29.7.09

El Che Guevara y una canción titulada McGuevara’s o CheDonald’s


Por: Yamid Galindo Cardona

Pancartas, banderas, camisetas, poemas, calcomanías, canciones, tangas, calzoncillos, zapatos, pantalones, collares, pinturas, botellas de licor, manillas, gorras, cigarrillos, películas, biografías, grafitis, plazas, frentes guerrilleros, trasformado en Jesús, en calavera como expresión de muerte, y cualquier objeto y uso que se le ocurra, esta dentro de las posibilidades de tener a Ernesto Guevara más conocido como el Che, como símbolo de lucha o motivo de explotación publicitaría. Lo anterior posibilito que una tarde en la biblioteca de la universidad donde estudié, y mientras descansaba de la lectura, decidiera contar el número de personas que entraban a la sala con alguna camiseta, gorra, manilla o cualquier otro objeto de uso visible, con la imagen del Che Guevara; inmediatamente se me ocurrió que sería una buena pesquisa indagar sobre la historia, uso y abuso de esta fotografía, para presentarla en algún evento académico dentro o fuera de la institución. Inclusive invite a un amigo de acento costeño radicado en nuestra “sucursal del cielo” y muy pronto en mejores y “buenos aires”, a que trabajáramos juntos recopilando imágenes y elaborando los puntos a indagar, propuesta inacabada porque los dos seguimos por caminos y espacios diferentes. Sin embargo, algo quedo hecho, la primera actividad que realicé fue un sondeo con personas que portaran al Che estampado, les preguntaba si sabían quien había tomado la foto, en que fecha, y cuando había sido expuesta por primera vez, y todos, con un gesto bastante inconforme, respondieron negativamente, y seguro salieron apurados para indagar sobre lo que portaban en sus cuerpos, y así comenzar a tener bases solidas del personaje en mención. Por lo anterior, es importante presentar la historia oficial de una foto emblemática que muestra un personaje idolatrado, odiado, querido y llevado a los bordes extremos de la opinión, a través del escritor cubano Jaime Sarusky, a propósito de un catalogo fotográfico titulado “Diario de una Revolución” del fotógrafo Alberto Díaz Gutiérrez, más conocido como Alberto Korda:

[…]Uno se pregunta si a caso Korda tenía conciencia de que esas fotos de Fidel o Camilo Cienfuegos trascenderían el instante en que fueron tomadas. Pero Korda es franco y responde que no tenía conciencia de ello, ni lo había pensado. “¿Ni tampoco cuando haces la famosa foto del Che Guevara, el 5 de marzo de 1960 en los funerales delos que murieron en el sabotaje al vapor La Coubre en el puerto de la Habana?”. “Tampoco”, responde. “Del Che no hice muchas fotos. Esa que yo llamo Guerrillero Heroico, la hice sin que él se diera cuenta. Yo estaba situado a unos 8 o 10 metros de la tribuna donde Fidel Castro explicaba los pormenores de la explosión del barco. Mi cámara tenía un lente semitelefoto. De repente me percato que el Che se acerca a la baranda de la tribuna, donde también se encontraban Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir y tú Sarusky, que les traducías el discurso. Lo recuerdo bien porque ahí están también las fotografías.
Hasta ese momento el Che se había mantenido en un segundo plano y Korda no lo podía ver desde donde estaba situado. Pero si observó que se asomó a contemplar el río de gente que inundaba la calle 23. Entonces pudo tirarle uno y después otro negativo. Nada más porque se retiró inmediatamente. Apenas permaneció allí en la baranda medio minuto, el tiempo exacto para tirar las fotos. Cuando reveló el rollo en su laboratorio, por la noche, Korda pensó que era una buena foto del Che. Llevó al periódico Revolución todas las fotos que reveló del acto. Se publicaron las de Fidel pronunciando el discurso y de Sartre con Simone de Beauvoir en la tribuna, sin embargo, no se publicó la del Che.
Con esa fotografía, sin lugar a dudas, la más famosa y la más difundida y reproducida de la historia, ocurre el extraño fenómeno de que en el momento en que la hace no se le dio mayor importancia. Pero siete años más tarde, en la muerte del héroe convertido en mártir en Bolivia la imagen alcanza otra dimensión la de una nueva mística: icono imagen sagrada, objeto de culto y devoción en los lugares más increíbles de la tierra. La estampa de ese Che impresiona por su adustez, su hieratismo. Es un Che que esa mañana fresca y gris de la Habana, por no decir fría, se ha subido el zipper de su jacket negro y verde olivo hasta el cuello y sigue tocado con su conocida boina negra con la estrella dorada en la frente. Pero su expresión es de una irritación, una cólera reconcentrada, seguramente pensando en las víctimas del sabotaje y en los autores del mismo. Y esa referencia y esa relación con la muerte está reflejada en la intensidad y profundidad de la mirada, en la fuerza de su expresión, provocada originalmente por la tragedia y que culminaría diseminándose por todos los rincones como un santo contemporáneo, un mito, encarnación de la rebeldía rubricada igualmente en tragedia.
Por intermedio de Haydée Santamaría, heroína de la revolución, a quien Korda le había obsequiado una copia de la foto del Che, Giangiacomo Feltrinelli, el conocido editor italiano, visitó el estudio de Korda un día de 1967, cuando el Che aún mantenía activa la guerrilla en la selva boliviana. Feltrinelli le entregó a Korda la nota de Haydée que decía: “este amigo italiano anda buscando una foto del Che que el guste. Enséñale la tuya”. Korda no tuvo que mostrársela porque la tenía colgada en su estudio. A Feltrinelli le gustó y le pidió que le hiciera dos copias. Cuando Korda se las entregó al día siguiente preguntó cuánto costaban pero el cubano le dijo que se las obsequiaba. El regresó a Italia y guardo la foto. Pero dos o tres meses después asesinan al Che en Bolivia y de inmediato mandó a imprimirla en un cartel de un metro por setenta. Ahí es que se hace famosa en el mundo. Se dice que se vendió un millón de ejemplares en seis meses.


El fotograma original del “Guerrillero Heroico” tiene dos elementos que fueron sacados de la imagen que conocemos en la actualidad: primero, al lado izquierdo del Che, las hojas de una palma; segundo, a su lado derecho, el perfil del filosofo Jean Paul Sartre. Como ocurre con la mayoría de las obras de arte y sus artistas, esta foto se popularizo al conocerse la muerte del Che, y fue asumida por los movimientos de izquierda política como un emblema de su lucha, pero tan popular se hizo, que con el trasegar de los años su vulgarización paso a extremos inimaginables, hasta el punto de una demanda por derechos de autor que Korda instaurara antes de su muerte en el 2001 a una empresa de licores por usar esta imagen en su botella de vodka, obviamente obro a su favor la demanda, y los recursos que ganará los dono a un hospital pediátrico en la Habana.

Es interesante darse cuenta que las ideas que tenemos en algún momento, son igualmente pensadas y llevadas a feliz término bajo otro formato, en este caso el musical. Kevin Jojansen es un cantautor o “cansaautor” argentino de padre norteamericano que sabe bastante de la composición inteligente en sus letras, compone con su grupo “The Nada”, y se le ocurrió para su primer álbum, del mismo titulo de su grupo en el año 2000, una canción dedicada al Che, según Jojansen surgió después de ver al grupo Rage Against the Machine en un concierto realizado en New York por los años noventa, al salir del estadio le llamo la atención ver que vendían remeras –dícese camisetas por estos lados- con la imagen del Che Guevara a 20 dólares, analizando sobre lo que pensaría este “señor” al ver su rostro como un objeto de consumo, así que surgió McGuevara’s o CheDonald’s, canción muy bien lograda con una letra bien crítica que les presento a continuación:

Todos se dejan la barba y el pelo como él
Pero no son como él
Todos declaran y hablan en nombre de él
Sin saber nada de él
Yo me pregunto que estará pensando él
Si pudiera ver
Cómo se llenan de plata hablando de él
Sin saber nada de él

Todos se compran la remerita del Che
Sin saber quien fue
Su nombre y su cara no paran de vender…

Parece McGuevara’s o CheDonald’s
Parece McGuevara’s o CheDonald’s

No es hermano de Fidel ni pariente de Pinochet
El nació en la Argentina y se fue a recorrer
No es de la época de Evita y a pesar del musical
Nunca fue asistente de Perón, el General

Yo me pregunto por qué le tocó a él
Ser Jesucristo al final del milenio, Che, eh, Che…

(Y lo mataron como un perro en Bolivia)
Vuelve y vuelve mil veces al que matan así
O es que al final nunca muere
El que no teme morir

Entonces asistimos a la copia del Che, personas que quieren parecerse a él, idolatrando a este ser humano que ayudo a una revolución y fracasó en otra. El análisis deber ir más a fondo para desentrañar la verdadera figura de este revolucionario, sin caer en los fanatismos que sobretodo en nuestras universidades públicas observamos, hasta el punto de convertirlo como objeto de remedo en algunas de su acciones; un ejemplo palpable de lo que puede hacer lo mediático de su figura fue con la aparición de la película de Walter Selles “Diarios de Motocicleta” en el año 2004, cinta que narra el viaje de Ernesto Guevara y Alberto Granado por nuestro continente suramericano, seguro muchos después de ver esta cinta se inspiraron y animaron para realizar este viaje y ver las injusticias y el paisaje que vio nuestro pre-revolucionario antes de apodarse el Che; o por el contrario marchan al sitio de su muerte en Bolivia como en sacra peregrinación a la tumba sagrada del héroe caído para allí retratarse, y escribirse algunos versos que pueden ser el inicio de un juramento para liberar al continente del yugo imperialista, para luego regresar y echar el cuento. Al Che Guevara hay que entenderlo como un personaje de nuestra historia latinoamericana dentro de un contexto instaurado en la postguerra, en plena “guerra fría” y con defectos y virtudes como cualquier ser humano, sin encumbrarlo en el monte sacro de superhéroe, y sobretodo sin sacarlo de su espacio histórico.

Imagen tomada de: http://zgz.alberto.googlepages.com/chelengua.jpg

11.7.09

La cultura caleña de luto, réquiem por Maritza Uribe de Urdinola

Por: Yamid Galindo Cardona.

