18.10.15

El cine en ¡Que Viva la Música! de Andrés Caicedo

En abril de 1977, quince días después de la muerte del escritor caleño Andrés Caicedo, el periódico El País publicaba una nota de Medardo Arias sobre el lanzamiento del libro que el autor recibió el mismo día de su deceso como designio de su último hálito literario. ¡Que Viva la Música! entraba en el escenario local de la ciudad sin su progenitor, quedaba huérfana la obra pero con muchos lectores que empezaban a conseguirla en librerías y puntos de venta que ofertaban la colección del Instituto Colombiano de Cultura.
Del texto nos dice Arias:

[…] Andrés Caicedo, partiendo de elementos de gran significación popular, como son la música afro-antillana y sus intérpretes, se convierte en el mensajero de una época a la que le fue fiel, como protagonista de un medio que comienza a amasarse particularmente en Cali, desde 1965: Richie´s Jala Jala, la rumba y sus cantores metiéndose en el alma del pueblo, con percusiones de bongó y mística de orichas. “Que Viva la Música” es el bembé desenfrenado de una noche en la Caseta Panamericana, es la idolatría  mestiza que baila con sentimiento Yoruba la salsa de la All Star. De allí que ésta novela testifique una época, para ubicarse históricamente en la generación Mr. Trumpet Man; en la mulata cadencia de Araché, de Agallú, del fenómeno Boogaloo.

En ese acelere escrito que es el texto, la música, fiel a su título, se acomoda a la vida de María del Carmen Huerta: rumba va, rumba viene, y en ella Cali nocturna con personajes que entran y salen al vaivén de un estilo de vida que se adecua a necesidades generacionales, y ciertos descubrimientos de festividad, aplicable a la reflexión de Fabián Casas en el prólogo de la edición argentina al afirmar que Caicedo “es una expresión del cóctel de su tiempo. Vivió los años sesenta con su paz, amor, violencia y revolución”.

En clave narrativa, tenemos diversos espacios públicos con una marca establecida que el autor conoció, vivenció y adecuó a su historia junto a las drogas psicoactivas que nos pone en diversos viajes, los de “la mona” y sus amigos, y los que imaginamos cuando hacemos ejercicio de memoria para visualizar la ciudad que conocimos y no existe, plano especial importante para ubicar el libro como expresión de reconocimiento urbano.  

Si el lector examina por primera vez ¡Qué Viva la Música!, y no se ubica melódicamente con la oferta propuesta por Caicedo -y la salsa que le gusta es la de las comidas-, él amablemente, al final de su “reguero de tinta”, pone a disposición su Discografía:

[…] Que la autora ha necesitado, para su redacción, de las canciones que siguen, tiene  que sonar evidente para el lector aguzado. De todos modos, se ha procurado localizar intérpretes de la versiones preferidas (de un mismo temilla antiquísimo, africano) y sello de disco (pirata aún).  Pero he escuchado casi todo el material que ella menciona a través de puertas abiertas, radios o en los buses. Así que mi lista avanzará a medida que escasee la información. Las canciones precedida de asteriscos son caballerías sin interés alguno”.
         
El gusto musical que el autor tiene en la salsa de Richie Ray/Bobby Cruz, y el rock de los Rolling Stones, posicionan la banda sonora de su novela, sumándole una serie de temas ya comunes en las bailaderos o discotecas de Cali, los de antes, y los de ahora con la denominada vieja guardia o viejoteca; así que “el lector aguzado” podrá darse un repaso sonoro caribeño, neoyorquino, puertorriqueño, y cubano; audición personal o colectiva que podrá incluir los temillas con asterisco que nuestro autor cree de dudosa reputación, y denuncia explícitamente al advertir que “El Pueblo de Cali Rechaza”.

Siendo Andrés un cinéfilo extremo en actividades como crítico, escritor de guiones, y cineclubista, pone sobre el lienzo de su escritura algunas referencias fílmicas en ¡Que Viva la Música!, no muchas como se creería, pero interesantes a la luz de descubrir, desmenuzar, y entender su vida en el cuerpo de otra persona. En el ejercicio de releer su texto, ponemos en consideración del lector los apuntes que él teje con la magia del cine en obras, y elementos técnicos:

-La primera referencia nos lleva a una estrella del cine silente y sonoro hollywoodense llamada Lillian Gish:

[…] Pero me decían: “Pelada, voy a ser conciso: ¡es fantástico tu pelo!” Y uno raro, calvo, prematuro: “Lillian Gish tenía su mismo pelo” y yo: “Quién será ésta”, me preguntaba, “¿Una cantante famosa?” Recién me he venido a desayunar que era una estrella de cine mudo (p. 7).          



-Como metáfora directa a la película Muerte en Venecia -1971- de Luchino Visconti, encontramos a nuestra protagonista caleña en pleno despertar al medio día confundida por su incumplimiento –por primera vez- a las reuniones de lectura de El Capital con Armando el Grillo y Antonio Manríquez:

[…] Después de la cortina tenía allí ante mí la persiana veneciana. ¿Es cierto que trae la muerte, Venecia? Digo, porque lo he escuchado (ya no) en canciones vieja. He podido jalar las cuerdillas de la veneciana como el marinero que iza las velas, y dejar entrar, glorioso, el nuevo día (p.8).


-Para explicar el oficio de su padre, nos introduce en el lenguaje fotográfico y fílmico, junto a su experiencia con la mariguana: visiones, y formas de entender el paisaje que tiene enfrente desde la ventana de su casa –el Parque Versalles, y las montañas-, o forma compleja de explicarle al lector algunas de sus acciones en las que su amigo sufre:

[…]Sobreexpuse (uso el termino porque mi papá es fotógrafo) a las montañas, los pelos de la montaña y el azul del cielo. ¿Azul porque Sobre-exponía o porque de veras mejoraba al día? No, era la aridez y la congoja más terrible después de un año completo que no llovía sobre esta tierra buena (p.16).
[…] Me le acerqué y él requetenotó mi fragancia. “Es que me acabo de jabonar el pelo”, expliqué, y él: “Yo sé. Se te ve lindo”, y yo le dije gracias, parpadeándole en Close-Up (Comprenderá el lector que el oficio de mi papá fue extendiéndose hacía una afición por la cinematografía, así que valga la licencia por el térmico) (p. 20).
[…] Son puras mentiras mías, pero qué tal si digo que hubo como una interrupción en el proceso de la amanecida, o un retroceso, mi papá gustaba de explicarme el procedimiento de sonorizar una película muda filmada a 16 cuadros: repitiendo fotogramas, de lo cual resulta como un barrido, esa es la palabra técnica, eso fue exactamente lo que produjo el aullido de Ricardito en ese día, a la distancia (p. 62).

-En la visita que realiza Ricardito el Miserable a los aposentos de María del Carmen, el autor homenajea la película cumbre de su cine club con respecto a asistencia y taquilla en el Teatro San Fernando, fue un 24 de febrero de 1973 con 1106 espectadores, en un escenario al que le cabían 700 personas sentadas:

[…] Se hizo el que no la miraba, se paró en toda la mitad del cuarto y la luz, que entraba libre, sin la veneciana, le daba como una facha imponente a su preocupación constante, y yo pensé: “Cuando mejor se ve es cuando está en mi cuarto. Además, quien no con esa camisa verde profundo y lila, plenamente psicodélica”. La palabra me hizo tramar que si bajaba a veneciana le pintaría sombras horizontales a su cuerpo, que si le quitaba la camisa, él seria una especie de John Gavin con 30 quilos menos, y que ambos éramos, allí, en ese cuarto de una casa perdida en una ciudad desolada y ardiente, nada menos que el principio de Psicosis, esa película que no he querido volverla a ver, para no olvidarla (p.18).     



