14.6.16

Borges en Cali

En agosto de 1965, la revista Cromos publicó una entrevista de José Pardo Llada al escritor argentino Jorge Luis Borges. Su visita al país había corrido por instancias del Ministro de Relaciones Exteriores de Argentina en un raudo recorrido por la capital colombiana, Medellín y Cali; ciudad escenario del documento que presentamos hoy a propósito de los 30 años de su deceso. Con el título sugestivo Pregunto Jorge Luis Borges en Cali: ¿Todavía hay alguien que lea La “María” ?, encontramos una variedad de referencias interesantes en el contexto de su situación de incapacidad visual, y el acertado dominio temático del entrevistador al poner a su figura central a incitar con sus respuestas a la polémica.

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Borges está casi ciego. (“Dios con magnífica ironía, me dio a la vez los libros y la noche”) Solo ve formas vagas, siluetas, colores violentos.

-Esta mesa me parece roja…? ¿O más bien no será color cereza?

Como no ve, se deleita en los goces de la memoria y el pensamiento. La ceguera le concede una expresión puramente espiritual, siempre como ausente y desvaída. Alguien dijo que tenía “aspecto de náufrago”. Conmueve ver el rostro de este hombre, de rasgos hermosos, piel rosada como de niño, y ojos azules, muy claros, de un brillo raro y fascinante.

Luego de acompañarlo durante toda su escala en Cali, escuchándolo siempre, provocando sus juicios lúcidos, ingeniosos, sorprendentes, comprobé que Borges utiliza a veces su ceguera como pretexto defensivo:

-No, no sé nada de literatura actual de Colombia. Hace doce años que no leo ni escribo…

-Sí, conozco a Sartre, pero apenas lo he leído. Ud. Sabe la vista…

Pero Borges se pasa el tiempo escuchando la lectura de libros en la voz de su madre doña Leonor Acevedo de Borges o de su amigo y secretario Adolfo Bioy Cáceres.
-Compro libros, muchos libros. El dinero que gano con mis libros, lo gasto comprando libros. Y ahora están muy caros…
   
Escuchando a Borges, da la impresión de haberlo leído todo. Y su memoria es fabulosa. Le pregunté si era cierto que había dicho alguna vez que “escribir en español era como cantar debajo de la ducha”.

-No yo no he dicho eso. Ud. debe haberlo leído en una entrevista que me hizo un joven periodista cubano en New York…

-Si Bernardo Viera…

-Es su amigo?

-Sí, un viejo y querido amigo…

-Entonces no hay que rectificarlo. Además, la frase está bien, es graciosa.

-En aquella entrevista Ud. Condenaba enérgicamente el comunismo y su bárbara expresión americana: el castrocomunismo.

-Sí, y lo repetido muchas veces. He tenido siempre una posición muy clara frente a Castro y el comunismo. Lo mismo que hace años frente al nazismo. Yo estoy contra todas las dictaduras. Las dictaduras fomentan la opresión, el servilismo, la crueldad, pero lo más abominable de todo es que fomentan la estupidez.
  
    A Borges se le señaló el año pasado como uno de los candidatos al Premio Nobel de Literatura, en el grupo finalista de donde fue escogido Jean Paul Sartre.

- ¿Profesor, si a Ud. le concedieran el Nobel, lo rechazaría como Sartre?

-Por supuesto que no. Cobraría los 50 mil dólares con muchísima codicia…

-Eso significa que no comparte Ud. ¿La filosofía de Sartre?

-Bueno… ¿A “eso”, podríamos llamarlo “filosofía”?
Borges, que es un hombre de absoluta honestidad intelectual, se siente obligado a una aclaración:

-Personalmente yo agradezco al Sr. Sartre referencias a mis libros, pero le confieso que no me gusta Sartre.
v   
Borges “descubrió” rápidamente mi acento antillano.

-Ud. no es colombiano, no habla como colombiano.

-Soy cubano y exiliado.

-Ah, ¡pobre Cuba!

Y luego:

-Allí vivió Hemingway. ¿Le conoció Ud.?

-Bueno, le vi varias veces…, era una figura popular en la Habana.

- ¿Era un hombre corpulento?

-Sí, alto, fornido, macizo.

Y Borges insiste en preguntar sobre Hemingway. ¿Cómo vestía? ¿Tomaba mucho? ¿Era bonita su mujer? ¿Quiénes eran sus amigos?  Hablaba bien el español? ¿Es cierto que ganaba mucho dinero?

Tanto interés por Hemingway me hizo pensar que Borges lo admiraba. Así se lo dije y contestó:

-Nunca entendí ese empeño de Hemingway en exaltar la violencia. No creo interesante hacer héroes de “gangsters” y boxeadores…

-Bien, maestro, pero también en algunos de sus cuentos –“Hombre de la esquina rosada”, “El asesino desinteresado”. “El espantoso redentor”- Ud. Hace la exaltación de los hombres de coraje: Francisco Real, Billy the Kid, Lazarus Morell…

-Si seguramente que sí, pero esos cuentos no los volvería a escribir. Fueron publicados en 1933; entonces yo era joven. Además, en mi tiempo, los “guapos” o “cuchilleros” de Buenos Aires no eran “gangsters”, no mataban por negocio, como los héroes de Hemingway. Eran unos “guapos desinteresados”, que practicaban el lujo del coraje, se mataban por honor. Conocí a uno de ellos, muy fino, que me decía: “Yo he ido muchas veces a la cárcel, señor Borges, pero le juro que fue siempre por homicidio, nunca por robo ni estafa…”
   
Borges no gusta expresar opiniones sobre escritores en español. Pero no parece estimar mucho a los escritores argentinos contemporáneos. (“En la Argentina pasamos del francés al inglés y del inglés a la ignorancia”). Pero cuando ofrece algún juicio, es siempre objetivo, desapasionado y exacto.

-Baroja me pareció bien cuando lo leí de joven. Ya no. Baroja era médico y los médicos no son muy buenos escritores. Otro escritor médico, Arturo Conan Doyle, tuvo el buen gusto de ironizar a sus colegas de profesión, presentando al Dr. Watson casi como un tonto. No me puede gustar Baroja, me parece mal que un escritor presuma de no escribir bien, que exhiba ostentosamente su propio descuido. Además, en las novelas de Baroja no pasa nada. La trama se limita apuros cambios de domicilio. Y sus personajes violentos no existen. Aquel célebre “Zalacaín el Aventurero”, era un hombre absolutamente tranquilo y burgués.
“la María” de Jorge Isaacs.

