17.5.22

Las vías cinéfilas y sus cruces

Desde sus inicios, el proceso creativo en el cine fue creando ciertos hábitos en las formas de ver y apreciar los contenidos resultantes en los espacios de exhibición destinados para este encuentro. Autores, escuelas, obras, movimientos, vanguardias, y, un lago etcétera, fueron nutriendo la “avidez” por configurar la figura de los cinéfilos en la estructura de conocimiento y la marca de unos referentes; ejemplo de esta situación formadora de públicos, es la Historia de un romance exagerado, complemento que Vicente Monroy pone en su libro Contra la Cinefilia.

El texto es un recorrido que posiciona obras críticas del acontecer cinematográfico con referencias a filmes, algunas vivencias del autor, y las posibilidades que van desencadenado manifestaciones escritas en torno al pensamiento de esa pasión por el cine y sus resultados ante las estructuras humanistas que lo vinculan. Sin duda, un cumulo de referentes bibliográficos que pueden ser interpretados como la base que sostiene un discurso paralelo de las formas y los medios de ver cine en diversos momentos de nuestras vidas.

Cada sección esta titulada con una frase resultado de una acción registrada, por ejemplo, Ciudadano Kane no es cine, parte de la reflexión que hacía Jean-Paul Sartre del estreno de la cinta de Orson Wells en parís durante el año 1946; dato certero que se cohesiona con el tema de la censura y las sentencias resultantes de razonamientos dirigidos a una negación del cine como arte y espectáculo, pero ante la pregunta que se hace Monroy ¿Qué significaba ser cinéfilo? Tenemos una de varias respuestas: “El cinéfilo es un espectador que organiza la propia vida alrededor de las películas. No se conforma con amar el cine, sino que lo convierte en su manera de ser” (p.14).

El segundo capítulo, Enfermar de cine, condiciona los augurios mortuorios en la agitada y corta representación del mundo como lo es el cine dentro de su recurrencia como arte; a las experiencias postfílmicas, y las relaciones psicológicas y de salubridad que resultan, ejemplificado con el caso del escritor Phillip Lopate, concluyendo: “No se trataba únicamente de un desencanto derivado de la influencia de las imágenes. La peregrinación, el encierro constante en la sala de cine y la individualidad del acto de observación creaban una separación física entre el mundo y él” (p. 35).

A Gillez Deleuze, se le debe el título de la tercera parte: Cine es el nombre del mundo. Significativo en su desarrollo teórico e histórico en su objetivo de analizar la imagen cinematográfica y su antecedente inmediato, la fotografía; a referentes directos a la imagen en sus “cualidades mecánicas y místicas”; al detalle como pasión de la vista que es descubierto y atesorado en la memoria viva del cinéfilo; al engaño y la pasión por ver en el cine una “máquina del declive de nuestras sociedades”; al debate del carácter nocivo del lenguaje cinematográfico y sus conexiones con el movimiento Me Too del año 2017, esto último con algo de autocrítica del autor con referentes directos al cine clásico y lecturas usadas para la composición de este libro.


Utilizando la anécdota de Plinio el Viejo publicada en su libro “Naturalis historia, entramos al capítulo titulado La trampa de Parrasio, telón que sirve para posicionar dos formas de accionar el dispositivo en los modos de ver o esperar que el cine nos impacte o transforme: quienes están en la onda de la cartelera y  sus constantes formulas discursivas y mediáticas; y aquellos inmersos en la cinefilia que van por más y escogen ciertas obras para dilucidar otros asuntos enfocados con la crítica y la obra de un cineasta en la revista Cahiers du Cinéma. Resaltando este acápite: “Frente a la ligereza de esta visión hegemónica, el cinéfilo se caracteriza por ahondar en la materia y los mecanismos cinematográficos, prestando una atención especial a las cualidades propias del medio y a su influencia a distintas escalas. Entiende el mundo de la pantalla como un sistema complejo donde lo elemental y lo formal aparecen íntimamente entrelazados, afectándose mutuamente. Su centro de atención oscila entre lo profílmico, es decir, lo que capta la cámara (personajes, escenarios, diálogos, detalles inesperados), y lo fílmico (la forma en que se capta)” (p. 67).  

Cuando se refiere a El programa emancipatorio de la cinefilia, el autor pone el acento sobre las formas en que se va posicionando el cine como objeto de estudio ante sí mismo, el arte, y “tal vez” algunas disciplinas en las que se fue reinterpretando como estética, praxis, y lenguaje; con una sentencia algo “lapidaria” que podría ser desmitificada en estos tiempos de ignorancia audiovisual visiblemente observada  en la enseñanza, por ejemplo, de la Historia del Cine, al afirmar que “la cultura cinéfila no le debe mucho a la Academia, e incluso se puede pensar que avanza en su contra” (p. 97).

La experiencia cinéfila en El final del amor, antecede el último capítulo del libro que Vicente Monroy conectó a través de su doble experticia como lector y cinéfilo. El cambio en las formas y los medios en la función de ver las imágenes en movimiento, también es reseñado: “Las películas ya no se contemplan, ahora se consumen. El nuevo estado de las imágenes reduce al cinéfilo a vagar como un fantasma de otra época por un mundo que ya no le pertenece. La sensación de tenerlo todo al alcance de la mano es una trampa. La experiencia cinéfila no se ve estrictamente favorecida por la proximidad de las películas, en la medida en que, al tiempo que fortalece las líneas de estudio y análisis, también dificulta la construcción de una biografía íntima como espectador, que es tan importante o más que las propias películas” (p. 113).

Roland Barthes es el autor escogido para que una de sus frases sea el título de cierre: Salir de cine. Un balance que nos lleva a otras imágenes, posibilidades, y diálogos, a disertaciones postfílmicas “como una desconexión entre los asuntos del cine y los asuntos de mi propia vida” (p.128). Acción en sentido crítico y anecdótico que Monroy propicia con algo de escepticismo y nostalgia en el ejercicio de memoria que como línea narrativa sobresale en algunos apartes.

Para cerrar, estamos ante un libro que nos redescubre ante el tiempo y el espacio en ese juego de palabras tan citadas con otros escenarios de análisis y discusión: “Todos son, o han sido cinéfilos, hasta que se demuestre lo contrario”.     

*Vicente Monroy. Contra la cinefilia. Historia de un romance exagerado. Editorial Clave intelectual. Madrid, 2020.


16.3.22

Cinefilia vaticana desde la mirada de Román Gubern

Relatar una experiencia, desde el ámbito académico, denota en una obligación dentro de los espacios de representación de una actividad como lo es la disciplina histórica; el ejemplo viene de la reseña que exponemos derivada de las anotaciones de Román Gubern ante una actividad encomendada para justificar una serie de películas bajo “el paraguas” de unos temas específicos.   

