22.9.16

El cine también se escribe: Historia del Cine Colombiano y Latinoamericano

-Historia y Espacio Nº 46, Departamento de Historia, Universidad del Valle-

La capital vallecaucana como espacio de realización y exhibición cinematográfica, es reconocida en ámbitos nacionales e internacionales como epicentro de obras de relevancia para el contexto histórico del cine colombiano y latinoamericano. Por lo tanto, es importante resaltar que el Departamento de Historia de la Universidad del Valle con su revista especializada, haya aceptado que uno de sus números estuviera dedicado a las imágenes en movimiento como fenómeno estético desde la disciplina académica de la historia. Valor agregado que la posiciona a no ser indiferente ante las posibilidades intelectuales en las que arraigadamente nos vemos inmersos en el proceso de acercarnos al pasado desde el presente, en este caso el testimonio del cine desde diversos enfoques y atmósferas realización.    

Cines nacionales, historias locales y regionales, entran en el contexto de nuestras imágenes en movimiento, desde sus periodos fílmicos silentes entrando en la sintonía del cine sonoro universal; pasando por una importante tradición desde el reconocimiento y análisis del llamado Nuevo Cine Latinoamericano, y en este, las obras y autores que marcaron cierto influjo relevante en la puesta en escena de nuestras historias documentales o de ficción; hasta los últimos veinte años de cierto boom mediático –escuelas de cine, festivales, coproducciones- regido por la aceleración de la tecnología, y con ella nuevos investigadores que se suman a la significativa tarea y proceso práctico de investigar, ver, leer, y escribir sobre cine.     

En búsqueda del cine como territorio, abordamos el momento discursivo propuesto por la historiadora francesa Michele Lagny al plantear:

[…] ¿De qué hablamos cuando hablamos de cine desde una perspectiva histórica? De filmes, sin duda, Pero a no ser que nos contentemos con una descripción filmográfica (de tipo arqueológico), hablamos también a través de ellos o, a propósito de ellos, de muchas otras cosas que parecen darles, a la vez, sentido, espesor y valor. Hablamos de las formas que aparecen en dichos filmes, de las instituciones que los producen o que los controlan, de los equipos o de los autores que los realizan, de los públicos que los reciben -o no- y de los espectáculos que los presentan o influyen, de las representaciones sociales que “reflejan” o inducen, del impacto político o ideológico que se les puede reprochar o exigir (Lagny, 1997, 26).

Los diversos escenarios que identificamos en la cita, posibilitan entender la importancia que tiene en la actualidad acercarse a la historia del cine desde sus propios contenidos y espacios de representación, que en muchos casos vienen definidos por una marca donde sobresalen acciones culturales con líneas directas y enmarcadas en lo educativo, económico, político, y social; temas coyunturales que son reflejo de nuestras realidades, y que a través del cine son puestas en dispositivos de enunciación; así, distinguimos en la actualidad el Cine Colombiano en la plataforma de un reconocimiento mundial que se inscribe en el Cine Latinoamericano.       

     
Siguiendo la línea que nos trazara Allen y Gomery, reconocemos en la actualidad esos “enfoques tradicionales en la historia del cine” en cuatro partes: Historia Estética del Cine, Historia Tecnológica del Cine, Historia Económica del Cine, Historia Social del Cine. Dentro de estas clasificaciones, podríamos enumerar otros elementos de reflexión vinculantes al oficio de mirar el séptimo arte como objeto de estudio de gran alcance:

[…] Cuando el historiador del cine se doblega ante las técnicas de los historiadores, su práctica se confunde con la de la historia. Es pues normal que la historia del cine se encuentre enfrentada a la contradicción que supone la doble aspiración a la cientificidad y a la globalidad. Es preciso tomar partido: como la historia general, la historia del cine puede ser exhaustiva, global, explicativa, parcial, incompleta, hipotética, y plantea una serie de cuestiones que acabarán modificando las imágenes provenientes de otros puntos de vista sobre la sociedad (Lagny, 285).    
    