- ¿Pero es que todavía algún joven en Colombia lee la “María? Eso, para mí, es como un recuerdo romántico, de los más viejos, de los muy viejos…
“La Vorágine” de Rivera es una gran novela americana. Su retórica barroca es adecuada para retratar el paisaje de la selva. Leyendo “La Vorágine”, tan fuerte, tan expresiva, uno comprende la flojedad y blandura de nuestro “Segundo Sombra” de Guiraldes.
“La mejor novela argentina, y no me gusta la palabra “mejor”, debe ser “Facundo” de Sarmiento y el “Martín Fierro” que es también una novela”.

  
Le mencioné a Borges algunos escritores cubanos: Mañach, Baquero, Carpentier. Dijo no conocerlos (Volvió a repetir que hace doce años no lee ni escribe). Al poco rato rectificó.

-En Buenos Aires conocí a un escritor cubano, Virgilio Piñera. Escribe cuentos, y lo hace bien, muy bien…

En Cali, Borges disertó sobre “poesía gauchesca” -Echavarría, Estanislao del Campo, Almafuerte, los payadores- pero en la charla confesó sus admiraciones universales:

-Verlaine es el más grande de los poetas. Muchos piensan que decir esto es anticuado, pero los poetas que vinieron después de Verlaine son todavía más anticuados. En la Argentina, ¡nos pasó algo parecido con Lugones! El viejo maldito se nos adelantó a todos.  
  
Borges, el más grande escritor contemporáneo en idioma español -traducido a más de veinte idiomas- no ha escrito una sola novela. Su obra se compone de cuentos cortos, poemas, ensayos, relatos fantásticos:

-No, yo no tengo “obra”. Lo mío son cabos, trocitos…

- ¿Y por qué no ha escrito una novela?

-Porque no la sabría escribir. Además, no confió en la novela: terminará por acabarse, como se acabaron los dramas de cinco actos. Me gustan Tolstoi, Dickens, Flaubert, pero no creo que ya puedan escribirse grandes novelas. El cuento es mi género preferido. La novela puede desaparecer, el cuento no. Si el cuento se escribe como lo escribieron Kipling y Stevenson, puede tener más densidad que la novela.

-De sus cuentos, ¿cuál recuerda con más cariño?

-El “Aleph” no me parece mal… Allí retraté -con otro nombre, por supuesto- a una mujer de la que vivía enamorado. La llamé Beatriz Elena Viterbo. Era una mujer terriblemente cursi; no sé cómo llegué a enamorarme de ella…

- ¿Y por qué no se ha casado?

-Porque me he enamorado muchas veces.

-Es verdad que abomina su cuento más famoso, ¿“Hombre de la esquina rosada”?

-No he vuelto a leerlo más nunca. Me parece de excesivo color local. Allí planteé una situación falsa, puramente cinematográfica. Los “matones” no actúan como aquel Francisco Real de mi cuento. Son más taimados, más astutos, más hipócritas, menos espectaculares.
Ahora Borges escribe letras de tangos y milongas.
¿Y por qué maestro?

-Esos siempre han sido temas míos. Tengo verdadera afición por la mitología del arrabal de Buenos Aires.

- ¿Y qué dirán de estas letras de tangos, los que lo han llamado a Ud. “escritor para escritores” aludiendo a su estilo, a veces difícil?     

-No me interesan lo que digan. Además, yo no aspiro a ser un escritor para escritores. Con ser escritor, basta. Cuando yo escribo, sobre todo ahora, trato de evitarle dificultades al lector. Cuando empecé a escribir, como todos los principiantes, presumía de un vasto vocabulario, abundaba en arcaísmos y neologismos. Ahora trato de escribir de modo que las palabras no distraigan del sentido y de la emoción. Trato de hacer más fácil la lectura. Pero, realmente, yo nunca he escrito pensando que me lean. Una novela, o un cuento, es como una carta que uno escribe a algunos amigos. Con las letras de mis tangos y milongas, no aspiro al aplauso de mis contemporáneos, sino a la aprobación de mis antepasados.
“Tal vez la verdadera literatura es la que se hace con la memoria heredada. Yo no entiendo esa teoría socialista de que la literatura debe captar los problemas actuales. De eso debe ocuparse el periodismo. Homero y Shakespeare escribieron sobre hechos acecidos muchos años o siglos antes. Quizás, para ser escritor, haya que repetir con Kipling: “Un escritor si tiene suerte, está dado a escribir fábulas”. Pero no se sabe cuál va a ser la moraleja de esas fábulas”
   
 Borges ve algo de noche. Ayudado por unas gafas de cristal opaco, como empañado, me dijo que algunas veces asiste a sesiones de cine. (“De joven yo era un fanático del cine. En mis primeros cuentos hay mucha influencia cinematográfica”).

-He visto en estos últimos años muy pocas películas. Pero “Lawrence de Arabia” me parece memorable. Además, ahora escribo guiones cinematográficos. Ya han hecho alguna película con algunos de ellos. Dicen que no ha quedado del todo mal.

Llevé a Borges a distintos lugares de Cali. Invariablemente cada vez que se bajaba del auto, preguntaba:

-Dígame, ¿dónde estamos? ¿al norte?  ¿al sur?
Esta curiosa manía de orientación, es pareja a su gusto por paladear las palabras. Borges se recrea con las palabras.

-Qué bello que digan en Colombia oriente y Occidente, y no Este y Oeste como en la Argentina. Este y Oeste es feo. Tal vez no tanto Oeste, por su leyenda. Pero sí Este. Es también bella la palabra “Sur”.

Le obsequié un dulce de “fruta bomba” (“papaya” en Colombia) y preguntaba como un niño:

- ¿Papaya? ¿Y qué quiere decir este nombre? ¿No será de origen indio? 
Repite los apellidos, los nombres:

-Conocí hoy a un señor Julio Chiclana, nombre magnifico…
   
Había leído que a Borges le nombrarían profesor Eméritus de la Universidad de Oxford. Le pregunté sobre la distinción en la vieja y tradicional universidad inglesa:

-No, no. Debe haber leído que en estos días el Imperio Británico me concede un alto honor oficial, que por cierto ha servido para que mis amigos en Buenos Aires me llamen en broma “Sir George”.
“Estos homenajes -siempre injustos- no me causa sino sorpresa, pero a mi madre tan ancianita le llenan de orgullo. Ud. comprenderá que la única persona que considera seriamente que yo soy todo un “Sir ingles” es mi pobre madre…

En ese momento me pareció Borges un hombre tremendamente triste y recordé sus versos cuando le nombraron -ya ciego- Director de la Biblioteca Nacional:

“Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía, me dio a la vez los libros y la noche. De esta ciudad de libros hizo dueños a unos ojos sin luz, que solo puedan leer en las bibliotecas de los sueños…      
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Referencia e imagen
Preguntó Jorge Luis Borges, ¿Todavía hay alguien que lea La “María” ?, Entrevista José Pardo Llada, Revista Cromos, Agosto 9 de 1965. 

