30.8.14

Descifrando el canon del cine colombiano

Reseña: Pedro Adrián Zuluaga, Cine Colombiano: Cánones y discursos dominantes, Cinemateca Distrital, Idartes, Bogotá, 2013, págs., 114.

 El autor ha desarrollado su vida académica e intelectual como profesor y crítico de cine desde instituciones académicas, y medios de información reconocidos,  como editor de la revista de cine  Kinetoscopio, la revista online Extrabismos, su blog Pajarera del Medio, la coautoría de algunos libros, y el trabajo de editor en otros. Pedro Adrián Zuluaga es el autor del libro Literatura, enfermedad y poder en Colombia: 1896-1935, investigación que hace parte de su maestría en literatura otorgada por la Pontifica Universidad Javeriana, y publicada en el 2012 en la serie “literaturas en debate” por la editorial de dicha universidad. Su desempeño como periodista cultural se destaca e innumerables actividades de curaduría relacionadas al cine colombiano, y a la participación en publicaciones internacionales y nacionales.

El libro hace parte del Concurso Distrital de Investigación sobre Imagen en Movimiento en Colombia del año 2011, otorgado por el Instituto Distrital de las Artes –Idartes- Alcaldía de Bogotá. Ensayo que denota el juicioso trabajo de sistematización desarrollado desde la crítica, con la mirada particular de buscar y encontrar las huellas de los cánones y discursos dominantes del cine colombiano en su irregular cinematografía desde el periodo silente hasta finales del siglo XX. Dos capítulos, y un esbozo final sobre los discursos de nuestras imágenes, son suficientes para entregar al lector un panorama interesante que mezcla teoría literaria, historiografía, crítica cinematográfica, películas, y encuentros y desencuentros del cómo es y ha sido nuestro cine a través de artículos ya clásicos; sumergiéndonos en tiempo y espacio para coser con el hilo del presente la estructura del cine colombiano, y con él las variadas historias que identifican y marcan una comunidad imaginada con los criterios del devenir histórico y social al cual pertenecemos.   

El capitulo 1, Canon, cine colombiano y crítica: consensos y disensos, analiza de entrada el concepto base que atraviesa el ensayo desde el lugar de enunciación de Harold Bloom sobre el “canon occidental” -1995- y las orillas opuestas que se destacan para su interpretación con base en el texto de Rafael Rojas “un banquete canónico” -2000-; interesándole a Zuluaga el “papel de la institución de la crítica y los historiadores”, buscando su objeto de estudio “en ejercicios críticos e historiográficos panorámicos o puntuales, en conformación de muestras y retrospectivas nacionales e internacionales” (p. 25).

Para entrar en el calor de los campos de batalla teóricos y metodológicos, el autor se plantea dos interrogantes: ¿Existe cine colombiano? ¿Existe una crítica de cine colombiano?, preguntas que parecen básicas y con respuestas oportunas a la luz del presente, sin embargo su complejidad es inminente si se carecen de elementos puntuales expresados en la experticia de saber el desarrollo del cine nacional en su contexto histórico, y las diferentes formas de abordarlo desde los oficios académicos, culturales, y sobretodo desde el acto mismo del aficionado o cinéfilo concentrado en no dejar sin observar el último estreno en pantalla, y aquellas obras del pasado que en la actualidad cuentan con una copia restaurada.

La crítica y los críticos del cine colombiano, tema que rememora sobre “el sentir de lo nacional”, se presenta de una forma fluida puntualizando sobre ciertos personajes como Camilo Correa  en los años cuarenta desde la tribuna de El Colombiano en Medellín; los críticos de la revista Guiones y Cinemés en los sesentas; la fundación del Cine club de Colombia en 1949; la triada siempre interesante de los  cincuenta de Gabriel García Márquez, Jorge Gaitán Duran y Hernando Valencia Goelkel, entre otros; textos y autores que cruza Zuluaga para enmarcar las proporciones y abordajes de nuestra cinematografía, escritos que al día de hoy son base para la historia de la crítica de cine en Colombia, bajo los influjos de un contexto particular que podemos identificar en las experiencias y gustos de quienes escribían, y sus posicionamientos ideológicos y políticos en relación a su acción intelectual y pluma de divulgación. 

El entronque de este capitulo son los llamados textos fundacionales, iniciando con el artículo “Secuencia crítica del cine colombiano” de Ramiro Arbeláez y Carlos Mayolo en el número 1 de la revista Ojo al Cine en 1974, y la Historia del Cine colombiano de Hernando Martínez Pardo en 1978; además de otros títulos –pocos- que desarrollan otras fronteras del cine colombiano con “coincidencias programáticas como evidentes discrepancias” (p. 45); entrando en las referencias como centro de análisis, el texto de Alberto Aguirre –La lengua- publicado en la revista Cinemateca con el título “Tan bella como la Loren, tan actriz como la Magnani”, disertación directa a par de libros, uno que entraban al circuito de  historia nacional desde el cine, y otro que se afincaba desde la entrevista a testimonios de catorce directores relevantes y vigentes del periodo, el Reportaje crítico al cine colombiano de Umberto Valverde; interesante polémica que plantea el antioqueño, y que invita a su lectura para encontrar otros caminos en el momento crucial que se daba por las interpretaciones que se socializaban de nuestro cine, lo cual el autor aprovecha para delinear una ruta especial de comprensión y debate de un camino enmarañado en busca del canon.         

  
El capitulo 2, Textos y lugares de enunciación en la invención del cine colombiano, dialoga inicialmente sobre la dispersión de la crítica y la investigación sobre el cine colombiano con referentes directos a marcos teóricos latinoamericanos y anglosajones donde el tema del cine colombiano entra en debate desde las miradas literarias y un tema en particular vinculado a las narraciones de la violencia. El autor logra rápidamente ubicarnos en un balance histórico del cómo se ha escrito la historia del cine en Colombia, con referentes directos de su autoría que se van entrelazando en el vaivén de la reflexión y que tocan techo con dos preguntas centrales: ¿Cuál es el locus de enunciación de algunos de estos envites críticos? ¿Qué historia Otra es posible leer en ellos? ¿Cuáles fueron las condiciones de posibilidad de esta escritura de la historia del cien colombiano? (p. 59), preguntas que se dilucidan escuetamente con referencias directas a marcos teóricos historiográficos de Carlo Ginzburg y Michel de Certeau.

La segunda parte del capitulo entra con las “miradas panorámicas, descalificaciones sumarias” que ha recibido nuestro cine colombiano desde la perspectiva histórica, con la clásica obra de Georges Sadoul y las reflexiones de Carlos Álvarez en la Historia del cine mundial, desde los orígenes hasta nuestros días -1960-, tema que desmenuza Zuluaga para explicar el canon que se instaura en este momento desde las películas que se analizan y se exponen en la practica discursiva que llevan a la invectiva contra ciertas obras que apropiaron otros géneros fílmicos venidos de la tradición norteamericana, lo que en conclusión para el autor, significó una prolongada continuación en la escritura de la historiografía del cine colombiano (pp. 66-67).  
   