Conocí a la señora Maritza en febrero del año 1996, con cierta ansiedad me dirigí a su oficina del segundo piso en el primer edificio construido por su gestión en la fundación del Museo la Tertulia en el antiguo “charco del burro”, y digo con nerviosismo, porque ella me quería conocer, era su nuevo empleado en la institución, y ocuparía las funciones de portero en la Cinemateca la Tertulia. Al entrar, vi a una mujer sentada en su silla, leyendo y en dirección a las amplias ventanas de vidrio que dejan notar la avenida Colombia, al notar mi presencia me invitó a sentarme, dejando de leer, luego posó su mirada penetrante y altiva sobre mi rostro, se presento, y acto seguido cogió con sus dedos un cigarrillo que traía ya su recorrido, y con la misma elegancia de a su andar, hablar y escribir, lo llevo a su boca. Lo que siguió fue un monólogo sobre la importancia del museo en la región y el país, el compromiso que como empleado debía tener, el sentido de pertenencia, y la eficacia en la labores encomendadas como orientador en la sala de exhibición cinematográfica. Esas recomendaciones con el tiempo, fueron adoptadas de forma bastante excesiva, diría yo, algo que jugaría en contra cuando hubo cambio de dirección, y la mística comenzó a perderse, el espacio a deteriorarse en sus funciones administrativas, y la decadencia abrazó lo construido con tanto esfuerzo, porque hay direcciones excelentes y remedos de dirección mal copiados con sus asistentes de presencia sospechosa y arribista.

Los cimientos de su empresa cultural, que datan desde la década de los años cincuenta del siglo XX, se forjaron bajo su filantropía, y compañía de amigos que vieron en su idea la mejor de las opciones para una ciudad que apenas salía de su esencia rural para convertirse en urbe reconocida. Muchas personas acompañaron su proyecto, el espacio se queda corto para nombrarlas, sin embargo, por su importancia se debe recordar a la señora Gloria Delgado como su compañera de dirección hasta el año 2004, amigas de trabajo, viajes, y actividades lúdicas, recuerdo su asistencia a ver cine, siempre puntuales y muy pendientes a la salida de enviarle un mensaje al operador por los cambios de rollo, el sonido y el enfoque de algunas escenas, inclusive con una visita a la cabina en plena mitad de película para preguntarle a Erwin –el hombre del proyector- que sucedía. Igual reconocimiento merece Ana Ruth Velasco, mejor conocida como “Rukita” quién ya nos había dejado de este mundo terrenal, gestora entusiasta del taller infantil, idea apoyada por la señora Maritza quien posibilito un espacio y lo llevó junto a “Ruka” a otros sitios de la ciudad. El curador y crítico de arte Miguel González asumió con liderazgo su tarea de traer artistas en exposiciones individuales y colectivas, adquirir obras para la colección y entregarle un reconocimiento internacional al museo, con el apoyo irrestricto de la señora Maritza. Desde la misma fundación del museo, el cine tuvo un espacio con proyecciones en la casa de la señora Maritza en formato de 16 mm, luego en la casona de San Antonio que sirvió como su primera sede, pasando a algunos teatros de barrio como Cine club, y finalmente a una sala propia reconocida como Cinemateca; conocida es la carta de Andrés Caicedo dirigida a ella ofreciendo sus servicios y contando su breve experiencia con el Cine club de Cali, carta que no fue respondida, pero indirectamente correspondida al nombrar a su amigo Ramiro Arbeláez como director, quien estuvo allí hasta mediados de los años ochentas y puso en la cumbre está sala bajo su responsable programación y dirección, que luego pasaría al cineasta Luís Ospina, y posteriormente al “amigo” Eugenio Jaramillo, todos bajo el ojo de esta dama de la cultura.

Pero cada actividad realizada en el Museo de Arte Moderno la Tertulia, bajo la coordinación desde la presidencia de Maritza Uribe de Urdinola, y la dirección de Gloria Delgado, traía el trabajo de un gran personal humano representado en sus empleados, personas que crecieron e hicieron su vida cotidiana con sus labores en este espacio, seres humanos que completan casi los 30, 20 o 10 años vinculados a este museo, mujeres y hombres que asistieron al crecimiento de la entidad bajo el tesón de esta luchadora cultural, inclusive compartiendo en aquellas jornadas de fin de año donde se entregaba regalos, se comía, brindaba y al final la pólvora bullosa en plena noche con la brisa del río Cali, símbolo de despedida del ágape. Seguro Carlos Mirquis extrañara el sinnúmero de diligencias y vueltas personales encomendadas, confianza ganada por su rapidez y efectividad; Saulia e Irma, recordaran las grandes tasas de café o aromática en ciertas horas puntuales; Darío y su vigilancia, prestando atención a su llegada para colaborarle en cualquier aspecto; don Luís muy dinámico para tener el jardín listo y apunto para su ojo revisor; Luz Dary a una sola risa, atendiendo al público en la sala principal del primer edificio, y atenta a su llegada para entregarle información de los visitantes; Laura ajustada a su tiempo de arribo para marcar la tarjeta, evitando llegar después de la salida de la señora Maritza, casi siempre entre 5 y 6 de la tarde; Dolly extrañando los escritos de puño y letra para transcribirlos, editarlos, y luego presentárselos, esperando un juicio de lo realizado, casi siempre positivo y con pocos cambios. Cada una de las personas nombradas en este escrito, se cruzaron en la vida de esta ilustre mujer, cada uno (a) la recordará a partir de una experiencia particular, ella pasó y dejo huella con sus acciones en pos de llevarle cultura a la ciudad, se le ha extrañado y extrañara en la institución, algo que seguro no sucederá con la actual administración y su junta asesora.

La cultura caleña esta de luto, réquiem por Maritza Uribe de Urdinola: ¡la decana de la cultura ha muerto, viva la decana!

8.7.09

Teatros de barrio, nostalgia hecha poesía


Por: Yamid Galindo Cardona.

Los teatros de barrio se vinieron abajo con los cambios del negocio en la principal empresa de salas cinematográficas del país llamada Cine Colombia, que en mayoría las administraba. Igual había algunos casos donde particulares eran dueños de sus salas, y entraban en el negocio de la exhibición contratando con las casas distribuidoras existentes en el país, y que tenían sus sucursales en las principales capitales, algo que en la actualidad está centralizado como muchas de las instituciones en la ciudad de Bogotá.

Con seguridad los recuerdos de muchas personas, en su asistencia a cine, le rememoran un teatro particular ubicado en su barrio, con función doble, y la posibilidad de seguir allí para repetirlas si era el caso. La cultura cinematográfica de muchas personas fue cimentada en estos espacios, con la niñez y juventud vieron en el séptimo arte la posibilidad de seguir una carrera profesional como directores de cine o académicos investigadores; críticos de lo observado bajo la oscuridad, que reflejaba en un telón imágenes en movimiento, fundaron cineclubes, grupos de estudio, revistas especializadas e hicieron cine.

Circo, variedades, salón, sala, teatro, cinema, fueron algunos de los nombres usados para estos espacios de diversión. La evolución del concepto tuvo cambios con el trasegar de las décadas y los espectáculos a presentar, ya que estos sitios públicos entregaban otro programa representado en el teatro y la música. Igualmente, existía y existe, en los antiguos teatros y actuales, una estratificación acorde al presupuesto económico del espectador; y como en cada acto de diversión, se encuentra el gusto humano por deleitarse con algún alimento que le ayude a sopesar ese tiempo dedicado a observar una obra, acción que también ha cambiado, ya que otrora los vendedores ambulantes eran muchos ofreciendo un sinnúmero de galguerías –como dicen en Bogotá- o mecato –como dicen en Cali- , y el espectador se aperaba para consumir esta compra en las casi cuatro horas de cine, incluyendo los cortos. Teniendo en cuenta que igual se encontraban en los teatros tiendas para ofrecer bebidas, y generalmente lo que conocemos como crispetas o palomitas de maíz; inclusive algunos teatros permitían vendedores mientras se exhibía la película, recordado caso es el del hombre del maní con su frase “maní, maní, saladito, maní”.

En el caso de Cine Colombia, ante muchos factores entre los que se encuentran el económico, de infraestructura, y la seguridad de los asistentes, los teatros de barrio fueron abandonados y puestos en venta, pasando a otra vida de uso que regularmente son la de parqueadero luego de quitar la silletería, o el más común representado en sitio de congregación cristiana. Razón tiene un cinéfilo caleño de tener una cartelera en su espacio de alquiler cinematográfico, donde ubica recortes de prensa que dan fe del cierre de un teatro de cine con un gran titulo: la sociedad de los teatros muertos. Aparecen entonces lo que conocemos como multiplex, un gran espacio que alberga por citar una cifra, diez salas, ubicados en los principales centros comerciales, con parqueaderos vigilados, la oferta hollywoodense del momento, y una que otra cinta europea o latinoamericana; el alto costo de su boleta se queda corto con los precios de su confitería y combos de comida “chatarra”, y puede verse la escena de niños, jóvenes y adultos con sus manos llenas, que pareciese más una visita a comer que a ver cine.

Sin embargo, tenemos algunos teatros que todavía existen a pesar de “no morir en el intento”, con cierta independencia, y regularmente haciendo parte de una institución museística o universitaria, exhibiendo eso que conocemos como “cine arte”, y posibilitando que sus minoritarios clientes traigan algo para distraer su paladar mientras observan el film programado, espacios vigentes por sus ciclos y festivales que los hacen portadores de otro mirar cinematográfico. Quien escribe estas reflexiones, hizo escuela en un teatro de barrio perteneciente a un museo, y en su trasegar asistió en su ciudad natal a los teatros que existían, luego, en su trayecto a Cali, conoció algunos que comenzaban a tener su etapa de descenso hasta ser cerrados, nostalgia de un espacio público, de una arquitectura destruida, del cine visto, y los amigos y familiares con los que se participo de ese instante.


