando la sigatoka en Mr. Brown concitando las cataratas del cielo sobre el Macondo de la decadencia.

Imposible cerrar este ciclo de relatos bananeros, sin recordar un episodio que tipifica no sólo los procedimientos de la United Fruit sino la esencia misma del sistema capitalista. José Gnecco, viajando a bordo de un barco de la Frutera, fue testigo de cómo el capitán recibió un telegrama urgente de Boston con una orden perentoria. Había oferta en el mercado. El precio podía bajar. Había que sostenerlo. El barco viajaba repleto con fruta de primera calidad. Era imperioso echarla al océano. El capitán obedeció el mandato de sus jefes. Ciento veinte mil racimos fueron devorados por las aguas. El barco levó anclas y siguió su marcha. Otros muchos capitanes ese mismo día cumplieron en diversos puntos de la inmensidad del mar la misma orden. El precio se sostuvo y hasta pudo mejorar. Las fauces insaciables del caribe crearon la demanda. ¿Cuántas hambrunas segaban en ese momento millones de vidas, muchas infantiles, en múltiples lugares del mundo? No lo sé. Lo único cierto es que los mecanismo de la economía capitalista se detienen ante esas consideraciones sensibles.        

 Bibliografía
-Alfredo Iriarte, Gracias y travesuras de la United…, en Lo que lengua mortal decir no pudo, Instituto Colombiano de Cultura, pp. 96-103, 1979.
-Mauricio Archila, Masacre de las bananeras, Credencial Historia, 1999.  

Película citada
María Cano
De: Camila Loboguerrero.
Actores: Entre otros, María Eugenia Dávila, Frank Ramírez, Diego Vélez
Germán Escallón, Jorge Herrera, Ana María Arango, Eduardo Carvajal.
Género: Ficción / Biopic.
Duración; 106 minutos.
Año: 1990.

Imágenes tomadas de:






16.12.15

La Masacre de las Bananeras -1928-, parte 2

Carlos Uribe Celis afirma que durante los años veinte en Colombia el panorama político se manifestó por los siguientes problemas: la tierra; los indígenas; los obreros; la conexión de las regiones; la adecuación político-administrativa; la adecuación social del país al nuevo statu quo; finalmente, el  imperialismo. En este último caso, se refleja un hecho en particular, el Tratado de Amistad del 6 de abril de 1914 “en el que se aceptaban los hechos y consecuencias del despojo de Panamá aun con la supresión de la cláusula del sincere regret,  que debió haber figurado y se suprimió en la declaración del gobierno de los Estados Unidos”; también a la entrada de capital americano que estimulo la dependencia; la explotación y legislación de hidrocarburos;  e indirectamente las intervenciones de los norteamericanos en Centroamérica, y en los denominados enclaves del banano, platino y oro en nuestro país (pp. 35-37).  

Miguel Abadía Méndez fue el último presidente de la llamada hegemonía conservadora en nuestro país. Germán Colmenares hace una pequeña radiografía del personaje y nos dice: “Nada lo señalaba como un hombre de progreso, antes por el contrario, era evidente su apego a esquemas mentales que chocaban permanentemente con las nuevas realidades del país. Todo el mundo reconocía, eso sí, sus sobresalientes cualidades como político, en el sentido más bien peyorativo del término” (pp-437-438). Entre los años 1926-1930, su gobierno estuvo marcado por las constantes polémicas derivadas de su accionar político y hegemónico, además por múltiples endeudamientos del erario público con empresas extranjeras en medio de la crisis económica de 1929 –gran recesión mundial-, y el conflicto interno laboral de los empleados bananeros de la United Fruit Company que derivó en los problemas suscitados en 1928. La situación social y política de nuestro país en ese cuatrienio, posibilitó el encumbramiento de otro partido político, los liberales, los cuales llegaron al poder en 1930 e instauraron la denominada República Liberal hasta 1946.   