El siguiente paso es dedicado al trabajo de Hernando Salcedo Silva y sus Crónicas del cine colombiano 1897-1950 publicado en 1981, y la retrospectiva de cine colombiano realizado en 1971 en la Cinemateca Distrital con la dirección de Isadora de Norden, dos momentos diferentes conectados entre si por representar una serie de temas y obras vinculantes a una esfera cinematográfica inconstante; ciclo que significó la base crítica de otros trabajos ya presentados en está reseña y que concluye acertadamente al anunciar:

…No hay investigación ni historiografía sin la posibilidad de acceder al acervo de películas y sin un espectador que se acerque a otra forma de consumo de imágenes como el que las cinematecas, los cineclubes o las salas de arte y ensayo empezaron a hacer posible, especialmente en las décadas que van entre los cincuenta y los setenta: un consumo especializado y autoconsciente de la tradición (p. 68).               

Cita que encaja con el texto de Arbeláez y Mayolo y sus referencias fílmicas sobre el cine colombiano en la revista del Cine club de Cali en 1974, y que se cruzan con ejemplos que el autor expone en otras líneas en referencias directas vinculantes a ciertas obras y sus acercamientos a géneros como la película de Ciro Durán Aquileo Venganza y el western.

Dos referentes teóricos y estéticos son propuestos como ejemplo del tono en el que la crítica colombiana no se posicionó en el andamiaje de las idas y venidas de nuestro cine, ausencia combativa y programática dice el autor: uno, escrito por François Truffaut venido de Cahiers du Cinema y que sirve para entender la Nueva Ola Francesa, titulado “Una cierta tendencia del cine francés” en 1954; el otro, por Glauber Rocha  en 1963 con el título de “Revisão critica do cinema brasileiro”, documentos que se sumergen en las reflexiones de cinematografías nacionales y sus formas discursivas y artísticas, los cuales podríamos considerar balances desde la escritura que los autores trasladan luego a sus oficios como cineastas, el último caso con su “estética del hambre” en el Cinema Novo.       

Las páginas que devienen de la anterior comparación, presentan la reflexión académica y crítica que sobre ciertas obras del cine colombiano se han presentado en artículos de revistas, balances, libros, y muestras, línea comparativa que posibilita al lector descubrir ciertos síntomas a la hora de abordar nuestro cine en aspectos de exhibición y sobretodo desde temas especiales, notando diferencias u omisiones a títulos donde la participación de críticos, expertos e historiadores es notable y repetida. Por lo tanto Zuluaga arriesga, y asume una hipótesis cruzando factores “como su presencia en los textos críticos, historiográficos y académicos, las posibilidades de acceso a su visualización pública, y su supervivencia en muestras, curadurías y retrospectivas” (p. 89), para entregarnos un listado de películas que corresponden al canon por él dilucidado a través de sus cruces bibliográficos, reflexiones, encuentros y desencuentros con el objeto de estudio, aclarándonos que no es personal, “al contrario parte de lo constatable en la realidad objetiva de los textos y los discursos, y opta por lo restringido contra lo amplio”:

-Bajo el cielo antioqueño (Arturo Acevedo Vallarino, 1925).
 -Alma provinciana (Félix Joaquín Rodríguez, 1926).
-Garras de oro (P.P. Jambrina, 1926).
-La langosta azul (Álvaro Cepeda Zamudio. 1954).
-El río de las tumbas (José María Arzuaga,  1965).
-Chircales ((Marta Rodríguez y Jorge Silva, 1968-1972).
-Camilo, el cura guerrillero (Francisco Norden, 1974).
-Gamín (Ciro Durán, 1977).
-Agarrando pueblo (Luis Ospina y Carlos Mayolo, 1977).
-Canaguaro (Dunav Kuzmanich, 1981).
-Pura sangre (Luis Ospina, 1982).
-Carne de tu carne (Carlos Mayolo, 1983).
-Cóndores no entierran todos los días (Francisco Norden, 1984).
-Rodrigo D. No futuro (Víctor Gaviria, 1990).
-Confesión a Laura (Jaime Osorio, 1990).
-La estrategia del caracol (Sergio Cabrera, 1993).
-La gente de La Universal (Felipe Aljure, 1994).
-La vendedora de rosas (Víctor Gaviria, 1998).

Para el lector desprevenido que no sintoniza con el cine colombiano y desconoce su producción, algunos títulos le serán totalmente ajenos a su acceso como espectador. Escucharemos reclamos, comentarios peyorativos, y finalmente descubriremos que escasamente reconoce tres o cinco cintas de la lista, un consumo mínimo del contexto básico para tener cierto bagaje de reconocimiento, y que sirve para conectar con la conclusión del autor al anunciarnos “que este canon, quizá a pesar de sí mismo, es simétrico a la intención de promover, facilitar o reiterar una mirada esencialista sobre el país, basada en una serie de discursos dominantes” (p.90).

Los esbozos finales sobre los discursos dominantes en el cine colombiano parten de dos interrogantes que Pedro Adrián Zuluaga asume: ¿A quién o quiénes favorece ese canon o quiénes son sus rentistas? ¿Qué tipo de institucionalidad está implicada en su permanencia?, preguntas que desarrolla con conceptos interesantes como geoestética, comunicación intercultural, realismo mágico, comunidad imaginada, canibalismo, y cine político; referencias directas que se entrelazan con algunos títulos, sus puestas en escena, y ante todo el reflejo de un mundo particular en el marco de un contexto local, regional o nacional, allí estamos representados.                   

La importancia de este libro se inscribe en el relevante aporte que hace su autor para explicarnos las intrincados “luchas” del desarrollo de una crítica del cine en Colombia, así como su inconstante historiografía en relación directa con las películas en contextos particulares de nuestra historia, desde la era silente hasta finales del pasado siglo. Es una investigación que se lee de forma amena, valor agregado que se aleja de marcos metodológicos y teóricos dificultosos para una comprensión acertada de sus contenidos, socializando, ubicando, y explicando la que podría ser una bibliografía básica para entender el desarrollo del cine colombiano.  

Por último, el libro entra a formar parte de un necesario corpus de estudio para explicar en dos ejes la historia de cine en Colombia, desde los filmes y los contenidos escritos a través de la crítica y la historiografía, posibilitando reconocer textos canónicos para directamente ir a ellos, leerlos, entenderlos, y reinterpretarlos en la constante búsqueda que hacemos los historiadores del cine para desarrollar pesquisas sobre un tema particular asociado a nuestros intereses particulares que buscan espacios académicos desde la enseñanza y apropiación de nuestras imágenes en movimiento.       


4.8.14

Segundas Jornadas de Cine e Historia

Casa Museo Quinta de Bolívar
XIX Semana Bolivariana / Agosto 6-13 de 2014
Ciclo de cine “Simón Bolívar Superestrella”
Auditorio de la Casa Museo - Entrada gratuita.
Calle 20 # 1E-91 - Bogotá D.C.