En ese orden de ideas tenemos una serie de artículos que no se alejan de la reflexión, cada uno dentro de las posibilidades de la experticia y encuentro con las fuentes en ese ciclo fundamental de ubicarnos en tiempo y espacio para acercarnos a temas del variopinto entramado de nuestros cines con diversos contenidos que afloran en distintas formas de abordar los objetos de estudio, algo notable en la presente edición y el número de artículos que se postularon.

El lector interesado encontrará los siguientes temas:

-Textos que hacen parte del periodo silente enfocados en la producción, la exhibición, las prácticas, y vínculos internacionales en el cine desde Argentina, Cuba, México, y Venezuela.
-Las relaciones entre el cine y la educación entre los años treinta y cincuenta del siglo pasado en Cartagena; o el impacto hollywoodense en la exhibición cinematográfica bogotana entre 1935-1946.
-El Nuevo Cine Latinoamericano tiene presencia con el llamado “cine de intervención política” en Uruguay, Brasil y Argentina.  
-Dos casos del cine colombiano, venidos del cine de autor, son abordados: primero, la película de Carlos Mayolo Carne de tu carne desde diversos conceptos enfocados al gótico tropical; segundo, José María Arzuaga desde “las contradicciones del progreso en su obra”.  
-Por último, un texto sobre el cine fantástico mexicano en el nuevo milenio.      

También suman algunas reseñas de textos enfocados al cine que poca divulgación han tenido en nuestro espacio académico, la mayoría hacen parte de esa misión loable de las becas de investigación y publicaciones de la Cinemateca Distrital de Bogotá, escenario que hoy día se debate en coyunturas políticas para un efectivo desarrollo misional a futuro con su nuevo escenario capitalino.           

El complemento de este número 46 de la Revista Historia y Espacio, son dos entrevistas dirigidas a expertos historiadores del cine colombiano, uno de ellos recientemente fallecido y al cual queremos rendirle homenaje, el maestro Hernando Martínez Pardo, texto facilitado por el Observatorio Latinoamericano de Teoría e Historia del Cine de la Universidad Nacional de Colombia, y la colaboración de Anne Burkhardt y Pedro Adrián Zuluaga. Igualmente, uno de nuestra casa, el profesor Ramiro Arbeláez y su vida académica y cinéfila desde la Universidad del Valle, la Cinemateca la Tertulia, y el Grupo de Cali. 
  
En momentos donde los vientos de paz desembocaran en nuevos procesos sociales y políticos, es extraño que nuestro sector cultural haya sufrido un recorte presupuestal preocupante, sobretodo en el ámbito de la dirección de cinematografía del Ministerio de Cultura, y la salida de su portafolio de convocatorias 2016 de algunas de sus becas, en este caso la de Investigación en Cine y Audiovisual Colombiano, así como años atrás habían borrado la de publicaciones. Retroceso preocupante que debe ser debatido en escenarios de discusión que pongan de manifiesto la insatisfacción de aquellos que se erigen en el grupo de investigadores académicos de nuestro cine colombiano. Sumado lo anterior al nulo apoyo con recursos al Encuentro de Investigadores en Cine que nació desde las entrañas del Ministerio de Cultura y fue abandonado a su suerte para ser retomado interinstitucionalmente este año en nuestra Universidad del Valle.    
     
Agradezco a la dirección de la revista por el apoyo a este dossier, siempre con una comunicación amena y respetuosa de las decisiones. Igualmente, a los evaluadores de los artículos por su tiempo y dedicación, labor necesaria y encomiable en los procesos de validación institucional de nuestras publicaciones.   

Por último, la portada es un homenaje al primer largometraje colombiano de ficción titulado María -1922- de Alfredo del Diestro y Máximo Calvo; adaptación de la obra de Jorge Isaacs estrenada en el Teatro Municipal de Buga el 20 de octubre de 1922, y de la cual únicamente tenemos 25 segundos. El fotograma corresponde a la colección del Área Cultural del Banco de la República, en escena los actores Stella López Pomareda y Hernando Sinisterra.

¡Que empiece la función!

