19.5.13

Glosa sobre el cadáver de un dictador


Los amigos del barrio pueden desaparecer,
pero los dinosaurios van a desaparecer.
Charly García.


En vida y muerte, eternamente el dictador será grotesco. Algunos fallecen por la fuerza de la providencia, ancianos, enfermos y en mansiones vigiladas al lado de los suyos, quienes apropiaron o desconocieron la otra facha, la monstruosa. Otros como el prócer de la patria, mueren “en átomos volando”, víctimas de sus practicas de desequilibrio institucional. Por último están los dictadores que no lograron escabullirse del juicio de la historia,  “afrontaron” veredictos civiles que los ubicaron tras las rejas con condenas dignas de sus actos: a cadenas perpetuas o a la pena de muerte con las “botas puestas”.        

Quisieron muchos entrar en la eterna soledad del olvido, pasar de agache ante sus oprobiosos actos, y asumir que simplemente estuvieron en el instante que los necesito la historia en que se inscribieron para colocar en orden el Estado de las cosas, con patrocinios externos en frío y caliente que asumieron los cruzados llenos de estrellas para alinear sus ovejas descarriadas. En ese contexto, nuestros petulantes dictadores atiborrados de reconocimientos en sus aplanchados uniformes, penetraron el aire libre respirado por todos, lo secuestraron, le pusieron límites, lo organizaron en edificios, caballerías o escuelas oscuras con la luz exigua del torturador, aquella que dejaba notar la punta de su nariz, y el aliento a muerte de su voz en la extraña amabilidad de las posibilidades de decidir el soplo de vida para su victima. Culminación de otra jornada irracional.  
  

El día siempre fue oscuro para las victimas del opresor, entregadas a la incertidumbre, buscaron la salida con el idilio hecho sueño de libertad, la que ganaron con la muerte y con suerte la supervivencia, alargada con la dulce victoria de ver a su victimario enmarañado en la realidad de sus actos, postrados, poco avergonzados, y seguros de que lo realizado estaba en el destino manifiesto de su recorrido por este mundo. Pobres seres humanos.

¿Qué se hace con el cadáver de un dictador? Se promociona, se recuerda con el afán del olvido, se esconde, y en últimas se reinventa ante la sospechosa presencia de admiradores que comparten, y sienten su ejemplo como el suyo ante los desequilibrios de su universo.  Quedando la satisfacción que el altivo y locuaz personaje, yace mudo, no grita, no ajusticia, no envía señales para su gran acto, soportando la pesada tierra que mancho con su puño.

El deleite se siente, se respira mejor, bien muerto está, un dictador nos ha dejado, que nunca viva un dictador.   

-Imagen editada de Videla y Pinochet.

23.4.13

Lanzamiento del libro Historia de Cali Siglo XX


Día: Abril 30 de 2013.
Hora: 2 pm.
Lugar: Centro Cultural de Cali

El Grupo de Investigación Nación/Cultura/Memoria del Departamento de Historia de la Universidad del Valle, presenta su libro colectivo sobre la Historia de Cali Siglo XX, acto especial para exhibir a la comunidad educativa caleña y sus interesados una obra intelectual de gran envergadura con reconocidos y nuevos historiadores. El objetivo central es entregar algunos rasgos históricos de la capital vallecaucana a las instituciones educativas en tres tomos –Espacio Urbano, Política, Cultura-, para que integren a sus procesos formativos desde las Ciencias Sociales en sus temas transversales. El ejercicio es importante para que las actuales generaciones se identifiquen desde el presente con el pasado de la ciudad que los acoge, actividad que obviamente se socializará por los profesores en sus espacios de enseñanza y aprendizaje.

¡Quedan invitados!



Adjunto la invitación del señor rector de la Universidad del Valle.
______________
Carta del Rector
Apreciadas profesoras y apreciados profesores.

Me es grato informarles que la Universidad del Valle en conjunto con el señor Alcalde de Santiago de Cali, hemos acordado realizar el “Acto de Lanzamiento” de la obra escrita HISTORIA DE CALI SIGLO XX, el día 30 de abril de 2013. En este espacio esta cordialmente invitada toda la ciudadanía, para  conocer la historia de Cali por medio de esta valiosa obra. En este sentido,  les adjunto la tarjeta de invitación.

Esperamos contar con su presencia en este evento especial.
Sea esta la oportunidad para agradecerles su valiosa participación en la elaboración y definición de esta obra, tan importante para nuestra ciudad,  y que servirá de referente a los investigadores y escritores de otros lugares del país y de América Latina.

Reciban un cordial saludo, 

IVAN ENRIQUE RAMOS CALDERÓN

Ver reseña y contenido de los tomos en:

12.4.13

Paz


En su momento esas palomas de la paz pintadas sobre el asfalto de nuestras calles me parecían meros adornos de un gusto individual o colectivo, que a semejanza de un fin de año cuando se pintaban imágenes concernientes a la navidad o al equipo campeón del futbol colombiano, se sumaban al jolgorio especial con mensaje directo. Sin embargo descubrí siendo todavía un niño en la década de los ochentas, y en pleno gobierno de un conservador literato, que se trataba de una campaña gubernamental que insistía por una salida negociada al conflicto, con intelectuales que se la jugaban en pos de un anhelo nacional sin pensar que la “mano invisible” y sus extremos políticos, tensionaban para que fuera un intento fallido, triste paloma de paz que caía ante el corte de sus alas.