            

12.6.16

La política de los autores -Entrevistas-

La revista de crítica cinematográfica francesa Cahiers du Cinéma, publicó en el año 2001 una serie de entrevistas a directores identificados dentro de esa tendencia denominada teoría de autor; traducción que vino por medio de Miguel Rubio para ediciones Paidós en el año 2003.

El prólogo de este trabajo compilatorio estuvo a cargo de Serge Daney, quien nos entrega una mirada panorámica a lo que fue la Nouvelle Vague, y sus principales momentos de impacto en el fenómeno estético del cine en el periodo: “primera generación de cineastas cinéfilos de la historia del cine”, admiradores de ciertos cineastas ya con marca registrada, pero que se salían de algunos esquemas tradicionales sin significar aquello que no hicieran parte de una industria, la europea, la hollywoodense:

[…] Esta generación tuvo otra suerte: se creyó justiciera. La historia del cine, la que Sadoul y Mitry contaban, era injusta, llena de prejuicios, de agujeros y de aproximaciones. Gracias a Henri Langlois, todas las tardes, había materia que descubrir y redescubrir, que evaluar y reevaluar. El panteón del “séptimo arte” no era todavía ese monumento en el que, anticipadamente y sin rebelarnos, aceptamos perdernos. La tarea de la generación precedente -la de Bazin y el movimiento de los cine-clubes- consistió en volver a apropiarse del cine considerado como una historia única. En el ambiente de la guerra fría, fue necesario rehabilitar al cine americano, servirse del neorrealismo italiano como de una palanca, mantener una mirada teórica sobre el cine soviético, reprochar su academicismo al cine francés consagrado a las “adaptaciones literarias”. Y estar dispuestos a descubrir otra cosa, fuera donde fuera, en Japón, por ejemplo (p. 12).

En ese contexto histórico, y con cuatro emblemas en la creación fílmica, se da un giro representativo, los europeos Renoir y Rossellini, y los norteamericanos Hawks y Hitchcock; partiendo según Daney de tres negativas a la política de los autores:

-Los primeros veían mal cómo un filme podía ser obra de un solo autor, ya que es de notoriedad pública el hecho de que el cine “no se hace solo”.
-Los de segundo tipo, les costaba aceptar el supuesto “de que un filme tenga a veces un autor, se afirme seriamente que lo sea asimismo “por derecho divino” de toda su filmografía”.
-Los últimos, reflexionaban sobre el por qué no se contentaban con aquellos que lo eran desde siempre, de manera ostensible y a veces dramática. El concepto de autor se dedicaba en última instancia a una galería de monstruos, demasiado singulares para la maquinaria hollywoodense que había terminado por rechazarles…” (p.13)



Con esta introducción, que resume apropiadamente un momento álgido de la Historia del Cine, el lector podrá entender ciertas particularidades y “autores” que dieron vida y pelea a una concepción de las imágenes en movimiento más allá de su impacto comercial o cultural; todo, mediado por la situación social y política europea de postguerra, y enmarcada en la cinefilia pura de personajes que la respiraban constantemente por sus poros como factor básico de reflexión y visualización puesta en práctica con sus propias obras.
Para entenderlo, y teniendo en cuenta que el documento citado es escrito en 1984, volvamos sobre la conceptualización:

[…] Ahora bien, ¿qué hay de más prototípico, incluso atípico, que un filme de “autor”? Sin embargo, siempre en la distancia, puede decirse que los Cahiers amarillos, al lanzar su famosa política, no hicieron más que llevar a cabo un proceso que se había iniciado mucho tiempo: el reconocimiento del cine como arte y del cineasta como artista, según la concepción romántica del autor-demiurgo-propietario de su obra que existía ya en la literatura (p. 15).      

El contenido de este libro para cinéfilos interesados es el siguiente:

-Entrevista con Jean Renoir (Jacques Rivette y François Truffaut).
-Entrevista con Fritz Lang (Jean Domarchi y Jaques Rivette).
-Entrevista con Howard Hawks (Jaques Becker, Jacques Rivette y François Truffaut).
-Entrevista con Alfred Hitchcock (Claude Chabrol y François Truffaut) seguida de una
Nueva entrevista (Jean Domarchi y Jean Douchet).
-Entrevista con Luis Buñuel (André Bazin y Jaques Doniol-Valcroze).
-Entrevista con Robert Bresson (Michel Delahaye y Jean-Luc Godard) 
 

Como ocurre en este recurso literario de interacción entre entrevistado y entrevistador, podemos encontrar una línea temática ya definida por los autores que va en dirección del proceso de realización cinematográfica que han llevado a cabo estos personajes en mención. El cine se atraviesa constantemente, y en él momentos cruciales para entender el armazón de la realización. Por ejemplo, Hitchcock:

[…] La Soga es el primer filme en el cual ha utilizado el “ten minutes take”. Si, fue en La Soga donde hice la experiencia. Creé una técnica nueva porque me dije: he aquí una historia que pasa en un solo decorado, en una hora y media; por consiguiente, es necesario que yo fabrique una técnica cinematográfica especial, que sea continua, sin que se detenga nunca, sin cortar nada, para crear esa misma sensación de continuidad (p.121).

El libro se torna como un objeto de consulta para profundizar sobre los contenidos venidos de la experticia de un grupo de directores de cine que marcaron una influencia en el denotado orden de la llamada teoría de autor. Siempre vigente y polémica en la trama de los procesos de aprendizaje enfocados al cine, en este caso desde su historia y sociología, dos áreas cada vez menos apreciadas por quienes desean convertirse en futuros cineastas.

Referencia
La política de los autores, Cahiers du Cinema, 2001. Colección La memoria del cine 17, Paidós, 2003, España, 189 páginas. 


2.5.16

Álbum fílmico colombiano de cien años

Uno de los gobiernos conservadores de principios del siglo XX, nos consagró al Sagrado Corazón de Jesús de la mano de la iglesia católica en las postrimerías de una cruenta guerra civil de tres años (1899-1902), denominada mil días. El cine por esa época llevaba escasos años de desarrollo cultural y social en Colombia, y algunos se atreven afirmar que este belicoso hecho extenuante cerró la brecha para la creación y avance del cinematógrafo en nuestras principales ciudades. Pero una nación con cien años de largometrajes, debe tener obras relevantes para su reconocimiento público en un arte tan joven, y lleno de historias sensacionalistas, melifluas, folclóricas, literarias, y apasionantes.  