En medio de la “fauna” política nacional, y los envites de algunos periódicos no oficialistas que marcaban pautas sobre la real situación del país, aparece la figura de Ricardo Rendón (1894-1931), caricaturista de la época, de clara tendencia liberal, y auspiciante a través de sus trazados, de una memoria crítica y certera de la realidad política. En resumen, como afirmaba Fernando González, “el caricaturista es el vidente de los pecados hechos hombres y sucesos”; y Rendón si que lo supo hacer, fustigó constantemente por medio de sus reflexiones a los conservadores en el gobierno, estimulando una conciencia crítica, y haciendo ver ciertos errores y problemas desde las instancias satíricas, donde cabía el presidente del momento, y obviamente la Masacre de las Bananeras en 1928.

Para complementar el segundo texto de Alfredo Iriarte, exhibimos en medio de su narración algunas de las caricaturas del citado dibujante, todas con el pretexto de alimentar la imaginación del lector, y ubicarlo en la trama de una situación deshonrosa para el país, sus gobernantes y militares.                   

¡Que viene Cortés Vargas!
Ya vimos en el capitulo anterior, a través del testimonio de Pepe Gnecco, cómo en los días críticos de la huelga bananera, estuvieron fondeados cerca de la bahía de Santa Marta dos barcos de guerra del Tío Sam listos a desembarcar sus aguerridos contingentes de marines, en caso de que las autoridades colombianas no asumieran una actitud enérgica frente a la “asonada comunista” que amenazaba seriamente las vidas y bienes de los norteamericanos que, con el desinterés y la abnegación de siempre, trabajaban en estas latitudes selváticas y agrestes por el incremento de la riqueza nacional.


Los legendarios infantes, como bien es sabido no tuvieron que desembarcar para ejercer su oficio de gendarmes internacionales. El gobierno de Colombia les envío esa molestia con el envío del general Carlos Cortés Vargas como jefe civil y militar de la zona. Sobre este destacado exponente de nuestras instituciones castrenses siempre hubo una duda: nunca se supo si lo que le gustaba ver correr con mayor abundancia era el whisky o la sangre. 

Cortés Vargas viajó a toda prisa y en Barranquilla puso bajo su mando un regimiento acantonado en esa ciudad. En segunda tomó el camino de Ciénaga y Santa Marta, Pero al llegar se le presentó el general un contratiempo con el cual no contaba y que estuvo a punto de dar por tierra con sus planes: no tuvo en cuenta que los soldados que llevaba para sofocar la huelga también eran costeños. En consecuencia, su llegada fue recibida con fragosas manifestaciones de júbilo. Mucho de los soldados eran parientes, amigos y compadres de los obreros, con quienes terminaron confundidos en grandes abrazos mientras los fusiles caían atierra y todos fraternizaban  al calor del ron, los bollos de yuca, las arepas de huevo, el pescado frito con patacones y la amistad entrañable de quienes sólo se diferenciaban en la indumentaria. Los huelguistas habían acampado en los playones de Ciénaga y allí habían levantado sus carpas y encendido sus hornillas. Las contribuciones forzosas impuestas a mercachifles y usureros locales proveían generosos bastimentos para el proletariado que luchaba, de modo que cuando llegaron los hermanos de Barranquilla, hubo viandas, bebidas y afecto para todos.      


Tiempo después, el general Cortés Vargas confesó que ese episodio si lo había desconcertado hasta atemorizarlo. Pepe Gnecco fue testigo de esa confesión. Pero el estupor le duró poco al chafarote. Mientras soldados y trabajadores festejaban su encuentro y los obreros mamaban gallo en la cumbiamba con los fusiles de sus camaradas, el general urdió sabiamente la nueva estrategia. Con rapidez y astucia de felino, el jefe civil y militar fue haciendo retornar la tropa costeña en grupos reducidos a sus cuarteles en Barranquilla. Simultáneamente –valiéndose del entonces único y ultra-rápido inalámbrico de la frutera- despachó telegramas urgentes pidiendo a marchas forzadas el envío de tropa “cachaca”: santandereanos, boyacenses, “rolos”, antioqueños, caucanos, pastusos; hombres, en fin, que no tuvieran afinidad alguna cultural o familiar con quienes estaban destinados a ser sus víctimas. 