Esa primera experiencia, sumada a las que ocurrieron en la transformación política del país con la promulgación de la Constitución Política de Colombia en 1991, llenaron de esperanza la posibilidad de acuerdos para un cese total del conflicto por medio del dialogo sin importar el color y tendencia política, pero sentimos, descubrimos, y observamos que los años noventa fue una copia bien hecha de los oscuros espacios del tira y afloje de dos bandos nacionales en plena oposición bélica, sumando otros rasgos paralelos que metían candela en conocidos e insospechados territorios geográficos que apenas distinguíamos.

Mediáticamente un bogotano raizal conservador busco el proceso de paz para su beneficio electoral y lo alcanzó, sentado en su silla de la casa de la carrera séptima, planteo un despeje para conversar y estrechar la mano, pero esa “silla vacía”, con una bandera tricolor al ir y venir del viento y llena de huecos en una región desconocida para gran parte de la sociedad colombiana, sería el presagio definitorio que el norte y sur de las partes era diferente, así la fiesta con el “entusiasmo” y la “agüita pa mi gente” en plena plaza de la paz, confundiera los bandos y las personas en plena danza, al igual que los desfiles de “lagartos” que veían la oportunidad de usufructuar para su beneficio dicho proceso, y delegaciones variopintas que iban, solicitaban y regresaban sin nada.     

En medio de la maraña y la crítica constante, un antioqueño con verborrea ascendía aprovechando la coyuntura política y el error de su adversario psicológico al no llegar a acuerdos, instaurándose en el país un nuevo período de marcada huella guerrerista que acentuó el conflicto con uno de los actores, y llegó a un acuerdo con su antagonista, en medio de “padres de la patria” que quisieron refundarla, y acciones tristemente paralelas que ubicaban a la población en acciones “negativamente positivas”. Amangualado con la clase política a través de prebendas notariales, y ajustes burocráticos, cuatro años más se sumaron a su trono buscando el año 2019, truncado por la gracia magistral del orden institucional de un poder tan cercano y tan lejano a sus necesidades.


Llegada la hora de elegir nuevamente, la capital puso a su hombre con apoyo de la casa de Nariño, y cuando todo parecía seguir igual, hubo un giro gradual del proceso que volcó las energías a la búsqueda del empeño de muchos, y hecatombe de pocos, apareciendo las talanqueras directas y con rostro que posan su mano oscura con guante blanco, ahí en ese estado social y político estamos, en la coyuntura de los extremos que se convierte en peligrosa por caminar la delgada línea del éxito o el fracaso, ¿por cuál línea camina usted?

Para un grupo las marchas aportan poco al sentido esencial de la causa manifiesta en un objetivo central, los apoyos varían dependiendo su promotor y énfasis, un ejemplo reciente es el año 2008 y las dos concentraciones nacionales que se realizaron: La primera, en febrero con un claro sesgo al “no más FARC”,  posicionada por el gobierno de turno en los canales privados televisivos, y cadenas radiales que enfatizaban sobre “el clamor nacional” ante el opuesto estatal culpable de todos los males del país; la segunda, en abril pregonando su realización a favor de las “víctimas del Estado”, menor en cantidad, vigilada sospechosamente por el Estado, y al final en el caso bogotano, con una intervención policial ante los desmanes de un grupo minoritario. Observándolas, fue notoria la diferencia en asistencia, convocatoria, y homogeneidad temática y mediática, aunque su objetivo final fueran las victimas del país sin importar el sesgo político, algo que pocos entienden asumiendo el “cadáver exquisito” de los ciudadanos desconocidos del titular que distinguimos como muertos ideológicos de la lista diaria del pasado y el presente.

El 9 de abril de 1948 después de la una de la tarde, la multitud de gente se desbordaba en una Bogotá apacible y siempre de luto al bogotazo. La muerte de su líder político, posible salvador nacional de las necesidades del pueblo en las próximas elecciones presidenciales, caía muerto ante las balas de un grupo invisible que fraguo su crimen, algunos afirman que en ese acto se partió la historia del país acentuando la violencia, otros, que simplemente fue la consecuencia de los enfrentamientos políticos de alta alcurnia donde el poder disputado quedaba en la vía lineal de las formas regulares que habían regido al país hasta ese momento.


Sesenta y cinco años después Bogotá se manifestó a favor de un clamor general, sin su luto regular ante las incidencias del cambio climático, la ciudad estuvo colorida, alegre, y humana, en una mezcla de rostros que mostraban diversos colombianos sin importar las diferencias regionales, olores en mezcla continua que llenaban el ambiente de un aura especial ante el desborde de una necesidad histórica con imágenes de paz. Organizaciones sociales se expresaron en el carnaval de la igualdad: pancartas, denuncias, cantos, pitos, tambores, representaciones teatrales, ofrendas florales, y actos simbólicos, sumaron al engranaje general de un comienzo de ruta establecido en la plaza de Bolívar, la cual se rebosaba  constantemente ante la marea humana de caminantes que llegaban a la meta del inicio de sus esperanzas.

Pero obviamente la marcha no fue ajena al discurso político, y en la tarima dispuesta para dicho fin, pasaron tres figuras políticas del momento, cada uno (a) con su estilo dispuso de  arengas y posiciones con vivas de apoyo, y comentarios “bajo cuerda” de desaprobación. El acto central, afirmaba el emocionado presentador, sería la lectura de la Segunda Oración por la Paz, la primera se había realizado en esa misma plaza en el contexto de la Manifestación del Silencio pero desde el edificio Lievano el 7 de febrero de 1948 por Jorge Eliecer Gaitán. Emocionado, esperé que su lectura fuera ejecutada por el poeta autor de tan necesarias palabras, el “poeta de la patria” afirmaba el locutor, sin embargo nuestro poeta las cedió a otra boca y aliento para la multitud, que poco pudo hacer para hacerlas dignas de su ejercicio locuaz, en conclusión, no me hizo erizar.