Hugo Chaparro Valderrama, reconocido escritor y crítico del cine colombiano, se aventuró a recopilar más de cien cintas en su Álbum del Sagrado Corazón del Cine Colombiano, Cien Años del Largometraje en Colombia. Desde El drama del 15 de octubre -1915- de los hermanos Di Domenico; hasta El valle sin sombras -2015- de Rubén Mendoza.


Dejemos que el autor nos indique porque la razón de esta publicación:

Un álbum familiar registra la memoria y los momentos que definieron el rumbo de sus personajes. El cine, entendido como el álbum familiar de un país, acaso esté amparado en Colombia por el Sagrado Corazón de Jesús y por todos aquellos que se aventuraron haciendo del riesgo un estímulo o un padecimiento creativo.  […] Un álbum que trae noticias de nuestra historia hecha cine, asuntos que con buena o mala fortuna han traducido el patrimonio del tiempo en episodios diversos. Como sucede en un álbum, realizamos un ejercicio selectivo de nuestra memoria cinematográfica comprendiendo su legado desde la perspectiva del presente y, quizás, del futuro. Un álbum para recordar el material del que están hechos los sueños que cruzan y se desvanecen en una pantalla, prologándose en la materia no menos voluble de la historia (pág. 7).

Este libro, que recurre a la memoria clasificada del cine colombiano, funciona como catálogo para conocedores y, aquellos que consideran que el cine colombiano es invisible ante el escenario de la exhibición a no ser que gane un premio de talla internacional o sea nominado a “las grandes ligas norteamericanas”. Es una copiosa guía de entretenimiento para hacer descubrimientos, y plantearse posibilidades en torno a temas, encuentros, y desencuentros en el cruce contante con la situación política del país, y la posibilidad de reconocimientos especiales que distingue rasgos del tipo de regiones que tenemos, y las historias que nos cuentan.  

Como lo anuncia la portada, este libro es “divertimento” para los ojos, puede leerse sin orden, y a él se puede ir cuando se quiera tener un dato o una referencia de cinéfilo avezado. Lo componen seis partes: Razón del álbum; El milagro del cine en Colombia; Álbum del sagrado Corazón del cine colombiano; Al amparo del Divino Niño; los agradecimientos y el índice de películas; 278 páginas bien editadas que guían al lector por el camino de cien años de largometrajes, ponderación importante de uso continuo para demostrar cómo nos hemos filmado, y cuales han sido nuestras historias.

De un hecho político y religioso del pasado siglo, al cuadro a cuadro del Sagrado Corazón del cine colombiano un siglo después. ¡Amén!

Fuente
Hugo Chaparro Valderrama, Álbum del Sagrado Corazón del Cine Colombiano, Semana Libros, Proimágenes Colombia, Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, 2016.   

           

12.4.16

El fin justifica el cine

El cineasta Luis Ospina nos entrega un manifiesto generacional del denominado Grupo de Cali en un extenso e intenso documental poniéndonos en contexto con su vida, la de dos de sus amigos entrañables, y el resto de la "pandilla" que llegó por efecto fílmico a su vida como realizador: fotógrafos, directores de arte, montajistas, camarógrafos, actores, y unos buenos pocos amigos. Todo comenzó por el fin es un gran collage histórico del cine colombiano desde la perspectiva de un espacio geográfico definido desde el presente en retrospectiva hasta mediados del siglo veinte, pulso inicial para entrar en el archivo y conocer visos de su vida familiar en la infancia donde la cámara recrea cotidianidades hasta ponernos en otro momento, la del paciente Ospina, donde parece la enfermedad es el fin de una vida hecha rollo en plena realización fílmica.

La entrada a la intimidad del director caleño es desbordante, sin tapujos nos pone ante su situación médica y los devenires que conllevan ante los diagnósticos, las intervenciones quirúrgicas, y ese sosiego que significa el ejercicio de memoria lleno de olvido, el encuentro de amigos que atraviesa toda la cinta, y el adecuado montaje que se realiza para ir tejiendo estratégicamente la vida de Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, y allí un montón de anecdotario que le da voz a muchos en el intrincado fenómeno estético del cine en medio del sexo, la música, y las drogas, todo bajo la premisa del fracasado sueño sesentero del cual hicieron parte. Así, “ellos de rumba, y el mundo se derrumba”.       

El uso de los archivos fílmicos sobresale por la misma eficacia de Luis Ospina al conservar sus documentos y posibilitar años atrás -en parte-  su acceso; por ende, el camino que él despeja para entregarle al espectador una narración fluida y acondicionada a un estilo ya marcado en sus pasados trabajos audiovisuales, reusados, y apropiados nuevamente como hipertextos. Pero el tema del grupo caleño de por sí, ha sido un copioso objeto de estudio desde miradas independientes a sus cabezas visibles o en conjunto en monografías de grados, ensayos literarios, exposiciones museísticas, artículos académicos u objetos audiovisuales con constantes temas transversales que incluyen nombres, épocas, obras, y un largo etcétera.

Lo anterior nos posiciona directamente para entender un momento de largo aliento que deviene más o menos en tres décadas que mezclan las etapas más disimiles que ya el profesor Ramiro Arbeláez se ha atrevido en clasificar en cinefilia, experimentación, y realización, las tres en conjunción con el Cine club de Cali, Ciudad Solar, la Universidad del Valle, la Cinemateca la Tertulia, el Canal Regional Telepacífico, y claro está, el contexto de la ciudad de Cali con sus teatros de barrio, la situación sociocultural, sus transformaciones urbanísticas, y la violencia que se identifica desde la explosión del 7 de agosto de 1956, hasta el fenómeno del narcotráfico con el “dinero fácil” de los años ochenta.

Un punto importante de este tema, es que los tres personajes puestos en lente han dejado obra escrita para inferir parte de su pensamiento intelectual vinculado al arte de la crítica, la literatura, el cine, la televisión, y las vicisitudes que eso conlleva. Tenemos entonces en la obra literaria y de crítica cinematográfica de Andrés Caicedo, las formas de comprender un mundo y estado de ánimo vinculado a su vida; en los dos libros de Carlos Mayolo, la singularidad a desparpajo de reconocer su accionar con el cine y lo televisivo; y en Luis Ospina, con sus “palabras al viento”, la pluma que juega con el lector y su visión del cine a través de sus “sobras” completas. Los tres escenarios vivenciales escritos, puestos en papel, son el mejor ejemplo de la necesidad que tiene el cinéfilo y realizador fílmico de dejar un registro, incluyendo la notoria correspondencia de los tres que sirve de parangón privado y público del sentir de un momento; por lo tanto, esa elaboración tiene una relevancia especial para el escenario de armar un rompecabezas especifico que tiene como línea temática lo fílmico, y en él, todo un séquito de personas que posibilitaron armar un mundo ligado a escenarios con una marca especial de representaciones, lo cual sucede de forma rápida y resumida en el documental reseñado.