En su prólogo, Esteve Riambau deja entrever que el libro es una mezcla de satisfacción y decepción sobre las experiencias vividas por el historiador en su encargo académico de potenciar una discusión en torno al cine, sus primeros cien años y, sus connotaciones religiosas en la santa sede. En su preludio habanero del año 1990, durante el congreso de la Federación Internacional de Archivos de Films, Gubern conoce al sacerdote catalán Enrique Planas, director de la Filmoteca Vaticana, principio narrativo que desembocará en las acciones que el autor va ampliando en su secuencia de acontecimientos.

La segunda parte titulada Roma, peligro de caminantes, nos explica su llegada al Instituto Cervantes con sede en la capital italiana, poniéndolo de nuevo con Planas -esta vez ante el teléfono-, informándole sobre la creación de una comisión para celebrar el centenario del cine, y a la cual extendía su invitación:

[…] En nuestro almuerzo Planas me explicó que su Filmoteca se había fundado en 1959 a raíz del hallazgo de un documental en el que aparecía el papa León XIII paseando por los jardines vaticanos. Como este pontífice falleció en 1903, el documento, conservado en el vulnerable nitrato de celulosa utilizado en su época, tenía un indudable valor arqueológico y se procedió a su restauración, de modo que, bajo el pontificado de Juan XXIII, se creó la Filmoteca Vaticana, que pasaría a depender del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales (p. 19).

Estas conexiones iniciales van posicionando de forma efectiva un discurso cargado de referentes cinematográficos llevados en conjunción con el espacio de una ciudad, sus aconteceres y disputas en el marco de la historia de una sociedad, unos personajes, y sus intríngulis.      

En su tercera parte, Controversias doctrinales, parte de una sentencia: “Las relaciones del cristianismo con la cultura de la imagen padecieron durante siglos complicadas turbulencias”, un acto introductorio que nos deja en las siguientes páginas las posibilidades de reconocer primariamente los encuentros y desencuentros entre el arte, la “visión de un mundo”, y la religión. Sumando a las imágenes en movimiento en sus inicios con lo que titula la emergencia del cine religioso, y la llegada de las denominadas “pasiones escenificadas”, una apuesta por el público católico que fue coaptado por las posibilidades narrativas que traería este nuevo dispositivo de la modernidad:

[…] Las versiones cinematográficas de la Pasión de Cristo, que solían exhibirse con la narración oral de un comentarista en la sala, ofrecían varias ventajas comerciales y sociales. La primera radicaba en la popularidad universal del tema en la cultura occidental; la segunda, en que no exigía el pago de derechos de autor, y la tercera en la existencia de abundantes  modelos iconográficos previos, que servían como referencia para la escenografía, así como para la apariencia física de los personajes, su vestuario, su maquillaje y su gestualidad. La cuarta, derivada de las anteriores, permitía elipsis y versiones abreviadas o de longitud variables perfectamente comprensibles para el público y de precios acomodados a la capacidad económica de cada exhibidor, según fuera la longitud elegida (pp. 37-38).      

Gubern nos expone algunas versiones, sus productoras, directores, y las posibilidades que aparecían en el entramado del exhibidor y el consumidor, incluyendo la reflexión de Noël Burch quien afirmó que este género en su estado primitivo, fundó el principio de linealidad narrativa del cine. Pero otro momento llegaría en la forma de asumir el cine desde sus valores pedagógicos, el caso del papa Pío X en su pontificado (1903-1914), quien no gustaba del cine, prohibiendo en 1913 el uso de este arte en la enseñanza religiosa, y la frivolidad, según él, de los temas sagrados ante el lienzo:

[…] La aversión de Pío X hacía el cine –que se  completó con su descalificación del lujuriosos baile del tango, cuya moda se expandía velozmente en aquellos años- se basaba en varios razonamientos que se encuadran perfectamente en su radical neofobia. Por una parte, las películas solían exhibir sugestivas escenas pasionales que excitaban  a los espectadores, víctimas de impactos emocionales que se imponían a su razonamiento, desarmando su sentido crítico y sus defensas morales. Y, además, ese espectáculo visual congregaba en una sala oscura a hombres y mujeres mezclados y rozando sus cuerpos (p. 42).

Otra conexión hace el autor dirigido a la censura latente en el campo de la representación de la historia sagrada y en esta las pasiones o el génesis dentro del protestantismo que derivaron en “que los pretextos bíblicos sirven para dar cobertura a un erotismo legitimado, que tendrá su apogeo en la filmografía de Cecil B. DeMille” (p.43), en este caso con su obra Rey de reyes del año 1927. Película ampliamente explicada por Gubern junto a otro estudio de caso, el Christus -1916- del conde Giulio Cesare Antamoro.


En el acápite La comisión pontificia organizadora del cine, presenta los pormenores de la entrada de “un cinéfilo en el vaticano”, su encuentro con el arzobispo John P. Foley, y demás personajes que discutirían sobre las obras a resignificar como valiosas en el entramado de los códigos religiosos de la institución romana; reafirmando que “en 1995 el cine seguía siendo, sobre todo, además de un vehículo de entretenimiento y de cultura, un arma de persuasión, a veces con sutileza subliminal, y esto tampoco había cambiado mucho desde los días del cine mudo” (p. 71). Ante esta afirmación, Gubern expone el documento encomendado guiado a las relaciones entre el cine y la universidad, especificando de entrada su extensión y heterogeneidad como disciplina académica o como instrumento didáctico, industria cultural e influjo interdisciplinar en función de una valoración ética y humanística, valor agregado que seguramente era el que buscaba la comisión centenaria del cine desde los ojos vigilantes de su oficina de comunicaciones:

[…] las variaciones en la representación en la pantalla de sujetos de diversas etnias (el indio, el negro), clases sociales (esclavos, obreros burgueses) o instituciones (militares, sacerdotes), por no mencionar a individuos célebres (Napoleón, Jesucristo, Espartaco, Dreyfus, Gerónimo), evidencian las mutaciones ideológicas y de valores dominantes en cada contexto social y en cada época, de gran productividad para los estudiosos de historia, de psicología y de las mentalidades. Pues cuando se afirma que el cine es un reflejo de la realidad (basado en sistemas de reproducción de tanto prestigio autentificador como la fotografía en movimiento y la grabación del sonido) debe añadirse que la realidad ofrecida a la cámara es una realidad construida, elaborada, manipulada o estilizada por los guionistas, los realizadores y todos los técnicos que generan la pseudorrealidad ofrecida al objetivo y a la emulsión fotográfica (p. 75).    

Sobre el punto de “figuras celebres” -relata el historiador-, va recibir del prelado Foley una crítica socarrona y directa a la inclusión de Jesucristo; tema espinoso junto a la elaboración del listado de “películas ejemplares” dirigidas a la población mundial católica y sus espacios de visualización, que de entrada era criticada por su clara mirada eurocentrista. Ante la aclaración, expone su listado de obras fílmicas bajo el amparo de tener “valores espirituales”, explicación que brevemente entrega partiendo de las creencias que los autores de esas películas habían expresado durante sus vidas; agregando que, ante el listado preliminar consensuado, hacían falta cineastas protestantes como Bergman y Dreyer, budistas o sintoístas como Mizoguchi u Ozu, e inclusive islamistas, lo que llevó a una decisión de redefinir en dos categorías la cinefilia universal resultante de tan egregia comisión: películas del orden católico, y cine con valores espirituales o morales genéricos. Derivando finalmente en su presentación en octubre de 1995 -durante un acto público en los Ángeles- en tres criterios dirigidos a los valores religiosos, valores sociales, y valores artísticos (pp. 80-84).