Fuentes
LAGNY, Michele. (1997). Cine e Historia. Barcelona: Bosch Casa Editorial, S.A.
ALLEN, Robert, GOMERY, Douglas. (1995) Teoría y Práctica de la Historia del Cine. España: Paidós Comunicación.

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14.6.16

Borges en Cali

En agosto de 1965, la revista Cromos publicó una entrevista de José Pardo Llada al escritor argentino Jorge Luis Borges. Su visita al país había corrido por instancias del Ministro de Relaciones Exteriores de Argentina en un raudo recorrido por la capital colombiana, Medellín y Cali; ciudad escenario del documento que presentamos hoy a propósito de los 30 años de su deceso. Con el título sugestivo Pregunto Jorge Luis Borges en Cali: ¿Todavía hay alguien que lea La “María” ?, encontramos una variedad de referencias interesantes en el contexto de su situación de incapacidad visual, y el acertado dominio temático del entrevistador al poner a su figura central a incitar con sus respuestas a la polémica.

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Borges está casi ciego. (“Dios con magnífica ironía, me dio a la vez los libros y la noche”) Solo ve formas vagas, siluetas, colores violentos.

-Esta mesa me parece roja…? ¿O más bien no será color cereza?

Como no ve, se deleita en los goces de la memoria y el pensamiento. La ceguera le concede una expresión puramente espiritual, siempre como ausente y desvaída. Alguien dijo que tenía “aspecto de náufrago”. Conmueve ver el rostro de este hombre, de rasgos hermosos, piel rosada como de niño, y ojos azules, muy claros, de un brillo raro y fascinante.

Luego de acompañarlo durante toda su escala en Cali, escuchándolo siempre, provocando sus juicios lúcidos, ingeniosos, sorprendentes, comprobé que Borges utiliza a veces su ceguera como pretexto defensivo:

-No, no sé nada de literatura actual de Colombia. Hace doce años que no leo ni escribo…

-Sí, conozco a Sartre, pero apenas lo he leído. Ud. Sabe la vista…

Pero Borges se pasa el tiempo escuchando la lectura de libros en la voz de su madre doña Leonor Acevedo de Borges o de su amigo y secretario Adolfo Bioy Cáceres.
-Compro libros, muchos libros. El dinero que gano con mis libros, lo gasto comprando libros. Y ahora están muy caros…
   
Escuchando a Borges, da la impresión de haberlo leído todo. Y su memoria es fabulosa. Le pregunté si era cierto que había dicho alguna vez que “escribir en español era como cantar debajo de la ducha”.

-No yo no he dicho eso. Ud. debe haberlo leído en una entrevista que me hizo un joven periodista cubano en New York…

-Si Bernardo Viera…

-Es su amigo?

-Sí, un viejo y querido amigo…

-Entonces no hay que rectificarlo. Además, la frase está bien, es graciosa.

-En aquella entrevista Ud. Condenaba enérgicamente el comunismo y su bárbara expresión americana: el castrocomunismo.

-Sí, y lo repetido muchas veces. He tenido siempre una posición muy clara frente a Castro y el comunismo. Lo mismo que hace años frente al nazismo. Yo estoy contra todas las dictaduras. Las dictaduras fomentan la opresión, el servilismo, la crueldad, pero lo más abominable de todo es que fomentan la estupidez.
  
    A Borges se le señaló el año pasado como uno de los candidatos al Premio Nobel de Literatura, en el grupo finalista de donde fue escogido Jean Paul Sartre.

- ¿Profesor, si a Ud. le concedieran el Nobel, lo rechazaría como Sartre?

-Por supuesto que no. Cobraría los 50 mil dólares con muchísima codicia…

-Eso significa que no comparte Ud. ¿La filosofía de Sartre?

-Bueno… ¿A “eso”, podríamos llamarlo “filosofía”?
Borges, que es un hombre de absoluta honestidad intelectual, se siente obligado a una aclaración:

-Personalmente yo agradezco al Sr. Sartre referencias a mis libros, pero le confieso que no me gusta Sartre.
v   
Borges “descubrió” rápidamente mi acento antillano.