Esta autobiografía fílmica que tiene marca certificada en el contexto mundial, nos deja como enseñanza que los procesos de realización cinematográfica siempre tienen un desarrollo grupal de arraigo fuerte, en cabeza de pocos que se distinguen sobre los demás, pero que imprimen un sello distintivo para dejar obras y huellas paralelas en otros escenarios de producción, desde los artísticos, hasta los académicos; posicionándolos en el entramado cultural, histórico, sociológico, y hasta político, situación que es recurrente y efectiva en este caso de estudio que atrae nuevos conocedores y, aumenta el conocimiento de esos viejos aficionados a ese influjo cultural tan atractivo y lleno de cine.    

Estamos entonces ante una obra compleja para aquellos que desconocen el desarrollo histórico del cine colombiano, y allí la situación social del país; no es cuestión de ser un “simple fanático” del grupo de Cali para hacerse la idea con este documental de ser ya un experto en el tema sin inmutarse en el riesgo que eso conlleva; el mismo que identifiqué en el grupo de personas que abandonaron la sala un poco estupefactos ante el intenso montaje de esos “locos de Cali”, o los que viéndola decían que era una película demasiada pesada y extenuante para una sentada de más de dos horas. Quedan las sensaciones, y las diversas miradas que suscita Todo comenzó por el fin, cada una apoyada en la mirada individual o colectiva que despierta ojo por ojo.   

Ficha técnica
Género: Documental.
Dirección: Luis Ospina.
Producción: Luis Ospina.
Producción ejecutiva: Sasha Quintero.
Guión: Luis Ospina.
Director de Fotografía: Francisco Medina.
Fotografía adicional: José Luis Guerín, Lina González, Luis Ospina, Rubén Mendoza, Margarita Peña, Miguel Salazar, Jaime Bonilla, Óscar Campo, Ramiro Arbeláez.
Edición: Gustavo Vasco / Luis Ospina.
Música: Camilo Sababria, Franz Schubert, Los Speakers, Johnny Pacheco & Rolando Laserie, Junior Jein, Bloque de Búsqueda.

Publicaciones a propósito del tema en el blog  





11.3.16

El lente memorístico de Fernell Franco

El andar pausado era proporcional a su voz a la hora de saludar y preguntar por el último estreno de la cinemateca; escasos minutos que sumaron horas con el pasar de los años en su visita semanal, siempre en primera fila, allá donde la pantalla parece que se le mete a uno por los ojos, sillas distintivas que los cinéfilos caleños escogen para verse -mejor- una cinta en el edificio de don Gino. La atmósfera creada en las fotos de Fernell Franco (1942-2006) siempre estuvieron inmersas en su historia de vida, lo que vivió en su niñez en la población de Versalles, sitio de donde salió exiliado con su familia por la cruenta violencia partidista, llegando a la capital vallecaucana para entrar en el circuito de una ciudad que lo cambiaba todo, y en ella, la realidad de sobrevivir ante la adversidad.

Su interesante trasegar por el mundo del oficio fotográfico, es narrado de forma magistral en el relato intimo que concedió a María Iovino entre los años 2001-2004. Fernell Franco otro documento, es un libro de bolsillo publicado con motivo de la retrospectiva de su obra expresada en las series Agua, Desierto, Retratos de Ciudad, Demoliciones, Pacífico, Amarrados, Festivales, Galladas, Billares, Interiores, Prostitutas; monumental exposición que nos movió por diversos espacios de Cali para sumergirnos en las luces y sombras del blanco y negro documental por el cual el ojo profundo del maestro fue preciso, pasando por décadas, personajes, espacios públicos, y su visión del mundo a través del rollo, el enfoque, y la reproducción técnica de sus imágenes:

[…] No confío en la rapidez de nada y menos de la fotografía, que es un medio en el que se puede hacer una composición inmediata, porque creo que para poder trasmitir algo con una imagen es mucha la honestidad que uno tiene que poner ahí.
Creo que en esto de intentar hacer una obra personal también he sido muy tímido y muy silencioso porque me parece que antes de que uno se atreva a hablar de algo, primero tiene que estar muy lleno de eso. No hay otra posibilidad que permita una lectura nueva (pág. 94). 

Estamos ante lo que podría ser el testimonio final del artista, llevándonos por etapas disímiles que dan testimonio de sus dificultades, encuentros, trabajos, y posicionamientos en el ámbito de la prensa, la reportería, y el mundo artístico venido de las bienales, y su accionar en Ciudad Solar a inicios de los setentas del siglo pasado.
Así, la curadora de esta gran muestra fotográfica afirma: 

[…] En las imágenes de Franco se desentrañan la relación férrea y desconfiada que se tiene con lo poco o con lo mucho que se posee en los países en conflicto; la dramática inestabilidad con respecto al lugar en que se habita; el misterio, la sobreposición de apañamientos y de soluciones de urgencia que ocultan lo que ha registrado la memoria; y el sentido lúgubre que imparte aún a las manifestaciones de la celebración, una historia marcada por el avasallamiento del más débil y por la diferencia extrema.  
   
En resumida cuenta, nuestro fotógrafo hizo parte de un mundo convulsionado por su propia historia, de la cual saco parte en el desarrollo de una sensibilidad agitada por su contexto como ciudadano en constante combate con la supervivencia, aquella que le mostró lo mejor y peor de sus congéneres.


Lo interesante de esta organizada narración son los datos que podemos extraer a propósito de sus gustos e influencias por el cine. Vemos entonces al niño, joven, y adulto que saca de su pasado algunos cuadros representativos del cine universal, vinculo especial donde las imágenes se hacen movimiento, y él las apropia para sus recorridos fotográficos:   
    
[…] El primero de esos amores que encontré en Cali y que me hizo saber a los doce años lo que es una pasión, fue el cine. Cerca de la casa que mis padres consiguieron en el barrio Guayaquil, cuando llegamos a la ciudad, estaba el teatro Ángel: un cine continuo medio tenebroso en el que pasaban fundamentalmente películas para el gusto más popular. Era la única distracción en esos alrededores y comencé a frecuentarlo, si podía, todos los días, hasta que supe de otros teatros en los barrios vecinos y de esa manera amplié cada vez más mi recorrido y al mismo tiempo, mis gustos cinematográficos.