La quinta parte de este revelador libro, destaca los tres listados entregados por el Vaticano en 1995 ante la celebración del “tragaluz del infinito” representado en el cine, explicados brevemente, y con la certera conclusión que nos anuncia: “Y, en el conjunto de las tres listas, debo admitir que solo aparece un título de la relación que presenté a la comisión en diciembre de 1994: La strada, de Federico Fellini” (p.107).       

El último capítulo refleja el momento de adultez intelectual del autor en función de hilar ciertos recuerdos una vez pasado el periplo fílmico del Vaticano, y su llegada a otros espacios, otras formas, y otros medios, siempre en función de la recordación, los referentes, y los amigos.

 *Román Gubern, Un cinéfilo en el Vaticano, Editorial Anagrama, Barcelona, 2020

20.11.21

Reseña: “Máquinas de visión y espíritu de indios” -Seis ensayos de antropología visual-

Pablo Mora Calderón. Proyecto de Investigación Tecnologías y Ancestralidad. Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de las Artes –Idartes-, 2018.

En la introducción, debemos pensarnos una imagen que la acompaña como detonador del pasado en función de la “mirada” y el trazo del dibujante que recoge la visión de un mundo, nos referimos al “fragmento de la portada monumental de la tercera parte de los -Grandes viajes- relativos al Nuevo Mundo”, del año 1590; contrastado por lo que el autor llama “imaginario delirante y xenófobo” en comparación a la imagen del fotógrafo Juan Pablo Gutierrez con una foto del año 2013 que sirve para la portada de este libro titulada “Niño nunak de la selva del Guaviare”.

Pablo Mora, a través de los conceptos visualidad e indianidad, desarrolla un ejercicio de investigación que recorre “imágenes, actitudes y acciones”, expuestas en seis partes definidas en lo que podemos considerar un ejercicio de representación antropológica que involucra el cruce de diversas fuentes, así como el trabajo de campo que es notorio al hilar los conductos narrativos que posiciona críticamente los escenarios expuestos en estas comunidades. Así, el autor propone posibilidades de análisis en el esquema de entender esas máquinas de visión y la espiritualidad que tradicionalmente los ha posicionado en: lo que vemos; lo que nos mira; dispositivos audiovisuales en clave indígena; viejos y nuevos estereotipos indianos; artistas de indios y arte indígena; finalmente, paisajes urbanos en la visualidad indígena.         

Esta secuencia de títulos tiene un soporte teórico significativo que ubica activamente otros conceptos y sus respectivos autores, por ejemplo, al citar el texto Pueblos expuestos, pueblos figurantes (2014) de Didi-Huberman, y la pregunta ¿Qué hacer para que los pueblos se expongan a sí mismos y no a su desaparición? Anota:

Plantear esta cuestión significa preguntarse por el desplazamiento que ha ocurrido en los últimos treinta años, cuando un extendido movimiento de pueblos originarios de América proclamó el derecho a la creación y recreación de imágenes propias. Su reivindicación a acceder y apropiar las nuevas tecnologías audiovisuales, su voluntad de controlar la representación audiovisual que otros hacen y de potenciar formas ancestrales de autorrepresentación, la exigencia de que las imágenes les sean devueltas, la consigna de construir producción propia y redes de intercambio determinaron la construcción de una agenda continental que tiene en común la fuerza de la  resistencia y a la autodeterminación [...] Desde entonces la producción creciente de imágenes indígenas ha exacerbado la crisis de la representación occidental y ha amplificado la presencia indígena en la arena de las nuevas  utopías y de los deseos emancipatorios en cuestiones de soberanía, ciudadanía, modelos de desarrollo económico y políticas culturales y de comunicación (p. 19).            

Al escuchar a Mora, en medio de la exposición del programa inaugural de la Cinemateca de Bogotá en el año 2019, y exponer magistralmente su visión del mundo antropológico en los conceptos inicialmente citados, pudimos descubrir que a través de  sus textos nos adentramos en un proceso de entendimiento visual y audiovisual con diversas posibilidades de análisis en conexión a ejemplos desconocidos y, algunos que hacen parte de la cultura popular, entendiendo y asimilando que poco conocemos o analizamos las formas como hemos asumido esa visión del mundo dirigida a las poblaciones indígenas colombianas y su cosmovisión; por lo tanto, este resultado investigativo nos aporta la posibilidad de reconocer métodos, problemas, y formas en que se reconoce al otro por medio de las tecnologías involucradas con la “reproductibilidad técnica” de la imagen, y es estas su uso y abuso desmedido en pro y contra de quienes subsisten como parte de estas.    

Sin lugar a dudas, es una investigación que nos aporta acciones educativas para intervenir nuestros “aparatos discusivos” ante el escenario académico dispuesto a las otras historias, libro donde escritura e imagen confluyen en la edición, valor agregado para la lectura y el cuidado que hacemos para activar otros estados de reconocimiento.       

13.11.21

Reseña: “Ricardo Rendón una fuente para la historia de la opinión pública”

 Germán Colmenares. Obra completa.Universidad del Valle, Banco de la República, Colciencias Tercer Mundo Editores, 1998.  

La primera edición de este libro se publicó en el año 1984, luego, ocho años después del fallecimiento del profesor German Colmenares, y la compilación de su obra completa, se reedito manteniendo la esencia que lo posiciona en su título y contexto hacía la figura de un caricaturista y sus referencias graficas de crítica al establecimiento político dimensionado en las administraciones del partido conservador y las relaciones con sus contradictores o aliados del partido liberal según el momento e intereses. En la “nota de los editores” se informa que “las fotografías fueron tomadas directamente de los diarios La República, El Espectador, y El Tiempo, pertenecientes a la colección de la Biblioteca Nacional”.

Una pregunta que atraviesa tal vez la obra y que su autor posiciona en la introducción es ¿Por qué dar entonces a estas caricaturas el valor de una fuente histórica? Porque a la luz de los tiempos transcurridos, las fuentes consultadas y el uso trasformador que trae la apuesta por “una visión particular que conlleva a una interpretación sesgada” es que se va fomentando en el púbico una fuente de opinión que posibilita rápidamente entender un hecho crítico ante los asuntos del país y sus administradores políticos. Ventaja de casi cien años es ver en el pasado la lectura de las representaciones de los gobiernos de ese período teniendo en cuenta el dibujo cáustico que deliberadamente enviaba un mensaje contundente.   