Biblia de pobres, así se llama el libro del poeta colombiano Juan Manuel Roca premiado por la “Casa de América” en España; magistralmente este autor nos delita con un poema dedicado a los teatros de barrio que a continuación comparto:
El hombre del proyector
(Un réquiem por el cine)

En los barrios
el cine nunca fue mudo. En corrillo
el hombre del proyector
contaba películas de Chaplin,
le daba a sus gestos una voz.
Afirmaba que los soldados nunca
vencieron a Jerónimo
y que tras la función de matinée
se levantaban los apaches heridos,
se sacudían el polvo,
montaban sus caballos de viento
y se iban a galopar por la llanura
en la función de vespertina.
No así los blancos, que caían flechados para
siempre
cuando quería meter
su mano vengadora en el guión.
El hombre del proyector
juraba que al cerrar el telón
Billy the Kid seguía entrando y saliendo
en los salones de Texas
hasta hacerse un viejo bonachón
y todos los alguaciles morían abatidos
en un río de hiel.
En la pequeña pantalla de la almohada
Ava Gardner entraba al mar de sus sueños,
la más bella habitante de su piel.
El hombre del proyector
tuvo las manos de Orlac en su bolsillo,
guardó en un desván
el coche que rodó a sobresaltos los peldaños
de una trágica Rusia. Afirmaba que el niño
que iba en ese coche se hizo mayor
y que pudo huir del escorbuto, de la peste y de Stalin.
Hoy fuimos a su funeral.
Enterramos el cine de barrio
y apagamos para siempre el proyector.

En mi sencilla “inspiración no arrebatada”, dedicada a mi primaria poesía, y puesta en un viejo archivo de riesgosa prosa, tengo unas líneas dedicadas a los cines de barrio; siendo respetuoso, y quitándome el sombrero ante el poeta Roca que si conoce bastante del oficio, ofrezco mis líneas con bastante sonrojo y dedicadas a la sucursal del cielo:

Cine de barrio

¿Qué es un cine de barrio?
Era un espacio único en Cali,
convergían públicos variados
reunidos en
matinée, Cine club,
función doble,
besos, caricias,
morbo, silbatina…

¿Cómo se llamaban?
Alameda, Aristí,
Calima, Bolívar,
San Fernando, San Nicolás,
El Cid,
México, Sucre,
Imbanaco, Cinemas…

¿Qué paso con los teatros?
Es un mundo muerto,
echado al olvido.
Solo en la memoria de aquellos
que fueron acérrimos asistentes,
y vieron que bajo la sombra de los múltiplex,
fueron cerrando sus puertas bajo el amparo
de las iglesias cristianas. ¡Aleluya!

La nostalgia posibilita regresar y recordar hechos de un acontecer vivido, en este caso la asistencia al acto sublime de la pantalla gigante; entregándonos diversas reflexiones divulgadas en investigaciones, documentales, y en poquísimos casos, restauraciones arquitectónicas; esas reflexiones son las posibilidades que tenemos para sostener en la memoria colectiva e individual, un espacio público que hizo parte de muchas sociabilidades enmarcadas en la cotidianidad, y bajo un arte que nos presenta amores, pasiones, odios, alegrías, tristezas y esperanzas, en resumen la vida.

-Imagen de la cinemateca de Univalle, fuente: http://cali.vive.in/cine/cali/salasdecine

25.6.09

Falso Positivo = Secuestro y Asesinato


Por: Yamid Galindo Cardona


En las fuerzas militares de Colombia y en las de cada país del orbe, tener un buen desempeño de la labor castrense en las disposiciones que se les encomiende, trae consigo ciertos beneficios representados en ascensos, condecoraciones, dinero, traslados y permisos. Pero cuando la acción está ausente, y no se pueden mostrar resultados, la ansiedad hace mella en el grupo de escuadra que vigila o combate un sector del país, y se opta por involucrar a personas ajenas del conflicto en asuntos bastante oscuros y macabros que terminan en lo que conocemos como secuestro y asesinato, y que eufemísticamente se le llama “falso positivo”. El “positivo” es un logro militar que se ampara legalmente bajo los parámetros institucionales, por ser la fuerza del estado que protege y vigila nuestra seguridad en las zonas rurales y urbanas. Un falso positivo se desarrolla bajo el engaño, y en una primera instancia bajo la aceptación del estado que lo ampara como una acción de combate donde se ha “dado de baja” –concepto utilizado en el gobierno- a los bandoleros o narcoterroristas de cualquier organización que actúa por fuera de la ley.

Descubrimos con repugnancia el relato y queja de la desaparición de algunos ciudadanos de bajos recursos, denuncia efectuada ante un funcionario público de un pueblo colombiano; luego, aparece en otro pueblo colombiano una acción militar donde en enfrentamientos con nuestro “glorioso ejercito”, caen en combate guerrilleros de un frente que operaba en el área, y resulta que esos ciudadanos son los desaparecidos denunciados. Aparecen muertos con uniformes recién estrenados, botas poco desgastadas, armas ubicadas en las manos contrarias de uso, es decir, el que es derecho apretando el gatillo en su brazo izquierdo; demasiada munición usada claramente comprobable por los impactos en los cuerpos, y lo que a cada lector se le pueda ocurrir como acción que ha violentado los derechos fundamentales.

Inmediatamente vienen las investigaciones, se separan de los cargos a los involucrados y se entra en la discusión si los comprometidos en estos oprobios deben ser juzgados bajo la justicia penal militar o la ordinaria. Después, cuando esa “papa caliente” es soltada por las fuerzas militares para que entre a cogerla el sistema judicial colombiano, entramos al show mediático con las victimas y los victimarios, y asombrados asistimos a la oscura situación de esos familiares que se ven amenazados por una mano escondida que quiere procurar que esos militares salgan libres, y beneficiados con una sentencia a su favor. Para completar, los pocos “hechos positivos” que parecen vislumbrarse bajo una ley de reparación a las victimas del estado, se apagan bajo su hundimiento por los que se hacen llamar “padres de la patria” de un congreso bastante pútrido por sus acciones y relaciones con el para-estado que quiso refundar la nación.

Los militares colombianos que se ufanan de realizar operaciones cinematográficas y bastante sospechosas, se ubicaron en el mismo nivel de sus “enemigos” más acérrimos representados en los paramilitares y la actual guerrilla; críticos del secuestro, se han convertido en secuestradores, críticos del asesinato en cautiverio, se han convertido en asesinos de jóvenes en cautiverio. Mientras tanto seguimos el camino del embrujo, aquel en el que muchos ciudadanos se encuentran y parecen no despertar, en un país donde el desempleo aumenta, los bancos ganan y ganan, y su gobernante sigue con la idea de seguir en-violentando el territorio con su política de seguridad democrática que debería dar su giro a lo social…, pero no se le puede pedir peras al olmo.

-Foto registrada por el autor el 6 de marzo de 2008 durante la marcha por los crímenes de estado, “ESMAD de espaldas al capitolio”.

14.6.09

La Gran Obsesión -1955- Una Película Vallecaucana para Colombia


Por: Yamid Galindo Cardona

En octubre del año pasado la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano reestreno la película dirigida por Guillermo Ribón Alba y producida por Tito Mario Sandoval filmada en 1955 y titulada La Gran Obsesión. Teníamos noticias de esta cinta con la aparición de la investigación de Hernando Martínez Pardo titulada “Historia del Cine Colombiano” en el año 1978, allí nos indica el autor que este film había sido realizado por la compañía Dow Bayer Films of Colombia, con sede en Cali y estrenada el 5 de septiembre de 1955; además su director, en entrevista entregada al periódico nacional El Tiempo, contaba que estudio Ciencias Sociales en la Universidad de Berkley, además de argumentista y guionista de la Warner y la Metro por cuatro años, que a su regreso a Colombia había trabajado en el Colegio Santa Librada y la Universidad del Valle.[1]

Luís Ospina entrevistaría a Tito Mario Sandoval en 1994 para su documental Cali, Ayer, Hoy y Mañana, un documento que presenta las opiniones de este colaborador de Ribón Alba, entregándonos su visión de cómo se realizo la película, su exhibición y problemas internos suscitados con la copias de esta producción. En septiembre del año 2005 Ramiro Arbeláez presentó una ponencia titulada ¿Por qué salvar La gran obsesión?, en el evento de archivos fílmicos organizado por la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano y la Universidad del Valle, pero realizado en la Universidad Autónoma por razones de “protesta y piedra” mayor; allí el historiador Arbeláez nos esgrime las razones por las cuales esta cinta nacional debía de restaurarse, razones expuestas antes de presentar una copia del material existente para ser tratado:

[…]La película que vamos a ver (y con esto acabo) hay que restaurarla por muchos motivos: el motivo general de su valor histórico cultural, de su forma y de sus contenidos. Para sólo nombrar algunos, hay en esta película aspectos históricos importantes para la historia de las comunicaciones, para la historia del paisaje vallecaucano, la historia de su arquitectura, la historia de las relaciones sociales. Hay contenidos tanto explícitos como implícitos, y hay que advertir que estos últimos —como nos lo enseñó Marc Ferro— son aquellos que pueden contar las cosas más dicientes de una sociedad. Hay en la película toda una ideología, no es la única de la época, pero hace parte de ella. Hay una ideología social, una valoración de las relaciones sociales, de las relaciones afectivas, hay una concepción del amor y de los roles sexuales, hay una valoración de la ciudad y también del campo, y una valoración del primer mundo, de Europa.
Pero también hay una estética, una estética cinematográfica, una estética dramatúrgica, una estética musical, una estética escenográfica y gráfica, pero por muy lejanas que esas estéticas estén de nuestros patrones, de nuestros gustos, eso no puede causar la discriminación de la película.
[2]

En el año 2008 Ramiro Arbeláez viajó a Queens New York y entrevisto a Guillermo Ribón Alba, un aporte para la historia de la cinematografía colombiana por la información tan importante entregada, que desconocíamos de este director y su cinta La Gran Obsesión, este trabajo puede observarse en la Revista de estudios Colombianos en su última edición dedicada al cine colombiano.[3]