-Ud. no es colombiano, no habla como colombiano.

-Soy cubano y exiliado.

-Ah, ¡pobre Cuba!

Y luego:

-Allí vivió Hemingway. ¿Le conoció Ud.?

-Bueno, le vi varias veces…, era una figura popular en la Habana.

- ¿Era un hombre corpulento?

-Sí, alto, fornido, macizo.

Y Borges insiste en preguntar sobre Hemingway. ¿Cómo vestía? ¿Tomaba mucho? ¿Era bonita su mujer? ¿Quiénes eran sus amigos?  Hablaba bien el español? ¿Es cierto que ganaba mucho dinero?

Tanto interés por Hemingway me hizo pensar que Borges lo admiraba. Así se lo dije y contestó:

-Nunca entendí ese empeño de Hemingway en exaltar la violencia. No creo interesante hacer héroes de “gangsters” y boxeadores…

-Bien, maestro, pero también en algunos de sus cuentos –“Hombre de la esquina rosada”, “El asesino desinteresado”. “El espantoso redentor”- Ud. Hace la exaltación de los hombres de coraje: Francisco Real, Billy the Kid, Lazarus Morell…

-Si seguramente que sí, pero esos cuentos no los volvería a escribir. Fueron publicados en 1933; entonces yo era joven. Además, en mi tiempo, los “guapos” o “cuchilleros” de Buenos Aires no eran “gangsters”, no mataban por negocio, como los héroes de Hemingway. Eran unos “guapos desinteresados”, que practicaban el lujo del coraje, se mataban por honor. Conocí a uno de ellos, muy fino, que me decía: “Yo he ido muchas veces a la cárcel, señor Borges, pero le juro que fue siempre por homicidio, nunca por robo ni estafa…”
   
Borges no gusta expresar opiniones sobre escritores en español. Pero no parece estimar mucho a los escritores argentinos contemporáneos. (“En la Argentina pasamos del francés al inglés y del inglés a la ignorancia”). Pero cuando ofrece algún juicio, es siempre objetivo, desapasionado y exacto.

-Baroja me pareció bien cuando lo leí de joven. Ya no. Baroja era médico y los médicos no son muy buenos escritores. Otro escritor médico, Arturo Conan Doyle, tuvo el buen gusto de ironizar a sus colegas de profesión, presentando al Dr. Watson casi como un tonto. No me puede gustar Baroja, me parece mal que un escritor presuma de no escribir bien, que exhiba ostentosamente su propio descuido. Además, en las novelas de Baroja no pasa nada. La trama se limita apuros cambios de domicilio. Y sus personajes violentos no existen. Aquel célebre “Zalacaín el Aventurero”, era un hombre absolutamente tranquilo y burgués.
“la María” de Jorge Isaacs.

- ¿Pero es que todavía algún joven en Colombia lee la “María? Eso, para mí, es como un recuerdo romántico, de los más viejos, de los muy viejos…
“La Vorágine” de Rivera es una gran novela americana. Su retórica barroca es adecuada para retratar el paisaje de la selva. Leyendo “La Vorágine”, tan fuerte, tan expresiva, uno comprende la flojedad y blandura de nuestro “Segundo Sombra” de Guiraldes.
“La mejor novela argentina, y no me gusta la palabra “mejor”, debe ser “Facundo” de Sarmiento y el “Martín Fierro” que es también una novela”.

  
Le mencioné a Borges algunos escritores cubanos: Mañach, Baquero, Carpentier. Dijo no conocerlos (Volvió a repetir que hace doce años no lee ni escribe). Al poco rato rectificó.

-En Buenos Aires conocí a un escritor cubano, Virgilio Piñera. Escribe cuentos, y lo hace bien, muy bien…

En Cali, Borges disertó sobre “poesía gauchesca” -Echavarría, Estanislao del Campo, Almafuerte, los payadores- pero en la charla confesó sus admiraciones universales:

-Verlaine es el más grande de los poetas. Muchos piensan que decir esto es anticuado, pero los poetas que vinieron después de Verlaine son todavía más anticuados. En la Argentina, ¡nos pasó algo parecido con Lugones! El viejo maldito se nos adelantó a todos.  
  