El traslado se cumplió con una celeridad asombrosa para los medios de entonces. En una semana no quedaba en la zona de huelga un solo soldado costeño y ya estaban presentes todos los “cachacos” que necesitaba Cortés Vargas para actuar.   En eso el célebre general fue el precursor de una de las más siniestras tácticas empleadas por las dictaduras fascistas que ensangrentaron a Colombia a partir de 1949. Igual que su antecesor de Las Bananeras, veinte años más tarde comprendieron sagazmente los promotores de la violencia que los sicarios reclutados para el asesinato y la depredación vacilarían al volver las armas homicidas contra sus hermanos de comunidad. Entonces los transplantaron. Y los enviaron a ejecutar su proditorio cometido a zonas extrañas; a regiones donde su furor  vesánico no se detuviera ante el rostro del hermano, del amigo, del pariente, del compadre; a comarcas en que ninguna voz familiar pudiera entre los verdugos y sus víctimas; a poblaciones distantes, propicias por lo tanto a la frialdad de la matanza; a lugares tan lejanos que allá el exterminio no engendrara remordimientos. Hay una página maestra de Cien años de soledad en que García Márquez narra con patetismo sobrecogedor la llegada de los soldados “cachacos” a Macondo para la represión de la huelga:

Eran tres regimientos cuya marcha, pautada por tambor de galeotes, hacia trepidar la tierra. Su resuello de dragón multicéfalo impregnó de un vapor pestilente la claridad del mediodía. Eran pequeños, macizos, brutos. Sudaban con sudor de caballo y tenían un olor de carnaza macerada por el sol, y la impavidez taciturna e impenetrable de los hombres del páramo. Aunque tardaron más de una hora en pasar, hubiera podido pensarse que eran unas pocas escuadras girando en redondo, porque todos eran idénticos, hijos de la misma madre, y todos soportaban con igual estolidez el peso de los morrales y las cantimploras, la vergüenza de los fusiles con las bayonetas caladas y el incordio de la obediencia ciega y el sentido del honor.

Ya Cortés Vargas podía estar tranquilo. Los candorosos huelguistas seguían convencidos de que los soldados que estaban  en los cuarteles vecinos eran los mismos paisanos a quienes habían recibido en triunfo. ¡Estaban emboscados los muy tontos! Pero como el general aún no estaba investido de los poderes que le dio después del decreto de estado de sitio sobre las vidas humanas, quiso obtener la anuencia del gobernador Núñez Roca para proceder sin más formulas ni necios escrúpulos al exterminio de los obreros. El doctor Núñez Roca se negó, con la repugnancia más atroz a aprobar el genocidio. Pero la novel actitud del gobernador sólo consiguió retardarlo unos días. Vino el decreto que puso a merced del sádico las vidas de los obreros colombianos explotados por los gringos. Automáticamente el digno y probo gobernador quedó reducido a  condición de monigote frente al todopoderoso procónsul que el ministro Ignacio Rengifo (otro diplomático sanguinario) enviaba para custodiar  a todo trance la propiedad y los fueros de los expoliadores foráneos.   