-Con la “velocidad energética” que lleva la protagonista del relato en su interactuar con la ciudad, los amigos, la rumba, y las drogas, tenemos esta escena que junto a su “hermano lobo”, pone de manifiesto otro encuentro:

[…] “Empieza”, me dijo Ricardito, y, demonios, debí vacilar algo, porque me preguntó, no burlón sino caritativo: “¿Sabes cómo?” “Claro que sí –respondí-. Si no habré visto Viaje hacía el delirio”. Me armé de pitillo y aspiré duro dos veces por cada lado y él bajó la cabeza y yo no lo pude encontrar durante un segundo hasta que bajé los ojos y lo vi allí, todo agazapado en la cocaína (p. 22).    

-El terror tiene su párrafo, tácita referencia a Edgar Alan Poe y Roger Corman con la adaptación de La Caída de la Casa Usher -1960-:

[…] Tiempo que nos tomó caminar en medio de aquel color que avanzaba despacio, con la niebla baja que expiraba la tierra húmeda, y Leopoldo dijo: “Más bien parece paisaje de entrar a alguna Casa Usher, no de salir de ella”. A mí me fascinó el comentario (Pensé: “Cadáveres emparedados en espejos”), aunque no venía con música. “Es poeta –pensé-, hará Rock fuerte con buena letra” (p.60).  


-El cine como espacio público donde el encuentro puede ser solitario o acompañado, y convergen muchas historias y géneros, es traído por Andrés Caicedo en complemento a situaciones, sensaciones, olvidos y experiencias que él seguramente tuvo en su existencia, y asistencia constante a las salas oscuras de Cali, lo que acertadamente usa para el cuadro por cuadro de sus escenas.

Inicialmente sobre los efectos de la cocaína:

[…] Bueno, la probé y qué. Dura 10 minutos el efecto, que es fantástico. Después el achante y ganas de no moverse, espeluznante sabor en la boca, ardor en los pliegues de cerebro, fiebre, uno se pellizca y no se siente, ver cine no se puede porque da angustia el movimiento, sentimiento de incapacidad, miedo y rechinar de dientes (p.22).

Para planear otra rumba:

[…] “Bien venidos –dijeron-. Buena música. Coincidimos”.
“Lo que podría indicar un rumbo común para este día, ¿no? ¿Cuántas rumbas hay?.
“Tres”, me respondieron. “Una donde Patricia la linda (que era malvada con los hombres), otra donde el flaco Flores que acaba de llegar de USA y trajo un montón de discos, y la última sin sitio fijo: la gente se reúne e el parque del viejo Teatro Bolívar y allí se decide”.  



En medio de la inclemente caminata en un día asoleado:

[…] Ya con sombra, caminamos más despacio. El lector  sabrá de la prisa demente de aquel que camina al sol, buscando una pared en cuya base crezca una franjita de 35 milímetros de sombra y pararse allí, con escalofríos hasta la caída de la tarde (p. 32).

Para infiltrarnos en el norte caleño en un vaivén de gentes:  

[…] Cruzaban unas diez veces la Sexta, pendientes del menor gesto que les indicara una posibilidad de nuevo vinculo, de nuevo arranque. Había allí como una revista de flacuchentos movimientos atléticos, y a mi me gustaba. Cada dos horas descendía por allí la corriente que salía de cine, y cada quien ocupaba entonces su sitio estratégico, cada quien sabía cuál conocido estaría en Social, cuál en vespertina. Y había una actitud, un saludo distinto para cada uno (p.35).

Recordando los veraneos de la burguesía caleña en el municipio de La Cumbre, ubicado al norte de la ciudad de Cali:

[…] Si es que no nos deja el tren, quién entonces nos recibirá, en la estación de La Cumbre, las monjitas que hace mil años esperan el tren de cada cinco de cada tarde, el tren de madera que ya no es tan verde y está sucio pero sigue siendo a atracción principal, ni siquiera el cine mexicano, que se fue de allí (p.93).

No podría quedarse por fuera su Cine club de Cali, el que Andrés fundaría en 1971, y siguiera su estela hasta el año 1979, albergue fílmico que exhibió 403 cintas, desde Iban por Lana (Bande à Part)  –1964- de Jean Luc Godard proyectada el 10 de abril del 71, hasta La Gran Ilusión -1937- de Jean Renoir exhibida el 23 de junio del 79. Allí, en ese espacio público de exhibición sabatina al medio día, se creo una atmósfera importante para la cinefilia caleña que avanzaría a otras esferas enfocadas en la realización cinematográfica, la publicación de textos a través de revistas especializadas como Ojo al Cine, y el ámbito académico desde la enseñanza del cine en la Escuela de Comunicación de la Universidad del Valle, lo que con el tiempo reconoceríamos como “el grupo de Cali”, y algunos más avezados Caliwood:

[…] Pensamientos así eran los que me hacían ir al Cine Club del San Fercho. Pero si alguien todo rococó me decía “Mankiewicz”, yo respondía “Che che colé, quién lo tumbe”. Era difícil entenderse conmigo, no lo niego. Muerta e la risa.
Además. Cada vez me producía mayor depresión la salida del cine al sol, tener que maldecir con los ojos cerrados por el fin de la película. No, me gustan las cosas que me atan con grilletes a esta dura realidad, no las que me saquen de aquí para meterme otro hueco (p. 109).  
       

La Feria de Cali decembrina es presentada de forma ágil a través de una anécdota desarrollada en la Caseta Panamericana, y en ella los ídolos del jala jala Ricardo Ray y Bobby Cruz, junto a Nelson y sus Estrellas y “los infames Graduados de Gustavo Quintero”. En medio de tanta rumba, un 26 de diciembre de 1969, encontramos esta referencia al séptimo arte:

[…] Le gustaban las tardes de diciembre porque se metía a cualquier cine vacío mientras todo el mundo estaba en toros, y salía a eso de las 6 con una tristeza sabrosa, un agobio de estar creciendo, de que tocara entrar al colegio dentro de 10 días (p. 116).

Trayendo nuevamente a colación uno de sus personajes, Caicedo pone a consideración un concepto que derivaría en esa extraña enfermedad de los cinéfilos, expuesta en su texto Pronto: memorias de una cinesífilis -1976-:    

[…] Yo no sé si el lector recordará a Héctor Piedrahita Lovecraft, ese jovencito de tremenda precocidad intelectual, que hacía 1969 pudo dedicarse parejo (…) al teatro, las artes plásticas, la narrativa, los famosos artículos denigrantes del cinematógrafo, a lo que correspondió de forma tan limpia su conducta personal, como conductor directo (y con una asiduidad pasmosa) de la “cinesífilis”, tal como él llamaba a la Enfermedad de Castilla (pp. 169-170).

En sus últimas líneas, cuando la retahíla de “la Mona” nos da cátedra de vida -según su perspectiva-, nos dice: “sacaré la teoría de que el libro miente, el cine agota, quémenlos ambos, no dejen sino música” (p. 185); avanzando finalmente a la conclusión tajante que “adonde mejor se practica el ritmo de la soledad es en los cines. Aprende a sabotear los cines” (p. 186).