La marcha mostró la fuerza de las organizaciones sociales y políticas, la necesidad de una salida negociada al conflicto, y un ímpetu por apoyar esta oportunidad única que vivimos sin la ceguera ideológica que obnubila nuestra realidad social, aquella que directamente reconozco en historias particulares y familiares en diversos procesos. La paz es de todos, no tiene color político, lo que resulte será beneficioso en medio de la reparación a las víctimas, un ajustado acuerdo, y porque no, una idea común del país que soñamos.                        
   

29.1.13

El cine: única diversión en la Bogotá de 1939


Un artículo publicado por la Revista Estampa de Bogotá en noviembre de 1939, presenta con un título ambicioso el recorrido por los cines bogotanos y algunas de sus características en la vida cotidiana capitalina. Crónica interesante que deja entrever los espacios de exhibición fílmica, que para el momento hacían parte de un circuito que sumaba 19 salas, y tenía en construcción otras para ampliar los horarios de esa oferta única que según el escritor había hecho de sus pobladores “unos cineastas supremamente empedernidos”. Las inexistentes salas, algunas borradas del panorama urbanístico, otras restauradas, hacen parte del proceso social de ocio de nuestro pasado bogotano, donde el cine funcionaba como una opción asequible y estratificada, la cual fue ganando en aficionados y oferta diaria.

Actualmente, el cine no es la única diversión, sigue siendo una posibilidad económica y cercana al entramado de nuestra sociedad con los denominados multiplex en centros comerciales ubicados en los diversos puntos cardinales, y una oferta especial y por fuera del contexto, las denominadas salas alternas, con dos posibilidades que marcan la pauta con ciclos representativos de un cine por fuera del engranaje comercial, y la apuesta por las obras documentales de corto y largo aliento de nuestro cine nacional.       


Presentamos a continuación un artículo que describe  y expone los espacios de exhibición cinematográfica capitalina a finales de la década de los treinta, su aporte es importante y mínimo a un estudio de los teatros usados para este fin, que ya en alguna oportunidad, presentamos con la reseña de una investigación, y las reflexiones sueltas y concretas expuestas en algunos textos de Historias en Cine-y-Filo.    


______________

Historia de los cines en Bogotá
Por: Ernesto Camacho Leyva.

Los cuatrocientos mil habitantes de la ciudad de Bogotá, Capital de la República de Colombia, Capital del Departamento de Cundinamarca y del Municipio mismo de Bogotá, solamente tienen una diversión: El cinematógrafo.

Triste y desesperante realidad contra la cual han luchado todos, cuantos habitan esta urbe cosmopolita y friolenta de la cual se dijo alguna vez que era la Atenas Suramericana. Y digo realidad contra la cual han luchado, no porque quiera liberarse el público de ella, ni porque la fastidia, sino porque ha traído desesperación el hecho de que esa es la única manera que haya de distraer momentáneamente la abulia que nos carcome, alejando las esperanzas y mortificaciones de la vida cotidiana; de ese tedio que nos trae esta vida azarosa y de vanas esperanzas a largos plazos, de la única manera de distraer el espíritu tratando de encontrar alivios fugaces, llevando el pensamiento hacia los hechos reales o inverosímiles que nos presenta la pantalla de plata.


Ya se dirá que el bogotano cuenta con infinidad de centros sociales y culturales, con parques y jardines, cafés y clubs, paseos a los alrededores, parques mecanizados y no se cuántas otras cosas que dizque sirven para distracción y solaz de los que habitamos en esta altiplanicie a la altura de dos mil quinientos y tantos metros sobre el nivel de los mares. Pero, tampoco es menos cierto que todas esas cosas que llaman clubs solamente son frecuentadas por reducidos grupos sociales; que los parques no son una diversión propiamente dicha; que los paseos son muy relativos, estando limitados a quienes tienen medios automotores de locomoción y que los cafés, no dejan de ser tabernas destinadas a un juego de billar, unas copas o un rato de charla fastidiada por orquestas rechinantes. ¿Dónde hay aquí un vaudeville o teatro de variedades, un teatro de comedias, otro de zarzuelas y operetas? ¿Dónde hay un cabaret decente a donde pueda irse con personas de honor? No tenemos nada de esto. Las compañías de opera son cosas que ya olvidamos. Las de dramas y comedias vienen de visita esporádicamente. Los cabarets no existen. Los coreográficos no son paras señoras; la “Ciudad de Hierro” o parque mecanizado, sólo nos visita una vez cada cuatrocientos años. De manera que al bogotano solamente le cabe rellenar los salones cinematográficos. Y por este hábito somos unos cineastas supremamente empedernidos.

De ello es prueba que en la ciudad existan actualmente 19 salas cinematográficas que ostentan presuntuosas el nombre de teatros y que funcionan permanentemente. Hacia el sur solamente hay 2; en el centro antiguo de la ciudad hay ocho; al centro norte hay cinco y hacia el extremo de lo que se llamaba el “Versalles bogotano” existen cuatro. De tantas salas de cine, solamente merecen el calificativo justo de teatro unas cinco, pues las restantes son apenas salas de cine. En la plaza del Barrio Chapinero se construye otro salón y sobre la carrera séptima entre calles 22 y 23 , la Compañía de Seguros está terminando el teatro “Colombia”, copia del Roxy de New York, y que será, a no dudarlo, lo más suntuoso y elegante de las ciudades suramericanas.