Relatar la matanza del 6 de diciembre de 1928 y la despiadada cacería humana que siguió, es un episodio  que se omite por demasiado conocido, en esta serie cuyo propósito cardinal es el de revelar ciertos capítulos ominosos que la historia oficial ha logrado escamotear al conocimiento de los colombianos. Por eso se ha revelado la presencia de los destroyers gringos en esta serie; por eso se ha destacado el episodio siniestro del cambio de la tropa; y por eso es bueno que se sepa que después  del genocidio de la Ciénaga, del aniquilamiento de los fugitivos en la Zona y de los inicuos consejos de guerra a los dirigentes obreros, el carnicero vistió su mejor atuendo marcial y celebró el triunfo de la “gente decente” y de la “inversión extranjera” sobre la "guacherna”, con un baile suntuoso en el regimiento Córdoba, al cual asistió la alta directiva de la United, los abogados mercenarios y toda la aristocracia bananera criolla, intermediaria, parásita, holgazana y servil, cuyos intereses había salvaguardado, junto con los yanquis, el ejército de Colombia.

La mala suerte le amargó el final de la grandiosa fiesta al invicto pacificador de la guacherna levantisca. Cierta próspera industria cervecera acababa de inaugurar en la ciudad una moderna planta para producir allí mismo sus exquisitas bebidas. Al tener conocimiento de la proximidad del baile en honor del héroe, los obsequiosos cerveceros enviaron varias cajas de cortesía al festejo. Cortés Vargas lo supo, y después de haber ingerido dosis fenomenales de whisky, decidió aplacar su sed de guerrero bogotano en Ciénaga con otra dosis no menos caudalosa de cerveza, con la consecuencia de que sufrió una intoxicación apocalíptica. Al día siguiente, en medio de las cefalalgias, los trastornos y las náuseas de ese guayabo demoniaco, declaró a gritos que todo había sido un complot comunista para envenenarlo y ordenó que la tropa ocupara la planta de respetable consorcio cervecero y suspendiera culatazos la producción del brebaje magnicida. La orden je jefe civil u militar de la Zona se cumplió en el acto, ante el estupor de ingenieros y gerentes, cuyas protestas les acarrearon los vejámenes de la soldadesca. Expulsados de su lugar de trabajo, los ejecutivos de la empresa se dirigieron por inalámbrico a las altas directivas, las cuales, a su vez, apelaron al presidente Abadía. El primer mandatario, estupefacto, llamó a su inolvidable ministro de guerra Ignacio Rengifo, quien, como avezado dipsómano, entendió el caso y envió órdenes inmediatas para que las fuerzas del orden evacuaran la planta y permitieran que alas actividades productivas continuaran. Los daños fueron reparados por cuenta del Estado, y el ministro de guerra dio al general Cortés Vargas todas las garantías de que su intoxicación había obedecido más a su imprudencia que a las insidias de los envenenadores profesionales venidos de Moscú directamente a Santa Marta.


El gobierno procedió inmediatamente a recompensar los méritos del Pacificador de Las Bananeras, nombrándolo director de la Policía Nacional. Su prestigio estaba intacto ante la clase dirigente, al cual sólo vino a excomulgarlo sin remisión posible cuando en las jornadas cívicas de junio de 1929 contra la corruptela administrativa, los caballos de la policía cargaron contra la gente bien de Bogotá, dejando como saldo de su intervención unos cuantos contusos. La burguesía, que lo había absuelto por los tres mil muertos de Las Bananeras, lo condenó para siempre al ostracismo y al escarnio público por los aporreados en las calles de Bogotá. Era natural. En la sociedad de clases, todo tiene sello de clase. Inclusive la muerte.         

Bibliografía
-Alfredo Iriarte, ¡Que viene Cortés Vargas! , en Lo que lengua mortal decir no pudo, Instituto Colombiano de Cultura, pp. 88-95, 1979.
-Carlos Uribe Celis, Los Años Veinte en Colombia, Ideología y Cultura, Ediciones Alborada, Bogotá, 1991.
-Fernando González, Ricardo Rendón, en Rendón, Editorial Colina, Medellín, 1976.  

-Germán Colmenares, Ricardo Rendón. Una fuente para la historia de la opinión publica, TM Editores, Universidad del Valle, Banco de la República, Colciencias, 1998.