Las citas intertextuales que he arrancado de la obra, podrán encontrar su sentido si el lector vuelve al libro para una relectura, o por el contrario lo lee por primera vez. El ejercicio realizado posibilita ubicar una vocación única en la forma de escritura de Andrés Caicedo, llevándonos por una historia netamente caleña que podría ser universal en los espacios de desencuentro con la ciudad y sus puntos cardinales, entrando en función de estos la familia, los amigos, el ocio, la violencia, y la cotidianidad de alguien que se mueve rápidamente por un sinnúmero de anécdotas en función del desarraigo, las drogas, el sexo, la libertad, y con ella la inclemencia del clima, factor primordial para aplicar la idea caicediana de jovencitos tiernos y crueles que se desenvuelven a cualquier hora del día para el disfrute de la música, la rumba, y tal vez -no sé-, el cine.

Lista la función, ¡Que Viva la Música!, y recuerda: “Tu enrúmbate y después derrúmbate”.              
Nota: Las palabras en negrilla de las citas, corresponde a la primera edición de la obra en 1977. 

Bibliografía
-Arias Medardo, “Que Viva la Música”, Publicada Novela de Andrés Caicedo, El País, Cali lunes 21 de marzo de 1977.  
-Andrés Caicedo, ¡Que Viva la Música!, Instituto Colombiano de Cultura, 1977.
-Fabián Casas, El Punk de Dios, Prólogo de la edición argentina ¡Que Viva la Música!, Editorial Norma, 2008.    




    


24.9.15

Mi cine de barrio

Esos viejos edificios abandonados sólo sirven para la nostalgia de veinticuatro cuadros por segundo en panorámico o cinemascope. Sobreviven ante la apatía de las jurisdicciones políticas con más pena que gloria, y por obra de magia en algún momento, se  convierten en patrimonio arquitectónico sobreviviendo en su restauración y uso, los nuevos usos del siglo XXI. Tan popular fue ese espacio de divertimento público, que los cines de barrio marcaron a muchas generaciones ante el programa fílmico que observaron; por ser cita obligada de fin de semana, o la forma más eficaz de escapar a otros compromisos entre lunes y viernes, pura escuela cinéfila sin llamado a lista, recreo, y nota numérica.     

Relevantes, y siempre traídas al presente, las memorias cinematográficas de la vida hecha cine en los teatros de barrio, tienen una mención especial en las acciones de una narración histórica de sociabilidades, encuentros culturales, y esa intensa relación entre espectador, exhibición, y  producción. Las historias pueden coincidir porque nos encontramos ante el establecimiento de un mismo circuito de cintas, pero la marca distintiva será la edad, la generacional, aquella que puede ser ventajosa y atractiva ante las incertidumbres del presente con muchas escuelas de cine, festivales por doquier, y estudiantes entusiastas en ser cineastas con pocos resultados, guardando las proporciones de nuestro mercado fílmico.     


 La rememoración, siempre tan vigente en el tango, puso de manifiesto en 1949 con la letra y música de Pablo A. Hechim, y la voz de Alberto Castillo, un tema dedicado a los salones fílmicos. Es decir, ya a mediados de siglo, se pensaba desde la música la importancia de haber vivido la experiencia del cine, tal vez sin pensar, el autor entraba en ese escenario de poner en función de la memoria, un patrimonio que con el pasar de las décadas vendría en decadencia y olvido por medio de su destrucción, o por el contrario al de otras actividades diferentes a las del disfrute de la imagen en movimiento:      

Amplias cicatrices marcaron los años
Sobre tus paredes pintadas de azul,
Lugarcito humilde, cine de mi barrio
Rincón de los sueños de mi juventud.

Te conozco de antes, salón de recuerdos
En tu viejo palco mil sueños forjé,
Junto a aquella novia, de mi humilde barrio
Y aquellos amigos que nunca olvidé.

Cine de mi barrio, rinconcito humilde
Cofre de las series llenas de ilusión.
Cine de mi barrio, Chaplin y Buck Jones
Eran la alegría de mi corazón.

Dónde está la barra querida de antaño
El turquito Amado y el tano José,
La ñata Rosita, mi novia primera
Y aquellos domingos de la matiné.

La adolescencia fue la edad propicia para vivenciar esta experiencia con el cine, y con ella el noviazgo, los amigos, las obras, las actrices, los actores, y las funciones en ese espacio arquitectónico que tiene su encanto único expresado en la fachada, su hall, el color de las cortinas, la pintura de sus paredes, las sillas, la pantalla, la cabina de proyección, los baños, etc. Si la canción tiene cierta pauta sobre algo que se añora, el cine también lo ha hecho con obras que marcan nostalgia u homenajean el oficio implícito de la sala de exhibición, desde Buster Keaton en 1924 con Sherlock Holmes Jr., pasando por La Rosa Púrpura del Cairo -1985- de Woody Allen, hasta el homenaje del Festival de Cannes en el año 2007 con ocasión de sus 60 años invitando a 33 cineastas de 25 países a realizar cada uno un cortometraje de 3 minutos alrededor del tema de la sala de cine; ideas y formas de narración dispares que nos muestran a través de un solo objetivo, el encuentro en la sala oscura con la cotidianidad de un día cualquiera.             
     

En Cada quien su Cine encontramos ideas que homenajean obras de nuestra historia del cine, y en ellas sus estrellas; fallas generales ocurridas en las salas; dudas ante la escogencia de una película, y la normal solicitud de un comentario sobre está; salas abandonadas; cine al aíre libre; relaciones intimas dentro y fuera de la pantalla; la exhibición de formatos -8, 16, 35, mm.- fílmicos; la in-soportable soledad de los cines; los cineplex; las filas; la ceguera; la familia; los oficios en un teatro; entre otros. Directores como Theo Angelopoulos, Jane Campion, Manoel de Oliveira, Atom Egoyan, Alejandro González Iñárritu, Abbas Kiarostami, Takeshi Kitano, Claude Lelouch, David Lynch, Roman Polanski, y Kar-Wai Wong; entran en sintonía con un tema en común, pero con criterios independientes para entregarnos en sus cortometrajes acciones interesantes, regulares, y las posibilidades del entorno cinematográfico con sus “ingredientes” más “sustanciosos” expresados en el público, la sala, la exhibición, y la taquilla, algunos idos a lo básico de la experiencia de ver cine, y otros entroncados en los vericuetos de la modernidad fílmica y sus alcances oníricos y desastrosos.                 

Y usted lector, ¿cuál fue su teatro de barrio? ¿Qué recuerda de ese sitio que lo llenó de imágenes fantásticas venidas de la imaginación de un director y su grupo de trabajo? ¿Qué películas vio? ¿Qué actriz o actor adoró? ¿Qué género disfrutó? ¿Existe todavía su cine de niñez e infancia? Con estas preguntas podemos descubrir un poco de nuestro pasado con el cinematógrafo, y allí, directamente, nuestros encuentros con la familia, los amigos y el amor. 

  
Cuando el carrete del proyector suene, la luz ponga foco en la sala oscura, y el olor particular de la sala inunde su olfato, se encontrará ante uno de las experiencias más fantásticas del disfrute humano representado en el cine. En escena los teatros idos, restaurados, o transformados en otros menesteres, y con ellos, la memoria de ciudad, del espacio urbano, y los encuentros fortuitos o concertados.