Borges, el más grande escritor contemporáneo en idioma español -traducido a más de veinte idiomas- no ha escrito una sola novela. Su obra se compone de cuentos cortos, poemas, ensayos, relatos fantásticos:

-No, yo no tengo “obra”. Lo mío son cabos, trocitos…

- ¿Y por qué no ha escrito una novela?

-Porque no la sabría escribir. Además, no confió en la novela: terminará por acabarse, como se acabaron los dramas de cinco actos. Me gustan Tolstoi, Dickens, Flaubert, pero no creo que ya puedan escribirse grandes novelas. El cuento es mi género preferido. La novela puede desaparecer, el cuento no. Si el cuento se escribe como lo escribieron Kipling y Stevenson, puede tener más densidad que la novela.

-De sus cuentos, ¿cuál recuerda con más cariño?

-El “Aleph” no me parece mal… Allí retraté -con otro nombre, por supuesto- a una mujer de la que vivía enamorado. La llamé Beatriz Elena Viterbo. Era una mujer terriblemente cursi; no sé cómo llegué a enamorarme de ella…

- ¿Y por qué no se ha casado?

-Porque me he enamorado muchas veces.

-Es verdad que abomina su cuento más famoso, ¿“Hombre de la esquina rosada”?

-No he vuelto a leerlo más nunca. Me parece de excesivo color local. Allí planteé una situación falsa, puramente cinematográfica. Los “matones” no actúan como aquel Francisco Real de mi cuento. Son más taimados, más astutos, más hipócritas, menos espectaculares.
Ahora Borges escribe letras de tangos y milongas.
¿Y por qué maestro?

-Esos siempre han sido temas míos. Tengo verdadera afición por la mitología del arrabal de Buenos Aires.

- ¿Y qué dirán de estas letras de tangos, los que lo han llamado a Ud. “escritor para escritores” aludiendo a su estilo, a veces difícil?     

-No me interesan lo que digan. Además, yo no aspiro a ser un escritor para escritores. Con ser escritor, basta. Cuando yo escribo, sobre todo ahora, trato de evitarle dificultades al lector. Cuando empecé a escribir, como todos los principiantes, presumía de un vasto vocabulario, abundaba en arcaísmos y neologismos. Ahora trato de escribir de modo que las palabras no distraigan del sentido y de la emoción. Trato de hacer más fácil la lectura. Pero, realmente, yo nunca he escrito pensando que me lean. Una novela, o un cuento, es como una carta que uno escribe a algunos amigos. Con las letras de mis tangos y milongas, no aspiro al aplauso de mis contemporáneos, sino a la aprobación de mis antepasados.
“Tal vez la verdadera literatura es la que se hace con la memoria heredada. Yo no entiendo esa teoría socialista de que la literatura debe captar los problemas actuales. De eso debe ocuparse el periodismo. Homero y Shakespeare escribieron sobre hechos acecidos muchos años o siglos antes. Quizás, para ser escritor, haya que repetir con Kipling: “Un escritor si tiene suerte, está dado a escribir fábulas”. Pero no se sabe cuál va a ser la moraleja de esas fábulas”
   
 Borges ve algo de noche. Ayudado por unas gafas de cristal opaco, como empañado, me dijo que algunas veces asiste a sesiones de cine. (“De joven yo era un fanático del cine. En mis primeros cuentos hay mucha influencia cinematográfica”).

-He visto en estos últimos años muy pocas películas. Pero “Lawrence de Arabia” me parece memorable. Además, ahora escribo guiones cinematográficos. Ya han hecho alguna película con algunos de ellos. Dicen que no ha quedado del todo mal.

Llevé a Borges a distintos lugares de Cali. Invariablemente cada vez que se bajaba del auto, preguntaba:

-Dígame, ¿dónde estamos? ¿al norte?  ¿al sur?
Esta curiosa manía de orientación, es pareja a su gusto por paladear las palabras. Borges se recrea con las palabras.