Los habitantes de Bogotá hace diez años apenas conocían cuatro salones de cinematógrafo, que eran El Olympia, El Faenza, El Bogotá, y El Cinerama o teatro para niños. El Olympia es lo que pudiéramos llamar el decano de los salones, pues su construcción data del año 1912. El famosísimo teatro del Bosque, que fue el primero que tuvo Bogotá y que se levantaba en el lugar que hoy ocupa la Biblioteca Nacional en el Parque de la Independencia, desapareció. En estos dos últimos se dieron cita alegre y novedosa los “filipichines” y las “flores del jardín bogotano”, a presenciar esas largas películas mudas, en series, que traía el señor Di Doménico, el primer empresario cinematográfico que tuvo la capital. En el año de 1918, vino la inauguración del teatro Bogotá, y en el 23, se inauguró el Faenza, que fue considerado como “lo mejor de lo mejor”. Indudablemente ese teatro vino a ser el mejor dotado de la época, el más espacioso, el más cómodo, el más suntuoso. Y hoy día continúa siendo uno de los primeros salones exhibidores de películas. Porque había que ver cuáles eran los otros “Teatros”. El del “Bosque” no tenía cubierta y en las noches de luna no se veía la proyección de escasa potencialidad luminosa; los asientos eran banquetas de madera en desorden y en el “patio” o galería no los había. El “Olympia” ya tenía cubierta y algunas bancas de listones, y el “Bogotá” por el estilo, pero a pesar de tantas deficiencias el público devoraba las películas, por cierto inmoralísimas, según decires de nuestros hermanos centenaristas, de Francisca Bertini y Pina Menichelli. Recordáis hermanos centenaristas aquellas películas que se llamaron “Blanco contra negro”, película con la cual estrenaron el Olympia; “La juventud del diablo”, “Madame Sons Gene”, “La ley del profeta”, “Mesalina”, “Las dos niñas de Paris”, y “Matías Sandorf”?


El “Bogotá” había decaído notablemente, pero cuando vino el cine sonoro fue el primero en instalar los aparatos, lo que la dio nueva vida al salón. Vino luego la apertura del Real con la misma innovación y vinieron después rápidamente la construcción de teatros, el rejuvenecimiento de los ya existentes y la instalación de parlantes. Así, vimos desaparecer la orquesta que amenizaba la proyección y otras costumbres que eran de rigor y que le daban al espectáculo una amenidad mayor. Porque, los caballeros que se llamaban enantes “cachacos”, luego “filipichines”, posteriormente “Glaxos” y que ahora se denominan “Chupos”, tenían la muy curiosa manera de pasearse por pasillos y corredores en los largos intermedios de la función, piropeando a damas, ojeando bellezas y buscando novia. Esto constituyó en su época las delicias de unos y otras y daba al salón una animación especial –la que ahora que nos hemos enseriado tan extremadamente- nos parecería ridículo.

Salones y teatros fueron así, de diez años a esta parte, naciendo a la vida pública. Pero hay más curiosidades: En el año de 1930, las funciones solamente eran nocturnas y empezaban a las ocho y cuarto de la noche. La competencia impulsó el negocio y los empresarios en su afán de coger más ganancias instauraban la vespertina a las seis en punto de la tarde. Después se establecieron las funciones llamadas de matiné y últimamente las matinales que apenas tiene unos cuatro años de instaurada. Desaparecieron las “galerías” que todos los salones tenían necesidad de reservar para la gente obrera, debido a la escases de salones propios para ella. Pero sin embargo, aún no está el cine continuo, debido quizá a que el método de vida de nuestra urbe no permite público para tales cosas.        
              
            
        
                                                

22.12.12

Nochebuena


Siempre la expresión “ya le llegó la nochebuena”, la vinculaba con el plato trifásico de natilla, buñuelos y manjarblanco, productos elaborados caseramente que solían repartirse en la tarde del 25 de diciembre después de entregar los regalos del amigo secreto. Palabra que significa el momento que antecede en el mundo católico la navidad, nacimiento de Jesús, niño dios mediático que debe otorgar el regalo respectivo a los niños como por arte de magia. Y cada región celebrará el momento con una comida especial, venida de la tradición culinaria que no cambia o se transforma levemente. Sobretodo ahora, que el mercado te invita a adquirir sus productos tomados de otras tradiciones, esta vez externas. Tamales, lechonas, ajiaco, pescados, etc., suman al mantel tradicional. Jamones, pavos o pollos rellenos, arroces mixtos, etc., se agregan al plato externo. Cada arte comestible es especial, sobretodo por la compañía familiar, así sus comensales comiencen a dejar de lado algún ingrediente –cebolla, pasa, pimentón-, o expresen un no ante la posibilidad de un pedazo de carne de origen porcino, como suele ocurrir constantemente.


Celebrando la navidad, desde el lado tradicional del almuerzo o cena de media noche, y desde el Cali Viejo, Alfonso Bonilla Aragón –Bonar- en su habitual columna Birlibirloque para un veinticuatro de diciembre de 1967, explicaba:

[…] Ayer sábado despertó la hermosa señora, -Aurita, Martha, Norita, Florencia, Aura Lucia, Maritza – y después de decapitar un bostezo civilizadísimo, recordó que hoy era Nochebuena, y entonces, asumiendo la totalidad de sus funciones, descolgó el blanco teléfono y después de marcar el número de su club o restaurante favorito, ordenó los platos con los que habían de regodearse –almuerzo o cena-, los hombres de la casa y la gente menuda. Y así llegaran hoy a las mansiones, adornadas no con él castizo pesebre –que eso es vulgaridad aldeana-, sino con tristes  y soñolientos pinos, los pavos en serie y las tortas al por mayor. Y todos saborearan los acartonados muslos con guarnición de papas al vapor y los biscochos con maizena. Tal vez el abuelo, tal vez el señor de la tribu sí, como yo, es largamente cincuentón, extrañaran otras sazones y otros sabores. No los jóvenes, que esos no saben lo que fue la comida del Valle del Cauca cuando era cocinada con leña y en olla de barro y en sartenes de cobre, y no como ahora con electricidad o gas, y en esos artefactos pitadores que más parecen caricaturas de locomotoras que trebejos de buen yantar. 