Con la implementación de la Ley 814 de 2003 llamada Ley de Cine, el trabajo de la fundación se extendió a la restauración y preservación de esas primeras obras sonoras realizadas en nuestro país, siguiendo la tradición ya bien ganada que se traía con salvar nuestro cine silente, y que en la actualidad podemos disfrutar como patrimonio fílmico básico para comprender nuestra nación de principios y mediados del siglo XX, factor que ya algunos investigadores han descifrado con esta herramienta de investigación como son las imágenes en movimiento. El apoyo del Ministerio de Cultura para duplicar a material de seguridad nuestro cine añejo, es la base de la restauración de La Gran Obsesión, labor que se realizó en los laboratorios Iskra de Madrid de la capital española. Es el primer largometraje argumental de producción nacional en colores, realizada en Cali, y el paisaje del Valle del Cauca como escenario natural con su vía férrea. Filmada utilizando película reversible –película virgen, que tras su exposición en la cámara, se procesa para formar una imagen positiva sobre el mismo soporte original, eliminando así la etapa de copiar el positivo a partir del negativo- Super Ansco Color de 16 milímetros.[4] Sobre este formato es importante anotar el análisis técnico que se hace en el folleto editado por la Fundación patrimonio Fílmico Colombiano en cabeza del subdirector técnico Rito Alberto Torres:

[…] El uso de la película reversible en 16 mm permitió que tanto la calidad del registro de imagen en color, como el montaje y la edición fueran más económicos y menos complicados; a lo cual hay que agregarle la decisión por filmar con película Ansco, que cubría el mercado del cine aficionado con emulsiones cromogénicas del tipo technicolor, y no con otras de las marcas disponibles en el mercado de entonces, como la Eastman Color de Easmant Kodak, destinadas al cine de grandes presupuestos. Las características de los materiales Ansco permitieron fijar una imagen de buena calidad, así como disminuir las abrasiones y la suciedad por el uso en la proyección, lo que a la postre benefició la conservación de los rollos de La Gran Obsesión y permitió la preservación mediante duplicación de los únicos originales encontrados en copia positiva de 35 mm del tipo Ansco Color; estos materiales han resultado muy estables y no parecen afectarse por la decoloración a pesar de las condiciones de almacenamiento, no siempre óptimas, a que han estado sometidos.[5]

El 16 de agosto de 1955 se preestreno en simultánea La Gran Obsesión con cuatro copias en igual número de teatros de la capital vallecaucana: Bolívar, Colon, Belalcazar y Avenida. Cómo muchas de las películas de mitad de siglo, la expectativa creada en los diarios locales para atraer público y hacer un capital acorde a la inversión, superaba la calidad del film. La película caleña traía como gancho la participación musical de Carlos Julio Ramírez –Tocaima 1916, Miami 1986- reconocido cantautor que tenia bien ganada su fama como artista en Hollywood actuando al lado de la actriz Esther Williams en el musical Escuela de Sirenas –Bathing Beauty, George Sidney, 1944-; este barítono nacional interpreto tres canciones, siendo la más reconocida “Bésame Morenita” del compositor Álvaro Dalmar -1925-1999- con el apoyo del trío Grancolombiano. También participa el compositor bolivarense Julio García -1917-1993- dirigiendo su grupo que con el tiempo se conocería como Orquesta Los Diplomáticos.[6] La historia de esta cinta regional registra la salida de una joven mujer campesina a la vida de la ciudad, en este caso Cali para tener un mejor presente y futuro, casándose con un rico hacendado y viajando de luna de miel a París y la costa azul francesa; el regreso a la región trae una nueva vida, y un hecho traumático a la joven, su esposo es asesinado en la hacienda por uno de sus peones. En la historia de este film, para Rito Alberto Torres, presenciamos el transito de personajes del campo a la ciudad, así como el antagonismo de costumbres y moralidades entre estos dos universos, así como la representación del empoderamiento de los personajes femeninos, en un marco de arribismo social que hasta ese momento no había sido representado en el cine colombiano.

Hay puntos de su filmación que merecen mucha atención por su factor documental y nostálgico:

-El ferrocarril: el viaje de la protagonista desde su pueblo a la capital utilizando el tren, es un hecho particular que nos muestra como este servicio de transporte era importante en la época, con imágenes de un verde natural mientras se moviliza, y su llegada a la estación para presentarse como monumento arquitectónico que aún preservamos. Este servicio de transporte no lo tenemos vigente en la cotidianidad, sólo como medio de carga a puerto seco de Buenaventura a Buga, y esporádicamente como uso turístico.

-La vuelta a Colombia: El ciclismo ha sido uno de los deportes bandera en nuestro país, en esta película, a la par que nuestra protagonista se mueve en su nuevo espacio representado en Cali, vivimos la llegada de una etapa de la vuelta Colombia en bicicleta del año 1954 con el púbico observante de la caravana y la aparición de dos estrellas: el francés José Beyaert y nuestro campeón Ramón Hoyos Vallejo.

-La arquitectura: La ciudad siempre es el fondo cada vez que una producción se realiza, allí identificamos calles, edificios, escenarios públicos, entre otros; es el referentes estético por excelencia que permite confabular un guión con esa naturaleza muerta ya existente entre ladrillo, concreto y pintura. En La Gran Obsesión vemos rasgos de la ciudad de Cali en el año 1954, con su arquitectura destruida –es decir, la que ya no existe por la desfachatez de nuestros administradores que creyeron que la modernidad era destruir lo viejo para edificar o dejar avenidas, caso más patético lo sucedido con el hotel Alférez Real -, envejecida y reformada: observamos la avenida del río, el Paseo Bolívar, entre otros.

Fuera de los anteriores puntos, permite este film hacer un análisis histórico y social sobre los encuentros existentes entre lo rural y la ciudad, las características del hacendado que tiene su fuente de fortuna en el campo y sus asuntos administrativos en la capital; las relaciones subalternas claramente presentadas entre una mujer campesina y un hombre rico empresario; la música popular como género que si gustaba en las clases sociales altas, ejemplo demostrable con las escenas de esta cinta, siendo uno de sus aciertos; los mobiliarios, decoración y objetos de uso domestico y diario que se nos presentan; la moda en el vestir a traje completo y corbata de los hombres, y vestido que deja ver poco a las damas. En resumen, los elementos psicológicos, sociológicos, históricos y arquitectónicos que nos aporta este film, son de una riqueza única para entender la sociedad vallecaucana de mitad de siglo XX, valor patrimonial que con los ojos de nuestro presente podemos esculcar.


[1]Hernando Martínez Pardo. Historia del Cine Colombiano. Librería y editorial América Latina, Bogotá, 1978, pp.198-199.
[2]Ramiro Arbeláez. ¿Por Qué Salvar la Gran Obsesión? http://www.patrimoniofilmico.org.co/docs/
[3]Ramiro Arbeláez. Vivo, recordado, y recordando. Entrevista a Guillermo Ribón Alba, director de La gran Obsesión (1955). Realizada en Queens New York, el 15 de agosto de 2008.
[4]Folleto de la película La Gran Obsesión, Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, octubre de 2008.
[5]Ibíd.
[6]Ibíd.

22.5.09

¡Cine arte, cine clásico, cine de cartelera!


Por: Yamid Galindo Cardona

En Bogotá, cuando caminas por la calle séptima en vía a la diecinueve, encuentras a una serie de vendedores ambulantes, o empleados de la informalidad que tanto aqueja a nuestro país ofreciendo películas a viva voz con el lema: ¡Cine arte, cine clásico, cine de cartelera! Tienen ocupadas sus manos con la oferta cinematográfica, y en unos metros, parte del mercado sobre algunos cartones que ocupan parte del espacio público -siempre listos a huir cuando un par de “hombrecitos verdes” vienen a su asalto-, y si la cinta que usted quiere, no esta allí, pues simplemente el vendedor pide una espera para inmiscuirse en medio del conglomerado humano para traerla, y la trae.

Lo que llamamos piratería, es el asunto de la venta, algunos la persiguen hasta judicializarla por violar lo que conocemos como derechos de autor, otros la aceptan como una vía propicia de tener a la mano muchos filmes, y el mismo reconocimiento underground –algo que algunos artistas aceptan- que esto trae, llegando inclusive a las esferas de la música. La operación es sencilla, es más económico obtener una película en la calle, que en los centros de distribución reconocidos que pagan impuestos y todas las medidas de ley. Se encuentran cintas de distribución económica bien editadas desde $9.000 hasta $30.000; pero igualmente encontramos precios que oscilan entre $45.000 y $230.000, por colocar un ejemplo, una cifra fuerte para personas que como yo, gustan de conseguir lo mejor de la cinematografía mundial. Pero una película pirateada oscila entre $2.000 y $5.000, o en los mejor de los casos $1.000, lo que vale un DVD en limpio o virgen. Igualmente tenemos programas en la web que nos posibilitan bajar películas, y la más común esta representada en cada disco duro que tenemos en nuestras casas, con reproductor y copiador de DVD, creándose un circuito descontrolado que pasa por nuestros familiares y amigos, donde hacemos copias de alguna película que conseguimos “original” o “quemada”.

El cine desde su nacimiento comenzó a dividirse en temáticas que con el tiempo se convirtieron en lo que llamamos géneros, pero el cine que es la representación de las imágenes en movimiento, es uno solo en su esencia más pura. Las tres formas en que nuestro vendedor ambulante ofrece el cine, es la caracterización con la cual una persona del común se le acerca a comprar el producto. Por lo anterior, paso a definir las tres clases de cinematografía que se nos ofrece.