Anota Colmenares: “Como fuente histórica que refleja los altibajos de una opinión pública, las caricaturas de Rendón presentan un doble problema de interpretación. El más obvio obedece al hecho de que la mayoría de las veces aluden a un incidente más o menos oscuro o al de que están inscritas en un contexto de circunstancia que debía ser familiar para un lector de periódicos de la época o de alguien que estuviera al corriente de la comidilla política” (p. x); es decir, no todos tenían la posibilidad de acceder al diario de los acontecimientos y a la comprensión de una idea dirigida al intríngulis del poder. El otro problema al que hace mención, y tal vez, más importante para conectarse con el libro y, su disposición temática, resalta:

[…] Si cada caricatura se refiere a una anécdota, el conjunto no constituye una mera sucesión de anécdotas. En materias políticas, las caricaturas se atienen una línea editorial del periódico en el que aparecieron. En todos los casos aprecian en la primera página, como para subrayar la importancia del comentario del maestro Rendón. Reflejaban una oposición irreductible a los gobiernos conservadores, ya fuera desde el punto de vista republicano, ya fuera desde el punto de vista liberal. Rendón podía escoger, sin embargo, entre una multitud de incidentes. Esta elección ni siquiera recaía siempre en noticias de primera plana. Muchas veces retrataba incidentes secundarios que, como el revés de un tapiz, eran capaces de revelar el trajo primigenio del tejido social. ¿Cómo entonces, a partir de anécdotas reconstruir una línea narrativa coherente si no una historia más profunda? Una observación atenta descubre en la elección de incidentes por parte de Rendón como un oficio o la punta de un telón que se levanta para observar lo que se esconde a los ojos de los espectadores, bambalinas y tramoyas (p. x). 

Diez capítulos conforman la estructura temática que nos propone su autor: la política liberal; la política conservadora; la oposición al régimen conservador; el tratado de 1914 y sus consecuencias; la cuestión petrolera; los problemas financieros; las obras públicas; los conflictos sociales; la iglesia; periódicos, periodistas y letrados. El hilo conductor de esta acción narrativa de sumar el hecho que la caricatura representa, más la experticia histórica sobre el tiempo y espacio en que sucede cada situación en Colombia, nos va llevando por una narrativa que condiciona el texto y la referencia que se cita de Rendón del número de caricatura rotulada, llegando a 798, por ejemplo:

[…] Se acusaba al régimen del señor Suárez de una ausencia absoluta de sensibilidad para las críticas de la oposición [275]. Y si el ejecutivo mostraba una propensión a las manipulaciones secretas, el Congreso, con mayorías conservadoras, era la expresión de esos manejos y componendas de intereses en la provincia [276]. Los senadores Tascón y Olaya Herrera acusaban al gobierno de ejercer censura telegráfica sobre comunicaciones antiospinistas procedentes del cauca [277-279].    

Este libro y su contenido como parte de una estrategia de posicionar la caricatura como fuente de investigación histórica, es revelador en su estructura narrativa y posibilidades de interpretación como ejemplo para asumir caricaturistas del tiempo presente en retrospectiva de sus intervenciones con las diversas estructuras del Estado. Los acontecimientos, personajes, y debates de este país, suman incontables momentos en contexto de una prensa acomodada a los intereses del vaivén de sus gobernantes -en algunos casos-, y de aquellos nuevos medios y su amplio abanico de representación que juega en otros escenarios.

Ricardo Rendón y su caricatura, una fuente para la historia de la opinión pública que es vigente y directa para ubicar en el pasado a través de sus posiciones, el mundo y país que pasaba de esos ecos decimonónicos, a la “modernidad” traída a rieles de una tradición conservadora con visos de posturas un poco liberales, toda una contradicción.                                        

6.11.21

Noventa años sin Ricardo Rendón a través de un libro

Una visita a la otrora Librería Atenas en Cali -a la caza de joyas llamadas libros usados o viejos-, puso en mis manos un libro titulado Rendón, cuya portada representa un óleo de Horacio Longas titulado “Luis Tejada, León De Greiff y Ricardo Rendón”, tres representantes de la Revista Panida de Medellín. Publicado en septiembre de 1976, el libro se encarga de recopilar “la parte sustancial de la obra del maestro”, sumándole una serie de textos de “amigos” políticos, junto a una noticia biográfica y testimonios de ensayos ya publicados por lo que llaman “figuras del pensamiento colombiano”. Su creación grafica es expuesta y clasificada en primer orden por dibujos, acuarelas y postales; el álbum de las cajetillas; el jardín zoológico; dibujo comercial con el famoso diseño para la cajetilla del cigarrillo Piel Roja; personajes contemporáneos o famosos; finalmente las caricaturas.         

Esta publicación se convierte en objeto de revisión al celebrar los 90 años de la muerte del artista, motivo para releer y escoger un texto para su reproducción con el sentir de alguien que lo conoció y plasmó bajo la escritura de sensaciones que solo nacen de las vivencias y cotidianidad donde el acontecer nacional es pieza clave:

Despedida a Rendón

Por: Jaime Becerra Parra.

Bogotá, 1931.

La muerte de Ricardo Rendón nos impone el deber de ser valerosos. Ahora, mientras la noche cierra sobre esta casa que fue la suya, el cuerpo del artista se enfría bajos las sabanas. La muerte serenó su sonrisa, distendió un halo de bondad sobre los párpados caídos. Frente al cadáver una viejecita solloza. Es la madre de Ricardo Rendón que nota acierta a entender su tragedia.

No seremos nosotros quienes pretendan explicársela. Ricardo murió de un acceso de lógica. La mano firme, labrada por una fiebre de veinte años, empuñó la pistola con la pericia con que esgrimiera el lápiz. Él, el genio satírico más vigoroso de media América, se defendió a pistoletazos contra la vida, temeroso de morir en caricatura.    

Para comprender el acervo episodio precisa haber conocido al hombre. Fue un revolucionario en tono menor. Nunca quiso entender la vida sino como un milagroso espectáculo. En él se recrearon los ojos picarescos, tendidos como un berbiquí sobre la fraudulenta solemnidad de los hombres y de las cosas. Esa concepción diagonal del mundo, esa habilidad para desdeñar el orden burgués, implica un gravamen terrible sobre la fisiología del artista. Su creación es una autofagia: se nutre de carne.

Estas cosas no las entienden los apacibles ciudadanos de la República democrática. Generalmente se acepta al genio como una adición de talento, de equilibrio y de buen sentido. Nada más falso y más inocente. Meted al artista dentro de un ambiente de égloga y se morirá y se morirá de disnea. Su labor no podrá realizarse sino a un precio de tortura y de estrago, en la oxidación paulatina de las nociones y de las sensaciones fundamentales.