Ahora se cena para nochebuena. Y es lógico. Ya no se apuestan aguinaldos, ni de los decentes, ni de aquellos otros “A perder pluma”, en los que fue campeón Gustavo Lotero, quien sostiene que fue capaz de cobrar seis en una sola noche, con lo cual se puso al par de Hércules, que convirtió en mujeres a no sé cuantas miles de vírgenes, con lo cual no se realizó una hazaña, sino que metió, como mi maestro “Plumitas”, una de las  más grandes mentiras de la historia….

Y tampoco se va a misa de Gallo gran pretexto para enamorados furtivos y óptima oportunidad para señores canasteros. (Advierto que así no se llamaban, como ahora, los que jugaban  “canastas”, sino los que, como cierto gran poeta, gustaban de los favores de las muchachas de la Cofradía de Santa Zita –no sé cómo llamarán en Popayán-, a las que en Cali disciplino y condujo al cielo ese extraordinario guión de progreso y varón cabal que fue llamado, con gran acierto, fray Alfonso de la Concepción Peña.  

En mis tiempos, y por lo menos en el Estado Llano al que siempre he pertenecido y dentro del cual moriré lo importante de la Nochebuena era el almuerzo, dado que era día de ayuno con abstinencia pues no se comía carne, (pero de res), y sólo se hacía una refección fuerte, al mediodía, para que los señores pudieran apecharse después sus resacados desde las “Esdrújulas” y demás galante ralea, y los muchachos prepararse para la Misa que amenizaban los “Porrongos” y otros genios del canto, amén de las bandas de “Garrón de Puerco” con que “Vilachí” y mi “Pila de Crespo” contribuían a la cultura melódica del villorrio. 

El almuerzo de Nochebuena, que era una antología para el paladar, constaba de:
Sopa de pandebono con queso y Guevo (Guevo con “G” y no con “h”) porque era producto de la flor del solar y no de los concentrados de ahora.  

Frijoles con garra, en la mesada de los pobres. Pero el tratamiento requería varios días de trasnocho para las leguminosas y un cerdo alimentado en el traspatio familiar, con las sobras anuales del propio condumio.

Pavo para la ración de los poderosos. Pero unos y otros honrados con encurtidos de grosella y chulquín.      

Y de postre, en el Cali Viejo, antes de que llegaran los “paisas” –que a mi también me trajeron-, manjarblanco o “majarblanco”, por favor, -Kety-, dulce desamargado que es a mi ver, con la sopa de tortillas y las tostadas de plátano la mayor contribución de mi Valle a la cultura occidental, y hojaldres, aderezo español pero que aquí tomó pronta carta de ciudadanía gracias a cierta aspereza del trigo vernal.

Con los “de abajo” arribaron la natilla y los buñuelos…

Bonar con cierta nostalgia, siente en los sesentas que la tradición cambia en la sultana vallecaucana, pero nada se ha transformado en la actualidad, en algunos espacios familiares del valle del río cauca se sigue con las prácticas universales,  locales y las heredadas de la colonización antioqueña; la navidad y el fin de año colombiano, seguirá siendo el mismo sin variaciones trascendentales: desde octubre los almacenes comenzaran ofrecer sus productos navideños, encenderán las luces –algunas ciudades mejor que otras-, ofrecerán el árbol, aparecerán los papá Noel, los programas radiales con las mismas canciones, y así sucesivamente el mecanismo se pone en marcha en la dinámica anual donde lo más importante son las vacaciones, el descanso, y el encuentro con las personas que más queremos.

Así es la nochebuena, un producto cultural de arraigada costumbre que disfrutamos en el calor familiar; y como sucedió hace diez años, o el año pasado, las actividades no se modificaran, a lo mejor con la salvedad del familiar ausente –como dice la canción-, que estará disfrutando en otro espacio, y otras costumbres, una fiesta de sentido religiosa, guapachosa, y gastronómica, disculpa certera bien acomodada al calendario occidental.

¡Feliz Nochebuena!  

Fuente    
Libro, Historia de la Capilla de San Antonio y el Corrillo del Gato Negro, varios autores, publicado en los años setentas en Cali. 

15.12.12

La vida, la muerte y el cementerio


No eras tú, muerte grave, ave de plumas férreas,
la que el pobre heredero de las habitaciones
llevaba entre alimentos apresurados, bajo la piel vacía;
era algo, un pobre pétalo de cuerda exterminada:
un átomo del pecho que vino al combate
o el áspero rocío que no cayó en la frente. 
Era lo que no pudo renacer, un pedazo
de la pequeña muerte sin paz ni territorio:
un hueso, una campana que morían en él.
Yo levanté las vendas del yodo, hundí las manos
en los pobres dolores que mataban la muerte,
y no encontré en la herida sino una racha fría
que entraba por los vagos intersticios del alma.

Pablo Neruda.