Cine arte
De entrada es una redundancia decir “cine arte”, ya que el cine es considerado el séptimo arte, y no se escucha, ni se lee los conceptos pintura-arte, música-arte, escultura-arte, etc. Las imágenes en movimiento se consideran arte desde la aparición del texto vanguardista denominado Manifiesto de la Siete Artes escrito en 1911 y publicado en 1914 por Riccioto Canudo, este autor afirma que la idea de que el cine pudiera ser un arte, no surgió en las inventivas de sus propios creadores, ni Thomas Alba Edison, ni los hermanos Auguste y Louis Lumiére tuvieron una concepción estética del cine durante los primeros años del nuevo invento. A Canudo se le debe el difundido término Séptimo Arte, como resultado de un postulado, creyendo ver en el cine un epicentro y una posible culminación de varias artes: pintura, arquitectura, escultura, poesía, danza y música. También se le deben otros escritos en los que propone el concepto de fotogenia - cualidad fotográficamente favorable o expresiva de un personaje o un objeto-, el porvenir del cine hablado, del cine en color y la enseñanza del cine; fundó el primer cine club conocido: El club des Amis du Septiéme Art; afirmando en su manifiesto que la teoría de las siete artes ha ganado mucho terreno, aportando una clasificación a la total confusión de géneros e ideas como una fuente de nuevo reencontrada. Reprochó a los llamados tenderos del cine que se habían apropiado del término Séptimo Arte, sin aceptar la responsabilidad impuesta por la palabra arte; centro su llamado de atención en los cambios del cine, que en palabras del autor estaba empezando a balbucear para entrar en la infancia, cercano a la adolescencia, a despertar su intelecto y a multiplicar sus manifestaciones.[1]

El mal usado concepto Cine Arte empezó a escucharse en nuestro territorio colombiano hace aproximadamente diez años atrás, en la publicidad de algunos espacios que le daban cabida a algunas distribuidoras independientes, que introducían el otro concepto más acertado denominado Cine Independiente –aquel cine que estaba realizado por fuera de las productoras reconocidas, con historias nuevas, nuevos directores, actores etc.-, y que exhibían y exhiben las denominadas igualmente salas independientes representadas en cinematecas, cine clubs, teatros de los museos, espacios universitarios etc. Igualmente, el concepto Cine Arte fue recogido por un programa de televisión que todavía pone a trasnochar a algunos los días viernes, con la mala idea de dos presentadores que hacen demasiada larga la exhibición de su excelente programación. El Cine Arte es el que se considera alternativo, no comercial, con historias por fuera de los parámetros establecidos, inclusive algunos en nuestro país ubican al cine europeo y latinoamericano en esta categoría. Tomándome el atrevimiento, Cine Arte es aquel que cada uno desde su criterio después de observar una cinta, le da a una obra cinematográfica por el mensaje que le entrego desde la puesta en escena, la dirección, la actuación y el mensaje final entregado, lo cual posiblemente le arranco lágrimas, rabias o risas, inclusive, porque no la entendió.

Cine clásico
Acertado concepto en el que algunas obras de la cinematografía mundial se han convertido por su aporte a la industria, y el arte. Dentro de cada género encontramos obras de este tipo, y cada país posee sus obras clásicas. El cine clásico podríamos definirlo, recogiendo las palabras del profesor Lauro Zavala como “aquel que respeta las convenciones visuales, sonoras, genéricas e ideológicas cuya naturaleza didáctica permite que cualquier espectador reconozca el sentido último de la historia y sus connotaciones. El cine clásico, entonces, establece un sistema de convenciones semióticas que son reconocibles por cualquier espectador de cine narrativo, gracias a la existencia de una fuerte tradición”.[2] El vendedor de este cine nos ofrece en la calle copias de Lumiere, Mélies, Chaplin, Eisenstein,Wilder, Truffaut, Godard, Polanski, Fellini, Buñuel, Pasolini, Visconti, Huston, Kurosawa, Bergman, Kubrick, Hitchcock, Kazan, Bertolucci, Welles, Visconti, Tarkovski, Renoir, Peckinpah, Saura, Fassbinder, Herzog, Coppola, Allen...

Cine de cartelera
El vendedor se te acerca con una hoja plastificada con la oferta del cine de cartelera, y al final con el logo de la empresa Cine Colombia, obviamente es el gancho para indicarte que ya ellos tienen la última, inclusive sin estrenarse, del estreno de temporada. Y como los precios de la boletería en este circuito de salas es costosísimo para un gran porcentaje de la población, que mejor que comprar lo que la cartelera ofrece. Pero ver este tipo de copias es lo peor que te puede suceder, empezando por la pésima imagen –borrosa, desenfocada-, las risas de fondo cuando la escena es divertida, la cabeza de alguien que va al baño y la misma cuando regresa, el niño que habla, y la señora que pasa por una de las filas con crispetas y vasos de gaseosa; así que ves dos películas, la pésima copia y los transeúntes inoportunos que reflejan su sombra cuando se paran de su silla.

Los espacios abundan con la oferta de copias cinematográficas en el formato DVD: universidades públicas, pulgueros, centros de fotocopiado e internet, y seguro un vendedor nómada que se arriesga con el cine a su puerta. Si en algún momento se encuentra a uno de estos vendedores en la calle, seguro esta guía que brevemente le he presentado, le servirá para identificar el producto; y si usted, es una persona que aborrece este mercado, que le podemos hacer, esa es la tecnología y nos puso a la mano la posibilidad de ver obras de la cinematografía que antes era imposible observarlas. Y por ahora los dejo, porque tengo en el reproductor una copia de La Parada de los Monstruos de Tod Browning del año 1932, una película clásica del género de terror, a propósito, me la copio un amigo.



[1]Joaquín Romaguera I Ramio- Homero Alsina Thevenet. Textos y Manifiestos del Cine. La Estética. Manifiesto de las Siete Artes. Cátedra, Signo e Imagen. España 1989.
[2]Lauro Zavala. Cine clásico, moderno, y posmoderno. http://www.razonypalabra.org.mx/anteriores/n46/lzavala.html

30.3.09

Ahora todos somos fotógrafos


Por: Yamid Galindo Cardona

Las cámaras manuales están guardadas en los armarios, por lo menos en aquellos donde llegó la cámara digital y le creo facilidad al ser humano para retratar el presente y volverlo inmediatamente pasado. Otros la guardan celosamente y todavía realizan el arte de establecer una imagen, sin embargo ya trabajan con la digitalización, ya que la realidad los obliga a aprender día a día con las nuevas aplicaciones que el invento entrega, facilidad destinada a los usos diversos que la fotografía.

Otrora el oficio de fotógrafo era de pocos, en algunas poblaciones los profesionales de este oficio tenían gabinetes que adornaban dependiendo el cliente y la ocasión, para dejar en la posteridad las imágenes de una familia, o la misma historia del pueblo con su arquitectura, personajes y acontecimientos sociales, políticos y culturales. Con el trascurrir de los años aparecieron más fotógrafos, los cuales se desplazaron nómadamente por parques, calles, y cualquier sitio donde el acontecimiento fuera digno de retratar, siendo los parques centrales de cada ciudad o los barriales, focos de este oficio; el paseo del domingo estaba ambientado con la vuelta de cada ocho días a ese sitio social, comerse un helado, hablar, retratarse, y despejar el alma para recibir la misa de siete, digno acto para empezar la semana. Cada fotógrafo se distinguía por tener un grueso maletín lleno de fotos sin entregar y cobrar, rollos usados y sin usar, lentes, diversos flashes, y otra cámara por si acaso no funcionaba la preferida de marca Pentax o Nikon, sumaba diariamente a su espalda una masa que seguro con el tiempo se convirtió en joroba; algunos decidieron que el oficio era duro por la competencia y ofrecieron sus servicios a domicilio, adquiriendo nuevos clientes y convirtiéndose en el fotógrafo de cabecera familiar, llegaban y te hacían colocar el mejor vestido, te decían como pararse, ponían tu mano en la cintura y luego gritaban: “di whiskies” para que la boca se transformara en sonrisa y la imagen quedará lista.

Pero había familias que nunca requerían de los servicios de un fotógrafo profesional, ya que en el mismo hogar la afición por las fotos estaba en cabeza de los padres, que tenían una buena cámara y asumían este oficio en cualquier instante, y siempre se mantenían en la medida de los avances de este arte, aquel que explotaban con su propio circulo afectivo en diversos espacios; consumían rollos con mucha afición, algunos para revelar, otros para simplemente quedar allí estancados y guardados celosamente; aprendían inclusive a armar el cuarto oscuro y de estudio para asumir allí otra labor de trabajo artístico, con el tiempo se afiliaron a grupos de fotógrafos aficionados que luego se profesionalizaron, hicieron exposiciones, se pusieron a tono con la tecnología, publicaron catálogos e hicieron viajes.

Luego cambiaron las salas particulares por las casas fotográficas, la tecnología llego, las fotos de carnet salían rápido y algunas con la instantaneidad del caso y el afán del cliente, ofrecieron cámaras más sencillas para el uso general, revelaban tu rollo y te ofrecían otro en contraprestación por preferirlos, te entregaban una bolsa de mediano tamaño con algunos álbumes de uso personal, los negativos y un calendario; sin embargo, a pesar de este servicio, todavía la profesión de fotógrafo se mantenía por la calidad de la foto, el revelado y el papel con las imágenes expuestas.

El avance tecnológico que llegó con la fotografía digital en los años noventa del siglo XX, y se intensifico siete años atrás de este nuevo milenio en nuestro espacio colombiano, hizo que su uso fuera alto, llegando a las esferas de la telefonía celular. Con esta nueva perspectiva, las casas fotográficas volvieron a reinventar su oferta, ya que pocos llegaban con rollos a revelar, labor que justificaba su existencia en el mercado; ofrecen entonces diversas marcas de cámaras digitales, la impresión computarizada del registro con los retoques necesarios si son del caso, y las fotos de carnet ya son todas instantáneas con la acción en algunos casos de tu aceptación, es decir, entras al cubículo, te registran fotográficamente, sales, te muestran la imagen, y tu decides si queda o no. Lo anterior, es un acto constante cada vez que se toma una foto con la cámara digital, regresamos al punto de salida expresado en el foco y la pantalla del ser humano que tiene entre sus manos la cámara, y observamos ese pasado reciente para dar nuestro visto bueno sobre el retrato, poseemos el poder para decidir que eso que ya está, pueda ser borrado y repetido, sueño logrado por un instante que dice mucho de nuestra vanidad. La digitalización de la fotografía ha logrado que seamos parte una red global, por ejemplo, si retratamos “la calle del calvario” en pleno centro de La Candelaria en Bogotá, y la montamos en una cuenta de internet o una red social en la cual nos inscribimos, podríamos enviar esa imagen en instantes a Ushuaia, rapidez que no se tenía antes, y que ha facilitado muchos trabajos que eran demorados, ejemplo más oportuno, un corresponsal de prensa, o para el caso de quien escribe, la investigación histórica.