La figura de Simón Bolívar ha merecido diversas manifestaciones a través de la literatura y sus corrientes expresadas en la novela, la historia, la poesía o la biografía; en la dramaturgia, con adaptaciones de esas creaciones literarias antes expuestas; igualmente desde tres categorías iconográficas representadas en bustos, estatuas y retratos, que podemos observar en los museos locales, regionales y nacionales, donde por lo “general” encontramos una referencia a su nombre. Ante la capacidad de los seres humanos de entregar a la posteridad la vida de un personaje ilustre que con sus acciones se hizo un lugar en la historia, la creación artística se convierte en uno de sus mejores aliados como guardián de su memoria, posibilitando obras que perduran con el trasegar de los tiempos y que pasan a lo que conocemos como museos, archivos documentales y audiovisuales. Precisamente desde el audiovisual, con sus medios expresados en la cinematografía y la televisión, se le ha dado vida a Simón Bolívar con realizaciones que han alcanzado un relativo éxito en nuestras imágenes en movimiento, series históricas que por lo regular no consiguen una efectiva puesta en escena de los acontecimientos narrados en documentos oficiales con los que se ha construido la vida de este personaje, o porque la visión del guionista y el director trae un sesgo ideológico que quieren permear en la filmación y queda sujeto a criticas de aceptación o reproche.  
  

Llevar a la pantalla personajes históricos siempre ha sido una constante en el cine y la televisión, inclusive algunos por sus agitadas vidas, son constantes con sus diversas versiones y estilos narrativos que en la gran mayoría son adaptaciones de biografías o novelas de ficción histórica, un ejemplo trascendental es Napoleón Bonaparte que tiene su obra clásica dirigida por Abel Gance en 1927, y su reproducción ya sonorizada en 1934, hasta la reciente  N Lo E Napoleone del año 2006.  Simón Bolívar no ha tenido la cantidad de obras dedicadas a su vida, como las ha tenido Bonaparte, sin embargo las pocas producciones que existen, se mueven entre los aciertos y desaciertos que están relacionados con un buen guión, la puesta escena, y el acercamiento histórico, algo que parece imposible en el séptimo arte por el escaso tiempo para narrar una adaptación de lo acontecido en el pasado, apareciendo el concepto de verdad como postulado de debate constante entre los críticos e investigadores de este género. México, Colombia y Venezuela, son los países que han encontrado en su producción cinematográfica un espacio para las versiones del libertador, teniendo en cuenta que las series televisivas son las más acertadas por su división en capítulos, posibilitando ampliar la vida de este personaje. Se debe resaltar los innumerables documentales que existen, los cuales entrarían en otro análisis, porque allí regularmente encontramos a especialistas en el tema que dan sus opiniones sobre lo documentado, complementado con imágenes variadas que involucran pinturas, documentos, películas, series, novelas etc.; solucionando o dándole al espectador diversas ideas de un acontecimiento con las reflexiones de personas que conocen del asunto.      

Por lo tanto, con motivo de la Semana Bolivariana se realizaran las Segundas Jornadas de Cine e Historia dedicadas a la figura histórica del libertador. El programa tendrá una conferencia inaugural, y la exhibición de algunas películas que hacen parte del circuito cinematográfico de la Villa del Cine, adscrita al Ministerio del Poder Popular Para la Comunicación y la Información de la República Bolivariana de Venezuela.

El ciclo titulado: Simón Bolívar Superestrella, hace parte del articulo académico publicado en el libro Héroes y Villanos del Cine Iberoamericano con la coordinación editorial del profesor Jerónimo Rivera Betancur; balance cinematográfico y televisivo que describe y analiza las relaciones del cine con la historia, y las adaptaciones biográficas llevadas al celuloide donde Bolívar se convierte en centro de foco y exhibición.             

Programa
-Miércoles 6 de Agosto.
Conferencia Inaugural -3 pm-
Simón Bolívar Superestrella –Balance cinematográfico y televisivo-
Por: Yamid Galindo Cardona.

-Jueves 7 de Agosto.
Bolívar, el hombre de las dificultades
Director: Luis Alberto Lamata.
Año: 2013.
Venezuela.
Sinopsis: Venezuela está en guerra. El país se encuentra dividido en dos mitades. Hay familias enteras desgajadas en bandos opuestos. Corre el año de 1815 y la Segunda República cae estrepitosamente. El gran derrotado es Simón Bolívar, recién nombrado Libertador, quien sale fugitivo desde Cartagena, con la muerte pisándole los talones. Bolívar llega a Jamaica en medio de las peores dificultades, sin dinero ni amigos. Busca ayuda de otras naciones para liberar a América. Europa le cierra las puertas. El presidente de la rebelde Haití acepta recibirlo y escuchar sus propuestas. Esta noticia le devuelve el ánimo. Lo que ignora es que ya en la isla está listo un complot para asesinarlo. La conjura falla, pero Bolívar se va hacia Haití muy abatido. En Haití los problemas no cesan. Allá llegan los patriotas venezolanos que huyen de la caída Cartagena, dispuestos a bajar del pedestal de jefe al Libertador. En medio de una acalorada asamblea, Bolívar propone liberar a los esclavos para escándalo de muchos, pero será esta propuesta la que cambie los vientos de victoria a su favor. Bolívar zarpa de Haití como comandante de una pequeña pero valiente flota, dispuesta a dar la vida por sus ideales. Se inicia una nueva batalla de las muchas que librará el Hombre de las Dificultades por llevar la libertad a la América hispana (Tomado de:  http://www.bolivarlapelicula.com/) 

-Sábado 9 de Agosto.
Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador
Director: Diego Rízques.
Actores: Beatriz Valdés, Mariano Álvarez. 
Año: 2000.
Sinopsis: La película está contada desde la perspectiva de un joven, Herman Melville, que conoce a Manuela ya anciana, en el puerto peruano de Paita. La narración es un largo flashback en la que la mujer le cuenta al futuro escritor de Moby Dick, su historia de amor con el libertador y las traiciones y desengaños de los primeros años de vida republicana (Tomado de: http://encontrarte.aporrea.org/cartelera/c12488.html).


-Domingo 10 de Agosto.
Bolívar. El Hombre de las Dificultades
Serie Revivamos Nuestra Historia. Dirección general: Eduardo Lemaitre. Libretista: Carlos José Reyes. Actor: Pedro Montoya. Eduardo Lemaitre televisión Colombia, 1980.
Serie muy reconocida en nuestro país, estuvo en el aire desde finales de los años setentas hasta finales de los ochentas del siglo XX.  Dividido en 40 capítulos, fue un repaso amplio con los principales hechos de la vida del libertador desde el nacimiento de Simón Bolívar, en Caracas, el 24 de Julio de 1783 hasta su muerte el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta. Pedro Montoya se hizo celebre con la actuación, su efecto mediático fue tan impactante, que su figura fue aprovechada en diversos asuntos entre los que se encontraban las celebraciones patrióticas, siendo invitado a participar ataviado de los vestidos usados en la serie, impactando a los asistentes en este tipo de actos. Homenajeando los 60 años de la televisión en nuestro país, decidimos presentar está obra que tiene aproximadamente 192 minutos de duración en la Edición Especial Bicentenario producida por FM Entretenimiento.    
     