-Qué bello que digan en Colombia oriente y Occidente, y no Este y Oeste como en la Argentina. Este y Oeste es feo. Tal vez no tanto Oeste, por su leyenda. Pero sí Este. Es también bella la palabra “Sur”.

Le obsequié un dulce de “fruta bomba” (“papaya” en Colombia) y preguntaba como un niño:

- ¿Papaya? ¿Y qué quiere decir este nombre? ¿No será de origen indio? 
Repite los apellidos, los nombres:

-Conocí hoy a un señor Julio Chiclana, nombre magnifico…
   
Había leído que a Borges le nombrarían profesor Eméritus de la Universidad de Oxford. Le pregunté sobre la distinción en la vieja y tradicional universidad inglesa:

-No, no. Debe haber leído que en estos días el Imperio Británico me concede un alto honor oficial, que por cierto ha servido para que mis amigos en Buenos Aires me llamen en broma “Sir George”.
“Estos homenajes -siempre injustos- no me causa sino sorpresa, pero a mi madre tan ancianita le llenan de orgullo. Ud. comprenderá que la única persona que considera seriamente que yo soy todo un “Sir ingles” es mi pobre madre…

En ese momento me pareció Borges un hombre tremendamente triste y recordé sus versos cuando le nombraron -ya ciego- Director de la Biblioteca Nacional:

“Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía, me dio a la vez los libros y la noche. De esta ciudad de libros hizo dueños a unos ojos sin luz, que solo puedan leer en las bibliotecas de los sueños…      
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Referencia e imagen
Preguntó Jorge Luis Borges, ¿Todavía hay alguien que lea La “María” ?, Entrevista José Pardo Llada, Revista Cromos, Agosto 9 de 1965. 

            

12.6.16

La política de los autores -Entrevistas-

La revista de crítica cinematográfica francesa Cahiers du Cinéma, publicó en el año 2001 una serie de entrevistas a directores identificados dentro de esa tendencia denominada teoría de autor; traducción que vino por medio de Miguel Rubio para ediciones Paidós en el año 2003.

El prólogo de este trabajo compilatorio estuvo a cargo de Serge Daney, quien nos entrega una mirada panorámica a lo que fue la Nouvelle Vague, y sus principales momentos de impacto en el fenómeno estético del cine en el periodo: “primera generación de cineastas cinéfilos de la historia del cine”, admiradores de ciertos cineastas ya con marca registrada, pero que se salían de algunos esquemas tradicionales sin significar aquello que no hicieran parte de una industria, la europea, la hollywoodense:

[…] Esta generación tuvo otra suerte: se creyó justiciera. La historia del cine, la que Sadoul y Mitry contaban, era injusta, llena de prejuicios, de agujeros y de aproximaciones. Gracias a Henri Langlois, todas las tardes, había materia que descubrir y redescubrir, que evaluar y reevaluar. El panteón del “séptimo arte” no era todavía ese monumento en el que, anticipadamente y sin rebelarnos, aceptamos perdernos. La tarea de la generación precedente -la de Bazin y el movimiento de los cine-clubes- consistió en volver a apropiarse del cine considerado como una historia única. En el ambiente de la guerra fría, fue necesario rehabilitar al cine americano, servirse del neorrealismo italiano como de una palanca, mantener una mirada teórica sobre el cine soviético, reprochar su academicismo al cine francés consagrado a las “adaptaciones literarias”. Y estar dispuestos a descubrir otra cosa, fuera donde fuera, en Japón, por ejemplo (p. 12).