¡Que empiece, siga, o muera la función!      

Fuente tanguera
-Mi Cine de Barrio
Letra y música: Pablo A. Hechim 
Grabado por Alberto Castillo con el acompañamiento de la orquesta de Eduardo Rovira (1949).

Fuente fílmica
-Cada Quien su Cine –Una declaración de amor a la gran pantalla-
Varios directores 
Francia, 2007
Duración, 120 minutos.

Imágenes de la película Cada Quien su Cine
1-Artaud, programa doble.
De: Atom Egoyan.
2-La Fundidora.
De: Aki Kaurismäki.
3-Épilogue.

Sin autor. 

8.9.15

Convocatoria: Revista Historia & Espacio Nº 46

Dossier: Historia del Cine Colombiano y Latinoamericano

La revista Historia & Espacio del Departamento de Historia de la Universidad del Valle,  invita para el número 46 a interesados en presentar artículos especializados y orientados hacia la Historia del Cine Colombiano y Latinoamericano. Cines nacionales, historias locales y regionales, entran en el contexto de nuestras imágenes en movimiento, desde sus periodos fílmicos silentes entrando en la sintonía del cine sonoro universal; pasando por una importante tradición desde el reconocimiento y análisis del llamado Nuevo Cine Latinoamericano, y en este, las obras y autores que marcaron cierto influjo relevante en la puesta en escena de nuestras historias documentales o de ficción; hasta los últimos veinte años de cierto boom mediático –escuelas de cine, festivales, coproducciones- regido por la aceleración de la tecnología, y con ella nuevos investigadores que se suman a la significativa tarea y proceso práctico de investigar, ver, leer, y escribir sobre cine.     

Ahora bien, la historiografía, el patrimonio audiovisual, las representaciones históricas adaptadas –cine histórico-, las publicaciones, los archivos fílmicos, la exhibición cinematográfica, entre otros temas del amplio escenario y posibilidades de la Historia del Cine, tienen cabida para el proceso de selección y evaluación, bajo los criterios exigidos por la revista, y atendiendo las condiciones de rigurosidad de la especialidad temática que se abordará en este Dossier.

En búsqueda del cine como territorio, abordamos el momento discursivo propuesto por la historiadora francesa Michele Lagny al plantear:

[…] ¿De qué hablamos cuando hablamos de cine desde una perspectiva histórica? De filmes, sin duda, Pero a no ser que nos contentemos con una descripción filmográfica (de tipo arqueológico), hablamos también a través de ellos o, a propósito de ellos, de muchas otras cosas que parecen darles, a la vez, sentido, espesor y valor. Hablamos de las formas que aparecen en dichos filmes, de las instituciones que los producen o que los controlan, de los equipos o de los autores que los realizan, de los públicos que los reciben -o no- y de los espectáculos que los presentan o influyen, de las representaciones sociales que “reflejan” o inducen, del impacto político o ideológico que se les puede reprochar o exigir (Lagny, 1997, 26).

Los diversos escenarios que identificamos en la cita, posibilitan entender la importancia que tiene en la actualidad acercarse a la historia del cine desde sus propios contenidos y espacios de representación, que en muchos casos vienen definidos por una marca donde sobresalen acciones culturales con líneas directas y enmarcadas en lo educativo, económico, político, y social; temas coyunturales que son reflejo de nuestras realidades, y que a través del cine son puestas en dispositivos de enunciación; así, distinguimos en la actualidad el Cine Colombiano en la plataforma de un reconocimiento mundial que se inscribe en el Cine Latinoamericano. 

          
Siguiendo la línea que nos trazara Allen y Gomery, reconocemos en la actualidad esos “enfoques tradicionales en la historia del cine” en cuatro partes: Historia Estética del Cine, Historia Tecnológica del Cine, Historia Económica del Cine, Historia Social del Cine. Dentro de estas clasificaciones, podríamos enumerar otros elementos de reflexión vinculantes al oficio de mirar el séptimo arte como objeto de estudio de gran alcance, y que seguro los investigadores interesados en esta convocatoria, sabrán definir en los objetivos de sus pesquisas:

[…] Cuando el historiador del cine se doblega ante las técnicas de los historiadores, su práctica se confunde con la de la historia. Es pues normal que la historia del cine se encuentre enfrentada a la contradicción que supone la doble aspiración a la cientificidad y a la globalidad. Es preciso tomar partido: como la historia general, la historia del cine puede ser exhaustiva, global, explicativa, parcial, incompleta, hipotética, y plantea una serie de cuestiones que acabarán modificando las imágenes provenientes de otros puntos de vista sobre la sociedad (Lagny, 285).   
    
Nos encontramos ante una oportunidad interesante en el escenario de las revistas especializadas y de alto impacto en historia. Al asumir la responsabilidad de que el Dossier sea dedicado al cine, y a sus diversas imágenes a través del oficio del historiador, nos ponemos en ruta desde la capital vallecaucana, la cual sobresale en el ámbito internacional como área geográfica de cineastas, documentalistas y expertos en la producción de obras que tanto en el pasado como en el presente, sobresalen por su valor y posicionamiento con el pasar de los tiempos.    
     
En ese orden de ideas, temas, y posibilidades de la Historia del Cine Colombiano y Latinoamericano, invitamos a los interesados que hayan realizado investigaciones concernientes al tema propuesto, a que envíen sus textos para ser evaluados y considerados para su publicación. La fecha límite de postulación de artículos será hasta el día 13 de noviembre de 2015, en consideración a las normas para publicación en la Revista Historia y Espacio de la Universidad del Valle.

Para revisión de las pautas para publicación, revisar el siguiente enlace:

Cordialmente,

Yamid Galindo Cardona.
Coordinador del dossier

Fuentes
LAGNY, Michele. (1997). Cine e Historia. Barcelona: Bosch Casa Editorial, S.A.
ALLEN, Robert, GOMERY, Douglas. (1995) Teoría y Práctica de la Historia del Cine. España: Paidós Comunicación. 

4.9.15

Doscientos Años de Una Carta

Toda isla, se sabe, es la cumbre de una montaña. Fue en Jamaica, proscrito, y así vigilado por el amor y la muerte, donde Bolívar tuvo por fin la gran visión del continente como un todo y de la lucha que debía librar para obtener su libertad.
William Ospina.

El 6 de septiembre de 1815, Simón Bolívar escribió desde la isla de Jamaica uno de los documentos más relevantes en el escenario de la confrontación por la independencia de nuestros países suramericanos de la corona española.   Subtitulada “Contestación de un Americano Meridional, a un caballero de esta Isla [Henry Cullen]”, la Carta de Jamaica corresponde al segundo de los textos relevantes escritos por el libertador, lo que llama Ramón de Subiría “el eslabón que enlaza el Manifiesto de Cartagena con el Mensaje de Angostura”.

En la biografía escrita por Indalecio Liévano Aguirre, cuyo capitulo dedicado a la carta titula Estrategia Política de la Revolución, el autor nos presenta a un Bolívar arruinado, derrotado, y arribando a la isla caribeña con el objetivo de fundamentar una nueva base política para la revolución; hospedándose en una habitación sencilla con el ojo vigilante de una “mujer de edad indefinible pero de aspecto desagradable”, espacio sencillo que era necesario acorde a las penurias y realidades del personaje. Allí, en territorio “amigo”, el Libertador buscó relaciones directas con el gobierno británico a través de sus emisarios en Jamaica por medio de misivas,  las cuales quedaron sin contestación por la experiencia ya tenida con Francisco Miranda, y las dudas “a comprometerse  o a comprometer sus recursos en aventuras poco seguras como parecían entonces las encaminadas a derrocar el poder de España en América”.