Sombra y Luz de un Callejón Mortuorio
                
Philippe Ariès en su libro El Hombre Ante la Muerte, y en el capítulo “la visita al cementerio”, parte de la importancia de estos espacios para tener una visión de los mundos antiguos por medio de las tumbas y los objetos que allí se han encontrado. Con respecto a la topografía, afirma que esa importancia se redujo y desapareció en la Edad Media “cuando las tumbas se acurrucaron  contra las iglesias o las invadieron”:

[…] En las topografías urbanas, el cementerio ya no está visible o ya no tiene identidad; se confunde con las dependencias  de la iglesia, con los espacios públicos. Esas largas alineaciones  de monumentos que se alejaban de las villas romanas como los rayos de una estrella han desparecido. Se podrá esculpir  o pintar transidos en el suelo o los muros de las iglesias  o en las galerías de los claustros: los signos de la muerte  no son ya aparentes, pese a la frecuencia de la mortalidad  y la presencia de los muertos. Éstos no hacen más que aflorar en el polvo o en el barro. Están ocultos. Reaparecen sólo, y además bastante tarde, en raras tumbas visibles. La parte que constituyen los documentos funerarios en nuestros conocimientos y nuestras interpretaciones de historiador se ha vuelto muy débil. Las civilizaciones de la Edad media  y de la época moderna, hasta el siglo XVIII por lo menos, no concedieron a los muertos ni espacio ni mobiliario. Ya no son civilizaciones de cementerio (Ariès, p. 395).               


          
Civilizaciones de cementerio que tenían en la muerte un camino al más allá que cortejaban constantemente en el orden de sus actividades comunes expresadas en el simple acto de vivir con pestes, enfermedades y guerras; sociedades que inclusive se preparaban para ese momento especial donde el cuerpo terrenal se transfiguraba a un mundo desconocido. Contrario al presente, percibiendo la muerte como un punto de llegada doloroso, sin preparación alguna en la angustia constante del momento inesperado en que la luz de la vida se apague en sus diversas formas.

Bajo el foco de La Piedad
La reflexión de Ariès sobre el cementerio para el caso europeo, prosigue, explicando su regreso a principios del Siglo XIX, transformación que siguió su curso hasta el presente:

[…] Sin duda el cementerio de la actualidad no es ya la reproducción subterránea del mundo de los vivos que era en la Antigüedad, pero observamos perfectamente que tiene un sentido. El paisaje medieval y moderno ha sido organizado alrededor de los campanarios. El paisaje más urbanizado del siglo XIX y de principios del siglo XX ha tratado de dar al cementerio o a los monumentos funerarios el papel cumplido antes por el campanario. El cementerio ha sido (¿lo es todavía?) el signo de una cultura (p. 396).

Una de las respuestas a la pregunta, es que el cementerio si es un signo de la actual cultura, la que vivimos y afrontamos en el desarrollo de nuestra sociedad con particularidades expresadas en acciones manifiestas a la forma de despedir al ser querido, en el diseño de su lapida, y el epitafio recordatorio de esa memoria ausente que al leerla retorna en el dolor o la alegría de esa persona que asiste y personifica la puesta en escena de entrar, buscar el lote o corredor continuo de descanso de ese ser conocido, y el particular encuentro que se hace frente al lecho de muerte, y la sacralidad que conlleva con la parafernalia católica. 

El ángel del Dr. Pedro V. Martínez Cabal
Signo de una cultura que usa elementos populares en el trayecto de la línea divisoria entre la vida y la muerte: la música, la fotografía, un poema de inspiración propia o quitada, entre otros, suman al contacto que se busca con ese humano ausente. Un recorrido desprevenido en algunos de nuestros cementerios locales, posibilita observar y sentir esa estrategia de la memoria, que también hace parte del engranaje comercial de la oferta mortuoria de las empresas dedicadas al negocio, desde la iglesia católica como principal administradora de los “campos santos” -aunque sean pocos los santos que allí se entierran-, los artesanos de la lapida, las vendedoras de flores, las serenatas de duelo, y el etc., que se imaginen.   

Mausoleo Rengifo Ospina y descendientes 
Al cementerio se le ha denominado última morada, “ahí todos somos iguales”, dice el proverbio popular, sin embargo en algunos cementerios no se da al pie de la frase, espacios de la muerte que se convirtieron en mausoleos familiares adecuados a la importancia generacional –próceres, presidentes, literatos, patricios, señoras-, muy adecuados a nuestra sociedad republicana en el Siglo XIX, y a las nuevas clases sociales en ascenso durante el Siglo XX. Sitios que en algunas capitales pasaron a ser museo por la majestuosidad de sus panteones, o por la sencilla razón de albergar algún famoso de la literatura universal –tal vez un poeta-, un político que marcó la historia del país, una actriz del sistema estrella hollywoodense, un empresario que al pedirle un deseo lo concede, etc. Ejemplos como el Cementerio de la Recoleta en Buenos Aíres, el Cementerio del Père-Lachaise en París, el  Cementerio de La Almudena en Madrid, el Panteón de San Fernando en Ciudad de México, o el Cementerio Central de Bogotá, muestran particularmente otra cara distinta al del recogimiento de la visita privada por “la memoria de nuestros muertos”, convirtiéndose en sitios de peregrinación para observar las versiones de vivir después de la muerte en pomposas o sencillas tumbas, con la marca registrada de un nombre importante para la vida nacional o mundial.     

Volante Alado
Sin pretender ser un especialista en el tema de la muerte y sus espacios de destino, algo que otros historiadores, antropólogos o sociólogos han trabajado, la reflexión se me antoja interesante por ser natural, obligatoria y con un destino fijo, por eso me arriesgué a visitar el Cementerio Diocesano de Buga, caminarlo, y registrar algunas imágenes mientras se me cruzaban recuerdos diversos. Entré una mañana calurosa de domingo, con la discreción del caso di vueltas por los corredores que alguna vez visite, columbarios o pequeñas bodegas donde estaban los restos de los abuelos que no conocí, visita obligada en ciertas fechas del año de la mano de mamá para ese acto especial de comprar flores, buscar una escalera, limpiar la lapida que contenía el nombre de Mercedes y Rafael, y el de Ruperta en otro lado, para luego de una pequeña oración, abandonar ese sitio frío  silencioso, triste y desolador en el encuentro constante con otros mortales que en igual de condiciones, visitaban sus seres queridos, o los lloraban en pleno duelo para la última despedida.