-Marte 12 de Agosto.
Taita Boves
Director: Luis Alberto Lamata.
Actores: Juvel Vielma, Daniela Alvarado.
Año: 2010.
Sinopsis: Adaptación cinematográfica de la novela "Boves, El Urogallo", de Francisco Herrera Luque, que retrata al enigmático personaje de la historia de Venezuela José Tomás Boves (1782-1814), un militar nacido en Oviedo, España, que participó en la Guerra de Independencia de Venezuela durante la Segunda República a comienzos del siglo XIX. (Tomado de Filmaffinity).



Quedan invitados a un ciclo de obras que hacen del escenario educativo y pedagógico de la Casa Museo Quinta de Bolívar, un lugar para el disfrute de las imágenes en movimiento con sentido histórico. Pensado para el público en general, y valorado significativamente en el proceso interinstitucional de puertas abiertas, y hacía propuestas académicas en el dialogo constante entre diversas manifestaciones del arte, en este caso el audiovisual con la premisa de exhibir filmes que relacionan la historia, la biografía, y la ficción.

¡Que la pasen de película!

Fuente
Yamid Galindo Cardona, Simón Bolívar Superestrella, Un Balance Cinematográfico y Televisivo, En Héroes y Villanos del Cine Iberoamericano, Editorial Trillas, 2012, pp. 64-76.         

29.7.14

Un libro clásico: Historia del Cine colombiano

¿Cuándo un libro se convierte en clásico de una disciplina?

Cuando es referente de nuevos y experimentados investigadores, en este caso desde los estudios del Cine en Colombia con un libro que con el pasar de los años sigue estando vigente, se trata de Historia del Cine Colombiano del maestro Hernando Martínez Pardo publicado en Bogotá por la editorial América Latina en el año 1978.  Cuatro capítulos que nos llevan por una historia llena de datos interesantes, básicos y con la consecuente necesidad de querer ir más allá de lo divulgado, punto alto que se anota el autor porque invita –sin quererlo- al minucioso trabajo de archivo para cotejar, comparar y entregar nuevos resultados al campo disciplinar –de anónimos y notados investigadores-, desde los comienzos del cine en el país a inicios del siglo XX con sus primeros ensayos y medios de producción y exhibición, hasta los procesos vividos en el cine nacional en las décadas del sesenta y setenta, siempre bajo un línea critica que involucra la industria cinematográfica, la critica, los autores, la legislación, la censura etc. Si lugar a duda, un texto de consulta básico e indispensable de revisión constante cuando las temáticas así lo exigen.

Su índice temático nos trae una brevísima introducción titulada “las anécdotas y la historia de las luchas”, donde el autor expone las dificultades, los temas, sus abordajes, y su perspectiva en la obra, inicialmente publicada en la Revista Cuadernos de Cine, y abarcando en su contexto cultural, político, y social el período 1900-1976, en cuatro desiguales capítulos que marcan una importante pauta para reconocer ciertos momentos básicos de nuestra cinematografía nacional:



-Capitulo I: 1900-1928
Los Comienzos.
-Capitulo II: 1929-1946
El Cine Sonoro.
-Capitulo III: 1947-1960
El Encuentro de Tres Tendencias.
-Capitulo IV: 1960-1976      
-Bibliografía.
-Índice de Nombres.
-Índice de Películas y Productoras.

Los inicios del cine en Colombia, las primeras publicaciones, las producciones pioneras, y las rupturas con la realidad nacional, forman un eje temático del primer capitulo para introducirnos en una problemática y emocionante aventura del cuándo, cómo y dónde se presentaron los primeros rasgos distintivos de esa empresa efímera, dificultosa y especial del cinematógrafo.

La segunda parte nos lleva por la tardía aparición del cine sonoro en nuestras tierras, y sus primeros desafortunados ensayos, lo que algunos han sabido llamar en la transición de la tragedia del silencio a la tragedia del sonido, y allí nuevamente la escueta producción; sumándole la distribución, la insípida legislación en los cuarenta, y la crítica; finalmente los encuentros del cine con el poder en sus usos educativos por medio de la cultura popular, y allí, por sus áreas fronterizas, la industria y el público.             

El tercer capítulo expone la producción fílmica que vínculo lo publicitario y turístico; los argumentales más representativos; y aquellas obras que al día de hoy significaron un aporte relevante en la historia del cine colombiano por sus estilos narrativos, lo que Martínez pardo llama “hacia una nueva tendencia”; para terminar con las co-producciones, además de ciertos temas que confluyen en el resto del libro como son la distribución, la exhibición, y la censura.

El último capítulo, con mayor contenido que el resto, recoge el periodo que el autor más conoce como espectador e investigador, presentando a los directores más representativos del momento, y la reflexión que suscito ese nuevo cine en el entorno de la industria: la legislación, los resultados de las cintas, las reflexiones –revistas, críticos, comentaristas, cinematecas, Cine Clubes-, lo inútil, y para finalizar lo que podría esperarse en el futuro, con tres párrafos finales que dejan la impronta de lo que ha sido, es, y será el cine en Colombia –después de mencionar algunos filmes- desde ese momento histórico en el que su publica el libro:

[…] Hablaba de obras cada vez más nacionales. Ese ha sido el eje de la búsqueda iniciada en 1953 y, con mayor sistematización en 1960: el decirle algo al hombre colombiano sobre su medio ambiente, sobre su realidad social y sobe su historia y decírselo de una forma estética que consulte sus gustos, sus formas perceptivas. En esta base me he apoyado para afirmar que la producción ha ido delante de la reflexión teórica, que el cine había resuelto en la práctica problemas que el análisis tendía a esquematizar: la relación entre lo popular y la función social del cine, entre esta y lo comercial, entre arte y metodología científica de investigación.

Pongo el momento clave de la búsqueda en 1953 porque fue con “Gran Obsesión”. “La Langosta Azul”, “Chambú”, “Esta fue mi Vereda” y “El Milagro de la Sal”, donde el cine colombiano dio los primeros pasos al margen de los esquemas extranjeros, italianos y franceses de 1920, mejicanos y argentinos de 1940 y 1950 y entró en competencia con el cine extranjero ofreciéndole al espectador algo que el cine norteamericano o europeo no le podían ofrecer.

La dinámica desatada desde ese momento es la prueba más clara de que el cine colombiano si tiene posibilidades de establecer contacto con su público y por consiguiente de crear las condiciones que ha venido deseando desde principios de siglo: la llegada de capitales, la instalación de infraestructura, la apertura de los canales de distribución existentes y la adecuación de la legislación en desarrollo (p. 458).

Los puntos centrales del autor despiertan diversos análisis en la plataforma de la investigación del cine colombiano, y sus avances en legislación, patrimonio, producción y exhibición; sin lugar a dudas desde el presente, y con nuevas y rigurosas investigaciones que se han realizado a la luz de un pequeño grupo de especialistas académicos, tenemos otras visiones, enfoques, y revisiones del amplio abanico temático que el maestro Hernando Martínez Pardo puso para nosotros en más de setentas años de historias por medio del dato periodístico, las fuentes orales, las películas, los diversos materiales extras,  y su memoria cinéfila.          