En su estancia, busca apoyo moral y económico sin contraprestación al señor Maxwel Hyslop, pero la fortuna lo llevará nuevamente a un capitulo más de su vida amorosa al lado de la criolla dominicana Julia Cobier, quien lo recibe, conoce sus penurias, y acoge para acompañarlo en su sueño libertario: “Desde entonces se les vio juntos frecuentemente, y por el camino de su mutua tristeza fueron llegando a una intimidad inevitable para esas dos naturalezas sanas, que en la proximidad de sus cuerpos sentían temblar inesperadas ilusiones del alma”. En conclusión, Liévano Aguirre afirma que “el amante feliz salvó al jefe revolucionario vencido”, viabilizando que ese ser humano retomara el optimismo y las energías para escribir un texto tan relevante en “momentos tan poco propicios para que Bolívar mirara con confianza el porvenir”.   
     
Así, antes de resumir la carta en sus partes más relevantes, detengámonos en la cita del biógrafo para entender la relevancia de un documento básico en el proceso de independencia latinoamericano a la luz del presente:

[…] Historiadores, sociólogos, hombres de Estado y poetas se han detenido con asombro ante este formidable documento político que, escrito por un pobre desterrado, sin medios ningunos para obrar ni casi para subsistir, describe con sin igual profundidad lo problemas políticos del Nuevo Mundo, analiza con intuición profética las características presentes y futuras de las distintas nacionalidades americanas –de México, el Perú, Centroamérica, Argentina, Venezuela y la Nueva Granada-, y formula soluciones cuya magnitud y acierto apenas ahora comienzan a comprenderse.  Su visión de una América unida en una gran confederación de naciones libres y guiadas por aspiraciones internacionales comunes, apunta en esta Carta de Bolívar por primera vez, y ante ella el lector no sabe qué admirar más: si la grandeza del propósito o el contraste entre la magnitud del ideal soñado y las modestas y adversas condiciones en que se debatía quien tuvo el valor intelectual y moral de concebirlo.

Podemos identificar cinco puntos de contestación de Bolívar a Cullen en la Carta, siempre con la aclaración de ser un conocedor a medias de otras regiones del Nuevo Mundo por fuera de Venezuela y la Nueva Granada, con referencias –entre otros- directas a Humboldt, Montesquieu y Las Casas. Siendo un documento del género epistolar, marca una pauta interesante en aspectos políticos y sociales que él ha vivido y combatido en un primer paso independentista; el cual, en ese momento, marcha hacía otro escenario de disputas y posibilidades.

1-Inicialmente la referencia al pasado español en sus colonias desde el momento de la llamada Empresa de Conquista, y los oprobios adyacentes enmarcados en masacres, esclavitud, y explotación, a lo que Bolívar responde: “Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana; y jamás serían creídas por los críticos modernos, si, constantes y repetidos documentos, no testificasen estas infaustas verdades”. 

2-Sobre el contexto de “los muy oprimidos americanos meridionales”, responde haciendo un balance y aclarando que “el lazo que la unía a la España está cortado”, agregando:

[…] El habito a la obediencia; un comercio de intereses, de luces, de religión; una recíproca  benevolencia; una tierna solicitud por la cuna y la gloria de nuestros padres; en fin, todo lo que formaba nuestra esperanza, nos venía de España. De aquí nacía un principio de adhesión que parecía eterno, no obstante que la conducta de nuestros dominadores relajaba está simpatía, o, por mejor decir, este apego  forzado por el imperio  de la dominación. Al presente sucede lo contrario: la muerte, el deshonor, cuanto es nocivo, nos amenaza y tememos; todo lo sufrimos de esa desnaturalizada madrastra. El velo se ha rasgado, ya hemos visto la luz, y se nos quiere volver a las tinieblas; se han roto las cadenas, ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos. Por lo tanto, la América combate con despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria.  

Ante este desahogo de un criollo ilustrado, exiliado, y combatiente, prosigue un balance que abarca Río de la Plata, Chile, el Virreinato del Perú, la Nueva Granada, Venezuela, Nueva España, y las islas de Puerto Rico y Cuba; entregando algunas cifras, resultados, y sucesos de una primera instancia independentista que reflejan en el autor cierta incertidumbre y drama ante sus resultados fatídicos. Concluyendo esta parte con preguntas directas al continente europeo y su falta de visión ante esa “vieja serpiente” que desea reconquistar América: “¡Qué! ¿Está la Europa sorda al clamor de su propio interés? ¿No tiene ya ojos para ver la justicia? ¿Tanto se ha endurecido, para ser de este modo insensible?”. Recriminación que desemboca igualmente en Norteamérica por la falta de colaboración, y la soledad con la que sus hermanos del sur han quedado frente al enemigo trasatlántico colonialista.

3-Mencionando a Napoleón Bonaparte, y su alevosía contra Carlos IV en España, y comparando con el caso de “los monarcas de la América Meridional”, responde Simón Bolívar a Henry Cullen con tal autoridad para dejar claro que “no admite comparación”, ya que Moctezuma en México, y Atahualpa Inca del Perú, “sufren tormentos inauditos y los vilipendios más vergonzosos”, mientras que los europeos “son tratados con dignidad, conservados, y al fin recobran su libertad y trono”.


4-El futuro, el estado actual del continente, y la política de cada provincia, son temas que le interesan al ciudadano británico con una pregunta por demás complicada para el devenir de lo tiempos que se avizoran en la tensión con España: “¿si desean repúblicas o monarquías, si formarán una gran república, o una gran monarquía?”. Ante la consulta, el venezolano se explaya en su repuesta teniendo en cuenta lo complicado que es el tema de la “futurología”, y las pocas cifras que se tienen del grupo poblacional, estando disperso y en las mayores dificultades ante la inestabilidad que conlleva la situación de emancipación, las pugnas internas, la reconquista, y la nueva intervención patriótica.

Bolívar afirma que “la posición de los moradores del hemisferio americano ha sido, por siglos puramente pasiva: su existencia política era nula”. Más adelante encontramos unos párrafos dedicados a lo ocurrido en 1810, poniendo en contexto nuestros países e iniciando con la situación europea “cuando las águilas francesas sólo respetaron los muros de la ciudad de Cádiz, y con su vuelo arrollaron los frágiles gobiernos de la Península”. La disertación prosigue afirmando que las juntas populares, el sistema federal, las instituciones  perfectamente representativas, y la falta de centralización gubernamental, son los caminos que marcaron los primeros pasos de los nuevos gobiernos establecidos después de 1810, concluyendo:

[…] En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y las virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra ruina. Desgraciadamente estas cualidades parecen estar muy distantes de nosotros en el grado que se requiere; y por el contrario, estamos dominados de los vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española, que sólo ha sobresalido en fiereza, ambición, venganza y codicia.
   
Esta aclaración relevante, en el acto de afirmar “lo que somos” debido a una tradición colonial, parece el corolario inevitable que resultará de nuestra independencia y su posterior proceso de fortalecimiento de las naciones durante el Siglo XIX, con muchos caudillos, guerras civiles, y decisiones a propósito de que sistema de gobierno implementar, y una constante nostalgia por el alejamiento de “la madre patria”. 
 