Columbarios Abandonados
En su monografía sobre algunas poblaciones del país realizada en 1921 por Rufino Gutiérrez, y en su capitulo dedicado a Buga, brevemente comenta que es un cementerio del Siglo XIX, abandonado y a la mano de piadosos benefactores que reconstruyen bóvedas, con monumentos de poco merito, y un dato interesante al afirmar la existencia de un “cementerio civil” de propiedad del municipio al lado extremo de la ciudad e igualmente abandonado, tema de investigadores más avezados.
El Ángel Cabizbajo 
Así en una brevísima presentación, debemos indicar que el Cementerio Diocesano de Buga se encuentra ubicado en una manzana completa entre las calles novenas y décima  con carreras dieciocho y diecinueve cerca a la carretera Panamericana en un sector céntrico de la ciudad. Las imágenes registradas contienen algunos espacios especiales desde mi punto de vista, escogidos por su “belleza mortuoria” y “sátira a la vida”, sus títulos hacen parte del título original otorgado, y de mi inspiración, en tal caso “no arrebatada”.  

Recuerde, Aquí los Esperamos
Bibliografía
-Cees Nooteboom, Tumbas de Poetas y Pensadores, Ediciones Siruela, Barcelona, 2009. 
 -Philippe Ariès, El Hombre Ante la Muerte, Taurus, Santafé de Bogotá, Colombia, 1999.
 -Rufino Gutiérrez, Monografías,  Tomo II,  Imprenta Nacional, Bogotá 1921.
 -Las imágenes del Cementerio de Buga fueron realizadas por el autor del blog.  

4.12.12

Evento


Conferencia
Veinticinco segundos de película:
María-1922- primer largometraje del cine colombiano
                                                                       

Lugar
Cinemateca Distrital
Bogotá, Carrera 7 Nº 22-79
Jueves 13 de Diciembre.
7:00 pm.

Hace noventa años, el 20 de octubre de 1922, se estrenó la película María en el Teatro Municipal de Buga y en las instalaciones del Salón Moderno de Cali, fin de semana donde la incertidumbre y el suspenso albergaba a aquellos lectores que se habían encontrado con la obra literaria de Isaacs, y sentían que tal vez en el cinematógrafo sufriría “trasgresiones” insospechadas, aquellas que los comentarios periodísticos, notas de correo, y crónicas propagandísticas, venían haciendo eco de esa noticia artística importante para nuestra cinematografía.

De la obra dirigida y producida por Alfredo Del Diestro y Máximo Calvo, sólo conservamos veinticinco segundos de las posibles tres horas de duración, lo que nos lleva a la nostalgia de una inexistente o extraviada copia que en medio de esa “fascinación mariana”, Hernando Salcedo Silva en el documental En Busca de María, expresara con languidez suplicando para su aparición. Pero tenemos documentos, y uno de los textos de la época publicado por Relator entrega la que se puede considerar la primera crítica de María exhibida en el lienzo, después de que mucha cinta ha corrido por los proyectores de los teatros locales. Ante la pregunta del anónimo autor: ¿Qué significa esta película tan esperada y comentada con tanta anticipación y tanto interés y cuya proyección ha despertado en el país tan viva curiosidad?, encontramos la siguiente respuesta:

[…] Significa mucho: desde un punto de vista nacional es la realización efectiva de un esfuerzo que marca el primer paso del arte cinematográfico nacional que de contera abre las puertas de una nueva propaganda y brinda un amplio campo a la intelectualidad, al arte y a la industria del país. Esto es una real ventaja; desde el punto de vista artístico, representa también un esfuerzo coronado con un éxito mayor del que se esperaba y, una demostración de que hay entre nosotros  aptitudes superiores para esta novísima actividad, las que, refinadas en la escuela y depuradas en la crítica, pueden llegar a notables culminaciones. Deslindando este concepto general y concretándola a las diversas partes que intervienen en la confección de “La María”, preciso es tomar en consideración la fotografía, el libreto, la dirección escénica, y la interpretación.

Escena de María

“¿Dónde estarás? ¿Qué harás en este momento? De nada me sirve haberte exigido tantas veces me mostraras en el mapa cómo ibas a hacer  el viaje, porque no puedo figurarme nada. Me da miedo pensar en ese mar que todos admiran, y para mi tormento te veo siempre en medio de él”.  

Para conocer pormenores de la película María, su relevancia en la historia del cine colombiano, y descubra  imágenes, documentos, y observé la exhibición del documental En Busca de María -1985-, lo esperamos puntualmente a la cita en la sala de la Cinemateca Distrital de Bogotá, programándose, si lo desea, el resto de día con las siguiente obras de nuestra cinematografía:       

Jueves 13 de diciembre
12:30 pm. FLORES DEL VALLE. Dir. Máximo Calvo Olmedo. Colombia. 1941. 61 min. Exhibición digital.
3:00 pm. ALLÁ EN EL TRAPICHE. Dir. Roberto Saa Silva. Colombia. 1943. 28 min. (Fragmento). Exhibición digital.
SENDERO DE LUZ. Dir. Emilio Álvarez Correa. Colombia. 1945. 70 min. Exhibición digital.
5:00 pm. CASTIGO DEL FANFARRÓN. Dir. Máximo Calvo Olmedo y Roberto González. Colombia. 1945. 59 min. (Fragmento). Exhibición digital.
7:00 pm. CONFERENCIA: " Veinticinco segundos de película: María -1922-, primer largometraje del cine colombiano", a cargo de Yamid Galindo.
Proyección: EN BUSCA DE MARÍA. Dirs. Luis Ospina y Jorge Nieto. Documental. 1985. 15 min. Exhibición digital
.