Ahora todos somos fotógrafos, tenemos a nuestro alcance un sinnúmero de posibilidades para acceder a una cámara digital, con precios y marcas variadas que cada año desarrollan mejor su tecnología. Pero no por tener una cámara digital se hace buena fotografía, su uso también posee una técnica especial que algunos saben aprovechar y otros no; normalmente quien posee el conocimiento de este arte ha pasado por etapas tecnológicas y de sensibilidad, por la afición, porque es su medio de trabajo, o porque simplemente expresa su visión del mundo a través de su encuentro con el espacio y lo que observa detrás del lente. La fotografía refleja vida después de la muerte, es el vehículo de encuentro con el pasado, sin ella, es posible que no hubiéramos conocido nuestra historia particular, local, regional y nacional, con ella, por ejemplo, nos hemos encontrado con las imágenes de ese Buga antiguo y la “Hacienda El Paraíso” tomadas en el siglo XIX por Luciano Rivera y Garrido, o la arquitectura destruida de ese Cali viejo retratado por Alberto Lenis Burckardt, o las prostitutas de Buenaventura tomadas por Fernell Franco, o los disturbios del 9 de abril de 1948 retratados por Manuel Humberto Rodríguez –el mismo que tiene todavía su estudio en una casa estilo republicano en plena carrera séptima de la capital colombiana, y camina todavía las calles para registrar lo cotidiano-, o el doloroso conflicto colombiano contado gráficamente por Jesús Abad Colorado; los ejemplos son innumerables, y cada región aportara a su causa.

La fotografía es un patrimonio humano, es la posibilidad de enfocar el presente para guardarlo en pos del futuro, homenajeando el pasado; las posibilidades de que se extinga son nulas, sobrevive en convivencia con la fuerza de su propia historia, aquella que ponemos en práctica cuando vamos al álbum familiar, o con el uso de aquella cámara manual guardada como pieza de museo, o cada vez que recorremos la ciudad y nos topamos con prenderías que ofrecen cámaras manuales, o ese pulguero que ve como cada domingo un personaje con cara poco fotogénica ofrece sus servicios en la llamada “foto-agüita”.

-El Fotógrafo “de agüita”. Registro del periódico Ciudad Viva, febrero de 2008, Bogotá D.C. Pertenece a Hernán Días, cortesía de Rafael Moure-

16.3.09

El álbum fotográfico, pieza de museo familiar

Por: Yamid Galindo Cardona

Una de las actividades cada vez que llegaba una visita a la casa era sacar los álbumes fotográficos, casi siempre determinados por un acontecimiento especial que albergaba las 24 o 36 imágenes del acto: el matrimonio de los padres, el bautizo de los hijos, la primera comunión, los quince años de la nena, los cumpleaños, etc., igualmente existía otro álbum mejor resguardado y cuidado, con fotos en blanco y negro o sepia de aquellos familiares que no conocimos, de la juventud de nuestros viejos, y de algún político nacional que atrajo las multitudes, caso particular el líder liberal Jorge Eliecer Gaitán. Otras fotos quedan en pequeños álbumes que las casas de revelado fotográfico comenzaron a regalar en los ochentas del siglo pasado, igualmente sueltas en sobres, bolsas o cualquier estuche. También esta la cartera que resguarda esos pequeños visores de forma triangular, que traían una foto casi siempre de alguien en movimiento, tomada en la calle por esas personas llamadas fotocineros, que luego alcanzaban su objetivo retratado para ofrecerle su obra. Es por lo anterior que la memoria de una familia desde la imagen quieta en papel, esta ahí para descubrirse, investigarse y restaurarse.

Y cada vez que la reunión lo amerita, sacamos los álbumes y se regresa al pasado con las personas que pueden dar fe del momento y la historia de vida que hay allí, incluido el sitio de la postal; entonces recordamos, preguntamos, entristecemos y reímos. ¿Qué sería si el acto de resguardar la memoria familiar no hubiese sido asumida con celo visceral? Pues simplemente se hubiera perdido. La memoria familiar, aquella que posibilita armar el pasado de nuestro entorno para reconocernos individual y colectivamente, es algo primordial para integrar a las generaciones que están y llegan, para que se reconozcan el espacio que les ha tocado afrontar desde el mismo momento de nacimiento.

Observando las fotografías la clasificación podría ser: Foto de carnet, bautizos, primeras comuniones, estudio fotográfico, matrimonio, navidad, año nuevo, reunión familiar, cumpleaños, campestre, escolar, militar, entre otras; los espacios se caracterizan por la repetición de posturas y entorno, pero con algo único, los cambios físicos del trasegar de la vida; en cuanto el espacio, la casa siempre será la de mayor uso; las iglesias una constante; los parques, el sitio donde siempre encontrabas y encuentras un fotógrafo –actividad en vía de extinción por la digitalización-, por ejemplo en Bogotá la plaza de Bolívar, en Cali la colina de San Antonio o el Paseo Bolívar con el puente Ortiz incluido, en Buga es particular que se tenga una foto en el parque de Santa Bárbara sobre el lomo de par de leones de concreto; la escuela, y el niño sentado en su pupitre con el mapamundi atrás, mirando la cámara, y sosteniendo un bolígrafo con su punta pegada a un cuaderno.

El álbum fotográfico es una pieza de museo familiar, debemos convertirnos en guardianes de esa memoria, seguir la labor de aquellas (os) que se encargaron de cuidar, y mostrar con orgullo esos retratos familiares acumulados por decenios. La digitalización de la fotografía nunca alcanzará la sensibilidad, y el tacto de sentir un recuerdo familiar a través del papel en sepia, blanco y negro o color; la era tecnológica nos aleja de esa vieja tradición, las nuevas generaciones no arman álbumes, las ubican en carpetas digitales, que guardan, cortan o eliminan dependiendo el estado ánimo; o la socializan a la red de amigos, perdiendo la privacidad familiar sensible de ser robada.

4.3.09

La Vida de los Otros




Por: Yamid Galindo Cardona

En el año 2006 se filmo una película alemana titulada “La Vida de los Otros”, cinta que recibió un sinnúmero de premios internacionales por su gran factura argumentativa, ejemplo es su escogencia a mejor película extranjera en los premios Oscar del año 2007. El espacio de la historia se desarrolla en la antigua Berlín Oriental -RDA- en los últimos años -1984- de la guerra fría, mostrando las prácticas ejercidas por la policía estatal llamada Stasi sobre el medio intelectual. La trama nos pone frente a un oficial bastante entregado a su trabajo: Escuchar que se habla desde el apartamento del piso de arriba que habita una pareja especial, un escritor y una actriz, peligrosos y sospechosos para el régimen. Los favores amorosos de la actriz a un ministro, posibilitan que el escritor quede libre de ejecución, así sus conversaciones sean escuchadas; hasta que la dama no entrega más su cuerpo y se desata una búsqueda de pruebas para colocar frente al paredón al sospechoso intelectual, pero la humanización del oficial - al enterarse de la corrupta política de su partido y entidad policial-, hace que esconda pruebas que comprometan a sus vigilados, protegiéndolos de inmediato. Lo que sigue en la historia es el miedo de la actriz por la posibilidad de ser encarcelada y torturada, pánico que tiene un triste desenlace al ser atropellada por un vehículo; luego, el oficial de la Stasi es relevado de su puesto a la oficina de correo, esta vez para leer cartas y delatar a posibles contradictores del gobierno. Finalmente, la vida colocara al escritor vigilado y al oficial jubilado, en puntos comunes bajo la post-guerra fría, un libro que narra la historia de cómo fue custodiado bajo la referencia de identidad de su guardián; el ex oficial al darse cuenta de este trabajo, decide comprarlo bajo la pregunta del librero: “Lo quiere para regalo” y la respuesta única y significativa, “Es para mi”.

En Colombia igualmente nos escuchan o nos chuzan. Días atrás se armo un gran escándalo nacional por la interceptación de llamadas por parte del Departamento Administrativo de Seguridad –DAS-; periodistas, políticos, dirigentes sindicales, magistrados, investigadores sociales, escritores, entre otros que seguro no sabemos o sospechamos saber, se vieron envueltos en esta ilegal práctica que se vuelve legal cuando hay una orden jurídica, y que el gobierno actual maneja “sin” control en aquellos que ve como sus contradictores. El escándalo pasó sin pena ni gloria, porque las soluciones tardaran en verse, y los responsables no saldrán de su concha; vimos a un ministro hablar desde los Estados Unidos sobre la necesidad de sanar a un enfermo con la eutanasia, y escuchamos a su jefe desvirtuándolo con otra solución en una escena bastante militar donde el único general sin uniforme era él, digno de un país con régimen castrense que pone a sus altos mandos en primer plano con un objetivo bastante mediático y miedoso, como queriendo mandar un mensaje directo a los que saben desde donde vienen las ordenes de escuchar “la vida de los otros”.

La cinta alemana, y el escándalo colombiano tienen gran parecido, los contextos políticos están diseñados para sospechar de aquéllos que no comparten las acciones estatales, en este caso ligadas a las contradicciones y desacuerdos con la forma de dirigir el país, cualquier ciudadano que piense diferente a como quiere el régimen, se vuelve susceptible de ser investigado y quebrantado en uno de sus derechos primordiales como es la privacidad. En este país de informantes es peligroso lanzar opiniones sobre lo que no nos gusta de su gobernante, una plaza pública, un taxi, el vecino de enfrente, o la misma vida académica, son espacios en los que te puedes ver en problemas -resultado de la polarización extrema que vivimos de izquierda y derecha-, ya que el afán de tener una nación libre de terroristas y bajo el sacro terreno de la obra de Dios, nos ha llevado a convertirnos en posibles delincuentes que buscan desestabilizar las instituciones gubernamentales, entre ellas la más importante: La Seguridad nacional.

Así como el agente de la Stasi escuchaba al intelectual, el agente del DAS grababa conversaciones para encontrar claves que desestabilizaran al estado colombiano; seguro más de un ciudadano común y corriente está en el listado, porque recuerden: Todos somos sospechosos si no estamos con el régimen.