Biografía del autor
Hernando Martínez Pardo, Colombia, estudió filosofía en la Universidad Javeriana, Bogotá y posteriormente viajó a Roma a estudiar Cinematografía con énfasis en historia y teoría cinematográficas. Ha sido profesor de cine y televisión en las universidades Javeriana, Jorge Tadeo Lozano, Los Andes, El Rosario, Sergio Arboleda y Nacional. Ha publicado artículos de crítica y teoría en periódicos y revistas y cuenta con un libro sobre La Historia del cine colombiano. Ha escrito varios estudios sobre análisis de televisión y se ha desempeñado como realizador y gerente de programación del canal RCN y de Producciones Punch. (Tomado de Proimágenes Colombia)


Notas

1-      Recuerdo que la primera vez que lo consulté –Historia del Cine Colombiano- lo hice en una biblioteca universitaria, una burda copia deteriorada, y con faltantes de páginas; por lo tanto, alguien que conocía de mis pesquisas me lo prestó, en original y con mucho “cuidado”, ya que era único, invaluable e inconseguible. Sacando una copia respetable que al día de hoy, después de 11 años, todavía conservó en mis “incunables” de edición pirata, la cual con gusto cambiaría por una original en cualquier librería de segunda.       

2-     Con motivo del IV Encuentro de Investigadores en Cine a celebrarse en la ciudad de Medellín, se presentará el jueves 25 de septiembre de 2014, 5: 15 – 6:15Conversación con Hernando Martínez Pardo. Crítico de cine, profesor y autor de “Historia del cine colombiano”.




19.7.14

Ojo al Cine: Revista de crítica cinematográfica -40 años después-


El trabajo de columnista que Andrés Caicedo sostenía en los periódicos de la ciudad donde escribía critica cinematográfica con el titulo de Cine y Filo (titulo acuñado por Guillermo Lemos), y luego Ojo al Cine, sirve de antecedente al folleto publicado y mejor editado que el boletín semanal entregado los sábados en el Teatro San Fernando por el Cine club de Cali[i]. De este primer intento saldrían cinco números entre los meses de mayo de 1971 y septiembre de 1972, el primero publicado sólo por Caicedo, con un total de 16 páginas, los cuatro siguientes serían el trabajo en conjunto de un grupo de estudio. El interés por seguir publicando renace nuevamente cuando Andrés Caicedo llega de los Estados Unidos, ya que la idea de sacar una revista que tenía su primer intento con el folleto trae el impulso necesario:

[...] A Colombia regrese un tanto desilusionado (Hollywood no existía) después de casi un año de pasar trabajos, de mantener un recuerdo de mi tierra magnificado por la distancia. Vine con la idea expresa de editar una revista, y a los cuatro meses ya teníamos en circulación nuestra Ojo al Cine, que fue un éxito de venta y de crítica. Mientras tanto, yo había publicado crítica de cine en Occidente, El Espectador, El País y recién cuando se fundó el diario El Pueblo. Y también en la revista Hablemos de Cine, lo que había sido uno de mis sueños dorados[ii].

Otro de los incentivos vino del ciclo retrospectivo de Cine Colombiano -1950 a 1970-, programado por la  Cinemateca Distrital de Bogotá en el segundo semestre de 1973, lo cual permitió que algunas películas fueran programadas por el Cine club de Cali, iniciando un trabajo crítico por parte de Ramiro Arbeláez y Carlos Mayolo para el primer número de la revista Ojo al Cine. Estaba el contexto propicio para que la reflexión no fuera solamente sobre películas extranjeras, sino sobre nuestras imágenes en movimiento, esas dos cosas se juntaron y lograron escribir la revista con ayuda de algunos colaboradores de afuera, en su mayoría amigos de Andrés Caicedo, se trataba de los españoles Miguel Marías, Ramón Font y Segismundo Molist, reforzados por los peruanos Isaac León Frías y Juan M. Bullita; el teórico de la comunicación social Jesús Martín Barbero, y los colombianos Hernando Salcedo Silva, Jorge Silva, Luís Alberto Álvarez, Marta Rodríguez, Lisandro Duque, Julio Luzardo, Juan Diego Caicedo, Umberto Valverde, Alberto Rodríguez; además de los directores del Cine club de Cali y la colaboración fotográfica de Eduardo Carvajal.



Uno de los objetivos del grupo de redacción de la revista era su periodicidad, pero no fue posible, ya que las publicaciones en Colombia para la época en que se editaba atravesaban por muchas dificultades; los costos eran enormes y es sabido que de las suscripciones y las ventas no se sobrevive, esto lo comprueba que sólo salieran a la luz publica cinco números. La financiación básicamente se dio con el dinero de la taquilla por recaudación de las funciones sabatinas, lo cual desmejoró el presupuesto destinado para el sostenimiento del Cine club y la revista, desde esa perspectiva apunta Arbeláez:

[...] La ayuda se complementaba con las suscripciones a la revista,  con su venta que llegaba a cuentagotas, aunque se vendía bien, recuperar el dinero por distribución era muy difícil. Aunque también la publicidad nos ayudo en algo, pero se  convirtió en algo difícil de conseguir en cada número, en las primeras ediciones hay un entusiasmo especial;  luego la gente que ayuda se va agotando, y ya no te ayudan tres, dos veces, sino una. Entonces es muy difícil de mantener, además nosotros no éramos muy buenos para conseguir esa financiación, nos faltaba tiempo o no teníamos ese espíritu de vendedores, nos faltaba una persona que nos relacionara más con el mundo del cual venía la financiación; en resumen, básicamente la ayuda fue de amigos, y familiares[iii].            

Posterior a los cinco números del folleto Ojo al Cine que sirven de antecedente en cuanto la conformación de un grupo de trabajo editorial, se cristaliza la idea de publicar una revista, acorde a la labor de divulgación que debe cumplir un Cine club. La revista hace parte de toda la ideología que envuelve al Cine club de Cali desde su creación y forma de programar el cine como espectáculo para el público, en esa perspectiva uno de sus directores argumenta:

[...] En esos momentos de ebullición de ideas, de remolino de acontecimientos culturales y políticos que nos tocó vivir, además, iniciando nuestra juventud; en se periodo de aprendizajes es posible que hayamos cometido muchos errores de apreciación, de juicio, de desmesura. Recuerden que estamos en al etapa de la cinefilia y lo que manda en uno es la pasión por el cine. Por eso la escritura, la critica puede verse como un proceso de atenuación de la pasión, de intento de racionalización, y reconozco que es posible que en muchos casos la razón no haya conseguido vencer a la pasión, pero también sé hoy que la mejor respuesta al arte no tiene porque ser necesariamente racional, ya que el arte es también pasión, también emoción, también sentimiento. Recuerdo que una conducta que tratamos de seguir siempre en la revista era la de pedir una buena crítica al que más amara una película, y una mala crítica al que más la odiara, de allí que es muy probable que hubiera excesos[iv].