Ni en el dinero, ni en la sastrería, ni en la higiene, reposan los estímulos para el poeta, para el compositor, para el dibujante. Muchos quisieron para Ricardo Rendón una casa nueva, muebles americanos, sustanciosos saldos bancarios. Era la forma populachera del homenaje. Entre tanto, insensible al confort y al sistema métrico, con su corbata indócil y su exuberante chambergo negro, alimentando su sonrisa con sangre, Rendón paseó su genio por los penumbrosos rincones donde el hombre se encuentra consigo mismo.

Fue un bohemio en el sentido nihilista de la palabra. No fue uno de esos gozadores báquicos de la vida que acaparan el goce con criterio de ganaderos, sino un despilfarrador de centellas, un malversador de tesoros. Fue león De Greiff quien le dijo su filosofía: “Todo no vale nada y el resto vale menos…”

Los amigos de Ricardo Rendón tenemos un deber que cumplir, y es el de no falsear su carácter. No pretendemos santificarlo mediante la hipócrita letanía, acumulando sobre él las caseras virtudes que hicieron ilustres a los generales y a los patriarcas. Él fue la excepción dentro de la regla, la individualidad dentro de lo opaco, la enfermedad dentro de lo cuerdo.

Evoquémoslo por los sitios a menos que arrullaron su sed irónica, no en los pasillos de las Cámaras ni bajo el alero del Capitolio, sino en la Bogotá montmartrense, en esa Bogotá turbulenta que no tiene Baedeker, en el alegre rincón del café, frente a la copa amarga irisada de luz y de catástrofe.

No es la hora de trazar el balance artístico en la milagrosa carrera de Ricardo Rendón. Su obra está viva y móvil. Muerde, como una aldaba, quince años de régimen político, relieva detalles que se fueron de la memoria, establece la síntesis donde el historiador se desorienta, le da un sentido humano a nuestro nacional baile de máscaras.    

Relator puntual y devoto de nuestras luchas interiores, en su colección de dibujos le encontramos un pulso a la historia. Rendón fue ante todo el cronista de la zambra republicana. Por sus cartones portentosos pasa un látigo enjuto que irisa de color la yerta geometría de los hechos. 

Rendón fue popular sin quererlo. Carente de toda patética, su arte se tiñó de sarcasmo. Donde el artista sonreía, las gentes destapaban su risa gorda. Durante mucho tiempo la carcajada fue el comentario natural a la lucha política, y por eso Rendón hizo editoriales con sus dibujos. Alguna vez nos dijo Eliseo Arango: Rendón es la única fuerza de oposición de la cual debe temer algo el gobierno conservador.

Dentro del desbarajuste sentimental, dentro de la laxitud de su credo, Rendón fue el más probo y el más ortodoxo de los artistas. Nunca humilló su lápiz con temblores prestados. Su óptica fue tan personal como su sombrero. Pasarán muchos años, acaso un siglo, antes de que, sobre la uniforme medianía de la raza, florezcan su espiritualidad y su técnica. 

Rendón se sentaba sobre esta copiosa mesa de palo mientras la tertulia fritaba impresiones. Bogotá ha chispeado siempre en las charlas nocturnas de “El Tiempo”. El tropical y el europeo reanudan su teté á teté, todas las noches Juvenal y el señor García-Peña organizan el diálogo. Pescador de palabras y de ademanes, Rendón tiraba sus oblicuos anzuelos sobre la sala. Nunca esa pesca le satisfizo. Su silencio calificaba la algarabía. Cuando la discusión iba in crescendo, Rendón tomaba el camino de la escalera. La calle le abría nuevos créditos y nuevos programas. En la moratoria total de la noche, brillaban las luces de los bares…

Y había por allí una dulzarrona música de La Habana. Y en los aparadores fulgían las botellas. Y había un castizo olor a fritanga. Y un minucioso ruido de carambolas se tiraba desde los balcones al patio. Bogotá nocturna, Bogotá bella que amó Ricardo y que calientas tu clima necio con el oro de las estrellas.

En sus grandes sotto voce del amanecer Rendón entregaba su alma. Mediante un brinco largo sobre el conversador, el caricaturista trotaba. Epigramas lentos y feroces escuchados en esas horas y que eran la combustión de un gran espíritu.

El alba venía, con el pan y la leche. Sobre un río de silencio la ciudad alzaba sus muros. Edificios y estatuas imponían su mole abundante. Era la Bogotá capitalina, con sus palacios y sus cuarteles. Tranvías procelosos, atestados de obreros y de beatas, ahuyentaban las últimas sombras. La realidad derrotaba al ensueño. Rendón se marchaba a su casa masticando bondad y fastidio.

Y ahora duermes este sueño de marfil blanco. Cuando caíste de bruces sobre la muerte, ya ella se había preparado para la cita, como en una escena italiana de Casanova.

Te veremos tomar el camino del mármol y Bogotá sonreirá con os ojos llenos de lágrimas.  Ya lo ves, hemos aprendido la lección de tu vida.  Al despedirte mezclamos la sonrisa y el llanto.

Nota

Ricardo Rendón nació Rionegro Antioquia el 1 de junio de 1894, se suicidó el 28 de octubre de 1931 en la ciudad de Bogotá, en las instalaciones del café La Gran Vía.  


     

  

17.5.20

Un viaje Caicediano con Rosario -segunda parte-

III  

Con otra sesión titulada Andrés Caicedo: La crítica de cine como acto de subversión, en la inmensidad del Teatro El Lido, la Cinemateca Municipal de Medellín nos invitó a mediados de julio del año pasado a conversar nuevamente sobre el autor en mención. El contacto, y el diálogo sostenido con Víctor Gaviria, había motivado reencontramos, alargar la extensión de ese tema, y revalidar temas y vínculos que son posibles en otros escenarios y visiones del cine, en este caso desde la pausada y directa charla del vigente director, y su historia como realizador. Volviendo a manteles, como terminan las buenas conversaciones, caímos en un restaurante ubicado en la zona donde según el director se filmó parte de su película La vendedora de rosas -1998-, interrumpidos por el desfile largo de indistintos carros privados y públicos que en procesión celebraban ese 16 de julio el día de la Virgen del Carmen, otra película ante nuestro ojos: el jolgorio religioso puesto de manifiesto con los pitos, los vehículos atiborrados de gente y vírgenes muy expuestas como un accesorio más de los vehículos.

El Teatro Matacandelas nos esperaba al anochecer del siguiente día con la exhibición de la película Calicalabozo -1997- de Jorge Navas, collages literario, arquitectónico, visual, y musical de la “sucursal del cielo” en correlación con el escenario que vivimos al final del pasado siglo. Allí almorzamos horas antes, nos juntamos con Cristóbal Peláez, María Fernanda Arias, Pedro Adrián Zuluaga, parte de los actores, más otras personas que no reconozco; todo un cruce potente de divertida y seria conversación sobre diversos temas del orden cultural, y de la casa que nos resguardaba.      