En la situación económica en que vivía mi familia, era impensable que mis padres me pudieran llevar al cine o que me dieran dinero para que yo comprara boletos, pero siempre me las arreglé para entrar a todo lo que quería ver porque en aquella época existía un boleto que llamaban el “enganche”, lo que quería decir con el pago de uno entraban dos. Yo me paraba en la puerta de los teatros y, timidísimo como siempre he sido, me atrevía a abordar a las personas que llegaban solas para que me dieran la oportunidad de ver la película. Así conseguí pasar días enteros en los teatros, a veces, semanas seguidas sin parar. Salía de mi casa a las ocho de la mañana y no volvía hasta las diez de la noche.

A través del cine hice unos viajes maravillosos. Al comienzo no vi más que cine mexicano, pero aun así esos dramas intensísimos y esas historias exageradas de abusos de la pobreza que estaban en el guion de esas películas me mostraron que había otro país, que siendo distinto era igual al nuestro. Creo que por esa razón el cine mexicano era tan popular: la gente de los barrios pobres se sentía plenamente identificada con esas películas que tocaban esa forma latinoamericana de la vida. Lo hacían con otra música, con otro acento y con otras formas, pero era muy similar a la cotidianidad de nuestros barrios y de nuestros pueblos.

Las narraciones de la pobreza y del sufrimiento mexicanas eran tan fuertes que podían parecer irreales, pero me mostraron que con el drama se contaban historias. Todas se me volvieron una sola cosa, menos Los olvidados de Buñuel. Ésta me impacto tremendamente, porque está tan bien hecha que en la exactitud de sus imágenes sentí ya intensamente que ése era mi mundo. Me pareció que en el mensaje, en la imagen y en el tratamiento de Los olvidados estaban las realidades propias. 

En otro momento más adelante, cuando vi el neorrealismo italiano observé que se trataba también de que había una corriente que no evadía la realidad, que afirmaba lo cercano sin pena. Lo entendí así, porque había notado que en el cine americano la tendencia era eliminar lo real o disfrazarlo y avergonzarse de eso, desplazarlo de los lugares centrales y en cambio, hablar de la elegancia.  

Casi todo lo que veía era en blanco y negó y so me mostró, en comparación con lo que vi en color, que con el blanco y negro las profundidades y los dramas se expresaban mejor. Los maestros en este campo ya fueron los grandes directores del cine negro, que se convirtieron en un apoyo muy importante para la concepción de la imagen que me hice solo y a las carreras cuando trabajé como reportero (p.p., 30-32).

[…] Era tanto lo que yo corría en mi bicicleta, que un día me estrellé con un carro que no vi en mi acelere. Los dos: bicicleta y yo salimos volando y dando vueltas por el aire. No recuerdo que esto hubiera sido un trauma, reparé la bici y seguí moviéndome en ella de un lado para otro hasta que de pronto un día cualquiera desapareció para siempre. Supongo que se la robaron. Todo era exactamente como en la película de Vittorio de Sica. No sólo no había trabajo para el que no tenía bicicleta, si no que por esas mismas razones había que cuidarla muchísimo porque uno estaba en riesgo constante de que se la robaran. Todo el que estaba buscando una oportunidad laboral, que éramos muchos, necesitaba una bicicleta al menor precio posible. Ladrón de bicicletas es la película que traduce con toda exactitud lo que podía ser aquello, que tenía también mucho de ternura y de padecimiento (p. 49).

[…]Me parece que la realidad es blanca y negra y que el color es el generador de engaños, que es un distractor que pone borroso lo que uno quiere decir. El blanco y negro permite manejar profundidad en lo más sencillo, porque lo obliga a uno entender el contraste más simple de lo verdadero. Desde que estaba muy joven me ha parecido que el color lleva a la fotografía al mundo de Walt Disney, porque le da el encanto de la fantasía y de las exageraciones.

Desde que era un muchacho vi mucho cine negro y era un gran entusiasta de las películas de James Cagney y de las de John Huston. Creo que muchas de esas producciones fueron determinantes en la mirada que me fui haciendo. El halcón maltes, por ejemplo, es una obra que ha permanecido en mi memoria como un gran clásico de la genialidad del cine.  Desde antes me impresionaba el encuentro de la sombra con la luz. Ver altos contrastes de penumbra y luminosidad es algo que ha llamado mi atención desde que soy un niño, quizás por lo mismo me impactaron la elegancia, la sofisticación y la intensidad de los blancos y negros del cine negro. En ese contraste se movía una cosa también intensamente violenta y malvada pero elegantísima (p. 66).

La primera parte de estos recuerdos fílmicos vienen de la mano con uno de los teatros de barrio ya en el olvido, en momentos donde la niñez y juventud de su cuerpo experimentaba necesidades de ocio tan comunes en esa etapa; y ahí, el cine como base de su encuentro con historias tan comunes a nuestras realidades desde México e Italia, este último con un ejemplo particular vinculado al neorrealismo, el cual entreteje con parte de sus necesidades laborales expresadas en ese accionar de la biela y el manubrio.

Luego nos da argumentos precisos sobre su gusto por el blanco y negro, ligándolo al género cinematográfico que mayor sacó provecho de estos colores para crearnos narraciones truculentas llenas de héroes, antihéroes, y heroínas malvadas sacadas de la literatura rápida de libros de bolsillo franceses y norteamericanos. Momento para encontrar en “franca lid” al fotógrafo y su especial gusto por un estilo único que aprovechó para mostrarnos historias cotidianas llenas de sensibilidad.

Con este valioso aporte a la historia de la cultura fotográfica, encontramos un claro ejemplo del sentido dificultoso y práctico de buscar un oficio, adecuarse a él, practicarlo, y ante todo experimentarlo en varias situaciones de la vida misma, convirtiendo finalmente en una marca insustituible que perdura en el tiempo con la memoria integra de quien fue un representante clásico de nuestra cultura caleña.        

¡Quedamos a blanco y negro!

               

        

6.3.16

Vivomatografías

Grata noticia tener en la web una revista sobre precine y cine silente en Latinoamérica. Las gestoras de este impulso intelectual son las maestras Andrea Cuarterolo desde su espacio académico de la Universidad de Buenos Aires en Argentina; y Georgina Torello de la Universidad de la República en Uruguay. Investigadoras especializadas de los encuentros y vericuetos de la aparición del cine como manifiesto artístico y documental a finales del siglo XIX, y los primeros decenios del siglo pasado en nuestros territorios.   