23.2.09

El Museo la Tertulia sin energía eléctrica y administrativa

Por: Yamid Galindo Cardona

El Museo de Arte Moderno la Tertulia se quedo sin energía eléctrica, o mejor se la quitaron por el no pago de sus facturas. La semana que paso estuvo muy activa en cuanto a las informaciones periodísticas en prensa y televisión, todas apuntando a una solución rápida de la empresa encargada de este servicio, a las disculpas administrativas de la directora por falta de presupuesto, a las críticas contra el alcalde de Cali, y en la misma proporción a la Ministra de Cultura. La realidad del museo tiene como única responsable a la encargada de su dirección y a la junta que la acompaña, si reconocemos que el presupuesto nacional esta dirigido en su gran mayoría a soportar el conflicto armado, y poco en crear educación y cultura, también es cierto que nuestros museos deben tener una excelente administración que sepa utilizar los pocos recursos que el estado otorga y los que se consiguen por medio de la gestión con lo privado. Debería entonces de fiscalizarse que ha sucedido con esos recursos, cómo se han invertido, y qué se ha hecho mal, porque así las responsabilidades estén dirigidas a las entidades públicas que pueden solventar ciertos gastos como la energía y el agua, tampoco es obligación de estas asumir esas necesidades básicas que podían aliviarse con una proyección anual de gastos acorde a las ayudas económicas que llegan de todos los sectores.

María Paula Álvarez es la directora del Museo de Arte Moderno la Tertulia, la señora ha encaminado sus labores a un proyecto museístico muy importante que busca dejar la colección de arte conseguida por Maritza Uribe, Gloria Delgado y Miguel González, en estado de exhibición permanente, con el fin de acostumbrar al público caleño y vallecaucano a familiarizarse con un patrimonio que les pertenece, reconociendo en el arte mensajes de diversos artistas enfocados a actos individuales, colectivos y sociales, bajo parámetros educativos donde el niño hasta un adulto se encuentre identificado. La idea ha tenido apoyo de las entidades públicas con partidas presupuestales, dinero que ya se ha gastado dejando a medias la remodelación de un edifico que escasamente tiene nueve años de haber sido construido, es decir, fue inaugurado en el año 2000 con una retrospectiva de la obra del maestro cartagenero Enrique Grau; ahí las preguntas: ¿Se justifica reconstruir un edificio que esta relativamente nuevo? ¿Por qué no se invirtió ese presupuesto y se llevó ese proyecto en las salas antiguas, y espacio no usados, con sus respectivas remodelaciones? ¿Por qué no se dejo el edificio nuevo como parte de ese proyecto?

Es obvio que las dinámicas de dirección varían de una persona a otra: consecución de presupuesto, relaciones con los empleados, programas de exposición en artes y cinematográficos, pago de deudas a los proveedores, etc. Con la actual directora es posible que su gestión en la consecución de dinero haya sido excelente, pero en su administración pésima, a veces consiguiendo mucho se hace poco, y consiguiendo poco se puede hacer mucho, eso diferencian los últimos años de la anterior directora Gloria Delgado al frente de la institución y la señora Álvarez desde su llegada. El desfavorable accionar de su gestión al frente del museo ubicado en el antiguo “Charco del Burro” tiene algunos lunares negros que presento a continuación:

-Cierre del Taller Infantil que fundara Ruka Velasco a inicios de la década de los ochentas del siglo XX, labor que incluía algunos barrios de la ciudad, y tenía un gran apoyo de la gobernación departamental, ayuda que se perdió por falta de gestión y compromiso con esta dependencia. En la anterior dirección se construyo un edificio para el taller, luego, con su cierre, se convirtió en espacio de diversos usos.
-Despido injustificado de algunos empleados bajo argumentos amañados, y amparados en la junta que la compaña, que poco o nada hacen para el bienestar del espacio ante su poca sensibilidad con las expresiones del arte y el cine.
-Atraso en el pago de salarios, vacaciones, primas, eps, caja de compensación familiar, y el no aumento anual en los sueldos que por ley debe hacerse.
-Utilización del espacio en actividades ajenas a la labor de un museo: desfiles de modas, campañas políticas, fiestas infantiles.
-Aumento de visitantes a la zona del museo durante la noche para el consumo y expendio de alucinógenos, además de convertirse en zona de parqueo de motos.
-Desatención a la Cinemateca la Tertulia en aspectos diversos como son el mantenimiento de la sala, los proyectores, la programación, etc., labor que directamente debe realizar Eugenio Jaramillo, pero que descuida en sus aspectos primarios, resultando poca asistencia e ideas para sacarla de su decadencia.
-Cierre del almacén de objetos, libros, recordatorios: ¿Qué museo se concibe sin un almacén para que el visitante compre un objeto que le recuerde su visita?

Sobre los anteriores aspectos poco o nada se han debatido en la administración de María Paula Álvarez, ella se muestra como la directora ejemplar que sufre la falta de apoyo local, gubernamental y estatal para sacar su proyecto adelante, su oscuridad administrativa no se conoce, su poca capacidad de dirigir una entidad que se mueve entre lo privado y lo público, ha llevado a la crisis una institución que se mantenía bajo la anterior dirección estable, con dificultades pero estable, y ante todo sensible a las manifestaciones del arte y el cine, algo que posibilitaba el engranaje correcto de cada una de sus dependencias, con errores y aciertos, pero con energía para solventar la necesidades básicas.

El museo no se debe cerrar, y las personas pasan y las instituciones quedan para gracia de la ciudad. Que la energía eléctrica vuelva bajo un consenso de pago que involucre a varios actores, pero que los compromisos, rendición de cuentas, y evaluación de la actual directora se dé, porque al paso que vamos el museo seguirá teniendo dificultades ante la falta de coordinación y gasto de los dineros que les llega. En Cali tenemos gente con conocimientos administrativos y sensibles al arte, algo que la actual directora adolece para el buen funcionamiento del Museo la Tertulia; es hora de cambios, revisiones y remedios, antes de que la enfermedad se agrave y el paciente muera.

13.2.09

Memoria ochentera del balón


A Daniel G. y Santiago A.


El primer recuerdo que me llega de la pelota es una propaganda televisiva a blanco y negro –por el televisor que teníamos-, de un bombón llamado silbato, que venía en forma de pito y de varios sabores, la publicidad mostraba un partido de fútbol entre niños con los uniformes de la selección Argentina y Holanda, recreando la final del mundial de 1978, aquella que sospechosamente ganaron los del sur al definir su paso a la final con una goleada inimaginable al Perú, pero esa es otra historia que posiblemente hiera la sensibilidad de los argentinos que para la época tenían sobre sus cuerpos la bota militar. Otro momento televisivo me lleva al programa “Fútbol, el Mejor Espectáculo del Mundo” presentado por el “papá de los narradores deportivos colombianos” Carlos Arturo rueda C., programa de los sábados en la mañana que presentaba los principales clásicos del planeta fútbol, especialmente los de Suramérica: Boca vs River Plate, Peñarol vs Nacional, Flamengo vs Botafogo, entre otros; allí supe que existía dos jugadores Maradona y Zico.

Luego, la calle se convertiría en el primer escenario de mis pases errados con el balón, sitio que mi padre vetaba con justa razón ante la posibilidad de cometer algún accidente que la mayoría de las veces era romper un vidrio o asestar un balonazo a cualquier transeúnte, lo que conllevaba una queja, un disgusto, un regaño. Restringido el espacio, buscaba con mi hermano otro, el amplio corredor la casa de turno, armando arriesgadamente dos canchas con las materas del jardín de mi madre, lo que obviamente se nos fue prohibido ante la posibilidad de quebrarlas, sucediendo en algunas ocasiones, y soportando su furibundo disgusto que traía como complemento su lanzamiento libre de chancla, que en la mayoría de las veces daba en el blanco. Sin espacios riesgosos para la disciplina fútbolera, y asumiendo nuevos comportamientos aprendidos en la escuela, se traslado el juego a la cancha del centro educativo, los parques, y otros escenarios que comúnmente se llamaban peladeros, armando equipos de acuerdo a los afectos con la escogencia predeterminada al “pico-monto”, siendo casi siempre, uno de los últimos escogidos.

Ya en el colegio, mi profesor de educación física aprovechaba las dos canchas que existían de fútbol, llamaba a lista, dividía el grupo en cuatro equipos quedando troncos y calidosos juntos, y se jugaba hora y media seguida, mientras él se sentaba bajo la sombra de un árbol a realizar crucigramas y fumar cigarrillo. Forma de “enseñanza” que fue variando según el profesor de cada grado académico. A la par que se jugaba en el colegio durante el descanso y las clases de deporte, se salía a jugar a una cancha cercana o nos quedábamos hasta que la luz natural no dejaba ver la pelota; potencialmente éramos todos jugadores de fútbol que con el trasegar de nuestro crecimiento fuimos asumiendo otras situaciones que alejaron esa primera intención, ya que muchos nos inscribíamos a equipos juveniles que exigían otros compromisos, y ante todo disciplina, algo que pocos estaban dispuestos a entregar.

Estando en Cali, a alguien se le ocurrió llevarme a un clásico vallecaucano entre América vs Cali, para incentivar mi afición hacia los verdes, para decepción suya, el rojo gano 2-1, y quien escribe, decidió escoger a los “diablos” como su equipo de cabecera. América se convertiría en el equipo más ganador de los ochentas, pero igualmente el que más tristezas trajo con sus tres fallidos intentos en la final de la Copa Libertadores de América, siendo la más recordada aquella que se fue en Santiago de Chile frente al Peñarol de Montevideo. América era uno de los equipos que más invertía, traía jugadores extranjeros y colombianos que en muchos casos fracasaban por su falta de oportunidad, su presupuesto estaba sustentado por los Rodríguez Orejuela, jefes del narcotráfico caleño, y opositores del llamado “cartel de Medellín” que igualmente invertía en el Atlético Nacional, y de un personaje de apellido Gacha dueño del equipo Millonarios de Bogotá; es decir, una década bastante turbulenta en lo concerniente a la corrupción deportiva en el fútbol, algo que no cambia y se mantiene vigente desde las altas esferas, caso concreto nuestra Confederación Suramericana de Fútbol y sus interés marcados hacia la Argentina y Brasil.