Semana larga, nos alcanzó para ir al Festival de Cine de Jardín, “Cine y patrimonios: maneras de encontramos”, como invocaba su eslogan; ver algunas películas, asistir al lanzamiento de la caja colección de películas de Víctor Gaviria, y consolidar el cine que vemos, así de práctico, sencillo y poético, como los niños invidentes del cortometraje Buscando tréboles -1979-.

De nuevo a Bogotá, Rosario se quedó, tenía otra correría con los Matacandelas, Carmen de Viboral la esperaba.   

 IV

El Departamento de Boyacá celebra cada año el Festival Internacional de Cultura, y allí asistimos a finales de julio por gestión de Hildebrando Porras, esta vez en compañía de Jorge Navas quien exhibía su Calicalabozo, un poco de calentura gótico tropical en tierra de ruanas. Retomando, reinterpretando, corrigiendo, y organizando imágenes, volvimos al autor: Andrés en contexto para otros, entre ellos, uno que expreso al final su conexión con el teatro, su experiencia y puesta en escena que nos mantuvo atentos ante otra historia con la escritura y sus posibilidades de interpretación, “Caicedo por todas partes”.    

Nos había antecedido en el Cinema Boyacá el escritor Pablo Montoya, charla dirigida a  “la independencia y la patria boba” a propósito de sus libros Adiós a los próceres y Los Derrotados; el dato no es menos importante porque de regreso compartimos el vehículo que nos llevó a Bogotá a primeras horas de la mañana, viaje  entretenido, especial y extraño, donde oí atento al escritor que retomó parte de sus disertaciones en el auditorio en medio de preguntas y respuestas en un triángulo particularmente locuaz, la cual se iba mezclando con la observación desde la ventana del panorama que teníamos afuera, una rápida y mojada carretera que dejó visualizar en sus kilómetros entre 4 y 6 animales que posaban sus cuerpos atropellados. 

Llegamos a la capital, bajamos del carro y nos despedimos del escritor. Nos tomamos una foto, atravesamos la avenida Caracas, llegamos a la carrera 15, nos detuvo la media maratón de Bogotá que atravesamos dificultosamente, y al final, Rosario se quedó en su hogar pasajero.

V

Habíamos programado en el Museo de la independencia una actividad que no se pudo realizar por dificultades en el itinerario de Rosario a inicios de julio, la reprogramamos para el mes de octubre, tampoco se pudo, las marchas de los estudiantes que llegaban a la Plaza de Bolívar obligaron cerrar el museo. Buscar un sitio para tomar café fue la salida directa a pesar del tropel que empezaba a sentirse y escucharse en los trotes violentos del ESMAD, y la respuesta de los manifestantes. Ubicados en compañía de Emma Zapata, Vanessa Mainero, Emely Moreno, y Luz Marina Ramírez, compartimos por más de una hora, logrando ver parte de las marchas en la carrera sexta, y despidiéndonos en ruta a la calle once buscando la carrera tercera,  para sin sentirlo quedar inmersos en un río potente de jóvenes que huían del agite policial, volviendo por suerte al café que posibilitó con sus empleadas entrar de nuevo para quedar encerrados el resto de la tarde mientras el “cielo roto” céntrico llegó con su aguacero. Salimos a medio oscurecer para atravesar La Candelaria, evitando los brotes que aún se movían con los bullosos motorizados, saliendo por el lado de la Universidad de los Andes hasta que Las Aguas sirvieron de salida.

Octubre había sido especial, vernos para conversar sobre “los muertos”, recién había fallecido Luis Ospina, y se lanzaba la edición de ¡Que viva la música! -Editorial Planeta-. Además, recibíamos la noticia sobre la reorganización del archivo de Andrés Caicedo que resguarda la Biblioteca Luis Arango, otro viaje, esta vez bibliotecario que posibilitó identificar libros que no eran del autor, y estaban mezclados junto a otros que no aparecían en el listado detallado entregado por la familia: queja directa, pronta solución.               

VI

Fin de semana en plena feria del libro en Cali, la invitación expedita en la tarde a escuchar salsa, comer empanadas, tomar cerveza, y pillar los carteles que “los chicos Gutenberg” de La Linterna realizaron con las fotos de Eduardo “la rata” Carvajal y Juan Cristóbal Cobo de Andrés Caicedo y Luis Ospina respectivamente. Homenaje que Rosario organizó, se apropió y movió en redes. Parche caleño, los aires musicales enredados con la brisa del barrio San Antonio y el libro ¡Qué viva la música! Harold Pardey, Ángela Rosa Giraldo, Carlos Marín, Christian Huertas, Ana María Henao, y un largo etcétera de gentes que entraban y salían buscando los afiches que ya en términos editoriales, acompañan las nuevas ediciones de los libros del escritor.

Apropiaciones fílmicas, momentos únicos, ese mismo día en la Cinemateca La Tertulia se exhibían cortometrajes del cineasta tailandés Apichatpong Weerasethakul: Luminous people -2007-, A letter to uncle boonmee (primitive project) -2009-, Ashes -2012-, Vapour -2015-, Empire -2010-, Footprints -2014-; allí terminamos viendo la compleja y particular cinematografía de este autor, hecha en clave de olvido y memoria a través del dispositivo técnico del cine, y las percepciones de su espacio geográfico, otra forma de interpretar el mundo, el que escuchamos con su voz al terminar la función a través de la interlocución con los asistentes.

En la tarde del domingo, metidos en una carpa al lado de La Ermita, llegamos al lanzamiento de los libros de Caicedo, conversaron Ramiro Arbeláez y Juan David Correa de la Editorial Planeta, configurando otro momento en las publicaciones del escritor. Salimos atravesando El puente Ortiz, observando como la feria del libro se refresca y diferencia de otras por esa posibilidad única de quedar uno atrapado con el ambiente de la ciudad, un inusual camino que te conecta con conversatorios, cafeterías y la algarabía, allí íbamos en grupo, terminando con la cena de despedida de un año maratónico, cruzando las inmediaciones del Centro Administrativo, y Los Turcos,  con amigos, como inicio esto, con Ramiro y María Griselda Gómez, allí nos despedimos.                

          Concluyendo

Quedaron expuestas las notas y memorias de momentos con Rosario, resumidas, posicionadas en función del recuerdo, con personas que van entrando y saliendo según la actividad diaria cuando nos cruzamos para organizar algún conversatorio: imágenes y presentaciones disparejas. Cada vez con una historia que surge del "gran bolso" de libros y documentos, con nuevos lectores de la obra de su hermano, con más celebraciones, simpatías, y Cali, que sigue esperando, y abriéndole la puerta a los desesperados.     

          Imágenes

-Las fotos en el Teatro el Lido, y el Matacandelas, sin autor reconocido.  

-La de Rosario en la Biblioteca Luis Ángel Arango, Tunja, y la fachada de "la linterna", son del autor del blog.

 


14.5.20

Un viaje Caicediano con Rosario -primera parte-

Notícula introductoria

Le debía estas notas a Rosario. Un poco de las salidas caicedianas junto a la compañera de viaje para exponer y conversar sobre su hermano. Rutas y lecturas de la cotidianidad en varias regiones de nuestro país, momentos con personas especiales y familiares en nuestras vidas. Muchos “trotes”, ante todo afecto y café.