Además de la editorial, encontramos una división especial que posiciona diversos temas para el lector acucioso de conocer estos momentos del arte fílmico donde el silencio parecía ser un eco estruendoso del cine para cierto número de espectadores, los cuales distinguían las imágenes en movimiento en el entramado de los espacios públicos, y allí sus salones, teatros, o circos.


Artículos de investigación; traducciones; rescates; entrevistas; reseñas, y documentos; posicionan este primer número de invaluable valor académico para los interesados en este periodo de nuestra historia cinematográfica.  Para el caso colombiano, encontramos dos referencias: una de la profesora Ana maría López en la sección traducciones titulada Cine temprano y modernidad en América Latina; otra del profesor Ramiro Arbeláez y su documental sobre Garras de Oro, entrevistado por Juan Sebastián Ospina León.

El resto de documentos dan fe del objetivo que busca esta publicación: posicionar un tema al que poco investigadores se aferran en sus estudios fílmicos; y ser un órgano de difusión para nuestros países latinoamericanos en función de un momento histórico representativo.

Anímense, conozcan, y acérquense al llamado cine primitivo de nuestro continente, un esfuerzo loable puesto al alcance de nuestros sentidos.  


¡A buena hora!



28.12.15

El cinematógrafo: 120 años

I
Debió ser mágico, la imagen hecha movimiento con representaciones de la vida misma en sus momentos más ordinarios, estaba ante los ojos de algunos espectadores incrédulos, asustadizos, y emocionados ante el espectáculo. Finalizaba el siglo XIX, y un nuevo dispositivo venido del arte aparecía como influjo cultural que poco a poco iría insistiendo sobre su primitivo orden básico de manifestarse a través de una pantalla.

Después de tanto ensayo, error, creación, y acción, desde Beccari, Niepce, Daguerre, pasando por Plateau, Marey, Demeny, Reynaud, y Edison; la gloria fue para Louis Lumière:

[…] Quien un 13 de febrero de 1895, patentó un aparato que servía para obtener y proyectar imágenes cronofotográficas. La primera función cinematográfica se realizó el 22 de marzo de 1895 en la calle Rennes nº 44, sede de la Sociedad de Apoyo a la Industria Nacional, donde se proyectó Salida de los obreros de la fábrica Lumiére. El 1º de junio de 1895, Louis Lumière exhibió en Lyon (además de la citada): Plaza de la Bolsa de Lyon, Sesión de acrobacia, Los herreros, Bebé pescando, El incendio de una casa, El regador regado, La merienda del bebé.
El 16 de noviembre estas proyecciones se repitieron en la Sorbona. El 28 de diciembre de 1895, en el Salón Indien del subsuelo del Grand Café, ubicado en el Boulevard des Capucines nº 14, el cinematógrafo tuvo su primer encuentro con el verdadero público: el público curiosos y dispuesto a pagar. Así comenzó el cine (Duca, 1975, págs. 13-15).  

Los temas exhibidos dan fe de unos primeros ensayos dedicados a situaciones normales, escogidas para ser presentadas en escenarios privados donde la aceptación o unos primeros comentarios, eran necesarios para dar ese segundo paso dirigido al público “común y corriente”, en un espacio público, y cobrando. Pasos que debían quedar atrás en el momento de buscar un ciclo diferente al de la experimentación.    


La tridente cinematográfico queda establecida entre los hermanos Auguste y Louis Lumière, Georges Meliès, y la empresa Pathé: Técnica, espectáculo, y negocio; lo que resultaría en producción, distribución y exhibición; en resumen, la actualidad cinematográfica con ton y son. Así en algún momento el señor Meliès halla recibido de los creadores una respuesta parca cuando quiso comprarles su invento: “No se vende, joven, y denos las gracias. Aparte su interés científico, no tiene ningún interés comercial” (García E., 1970, pág. 31).

II
Noël Burch, en su importante referente sobre el cine primitivo, presenta un dato que refleja las sensaciones que produce el cinematógrafo a escasos meses de su aparición en Nijni Novgorod, ciudad rusa donde el escritor y político Máximo Gorki daba sus impresiones sobre la ilusión óptica de ese nuevo invento:

[…] “La noche pasada estuve en el reino de las Sombras. Si supiese lo extraño que es sentirse en él. Un mundo sin sonido, sin color. Todas las cosas –la tierra, los árboles, la gente, el agua y el aire- están imbuidas allí de un gris monótono. Rayos grises del sol que atraviesan  un cielo gris, grises ojos en medios de rostros grises y, en los árboles, hojas de un gris ceniza. No es la vida sino su sombra, no es el movimiento sino su espectro silenciosos (…) Y en medio de todo, un silencio extraño, sin que se escuche el rumor de las ruedas, el sonido de los pasos o de las voces. Nada. Ni una sola nota de esa confusa sinfonía que acompaña siempre los movimientos de las personas[1].          

Para el autor, el texto de Gorki resulta fundamental por expresar las exigencias de la ideología naturalista de la representación, dominante en ese momento en casi toda Europa. Contraste inentendible que se aleja de sentido concreto de una obra, la cual debía estar dotada “de color, sonido y palabras, de relieve, de la extensión en el espacio (“Todo se mueve, rebosa de vitalidad y cuando se acerca al borde de la pantalla se desvanece tras ella, no se sabe dónde) (Burch, 1987, pág. 42). Tal vez esta impresión supuso un interesante debate de ideas sobre las posibilidades que ese artefacto tenía sobre retratar la realidad, el efecto en los sentidos, y su distorsión en el escenario de las representaciones artísticas de ese momento; las cuales, impajaritablemente, fueron entrando en el proceso de creación de los guionistas, las puestas en escena, y las necesidades de adoptar de otras artes lo mejor de ellas, mezcla distintiva que fue permeando decenio tras decenio el cine hasta lo que vivimos en el presente.     

III
Desde nuestra tierra encontramos la referencia de Clímaco Soto Borda, quien reseña el uso del cinematógrafo “sobre el lienzo del Teatro Municipal de Bogotá”, traído a la capital por el señor Ernesto Vieco con diversas imágenes que representaban por ejemplo el “mar con sus olas que se precipitan en pos de otras”, o “el ruido atronador de la locomotora que parece venírsenos encima con su enorme cadena de carros”; experiencia que parece no fue de todo agradable por la algarabía excesiva, lo que llevaba a la conclusión de no ser un espectáculo apropiado para un teatro, pero sin duda para un salón (Soto, 1897).