Ante el escrutinio que hace el expatriado por los espacios de nuestra América, llega al escenario de la geografía que conoce y anhela libertar:

[…] La Nueva Granada se unirá a Venezuela, si llegan a convenirse  en formar una república central, cuya capital Maracaibo, o una nueva ciudad que, con el nombre de Las Casas, en honor de este héroe de la filantropía, se funde entre los confines de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía-Honda. Esta posición, aunque desconocida, en más ventajosa por todos respectos. Su acceso es fácil y su situación tan fuerte, que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima puro y saludable, un territorio tan propio para la agricultura como para la cría de ganado, y una grande abundancia de maderas de construcción. Los salvajes que habitan serán civilizados y nuestras posesiones se aumentarían con la adquisición de la Goajira. Esta nación se llamaría Colombia como un tributo de justicia y gratitud al creador de nuestro hemisferio. Su gobierno podrá imitar al inglés; con la diferencia de que en lugar de un rey, habrá un poder ejecutivo electivo, cuando más vitalicio y jamás hereditario, si se quiere república; una cámara o senado legislativo hereditario, que en las tempestades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno, y un cuerpo legislativo, de libre elección, sin otras restricciones que las de la cámara baja de Inglaterra.  Esta constitución participaría de todas las formas, y yo deseo que no participe de todos los vicios. Como ésta es mi patria tengo un derecho incontestable para desearle lo que en mi opinión es mejor. Es muy posible que la Nueva Granada no convenga en el reconocimiento de un gobierno central, porque es en extremo adicta a la federación; y entonces formará, por sí sola un estado que, si subsiste, podrá ser muy dichoso por sus grandes recursos de todo género. 

En este párrafo de la carta notamos la posición de estadista de Simón Bolívar como hombre público, político, y militar. Propone un espacio intermedio para fundar una nueva capital, entra en esa instancia clásica decimonónica entre “civilización y barbarie”; propone nuevos territorios y un nombre a ese nuevo Estado; además de poner como ejemplo a Inglaterra y sus instituciones constitucionales, claro sesgo europeizante que el libertador utiliza como signo de buen gobierno ante los posibles vicios que se pueden suscitar. Su panorama es interesante, y con el tiempo se vera ejemplificado en las realidades resultantes del triunfo en la guerra, y la disputa en el terreno gubernamental. 
 
5-El último análisis en respuesta a su remitente, está referido a las alteraciones importantes y felices originadas “por efectos individuales”. Para responder, Bolívar toma un ejemplo de la tradición indígena mexicana: Quetzalcóatl, dios de la cultura mesoamericana, y enfatiza sobre los misterios de la cosmogonía, y los sincretismos ocurridos en algunas referencias del orden social y religioso; lo anterior, para concluir que “felizmente los directores de la independencia de Méjico se han aprovechado del fanatismo con el mejor acierto, proclamando a la famosa virgen de Guadalupe por reina de los patriotas; invocándola en todos los casos arduos y llevándola en sus banderas”.

La unión como esfuerzo dirigido en los designios de la revolución; la división y la guerra civil entre conservadores y reformadores; el aislamiento y abandono de otras naciones hacía el proyecto independentista; y la debilidad del estado; son temas que concluyen el ejercicio escrito de posicionar unas ideas que se van cohesionando en respuesta a comentarios y dudas de los objetivos que se plantea Simón para el futuro suramericano, y en él, su personalidad como hombre que ha fracasado y desea renovar vínculos y energías con un sueño a medio construir, y truncado por los aires imperialistas de España en las colonias del Nuevo Mundo que aprovecharon un momento de debilidad para alterar el orden de su destino.  
         
Finalmente, nos encontramos doscientos años después leyendo una carta que marca cierto camino -y predice en parte- de lo que sucedería después de 1819 en el proceso de afianzamiento de nuestras repúblicas latinoamericanas. Documento histórico que tomamos desde el presente, donde la figura de quien la escribió, ha sido movida desde la derecha a la izquierda, y viceversa en parámetros políticos para posicionar ideas y motivos de sublevación, incluyendo los actos venidos de la historiografía con sus usos y abusos. Igualmente como elemento de cultura epistolar que sirve para leer en la actualidad con los ojos del escrutinio, valor agregado que aprovechamos para invitar al lector para que la busque en su biblioteca bolivariana, o la baje de la internet; y así tomar su tiempo en dedicarle unos minutos a un documento políticamente revelador.           

Bibliografía
-Indalecio Liévano Aguirre, Bolívar, Editorial Oveja Negra, Bogotá, 1983.  

-Ramón de Zubiría, Breviario del Libertador, Editorial Bedout S. A., Medellín, 1983.  

-Simón Bolívar, Carta de Jamaica, Kingston, 6 de septiembre de 1815. (Revisada y leída del texto de Ramón de Zubiría)

-William Ospina, En busca de Bolívar, Editorial Norma, Colombia, 2010.

Anexo fílmico              
El gobierno de Venezuela, con su política cultural enfocada a la Villa del Cine, ha realizado en los últimos años una serie de películas dedicadas a la figura de Simón Bolívar, entre ellas una obra que presenta los momentos del Libertador en Jamaica y los hechos y vicisitudes que lo llevaron a esta instancia. La imagen que complementa este texto dedicado a los 200 años de la Carta de Jamaica, corresponde a la cinta que a continuación presentamos en su sinopsis, y que ya habíamos exhibido en el programa de las Segundas Jornadas de Cine e Historia realizadas en la Casa Quinta de Bolívar en agosto del año 2014.
Bolívar, el hombre de las dificultades
Director: Luis Alberto Lamata. Año: 2013. Venezuela.
Sinopsis: Venezuela está en guerra. El país se encuentra dividido en dos mitades. Hay familias enteras desgajadas en bandos opuestos. Corre el año de 1815 y la Segunda República cae estrepitosamente. El gran derrotado es Simón Bolívar, recién nombrado Libertador, quien sale fugitivo desde Cartagena, con la muerte pisándole los talones. Bolívar llega a Jamaica en medio de las peores dificultades, sin dinero ni amigos. Busca ayuda de otras naciones para liberar a América. Europa le cierra las puertas. El presidente de la rebelde Haití acepta recibirlo y escuchar sus propuestas. Esta noticia le devuelve el ánimo. Lo que ignora es que ya en la isla está listo un complot para asesinarlo. La conjura falla, pero Bolívar se va hacia Haití muy abatido. En Haití los problemas no cesan. Allá llegan los patriotas venezolanos que huyen de la caída Cartagena, dispuestos a bajar del pedestal de jefe al Libertador. En medio de una acalorada asamblea, Bolívar propone liberar a los esclavos para escándalo de muchos, pero será esta propuesta la que cambie los vientos de victoria a su favor. Bolívar zarpa de Haití como comandante de una pequeña pero valiente flota, dispuesta a dar la vida por sus ideales. Se inicia una nueva batalla de las muchas que librará el Hombre de las Dificultades por llevar la libertad a la América hispana. (Tomado de:  http://www.bolivarlapelicula.com/)


      

    


11.8.15

Memorias de Mayolo

Ese lunes Carlos Mayolo llegó media hora antes de la presentación del libro Ojo al Cine -publicado por editorial Norma, 1999- y me pidió que le abriera la Cinemateca La Tertulia para recordar, dijo él, un poco de “el grupo de Cali”, sentándose en las primeras gradas junto a la bombilla de reconocimiento, y sacando del bolsillo trasero de su amplia bermuda, un caneco o media de aguardiente para pasar el rato junto a la sonoridad de la música que ya empezaba a sonar desde la cabina de proyección, a donde llegó para indicarme con su gran acento caleño, que la cambiara por salsa para ambientar la tarde y la noche cinéfila que se venía, cómplice de un libro que sus amigos Luis Ospina y Sandro Romero habían hecho posible con la edición de los documentos más representativos de la crítica fílmica de Andrés Caicedo.