Unos meses después de salir el primer número de la revista llega la confirmación desde el Ministerio de Gobierno del registro de propiedad intelectual de Ojo al Cine con la resolución Nº 000811 con fecha del 10 de junio de 1975, siendo de carácter cultural, y como propietarios y directores a los señores Andrés Caicedo, Luis Ospina y Ramiro Arbeláez[v]. En la correspondencia recibida por la revista Ojo al Cine, se encuentran telegramas, postales, cartas, suscripciones a revistas internacionales e invitaciones. Inicialmente se observa una internacionalización de la revista; primero, por tener colaboradores extranjeros; segundo, por lo registros que se ubican en diversos sitios de Colombia y el mundo.



La opinión de Arbeláez sobre el efecto de la revista, aclara su función,  anunciando que fue bien recibida en círculos que estudiaban y veían en el cine una opción de trabajo intelectual y académico; la información recibida del común de las personas que participaban del Cine club, era que una publicación especializada de cine en Colombia hacia falta, y aún más si se reflexionaba sobre el cine y sus condiciones de realización:

 [...] De alguna manera puede que haya aportado algo, algún elemento de discusión que en ese momento se estaba llevando acerca del cine colombiano; así el artículo sobre Cine Colombiano hubiera causado en algunas personas cierto rechazo, primero, por el tono un poco sarcástico que se uso, algunas críticas que nos hicieron  tenían razón. Un poco más tarde yo me di cuenta, que en algunas cosas a mí y a Mayolo se nos había ido la mano, un artículo realizado por dos estaba influido de una opinión muy personal sobre ciertas personas y obras, no fuimos muy objetivos, y en eso nos dio mucha madera Hernando Martínez Pardo en su libro Historia del Cine Colombiano. Pardo hizo referencia a las críticas sobre el cine colombiano, sobretodo en lo concerniente a los números 1 y 2.  Umberto Valverde también tiene una reacción frente a ese artículo; pero en general se puede decir que fue bien recibida, es decir, una publicación que hacia falta, un resultado bueno para llenar un vacío evidente, un sitio para reflexionar intensamente y extensamente sobre cine. Había en los diarios columnas, pero no permitían una cierta especialidad y extensión que si lo hacia la revista; cierta conceptualización densa que no permiten los periódicos.
La revista jugo un papel importante en los círculos interesados en analizar nuestro cine, aunque puede que el grueso del publico no fuera tanto, lanzábamos 1000 ejemplares al mercado y a lo mejor 500 de ellos no llegaban a venderse, pero de pronto en ciertos grupos si calo e incentivo nuevos estudios sobre el cine colombiano. De hecho el, el escrito a dos manos con Mayolo, tuvo éxito porque fue citado en muchos estudios posteriores[vi].         

¿Cuál  fue el impacto de la revista, frente al rigor de su contenido y proceso de divulgación? Para la década de los años setenta la novedad de una publicación dedicada al análisis de las imágenes en movimiento, trajo un impacto generacional entre interesados en la temática del cine; para los miembros del cine club, significó una experiencia satisfactoria por trascender en el ámbito  nacional, ya que hicieron del Cine club una entidad tal cual como fue concebida desde sus inicios: exhibidora, educativa y crítica; y para el público que los acompañaba, una forma de acercarse al cine a través de comentarios críticos y diversos documentos de contenido significativo, complementado con una asistencia al Teatro San Fernando, convertido en un espacio público de ritual semanal que involucraba otras actividades paralelas; trascendió al espacio internacional, representado en personas que vivían por fuera de nuestro país, revistas especializadas que adquirieron la ediciones, y algunos centros culturales y universitarios.

Finalmente, influyo en cada una de las personas que participaron del proyecto editorial y de exhibición, para los años siguientes desde la academia y la dirección cinematográfica, un logro de largo aliento que nutrió el espacio audiovisual colombiano con un ejemplo conciso en la Universidad del Valle y su escuela de comunicación social en un proyecto titulado Rostros y Rastros[vii] que al día de hoy se convirtió en un patrimonio fílmico colombiano por retratar una región desde varios matices.


Ver: http://www.patrimoniofilmico.org.co/anterior/docs/ojo_al_cine.pdf



[i]A partir  de la investigación Cine club de Cali, 1971-1979, realizada por el autor de la propuesta.  
[ii]Andrés Caicedo.  El Cuento de mi Vida. Editorial Norma, Bogotá 2007. pp. 28-29
[iii]Ramiro Arbeláez. Fuente Oral, entrevista realizada en la ciudad de Cali, abril 4 de 2002.     
[iv]Ramiro Arbeláez. Revista Ojo al Cine. Una mirada treinta años después. Ponencia: Seminario de Periodismo Cultural “De editores y ediciones”.  Centro Colombo Americano de Medellín, Septiembre 30 de 2005.  
[v]Dccc. Correspondencia recibida Ojo al Cine 1973-1779. Carta del Ministerio de Gobierno sobre Propiedad Intelectual. Bogotá, Junio 10 de 1975. Folio 1. 
[vi]Ramiro Arbeláez. Fuente Oral, entrevista realizada en la ciudad de Cali, abril 4 de 2002.     
[vii]En la actualidad los documentales que hacen parte de la saga de Rostros y Rastros -1988 a 2001-, están en vía de restauración, con una beca del Ministerio de Cultura, ya que era inminente su desaparición si no se tomaban medidas inmediatas en cuanto al tema restaurativo como patrimonio fílmico. De esa etapa participaron personas como Luis Ospina, Juan Fernando Franco, Hernando Carvajal, Guillermo Bejarano, Rafael Quintero, Antonio Dorado, Oscar Campo, y detrás de ellos un número de jóvenes documentalistas que al día de hoy comienzan una nueva etapa desde el largometraje. Sobre el tema ver dos artículos interesantes de  Ramiro Arbeláez y María Fernanda Luna sobre Rostros y Rastros en Cuadernos de Cine Colombiano, nueva época. Cinemateca Distrital Bogotá, 2003.

20.6.14

Nota: 60 años viendo TV en Colombia

La caja mágica televisiva cumple 60 años en nuestro país. La oficina de información y propaganda de la Presidencia de la República, al mando del general Gustavo Rojas Pinilla, la puso a disposición inaugurándola un 13 de junio de 1954 con equipos de transmisión alemanes, y cámaras traídas de Estados Unidos, justo en el primer aniversario del Golpe de Estado, y con la consabida alocución presidencial. El dato hace parte de la historia, mera anécdota que seguro se encuentra en muchos textos que sobre la televisión colombiana se han realizado desde el ámbito académico o simplemente desde las columnas de opinión periodística; lo relevante es su impacto sociológico en la historia de las mentalidades, y su acción en las actividades colectivas e individuales en los entornos privados y hasta públicos de su difusión.