Tulio Hermil -diecisiete años después- escribe sobre las posibilidades civilizadoras que el cine ha traído a la humanidad:

[…] la misión del cinematógrafo, como la de la prensa, es esencialmente civilizadora. Hacer obra de verdad, hacer obra de belleza hacer obra de progreso: he ahí su fin. Despertar en el alma de las muchedumbres el sentimiento patrio, las nobles empresas, los sublimes heroísmos; instruir la mente de los pueblos con los ejemplos de abnegación, de altruismo y de justicia; ser, en una palabra, ¡faro que ilumine el sendero y no tea que incendie y arrase! (Hermil, 1914).

Desde Medellín, Tomás Carrasquilla asume el cine como una necesidad, acorde a la modernidad y las costumbres de una sociedad conservadora e influyente, espectáculo fantástico, imposible, instructivo, simbólico, educativo e inmoral:

[…] Ciertamente: aquel encanto, aquella atracción que en todos ejercen esas visiones instantáneas y mentirosas, es porque en ellas vemos, tal vez sin darnos cuenta de su enseñanza, la imagen fidelísima de nuestras propias existencias: toda vida, la vida toda, es un reflejo, una película” (Carrasquilla, 1914).    

Las tres visiones del cine tienen el atractivo de ser referencias publicadas en Colombia, cada autor desde la experiencia como espectador en función de entregar un mensaje que posiciona el cinematógrafo como vinculo directo entre la sociedad, las costumbres, y sus representaciones ante el hecho fílmico de observar una cinta, y las sensaciones resultantes de ese encuentro. Síntoma positivo de la llegada del cine a nuestro territorio y sus efectos en la vida privada y pública.                        
IV
A propósito del concepto, se debe a Léon-Guillaume Bouly la palabra cinematógrafo, quien la empleó en 1893 al patentar un aparato con ese nombre. Desde la historia de las técnicas, sería el nombre del maquina inventada por los hermanos Lumière. En el lado del la conceptualización en su distinción del cine mismo, el cineasta Robert Bresson lo define en su oposición al teatro:

[…] el cine, en su definición comercial común, es un vehículo para actores profesionales que representan la comedia según las normas teatrales en vigencia; por el contrario, el cinematógrafo es el registro de un real no representado, sin actores ni recursos con códigos (de dicción, del gesto) extraídos del teatro (Aumont, Marie, 2006, págs., 43-44).          

Con el pasar de los tiempos, cuando el cine es distinguido como arte, y su  exhibición es explotada comercialmente, el concepto comienza a distinguirse como formula publicitaria para atraer clientes de diversa índole. Sin embargo, sus pioneros nunca pensaron en las imágenes en movimiento como fenómeno estético, “para ellos, como para buena parte de la humanidad, el cine podía ser un registro de la realidad superficial, o un ingenioso dispositivo para el espectáculo o el entretenimiento. Pero creían firmemente que más allá de ese nivel no había mayor futuro. El cine era, en el mejor de los casos, un hijo ilegitimo del teatro y de la fotografía” (Romaguera, Alsina, 1989, pág. 13). Nacen entonces los críticos y teóricos que empezaron a encontrar en el cine una forma de reflexionar sobre las valoraciones del mundo que se adaptaban a la pantalla, posibilitando que Ricciotto Canudo sentara su posición en un documento titulado Manifiesto de las Siete Artes -escrito en 1911-, resultando el término Séptimo Arte, “postulado suyo, porque creyó ver en el cine un epicentro y una posible culminación de pintura, arquitectura, escultura, poesía, danza y música” (Romaguera, Alsina, pág. 14).


V
Ciento veinte años no son nada. El cine sigue tan campante entreteniendo, realizando,  y repitiendo historias que parecen no agotarse ante el asombro o reproche de quienes las observamos en todos sus formatos, desde los clásicos, hasta los que la industria nos pone en el juego constante del mercado. En el cine, muchas edades caben, para todos hay, entran en el fin único de divertirse por varios minutos ante la vida misma hecha relato por medio del movimiento fotográfico. Las sensaciones son muchas, y sus discursos mediáticos trascienden a escenarios inimaginables. Ante la oscuridad del teatro, y la des-concentración de la sala casera, el espectador se sumerge en un extraño vinculo que lo lleva apasionadamente ante el instante eterno de una narración que parece no envejecer: Hoy la observa, y posiblemente diez años después la repita, intacta y a la espera de otro reconocimiento, otras pausas, otra vida en medio de tantas reproducciones.

Fin
Tres definiciones:
1-      El cine es un sueño –Dr. Serge Lebovici.
2-     El cine es el arte del movimiento y los ritmos visuales de la vida y la imaginación –Germaine Dulac.
3-     El cine es un sistema de signos cuya semiología corresponde a una posible semiología del sistema de signos de la realidad misma –Pier Paolo Pasolini.         

Bibliografía
-Aumont, J., Marie, M., (2006). Diccionario teórico y crítico del cine. Buenos Aires: la marca editora.  
-Burch, N., (1987). El tragaluz del infinito. Madrid: Catedra Signo e Imagen.
-Carrasquilla, T. El buen cine. Revista Cinemes, Nº 1, Medellín 1914. Tomado de: Cobo, J., Arbeláez, R., (2011). La crítica de cine una historia en textos. Colombia: Proimagenes, Universidad Nacional. 
-Dmytryk, E., (1995). El cine, concepto y práctica. México: Limusa Noriega Editores.   
-Duca, L., (1975). Historia del cine. Argentina: Editorial Universidad de Buenos Aires.  
-García E., J., (1970).  Vamos a hablar de cine. España: Biblioteca Básica Salvat.
-Hermil, T. ¿Qué es el cine? En De Cine Universal, Cali, Revista El Kine, Bucaramanga, 1914.  Tomado de: Cobo, J., Arbeláez, R., (2011). La crítica de cine una historia en textos. Colombia: Proimagenes, Universidad Nacional. 
-Romaguera, J., Alsina, H., (1989). Textos y manifiestos del cine. Madrid: Catedra Signo e Imagen.             
-Soto, C. Días de cine – Cinematógrafo. En El Rayo X, septiembre 4 de 1897. Tomado de: Cobo, J., Arbeláez, R., (2011). La crítica de cine una historia en textos. Colombia: Proimagenes, Universidad Nacional. 

Nota Fílmica
En 1995, para homenajear los 100 años del cine, reunieron a 40 reconocidos directores para que realizaran un cortometraje de 52 segundos utilizando el cinematógrafo original que inventaron los Lumiére. Este documental titulado Lumiére y Compañía, es una buena razón para entender las posibilidades del Tragaluz del Infinito, extraño objeto creador de estrellas, olimpos, triunfos, y fracasos.