Nacido en Cali en 1945, y fallecido en Bogotá en el año 2007, Carlos Mayolo se vinculó a la vida cultural de la ciudad desde el cineclubismo, la publicidad, el cine, el documental, el cortometraje, la dirección de arte, la actuación, la edición de revistas, la publicación de textos, la televisión, las colaboraciones con otros directores, la docencia, y la rumba. Su participación es relevante en el contexto del cine colombiano durante las décadas de los años setentas y ochentas del siglo pasado, no se puede pasar por alto su influencia en el cine nacional sin revisar su trayectoria como realizador en obras relevantes para entender la memoria y el olvido de Cali en representaciones de ficción o documental valoradas con conceptos venidos del orden local reconocidos en el ámbito latinoamericano como pornomiseria y gótico tropical.
 
Juiciosamente, Mayolo hizo ejercicio de recordación de sus actividades familiares,  personales, colectivas, y artísticas; a falta de un libro, nos dejó dos para entender su trayectoria e identificar a través de sus evocaciones como la vida cultural en su trasegar se cruza con la historia del país con Bogotá y Cali como protagonistas, y en ellas los vínculos con las imágenes en movimiento con momentos ágilmente narrados para el agrado del lector que inmediatamente se conecta con la propuesta escrita.     

El primer libro del autor caleño se publicó en el año 2002 con el título ¿Mamá que hago?, con un subtitulo bastante sugestivo que indica “Vida secreta de un Director de Cine”, inconsistentes relatos que en sus primeros 17 textos nos ubica en relación a su entorno familiar, estudiantil, y juvenil. El resto de documentos sobrepasa los 40 títulos, mezcla de actividades de un director de cine en el proceso de formación independiente a través de Bogotá y Cali, menciones directas al Nuevo Cine Latinoamericano, amistades eternas y efímeras, fiestas constantes, viajes fílmicos, festivales, documentales, largos, cortos, mujeres, delirios, drogas, actores, hoteles, casas, sociedades, rupturas, comunas, cineclubes.

En resumen, nos encontramos ante una agitada vida que se percibe en la misma escritura que proporciona al lector, invitándonos al afán de llegar a la otra historia, a voltear la página y meternos de lleno en la vida privada de un notorio director de cine en el ámbito de nuestra cinematografía. Diario intimo que saca a la luz publica mucho de otras vidas paralelas que se complementan con el archivo fotográfico del director, encontrándonos con la fortuna de reconocer al ser humano en medio de tanto rollo filmado en un contexto propicio para el desarrollo de un momento particular en el cine colombiano bajo el criterio del Grupo de Cali, y en el, Carlos Mayolo.



Un año después de su deceso, salé el libro La vida de mi cine y mi televisión, texto mejor editado e intervenido que el anterior, y dividido en cuatro partes: Cine, Televisión, La Enseñanza del Cine, y Piel Color de Miel. Al igual que su antecesor, el trabajo de Sandro Romero Rey es importante por su compromiso de organizar y dar coherencia a las memorias de Mayolo; su trasegar como cineclubista setentero, y amigo del director en caminos de su trabajo audiovisual, posibilitaron conectar los manuscritos entregados por el director, y ubicarlos racionalmente para su edición. El complemento visual de esta obra corresponde a las fotos de Eduardo “La Rata” Carvajal, y el valor agregado de una copia en DVD  del cortometraje Agarrando Pueblo.

En su texto introductorio El Juego de ¡La lleva!, Mayolo nos indica:

[…] Escribí ¿Mamá qué hago?, las memorias de mi vida. Mucha gente me preguntaba por qué no hablaba de mi obra. Este libro es acerca de la vida de mis películas. Pensé escribir del cine lo que hice y lo que hago. Pero, analizando mi bio-filmografía, descubrí que había muchas cosas sobre casi 40 años de oficio. Cosas que había que decir, sobre todo de un cine adherido al país, pues yo hice mi trabajo según lo que las ideas y mi entorno me ofrecía y me exigía. Me tocó inventar todo. Nadie me había explicado nada. Fue una relación piel a piel con un país y un oficio que se dejaban rozar y a veces desbaratar (pág., 24).

Conocer la vida de un director de cine es entrar en la dificultad constante de la creación, y la satisfacción certera de la narración puesta en movimiento con la imagen. Con este libro tenemos un documento más explicito al oficio, sirve como testimonio de una época en la historia del cine y la televisión colombiana sin dejar a un lado la anécdota –necesaria en cualquier biografía-, y los innumerables datos que posicionan el relato.  Si con la primera parte encontramos referencias directas a la cotidianidad del encuentro con el teatro de barrio –matinal, vespertina, noche-,  reflexiones en torno a algunas de sus obras, el concepto de sobreprecio, Caliwood, y demás actividades de su vida en “largo y corto” metraje; con la televisión entramos en otra etapa del autor y sus encuentros entre dos formas de narración diferentes, pero que él hace una sola con su peculiar forma de dirigir.

Desde el punto de vista del lector interesado en la Historia del Cine Colombiano, el tercer capitulo dedicado a La Enseñanza del Cine, es relevante en el papel que muchos directores de cine tienen en su vida profesional, aquella dedicada a la docencia, a la pedagogía de mostrar las formas, medios, herramientas, y criterios que esta actividad artística tiene en los diversos procesos de realización. Con los títulos “la imagen y la realidad”, “hagamos una película colombiana” y “material de   apoyo”, Carlos Mayolo entra en el escenario de lo que él aprendió sin haber ido a la escuela, y que presentó en diversas invitaciones a dictar cursos, conferencias, talleres, etc., durante el trascurso de su vida.   
    
Si ponemos sobre la balanza los dos libros autobiográficos de Mayolo, encontramos diferencias marcadas en los contenidos: El primero, dirigido a un público general con los criterios básicos del anecdotario familiar, y los encuentros con un grupo amplio de amigos en los diversos espacios geográficos que nos entrega, con datos minuciosos, y textos irregulares que denotan falta de interés en su elaboración u olvido marcado por los huecos de la memoria. El segundo, se revela como un texto mejor elaborado y organizado, con criterios de edición determinados que posibilitan otro encuentro con el director, lo que podríamos entender como un libro dirigido a otro tipo de lector, aquel dedicado al cine y la televisión que busca encontrar referencias directas del trabajo realizado por el director.

En conclusión, los libros reseñados hacen parte de un género ya reconocido en la amplia bibliografía del cine y su historia. El director es la estrella, maneja otros datos y referencias del amplio mundo que tiene entre sus manos, los pone en palabras con la coherencia de un plano secuencia donde los actores, la producción, “el detrás y delante” de cámaras, el montaje, la postproducción, la exhibición, y todo lo que incluye el sentido practico de un oficio artísticamente dificultoso y atractivo, se analiza bajo la lupa del tiempo, y con entornos distintos que da la experiencia de quien pone la vida al alcance del ojo, el oído, y lo proyecta en una pantalla.                 
     