I

En febrero del año 2017 me encontré con Rosario Caicedo en el centro de Bogotá, ella acababa de conversar con uno de los editores de la revista Arcadia para facilitar algunas imágenes de su hermano Andrés, quién cumplía 40 años sin ver cine y entraba por esos días en la tendencia mediática de actividades, celebraciones, y conexiones con su pasado; por supuesto, ese era el motivo de nuestro encuentro, un proyecto en común que nos había llevado por muchas charlas a la distancia, posibles por la amistad en común con Ramiro Arbeláez y los 40 años de publicación del libro ¡Qué viva la música!  

Rosario, quien posee una memoria prodigiosa del recuerdo familiar, siempre llega con una o dos bolsas de tela llena de libros y carpetas con algún documento para mostrar, fuentes obtenidas de la mano de su padre Carlos Alberto o aquellas que su hermano fue dejando en los intersticios de su vida y en diversas manos: cartas, notas, artículos, listados de películas, etc. Ese día, con la consabida sonrisa que la caracteriza, vimos muchas imágenes para concatenar una charla pública en la Casa Museo Quinta de Bolívar, acción que marcó la metodología para relacionar diversos temas en la vida del escritor caleño, y así comenzar cierta travesía de encuentros y eventos durante los siguientes años que fueron del presente al pasado, hilando a través del archivo la memoria personal y familiar en función literaria, fotográfica, y cinematográfica de un individuo universal.

Una semana más tarde, nos encontramos en el aeropuerto El Dorado, viajábamos al evento organizado por la Alcaldía de Cali en las Cinemateca La Tertulia, sus maletas sobrepasaban el peso permitido, ante lo cual decidimos abrirlas y equilibrarlas, pasando a mi maleta una serie de libros que pertenecieron a Andrés y que ella traía como parte de una exposición para el Teatro Experimental de Cali, le dije en forma jocosa -recordando su conversación con Luis Ospina y Sandro Romero en la Biblioteca Luis Ángel Arango, año 2012-, si por casualidad tocaba llevar la máquina de escribir Remington en equipaje especial, hecho notorio del trasteo personal de objetos y “memorias” indescifrables que hacen parte del repertorio vivo de la figura del escritor.       

Un sábado 4 de marzo nos encontramos en la sala del “charco del burro”, adelante, en primera fila, como a muchos les gusta en La Tertulia, allí en esos “40 años leyendo a Andrés Caicedo”, pusimos en diálogo a Jaime Acosta y Ramiro Arbeláez: amistad, teatro, cinefilia, y cineclubismo. Vimos Los Olvidados -1950-de Luis Buñuel, película que se exhibió en el Cine club de Cali un día después del suicidio del crítico de cine, y que testigo fiel se mantenía como recuerdo del programa y tarjeta de consulta y obsequio que le daban al público setentero.

Meses pasaron para que, en el mismo sitio, y viendo nuevamente cine o escuchando alguna conversación, nos encontramos en el Festival de Cine de Cali, siempre con una cita de por medio para planear posibles invitaciones, y de nuevo revisitar los documentos.     

           II

El SANFICI -Santander Festival Internacional de Cine Independiente-, nos invitó a participar en sus actividades de extensión, jornadas inauguradas con la película El libro de Imágenes -2018- de Jean Luc Godard, una conferencia de Víctor Gaviria sobre su vida y obra en retrospectiva fílmica y Poética, además de otros eventos que complementaron la apuesta por un evento que destaca en la región en cabeza de Pablo Enciso. Nos vimos en “La Casa del libro Total” en Bucaramanga, y allí, un joven  pidió a Rosario la firma para su edición “pirata de Calidad” de Angelitos Empantanados, momento de emoción de quienes lo acompañaban que retrataban el momento, acción que confirmaba un hecho constante sin importar la ciudad: los jovencitos salen hasta de “debajo de las piedras” para escuchar que les dicen de su escritor preferido, de sus alegorías, de la voz de alguien que lo tuvo tan cerca y tan lejos, allí está el secreto a voces.

Después de una jornada nocturna al palique entrañable del cineasta colombiano, y al conectar algunas historias de las obras del cine nacional desde nuestras regiones y sus grupos de trabajo, pasamos a identificar los escenarios representativos de la obra de Caicedo y su función en el cine desde la crítica y exhibición, punto central del conversatorio de esa noche titulado Creer en el cine por sobre todas las cosas, y nunca violar su santo nombre en vano, ligado a los aspectos que reunía en esa semana investigadoras como María Paula Lorgia para el tema de curaduría y programación; así estábamos, ligando encuentros, reafirmando afectos,  y organizando cada noche los temas biográficos en contexto a diversos escenarios de representación.     

Los días nos llevaron a otro espacio, más de dos horas es el tiempo para llegar a Barrancabermeja desde la capital santandereana, trayecto que fuimos ganando a través de un paisaje cambiante y caluroso hacia el río Magdalena, encontrando en el camino unidades de bombeo petrolero de la empresa del Estado, y sorprendidos junto a nuestro acompañante Manuel Moreno por el pedido de Rosario de desviarnos hacía El Centro -Ecopetrol-, ingresando al sector diseñado estratégicamente y ubicando una casa en la ciudadela donde vivió recién casada en los años setentas, y a la cual en algún momento de sus recorridos mochileros llegó Andrés, sorpresa, nuevamente los datos que sin buscarse en un registro documental, nos lo entrega la fuente oral: Caicedo pasó por ahí, fueron a una sala de cine del sector, se vieron Easy Rider -1969- de Dennis Hopper, fueron a un teatro de “mala muerte” en Barrancabermeja, y se pillaron una cinta mexicana con María Félix y Jorge Negrete, dejando los hermanos parte de su estela.

En barranca logramos almorzar pescado frito o en salsa a orillas del río, insolados y con el brillo de un espejo potente que solo la naturaleza puede darnos al medio día; allí, en la sede del festival, volvimos a invocar al escritor, nuevos espectadores y conocedores de la obra, preguntas, café, y un retorno que nos tomó el atardecer y la noche para sumar energías y emprender camino a la mañana siguiente: dos horas y media de carretera serpenteante, una obligada parada en el Cañón del Chicamocha, y la llegada a San Gil, otro espacio, y muchos jovencitos, ya sabemos, ellos siempre salen en busca del escritor.

Regresé a Bogotá esa noche, Rosario culminaba la jornada con la premiación de los ganadores de las categorías del SANFICI, y como siempre, tendría su jornada con otro grupo para seguir su camino.

Créditos de las fotos

-La primera, realizada por el autor del blog.

-La segunda, en el SANFICI, tomada por Diana Peña y Gerson López (Alter Vox media).