Cada individuo, y su familia, tendrán una experiencia con la forma de llegar a los programas de esos primeros momentos de transmisión en su ciudad, en algunos casos pagando centavos para hacerse acreedor de un espacio en la sala familiar y así ver la afamada puesta en escena de “la llegada del hombre a la luna” en 1969, o la novela de moda que inspiraba “mucho más que amor y lágrimas” como el título de la investigación de Clemencia Rodríguez y María Patricia Téllez sobre La Telenovela en Colombia. También en la retina las conglomeraciones de gentes que en la cotidianidad de una calle se instalan para ver imágenes de un evento -como observamos en el documental Oiga Vea, 1971- tras la vitrina de un almacén, efecto de actualidad constante cuando los logros deportivos se suman a la transmisión en directo.


El impacto del primer televisor en la casa debió significar la entrada a un nuevo escenario, el de la tecnología, y la presentación del “mundo al instante” con el ingreso de un nuevo artefacto que se posiciona en el espacio social de la sala, adorno casi decorativo de status al cual podían acceder pocos a su disfrute con el blanco y negro clásico, y el color especial que le dio más vida. Su tamaño, diseño, y marca, significó calidad garantizada que con el tiempo fue invadiendo otros sitios de la casa, los cuartos y hasta la cocina, mezcla exacta de lagrimeo telenovelero, y picadillo gastronómico con Brasil, Venezuela y México como exponentes mayores de sus culebrones.

Telediarios, comedias, teatro televisivo, series gringas, clásicos infantiles, superhéroes animados, musicales, noticieros, concursos, variedades, programas deportivos, eventos vía satélite, etc.; suman a la gran parrilla que durante mucho tiempo hemos soportado en uno, dos, tres, y hasta más de cincuenta canales en sesenta años. El ejercicio, al igual que en el cine, es revisar en los recuerdos nuestro encuentro con la TV, viaje con el tiempo y espacio que nos mostrará sensaciones especiales de programas televisivos, aquellos que los colombianos podemos ir identificando con la serie de artículos que la prensa nacional ha ido sacando en los últimos días, e inclusive con la serie del canal institucional del Estado.

*Sobre la imagen  

La imagen que acompaña el texto hace parte de la publicidad de la empresa de productos electrónicos japonesa Sharp filial Colombia en los años setentas. El  registro muestra la sesgada idea de la empleada de servicio negra a la orden de una familia en plena reunión para ver el programa favorito del momento. Posibilita entonces usarse como ejemplo de las concepciones sociales que fueron arraigándose en la sociedad colombiana y caleña, sobre el servicio doméstico, y cierto sector de nuestra sociedad vinculada con la raza. Recordar la polémica que suscito en el año 2011 cuando la revista Hola publicó la foto de las damas de la familia Zarzur en Cali con el fondo de dos empleadas negras posando con la porcelana de plata, y un gran título que informa: “Las mujeres más poderosas del Valle del Cauca (Colombia) en la formidable mansión hollywoodiense de Sonia Zarzur, en el Beverly Hills de Cali”.        

11.6.14

Al pueblo nunca le toca

En 1979 Álvaro Salom Becerra escribió Al pueblo nunca le toca, sátira política que recrea la vida de dos personajes antagonistas en las mieles políticas y partidistas durante gran parte del siglo XX. Asalariados de clase media, el uno, Baltazar Riveros, “era alto, magro, moreno, narigón, nervioso, extrovertido, optimista, franco y ateo”, liberal nacido en Une, Provincia de Cáqueza; el otro, Casiano Pardo, “era pequeño, obeso, blanco, chato, calculador, hipócrita, desconfiado, malicioso, enamorado y beato”, conservador engendrado en Choachí.

Para distinguir el talante de nuestros personajes, el autor expone las características típicas de sus personalidades, aquellas que con detenimiento podemos asumir como ordinarias en el sentir de algunos colombianos que se movían al vaivén de sus gustos políticos, mediados por la cotidianidad en la que vivían con referencias directas a la herencia familiar, sus propias dificultades personales y colectivas, y en ellas el contexto del país con sus idas y venidas cada cuatro años cuando a la hora de votar por el candidato predilecto, entendían que poco o nada les correspondía ese voto de confianza.

El Cachiporro:
…Baltazar, como buen liberal, era intolerante, dogmático y arbitrario. Defendía la libertad, pero la que tenían, según él, sus copartidarios para apelar a los godos, y a estos les negaba el derecho al pan y al agua. La justicia, en su concepto, había sido hecha para favorecer a sus correligionarios y perseguir a sus enemigos políticos. Proclamaba la igualdad entre los hombres si los hombres eran liberales, porque los conservadores, en su opinión, pertenecían al reino animal. La fraternidad sólo podía existir, a su juicio, entre los miembros de su partido, porque los del contrario debían ser tratados como bestias feroces. Y en materia social consideraba que el gobierno estaba obligado a suministrarles pan, techo, educación, salud, vestuario y diversiones a los liberales –y sólo a ellos-, a cambio de sus votos. Solía decir que todos los males del país se remediarían y se solucionarían  todos los problemas el día en que el pueblo llegara al poder. Y vivía aferrado a esa esperanza. El ejercicio del sufragio era para él un rito sagrado; se henchía de orgullo y sentía un placer voluptuoso cuando depositaba su voto, porque creía invariablemente que éste significaba una contribución decisiva a la salvación de la República, o sea a la ascensión de las clases populares al gobierno. Conservaba en su casa una bandera roja y asistía, llevándola consigo, a todas las manifestaciones liberales. Y llegaba al orgasmo en el momento en que, haciéndola tremolar, gritaba con todas sus fuerzas: “¡Viva el gran partido liberal!”. “¡Abajo los godos!”.        

El Godo:
…Casiano, como buen conservador, amaba el orden aunque era profundamente desordenado y la tradición aunque nunca pudo saber exactamente en que consistía. Era un celoso defensor del sacrosanto derecho de propiedad (de la ajena porque él jamás tuvo ninguna) y un entusiasta partidario del principio de autoridad, pero aplicado por regímenes conservadores para sostenerse en el poder y alejar de este a los liberales. Su filosofía política estaba resumida en dos fórmulas: “El poder es para poder” y “Cada Alcalde manda en su año”. Abominaba la libertad y la democracia, porque la primera –según decía- degeneraba en el libertinaje y la segunda era una farsa. Calificaba de demagogos y rabacholistas a los políticos de izquierda que le prometían al pueblo mejorar sus condiciones. Votaba rutinariamente en todas las elecciones, pero contrariamente a su amigo Baltazar no se hacia ninguna ilusión de que las cosas cambaran favorablemente con el triunfo de uno, u otro partido. “Gane quien ganare, esto seguirá igual o peor” –decía cada vez que se realzaba un debate electoral-. Y se burlaba de la optimista fe que su amigo personal y enemigo político mantenía en la llegada del pueblo al poder. “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja” –aseguraba con la orgullosa suficiencia de haber pronunciado una frase original-. Escéptico en política, era u creyente convencido en materia religiosa. Cuantas veces sentía hambre y no la podía satisfacer, se consolaba diciendo: “No sólo de pan vive el hombre” y esperaba encontrar en el cielo todos los que el sistema capitalista le había negado en la tierra. Cumplía, a su manera, el precepto de: “Amaos los unos a los otros”, ya que amaba a los unos (que eran los conservadores) como a sí mismo y odiaba a los otros (que, naturalmente, eran los liberales) como el diablo a la cruz. Añoraba las hogueras de la Inquisición para “los rojos descreídos y masones” y su acendrado catolicismo no el impedía violar los Mandamientos de la Ley de Dios, con excepción del 5º y el 7º, ni cometer –con religiosa regularidad- los siete pecados capitales. Eso sí se arrepentía periódicamente de ellos, pues se confesaba y comulgaba todos los primeros viernes. Obviamente los primeros sábados reanudaba sus actividades pecaminosas con renovado entusiasmo, pues pensaba –como la inmensa mayoría de sus copartidarios- que: “El que reza y peca, empata”.        
              