Textos
Carlos Mayolo, ¿Mamá que hago?, Editorial Oveja Negra, Colombia, 2002.      
__________, La vida de mi cine y mi televisión, Villegas editores, Bogotá, 2008.

Nota
La Cinemateca Distrital de Bogotá publicó en el año 2015 el Cuaderno de Cine Colombiano No. 21 Carlos Mayolo. Además se restauraron algunas de sus películas en una colección importante que pronto será lanzada.

Anexo 1.
El cine siempre
Carlos Mayolo, ¿Mamá que hago?, Págs., 119-120.      
Los unos, los otros, los sociólogos, los antropólogos y hasta los periodistas sobrevuelan sobre la verdad, la usan, la sistematizan, la vuelven fugaz, pero no son capaces de detenerse y comprometerse con lo que está ahí.

El cineasta, con otro método, mitifica las conjeturas, tiene que convertir la realidad en verdad. Usa todos los mecanismos médicos para poder devolver esa enfermedad, que es enfrentarse con la miseria de la ignorancia. Un médico sabe cómo se trasplanta un corazón, pero un metido a opinar no sabe nada, Quedarse con los justo y devolver los valores es un método implícito al cine. Dar recibiendo, entender sin saber, explicar permanentemente con la curiosidad, entender la verdad a punta de ingnorantazos, ver o sentir la luz después de un trabajo terco con las tinieblas.

Admiro al cine, porque parece un ave que vuela y al mismo tiempo empolla lentamente una verdad. Nada puede explicar lo claro. Sólo el cine, con esa pereza metódica (pereza metódica es esperar a que pase una nube para filmar con doscientos extras) va acumulando o juntando lo suelto, lo que no se sabe, hasta volverlo una sola cosa expresiva que es la verdad del riesgo. El cine es el descanso de las curiosidades. El cine es un amor mutuo entre el espectador y el autor. El cine es la conducta del instante, cada vez más indómito y comprometido con la curiosidad.

La primera vez que fui a cine, también habían llevado a una niñita a ver la misma película. Yo la vi al otro lado del pasillo, con su faldita levantada, no le llegaban las piernitas al suelo. Me miró en medio de su bombón. Yo me tropecé como siempre, que no sé para dónde voy. Me siento con mi mamá al lado, que, por supuesto, era grandísima, comparada con la niña. Empieza la película, que era una foto grande que se movía. Y yo, como hasta el sol de hoy, preguntando: “¿Y este quién es? ¿Y por qué le pega al otro?” La película era sobre la vida de San Francisco de Asís. Estaba siempre lloviendo, aunque estuvieran en una habitación. Le pregunto a mi mamá que por qué llueve adentro, donde rezaba San Francisco, y mi mamá prefirió no explicarme. Hoy me he dado cuenta que la película estaba rayada. Volteo a mirar donde estaba la muchachita y ya había acabado de comerse el bombón. Entonces me miraba. Aprendí a ver a oscuras y viendo cine. Es una atracción. En esa ocasión, usé mis cejas, que mi mamá me ha siempre ponderado: las levanté como muñeco de ventrílocuo y la niñita reaccionó botando el palito del bombón al suelo y me miró. En ese momento sonó un trueno y yo creí que iba a llover adentro del teatro: era que San francisco se había muerto. Primera persona que yo vi morir en mi vida. Sin saber que era la muerte, empecé a llorar desesperadamente. Mi mamá al no saber qué hacer conmigo me sacó del teatro. Tan pronto yo me voy de la sala, la niñita empieza a llorar también. Ahora pienso que no le hubiera tenido tanto miedo a la muerte si hubiéramos podido llorar juntos. 
  
Después el cine se volvió colores y las películas no se rayaban tanto. Había un teatro que se llamaba el Trans Lux, que quedaba en un sótano. Allí mi mamá me mandaba con la niñera. Yo nunca me quería salir. Era cine continuo. El monstruo de la laguna negra, Superman con el vestido arrugado. Aprendí, de haberlo visto hacer a otros, que si uno hacía un zeppelín con el cucurucho de maní y lo tiraba a la película, podía entrar aun huequito que tenía la pantalla. Me apertreché de todos los cucuruchos de maní posibles y repetía la película hasta poder logra que el zeppelín quedara en un ojo de Tarzán, luego de Jane, luego de Chita, pero era mi zeppelín  incrustado en la pantalla. Me llevaban a las diez de la mañana y regresaba a la casa a las tres de la tarde a tratar de hacer todo lo que había visto en las películas. Definitivamente el cien cambia la vida. Todos, o la mayoría de los gestos, sobre todo los groseros, los aprende uno en el cine: musiquita para cualquier gesto, ¡tan tan tan tan!, y ya viene la última peleíta al lado del precipicio  y ¡pun! se rompe la película, prenden la luz y el teatro lleno de cucuruchos de maní en el suelo. Pero el que yo había tirado a la pantalla continuaba haciendo una sombra negra.       

Anexo 2.
Así soy yo
Carlos Mayolo, La vida de mi cine y mi televisión, Págs., 271-272.
Tengo mi manera de tener. Me necesito. Soy yo mismo y eso que no tengo talento para poder ser más feliz. Amo lo que me gusta. No necesito ni unos zapatos nuevos, no necesito un carro para gastar gasolina, no he tenido la cobardía de dudar de mi para tener un hijo, no soy empleado endeudado. Participo con mis propios elementos, estoy comprometido conmigo, he sido y quiero ser feliz, me conozco más mis debilidades y mis defectos que quien cree tener cualidades.

Yo no estoy engañado por creerme una flor permanente. Sólo florezco cuando se dan las circunstancias y el momento. Doy toda mi fuerza casi a cada instante de mi vida. Quizás sea religioso o, como los indios que mambean, me gusta estar en un momento plácido. Cumplo, leo, me entero, trato de interpretar el mundo con mis condiciones.      

A los pilotos les gusta volar, a los marineros el mar, a las putas la noche, a los poetas el mundo revelado. Yo no tengo sino lo mío. Estoy más seguro acostumbrándome a mí. Si no supiera dónde está mi dicha, sería un desgraciado buscándola. Entiendo lo que puedo, invento lo poco que me sale. Pero no me perdono aburrirme. Encuentro en el placer de tener mi tiempo una especie de religión. Cuando oficio en mis actividades, soy efectivo, explico lo que para mi es posible. La muerte se me hace innecesaria. Cuando disfruto de la vida como puedo, no pierdo el tiempo pero tampoco creo ganármelo.

Lo que conozco lo uso y, ya conocido, es como una mina de oro que no puedo dejar de explotar. La felicidad está en la paz y la paz se consigue con la curiosidad de uno mismo. Si yo pudiera escribir, pintar, hacer películas, encontraría la misma paz que tengo. Comparto todo lo que busco. Creí ser jovial pero nunca, desde chiquito, me gustó el mundo de lo común.  Yo soy un curioso y creo me sé conocer. Ofrezco lo que puedo y tengo mi manera de pasarla. Me da pánico aburrirme y, sobre todo, tratar de entretenerme con lo que no me interesa o no me gusta. Me cuesta trabajo, pero tengo mi silencio adquirido con mi inagotable inocencia que no quiero perder.