2.12.12

El cine por primera vez –corte final-


Qué es pues el cine entonces?
Pues bien, el cine es simplemente “normal”, como la vida.
Roland Barthes.

Asdrúbal González quedo frustrado ante el espectáculo ofrecido por la comunidad al sentirse en plena oscuridad por arte de magia a causa del cinematógrafo, la penumbra, aliada fiel de las imágenes en el rito de encuentro entre el público y las escenas del rollo que nunca supimos de que se trataban, suscito  escándalo, y dio al traste ante la experiencia de “el cine por primera vez” en un pueblo que ansioso asistió el encuentro, pero no asimiló el acto primario de la atmosfera indicada para integrarse al pasatiempo fílmico.

Tal vez el primer camino productivo del cine como espectáculo, fue el ofrecido por González, ganancias que fueron sumando a un ahorro propicio para instalarse en alguna ciudad, y con otros socios, construir un teatro para seguir proyectando películas, además de otras actividades artísticas. Cines que fueron apareciendo ubicados estratégicamente en el espacio urbano, salones generadores de cultura que fueron adquiriendo las principales obras del circuito cinematográfico mundial, teatros que arquitectónicamente marcaban pautas estilísticas ante el escenario de la pantalla gigante, y sus asistentes estratificados que también empezaban a exigir calidad por el precio de una entrada.


Nuestras principales ciudades guardan en su memoria arquitectónica esos palacios de divertimento social que exhibieron lo mejor del séptimo arte, algunos ya destruidos, otros restaurados, y algunos convertidos para otros oficios: iglesias cristianas, parqueaderos o ventas de chucherías. En Bogotá tendríamos el ejemplo del restaurado Teatro Faenza -1924-; en Medellín el Teatro Junín -1924-, destruido en 1967 para construir el edificio Coltejer; Cali y el Teatro San Fernando, sitio de las exhibiciones del Cine club de Cali en los setentas, convertido en iglesia cristiana; en Barranquilla el Teatro Apolo -1930- luego reconstruido con el nombre de Teatro Metro.

Un caso especial, para el objetivo del texto en su última parte, es el Teatro Egipto -1950-, ubicado en la capital colombiana en la calle décima, a mitad de una efímera y empinada cuadra que comunica el centro histórico del barrio La Candelaria con la circunvalar y la tradicional Iglesia de Nuestra Señora de Egipto. Espacio público de exhibición cinematográfica convertido en “taller de reciclaje” como informa su aviso, allí cada semana, un camión descarga variados objetos que a otros no le sirven, también opera como pulguero de ropa usada, en su interior puede usted encontrar un gran lote dividido en piezas que resguardan diversos artículos: muebles viejos, cartón, pupitres escolares en desuso, estantes, neveras, televisores, lámparas, vidrios partidos, ataúdes –si se les ofrece-, entre otros elementos.


Según la investigación de Ávila y López sobre las Salas de Cine, el Teatro Egipto hace parte de la Fase IV: (1940-1969) La edad de oro,  etapa donde aparecen y proliferan en la ciudad los cines de barrio en medio de los diversos procesos de crecimiento que sufría Bogotá, dándose una descentralización del cine como entretenimiento en espacios residenciales populares consolidados o en pleno crecimiento, bajos rasgos no ajenos a la situación sociopolítica del país como  la migración del campo a la ciudad o por el contrario a los planes urbanísticos implementados: “Las salas de cine de escala barrial acompañaron los procesos de estructuración y fortalecimiento de comunidades obreras principalmente, por cuanto enriquecieron  el espacio cotidiano al conformar plazas y parques centrales, como el Teatro Junín en el barrio Santa Sofía, el Santa Cecilia en el Olaya Herrera, el Unión en la Perseverancia, y los teatros Las Cruces y Quiroga en los barrios  del mismo nombre” (pg. 30). También se sumaron grandes empresas de producción internacional que adaptaron sus propios teatros con exclusividad en sus cintas, tal es el caso del M.G.M, sumándole el doblaje en las películas norteamericanas que entraban en franca lid con el cine mexicano, lo que además de sumar variedad en la oferta, trajo consigo una clasificación en los rangos de precios por entrada en tres categorías definidas como teatros de primera, teatros de segunda, y teatros de barrio, estos últimos con un precio menor en su boleta.

En conclusión, “el cine por primera vez” en sus tres partes, trató de ubicar reflexiones diversas sobre el encuentro con el cinematógrafo: primero, invitando a un ejercicio de memoria que nos llevara a esa primera vez con las imágenes hechas movimiento, cruzando experiencias personales con acciones concretas de la historia del cine; segundo, transcribiendo un caso literario del espectáculo de feria ofrecido en una población que se asombró y censuro “la insoportable oscuridad del espacio fílmico”; tercero, al presentar nuestros palacios de exhibición con un ejemplo concreto.          

Fuentes
Jairo Andrés Ávila G., Fabio López S., Las Salas de Cine, Alcaldía Mayor de Bogotá, Archivo de Bogotá, 2006.   
http://yamidencine-y-filo.blogspot.com/2011/08/salas-de-cine.html