Los personajes centrales de esta historia se encontraran en diversos espacios de la capital bogotana, registrando ciertos sitios representativos –Botella de Oro, El Faisán Dorado, Windsor, Jockey Club, El Automático- y personajes de la vida cultural que en mesas contrarias al calor de un tinto o trago de aguardiente, escuchaban el palique irreconciliable de dos amigos extremos en sus gustos políticos, pero al final de cuentas amigos en sus necesidades básicas. La historia de Colombia se cruza como telón de fondo desde el año 1917, en momentos donde terminaba el gobierno de José Vicente Concha, y la llegada al poder de Marco Fidel Suárez, “teólogo inminente, a quien la circunstancia de no ser hijo legitimo, le había impedido consagrarse exclusivamente al servicio de Dios”.

En cada etapa de la vida nacional representada por los candidatos de turno, y el presidente elegido, el libro nos lleva por algunos acontecimientos que mezclan realidad y ficción con el dato anecdótico del “animal político” que nos administraba. Por ejemplo, para el presidente Miguel Abadía Méndez (1926-1930), “era mucho más importante cazar 100 patos en la laguna de “La Herrera” o hacer una serie de 50 carambolas, que los problemas y las necesidades de sus compatriotas”. El caso del ascenso de los liberales en 1930, y la puya directa al nuevo líder Enrique Olaya Herrera (1930-1934): “Un burócrata de tiempo completo, que no ha soltado la teta del presupuesto en los últimos 20 años, un perrito de todas bodas que, aún desobedeciendo las órdenes del General Herrera y de la Convención de Ibagué, aceptó la Legación de Washington y permaneció en ella durante ocho años, un lacayo servil del imperialismo yanqui que –hace dos años- en la Conferencia de la Habana, defendió la intervención americana en Cuba y Centro América y un campesino boyacense, convertido en aristócrata bogotano, que siente por el pueblo de que tanto hablas un profundo desprecio”. 

El Bogotazo se nos presenta con el afán enfermizo de un liberal desconcertado que entra en el escenario capitalino de la carrera séptima, y su ingreso a la Clínica Central para ver al líder inmolado y empañar su pañuelo con sangre; además los posteriores acontecimientos al convertirse en reo por sospechas de ser uno de los instigadores del desastre urbano, y su desenvolvimiento judicial con ayuda de su patrono banquero.

 Pasan los años: “Las de Lleras y Gómez, en España, habían sido las de que el Frente Nacional se prolongara por espacio de dieciséis años y por ese lapso se prolongó, ya que cuatro millones de ciudadanos entre los que se contaban muchos que ya no lo eran por haber muerto o no lo eran aun por ser menores de edad, refrendaron lo resuelto ya omnímodamente por los dos propietarios del país”. Y entre esos años burocráticos de repartición partidista, tenía que llegar uno al que se le adeudaba el solio de Nariño, Guillermo León Valencia (1962-1966), quien tuvo su “paloma” y “no se tomó jamás la molestia de leer un libro y así lo confesó paladinamente; no poseyó ningún título universitario pero sí numerosos trofeos, escopetas y perros de cacería…; tiene todos nuestros defectos: perezoso, bohemio, mujeriego, irresponsable, fanfarrón”.

En 1970 Misael Pastrana llega para culminar el injerto de los jefes, y con dudas de fraude se posesiona; luego, divididos y enfrentados nuevamente como en otrora, en 1974 “tres casas reales reclamaron sus derechos a la corona: la Casa López, la Casa Gómez y la Casa Rojas, equivalentes a la de Borbón, la de Braganza y la de Habsburgo”; y coronó “el pollo”, quien simbólicamente despellejaron en 1982 cuando quiso repetir ante el candidato que ofreció “casa carro, y beca”.

 Finalmente el autor nos despide con un nuevo representante de la vida pública liberal, Julio Cesar Turbay Ayala, “doctor honoris causa de varias universidades, poseedor indiscutible pero discutible de 7.000 libros, Coronel Honorario de las Fuerzas Armadas; experto en convenciones, manifestaciones, elecciones, transacciones, contemporizaciones y manipulaciones; padrino de 50.000 niños heredo-liberales y compadre –por ende- de sus 100.000 progenitores; dispensador de becas a aquellos y de empleos a éstos; astuto, ladino, habilidoso. Y había llegado resuelto a destruir su fama de hombre débil con actos de autoridad, a “reducir la inmoralidad a sus justas proporciones” y a apuntalar el sistema con fusiles y ametralladoras. Y decidido también a apurar hasta las heces la copa del honor y del placer. Para lograr lo primero, había dictado el Estatuto de Seguridad. Y para conseguir lo segundo, poseído por la “libido imperandi” y por una verdadera locura locomotriz, había viajado desaforadamente dentro y fuera del país, con una copa de champaña en la mano, oyendo himnos y salvas de artillería, dando y recibiendo condecoraciones, profiriendo y escuchando discursos lisonjeros. Y mientras el rey se divertía, habían crecido el hambre, el desempleo, la delincuencia, la mortalidad infantil, el tráfico de drogas heroicas, la inseguridad”.
Decoración de interiores, serigrafía, 1981. Beatriz González. 

Más de sesenta años de vida política son expuestos de forma crítica, divertida, y sarcástica, denotando un acertado conocimiento de la historia del país, lo que posibilita a través de las figuras de Baltazar y Casiano, entender que “al pueblo nuca le toca”, sugestivo título que indica dos momentos especiales de la acción electoral en proporción a un grupo de ciudadanos: los que convencidos en épocas preelectorales confían en que “ahora sí”, vendrán los cambios esperados; y los que decepcionados descubren que “todo sigue igual” sin importar el color político y el personaje de turno.

Tenemos un libro interesante que sirve de ejemplo para el presente que vivimos con la actual contienda electoral: lleno de políticos, lagartos, ciudadanos del común, delincuentes, violencia, y familias colombianas que parecen invisibles pero se notan en los intríngulis de diversos mensajes que el escritor inteligentemente pone para ser descubiertos, y analizarlos en los entornos de nuestro presente.                                    

*Álvaro Salom Becerra (1922-1987, Bogotá). Magistrado, diplomático, Periodista, y escritor. Otros títulos: Un tal Bernabé Bernal, Don Simeón Torrente ha dejado de... deber; El delfín, y Un ocaso en el cenit: Álzate Avendaño.