Muchos afirman que uno recuerda a partir del primer mundial de fútbol que tuvo oportunidad de ver, y en algunos casos escuchar; sin ser ese el caso particular, pero si así lo fuera, a mi me toco el mundial de España 82 con su mascota “naranjito”, donde Italia fue campeón, tengo presente dos partidos en especial, Argentina vs Brasil, Brasil vs Italia, en el primero, los cariocas ganaron 3-1 y Maradona fue expulsado; en el segundo, Italia gano 3-2 con tripleta del goleador Rossi, vibrante partido que sacaría de la pelea a la considera mejor selección de ese mundial por su juego vistoso, y llevaría a los azules a la semifinal contra la Polonia de Lato. Después del mundial de 1982, el campeonato de 1986 correspondía a Latinoamérica, y Colombia sorpresivamente fue escogida para realizar este mundial, sin embargo, el presidente de la república de turno, Belisario Betancourt, decidió no proseguir con este proyecto por razones de presupuesto, y la sede se le entrego a México, así que a nuestro país le toco jugar la eliminatoria en el grupo de Argentina y Perú -estrenando nuevo uniforme, y dejando para el recuerdo ese blanco con la banda tricolor, y el anaranjado con negro-, clasificando los gauchos de primeros, y nosotros quedando por buen promedio de gol en el repechaje que nos pondría frente a los paraguayos, a la postre ganadores de esta oportunidad. México 86 consagró a los argentinos, y a Maradona como el mejor, su gol frente a los ingleses en cuartos de final sigue considerándose el mejor de la historia. Fiel a la fiebre maradoniana, me convertí en fan del pequeño hombre de gambeta y rapidez de ensueño, compre el álbum de su recorrido deportivo y casi lo lleno; asumí la camiseta rayada como propia para el siguiente mundial de 1990 celebrado en Italia, y que lastimosamente perdieron en la final con Alemania de Matheus, la misma a la que le empatamos en el último minuto con gol de Freddy Eusebio Rincón, y cantamos como si hubiéramos sido campeones, para luego decepcionarnos con el error de Higuita frente a la potencia del camerunés Milla, y volver a la realidad de nuestro fútbol.

Después del fracaso del médico Ochoa con nuestra selección Colombia, y los golpes de pecho del colombo-argentino Navarro Montoya por haber aceptado defender nuestro arco para las eliminatorias de 1986, se vino una renovación total con Maturana de director, quien con éxito en el Atlético Nacional y sus puros criollos, había conseguido la gesta de ser campeón de la Copa Libertadores en una final frente al Olympia de Paraguay desde el lanzamiento del punto de penal, agobiantes minutos de desastrosos cobros de parte y parte, hasta que llegó la puntería de Leonel Álvarez; este grupo, junto con otros jugadores entre los que se encontraban el melenudo Valderrama, escribió una página especial de nuestro fútbol que llegaría hasta el mundial de Francia 1998.
Entre recuerdos incompletos, usted señor lector podrá indagar para completar estos datos ochenteros del balón, cada uno asume sus gustos, sus jugadores, sus alegrías y tristezas, aquellas que seguro, las nuevas generaciones de aficionados están viviendo.

17.12.08

El Día que los Abuelos Bajaron al Pueblo a Fotografiarse


A mamá,
a quien de pronto este escrito
le arrebatara una sonrisa.


Por: Yamid Galindo Cardona

Eran las 4:30 de la mañana cuando el gallo cantó por primera vez, síntoma de levantarse de la cama para las labores diarias que tiene una finca dentro de su hogar en las primeras horas: atizar el fuego para el carbón, moler el maíz trillado ya cocinado desde el día anterior para las arepas, revolver lo que había quedado de la comida para el calentado, poner la aguadepanela para hacer chocolate, y fritar el chicharrón o un huevo; toda una variedad gastronómica de origen antioqueño que debía estar en punto de las siete de la mañana cuando la familia y los trabajadores ya habían tenido su primera jornada. Sin embargo, ese día por ser sábado tenía otras connotaciones, se trabajaba medio día, y se bajaba al pueblo en dirección al granero para comprar café, arroz, frijoles, cigarrillos, parba, la carne de la semana, el periódico trasnochado, y por supuesto, retratarse. Ese día muchas actividades habían quedado a cargo de los mayores de la familia, ya que Mercedes y Rafael emprendieron su camino por la trocha con su ropa de trabajo, y un maleta que albergaba lo mejor de sus vestidos; además como acompañantes unas mulas que llevaban algunos muebles hechos en madera de cedro que él había elaborado por encargo e iba entregar en el pueblo, y otras con algún revuelto de plátano, banano y yuca, que tenían de adorno en las puntas de sus costales cuatro gallinas atravesadas y envueltas en hojas de biao para que no se escaparan, las cuales iban a ser igualmente vendidas; el punto de llegada inicial era Cruce Bar, sitio donde muchos pobladores de la región llegaban y dejaban sus bestias en un potrero acondicionado para los viajantes, y esperaban un vehículo que los transportaran al centro de Buga.

Mercedes Muñoz había nacido en Manizales, hija de Jesús Muñoz quien venía de la zona del Tolima, y Carlina Giraldo, arraigada en la zona cafetera del departamento de Caldas, su unión trajo además cuatro hijos: Pedro, Jesús, Bernardo y Ligia, esta última, única sobreviviente. Rafael Cardona había nacido en Pereira, hijo de Dioclesiano Cardona y Librada Echeverri, quienes tuvieron además a: Roberta, Jova, Juan de Dios, Eduardo y Reynelda, todos fallecidos. Por los sitios de origen que se han relatado en las anteriores líneas, Mercedes y Rafael tenían arraigada fuertemente la cultura paisa dentro de su forma física, modos de vestir, su hablar, y sentir como mujer y hombre comprometidos con sus hijos, y el hogar, carácter particular de la zona antioqueña, algo que seguro algunos de sus hijos asimilaron muy bien dentro de sus relaciones posteriores, y otros no.

Rafael y Mercedes, ya unidos en franca bendición de la iglesia católica, bajo una constitución política consagrada al Sagrado Corazón de Jesús, y bastante conservadora, decidieron unir sus vidas, y trasladarse a la zona vallecaucana que conocemos como colonización antioqueña, y “el otro lado de la banda” -tal como se suele llamar en términos de ubicación con los campesinos-, espacio geográfico contrario, que en este caso sería Buga y su zona montañosa. Allí hicieron vida marital, él consagrado a su oficio de carpintero fino que utilizaba las mejores maderas, liberal por convicción, tomador de café, y lector de periódicos; físicamente de perfil bien pronunciado con bigote espeso, ojos azules, estatura media, y con la costumbre diaria de no calzar sus pies. Ella dedicada como buena mujer de la época, a los cuidados de la casa con su aseo, la comida, el cuidado de un jardín, y la cría de unas gallinas; sus facciones de cara delgada, nariz puntiaguda, ojos claros, larga cabellera, y seriedad contante. Juntos compartieron hasta que la sentencia divina obró tal cual como fue escrita, es decir, la muerte los separo. Juntos construyeron una vida en el espacio rural y urbano, el primero con consecuencias que pusieron en peligro sus vidas al verse inmersos en la violencia política y partidista, en momentos donde los “pájaros” enruanados con machete y pistola abordo, buscaban a liberales por orden de las cabezas del partido conservador, y la bendición de uno que otro cura para sanar el país de tanta inmoralidad, circunstancia que puso a la familia a dormir algunas noches en compañía del cafetal. En ese compartir, la pareja tuvo ocho hijos: Saulon, Jaime, Mariela, Fanny –madre de quien escribe-,Fabio Gustavo, Rosalba, Rafael y Mercedes; algunos ya grandecitos y otros en pleno crecimiento, fueron los que se quedaron ese día sábado que los abuelos bajaron al pueblo a retratarse.

Después de realizar las vueltas en el centro, vender el revuelto y las gallinas, cobrar por los muebles encargados, y almorzar en la galería, Mercedes y Rafael pagaron un lugar donde bañar sus cuerpos y cambiar sus ropas para quedar listos y asistir al gabinete fotográfico. Dirigiéndose al centro de la ciudad entraron tal vez a foto Liner, sitio con mayor reconocimiento en asuntos fotográficos, estando allí, tomaron asiento y esperaron su turno de entrada al amplio cuarto decorado con cortinas de diversos colores, luces, trípodes, y una cámara Zeiss Ikon de fuelle antiguo con placa de vidrio, un lente y un filtro; tras de esta, un distinguido caballero de bata blanca que tenia el control de decorar y ubicar a sus distinguidos clientes, en este caso la pareja bien vestida.

Mercedes recogió y dejo partida su cabellera, ubico en sus orejas aretes circulares; su rostro no maquilló y puso en su cuello un hermoso collar que poseía unos tramos más gruesos que otros, de color perla o blanco; su vestido de talle amplio y largo, medio destapado, llegaba al antebrazo en sus mangas, y debajo de sus rodillas, con tela gruesa y delgada que podría a ver sido seda, terciopelo o satín, y de color negro, verde o morado; acondicionó su vestido con enaguas y medias largas; dejo estirada su mano derecha, y con sus dedos sostuvo un bolso señoritero; calzó unas botas de cuero con tacón, brilladas y de cordones, que se cruzaban con su vestido; y así vestida, ubico su mano izquierda sobre las hojas de una planta. Su compañero Rafael tampoco desentonó para la ocasión, organizó su cabello y bigote; puso en su cuello una pañoleta, tal vez de seda y color roja que le llegaba casi al pecho; de fondo, una camisa blanca y sobre ella un saco de paño ajustado de color café; sus pantalones, subidos más allá de su ombligo y de color negro, estaban ajustados con una correa de cuero acomodada hacia el lado izquierdo; sus pies, quedaron sin calzado, costumbre diaria que ni siquiera un retrato con su amada, merecía proteger.

Vestidos y acomodados frente al ojo fotográfico, el hombre de la cámara adorno el espacio con una mata de largos tallos y hojas, y puso a su lado otra de menor tamaño, tal vez convencido de esconder los pies descalzos de su cliente, algo que pobremente hizo. Puestos en su lugar, los flashes de las bombillas hicieron su efecto sobre el punto de foco, Mercedes y Rafael hicieron su mejor postura, abrieron sus ojos y se entregaron a la eternidad a través de esa foto, que en pleno siglo XXI podemos apreciar sus descendientes.


[1]Un relato que mezcla ficción y realidad.