 

 


22.3.20

Públicos y sociabilidad: un libro sobre la vida del cine en Bogotá


Actualmente el panorama de asistir al cine en Bogotá se distingue por una dinámica especial de encuentro que sobrevive a pesar del tiempo, pero con menor intensidad. El espacio público, sus escasos teatros, y sociabilidades, variaron desde las últimas décadas del siglo pasado. Del multiplex de los centros comerciales, a las salas independientes, y espacios alternos en librerías, centros comunales, universitarios, y por supuesto la vida privada como acción complementaria de los acercamientos al cine desde las plataformas digitales o formatos ya cohesionados de tiempo atrás como son los reproductores de disco óptico. Lo anterior, en acción de análisis con el libro de Nelson Gómez Serrudo y Eliana Bello León, quienes nos llevan a través de una investigación histórica sobre La vida del cine en Bogotá en el siglo XX, un ensayo que desarrolla dos capítulos dedicados a los públicos y sociabilidad y a la ciudad letrada y el cine.

Su organización temática se dispone desde la aparición del público cinematográfico en la ciudad y lo que significó el encuentro con esos espacios de diversión pioneros de un arte nuevo en nuestra capital. La época dorada que exponen en cuanto al crecimiento de los cines, la identificamos como aquella en la que el crecimiento de la ciudad va de la mano con las necesidades socioculturales de una población que se vincula a las transformaciones que el desarrollo va trayendo en sus medidas básicas de gestión administrativa, incluyendo el declive de “teatros de alto vuelo” que ven mermado su impacto con las urbanizaciones y barrios que traen su propio teatro en la década de los sesenta sumándole factores que ya traían un desarrollo de impacto desde inicios de siglo como eran las reglamentaciones públicas; la moda como indicio sociológico de lo que se muestra en la pantalla y la gente quiere adoptar; la tecnología que llega con los teatros con las películas; y los hábitos de conducta, entre otros.

El giro cultural de finales de los sesentas impacta drásticamente en una nueva juventud con claras referencias a los movimientos culturales y estudiantiles que son “tendencia” en Europa y Estados Unidos, y donde el cine tiene un sesgo superior de asociación vinculante con fenómenos políticos que derivan del contexto de postguerra en los que sobrevive el mundo desde 1945. Música, obras cinematográficas, programas radiales, textos de consulta fílmica o crítica, entre otros; son elaboraciones poderosas que van fomentando una nueva clase letrada en función de los devenires universitarios, y de la situación que vive el país, en conclusión, estamos ante un panorama que reposiciona y empodera una población que ve críticamente los influjos intervencionistas de la geopolítica mundial. Así, el nuevo reposicionamiento de las salas o su declive es notorio, un ejemplo es que algunas que venían de su esplendor en los años cuarenta, ven la necesidad de experimentar con el género pornográfico o cine para adultos, y allí otro aspecto de representación vinculante con la vida pública capitalina.

Sobre “la ciudad letrada frente al público”, concluyen:

En resumen, en relación con la manera de entender el cine, encontramos por lo menos tres tipos de saberes sobre esta nueva industria: en primer lugar, los críticos, quienes desplegaban su saber sobre las películas, sus problemas técnicos, y los diferentes estilos; en segundo lugar, los comentaristas, narradores y cronistas, que escribían ocasionalmente sobre cine, y por último, los publicistas y promotores, que destacan más los aspectos comerciales de entretención y de éxito de las películas (p.64).

La clasificación de los autores es apropiada en función de un análisis si se quiere más profundo de las formas discursivas en que los escritores asumieron el hecho de ver cine y ponerlo en circulación a través de la palabra, de sus convenciones independientes o comerciales, y de las regulaciones que se supone pudieron tener al decidir sobre las obras y sus diversos impactos en los puntos estratégicos de la exhibición capitalina.  


La censura como acto institucional desde la políticas públicas y religiosas, y en dispositivos personales, y colectivos, siempre han estado presentes en la cotidianidad de las representaciones de un espectáculo público, disposiciones venidas del orden y la moral, y de no sobrepasar la delgada línea de las “buenas formas” de comportamiento, y de las posibilidades que un mensaje puede entregar y afectar a una comunidad determinada:

Al vaivén de las controversias sobre la censura, las posiciones artísticas, críticas, pedagógicas o religiosas develaron las posiciones de unos sectores más cercanos al oficialismo o la intelectualidad sobre lo que se considera mejor para los públicos, quienes asumían de diferentes maneras estas recomendaciones. Posteriormente, las juntas fueron diluyendo su poder de incidir en las programaciones y sobre los debates de programadores y empresarios, causados en algunas épocas para terminar convirtiéndose en juntas de clasificación (82).

Las Juntas de Censura hicieron lo suyo en pro de preservar los buenos comportamientos y no desviar por el “camino del bien” a los asistentes a este tipo de espectáculos, juntas organizadas con representantes de diversas entidades sociales que decidían y ponían clasificaciones sobre la exhibición o no de una obra; el mundo y sus particularidades mediadas por costumbres y acciones constantes de “vigilar y castigar”, puso su ojo en el cine, y con éste, cuestiones diversas de manifestar sus incomprensiones sobre lo que las imágenes en movimiento podían trasmitir como ejemplo.  

Finalmente, la saga de los cineclubes pone como fecha fundacional el año 1949 con el Cine Club de Colombia, y el auge y acción que tuvieron en la década de los setentas desde los que venían del marco institucional, universitario, o vinculante a un grupo de amigos como ocurrió en Bogotá y el resto del país bajo filiaciones netamente generacionales vinculantes al cine autor o las representaciones de una “cinefilia internacional” que marcaba cierta tendencia, y las correlaciones que nacieron con otras artes y el contexto social en el que fueron desarrollándose como factores decisivos en la vida del cine de la ciudad.

Gómez y Bello logran dar un panorama especial que deja diversos focos de análisis con una breve introducción para hacer si se quiere otros estudios. Sus referentes bibliográficos son acertados en función del objetivo que se plantean en entregar al lector un dialogo entre los asuntos públicos de una información que tenemos a la mano, y las disertaciones que emergen desde la investigación histórica. Siendo una publicación universitaria de la editorial Pontificia Universidad Javeriana, su edición debió tener una pequeña referencia bibliográfica de sus autores, ya que solo nos indica que este libro es resultado de un proyecto aprobado por la vicerrectoría de investigación de la universidad en mención. Por último, hubiera sido especial que las imágenes hubieran acompañado este libro, solo la portada que ubica una foto de la carrera séptima (1950) autoría de Saúl Orduz, acompaña la presentación. Sobre el tema hay muchas imágenes y de diversas fuentes e instituciones, a veces la gestión y un proyecto editorial solidario, posiciona mejor las obras literarias venidas de nuestros centros universitarios.

Referencia
Nelson A. Gómez Serrudo, Eliana Bello León. La vida del cine en Bogotá en el siglo XX. Públicos y sociabilidad. Colección EN VOZ ALTA, Editorial pontifica Universidad Javeriana. Bogotá, 2016.