En ese contexto histórico, y con cuatro emblemas en la creación fílmica, se da un giro representativo, los europeos Renoir y Rossellini, y los norteamericanos Hawks y Hitchcock; partiendo según Daney de tres negativas a la política de los autores:

-Los primeros veían mal cómo un filme podía ser obra de un solo autor, ya que es de notoriedad pública el hecho de que el cine “no se hace solo”.
-Los de segundo tipo, les costaba aceptar el supuesto “de que un filme tenga a veces un autor, se afirme seriamente que lo sea asimismo “por derecho divino” de toda su filmografía”.
-Los últimos, reflexionaban sobre el por qué no se contentaban con aquellos que lo eran desde siempre, de manera ostensible y a veces dramática. El concepto de autor se dedicaba en última instancia a una galería de monstruos, demasiado singulares para la maquinaria hollywoodense que había terminado por rechazarles…” (p.13)



Con esta introducción, que resume apropiadamente un momento álgido de la Historia del Cine, el lector podrá entender ciertas particularidades y “autores” que dieron vida y pelea a una concepción de las imágenes en movimiento más allá de su impacto comercial o cultural; todo, mediado por la situación social y política europea de postguerra, y enmarcada en la cinefilia pura de personajes que la respiraban constantemente por sus poros como factor básico de reflexión y visualización puesta en práctica con sus propias obras.
Para entenderlo, y teniendo en cuenta que el documento citado es escrito en 1984, volvamos sobre la conceptualización:

[…] Ahora bien, ¿qué hay de más prototípico, incluso atípico, que un filme de “autor”? Sin embargo, siempre en la distancia, puede decirse que los Cahiers amarillos, al lanzar su famosa política, no hicieron más que llevar a cabo un proceso que se había iniciado mucho tiempo: el reconocimiento del cine como arte y del cineasta como artista, según la concepción romántica del autor-demiurgo-propietario de su obra que existía ya en la literatura (p. 15).      

El contenido de este libro para cinéfilos interesados es el siguiente:

-Entrevista con Jean Renoir (Jacques Rivette y François Truffaut).
-Entrevista con Fritz Lang (Jean Domarchi y Jaques Rivette).
-Entrevista con Howard Hawks (Jaques Becker, Jacques Rivette y François Truffaut).
-Entrevista con Alfred Hitchcock (Claude Chabrol y François Truffaut) seguida de una
Nueva entrevista (Jean Domarchi y Jean Douchet).
-Entrevista con Luis Buñuel (André Bazin y Jaques Doniol-Valcroze).
-Entrevista con Robert Bresson (Michel Delahaye y Jean-Luc Godard) 
 

Como ocurre en este recurso literario de interacción entre entrevistado y entrevistador, podemos encontrar una línea temática ya definida por los autores que va en dirección del proceso de realización cinematográfica que han llevado a cabo estos personajes en mención. El cine se atraviesa constantemente, y en él momentos cruciales para entender el armazón de la realización. Por ejemplo, Hitchcock:

[…] La Soga es el primer filme en el cual ha utilizado el “ten minutes take”. Si, fue en La Soga donde hice la experiencia. Creé una técnica nueva porque me dije: he aquí una historia que pasa en un solo decorado, en una hora y media; por consiguiente, es necesario que yo fabrique una técnica cinematográfica especial, que sea continua, sin que se detenga nunca, sin cortar nada, para crear esa misma sensación de continuidad (p.121).

El libro se torna como un objeto de consulta para profundizar sobre los contenidos venidos de la experticia de un grupo de directores de cine que marcaron una influencia en el denotado orden de la llamada teoría de autor. Siempre vigente y polémica en la trama de los procesos de aprendizaje enfocados al cine, en este caso desde su historia y sociología, dos áreas cada vez menos apreciadas por quienes desean convertirse en futuros cineastas.

Referencia
La política de los autores, Cahiers du Cinema, 2001. Colección La memoria del cine 17, Paidós, 2003, España, 189 páginas. 


2.5.16

Álbum fílmico colombiano de cien años

Uno de los gobiernos conservadores de principios del siglo XX, nos consagró al Sagrado Corazón de Jesús de la mano de la iglesia católica en las postrimerías de una cruenta guerra civil de tres años (1899-1902), denominada mil días. El cine por esa época llevaba escasos años de desarrollo cultural y social en Colombia, y algunos se atreven afirmar que este belicoso hecho extenuante cerró la brecha para la creación y avance del cinematógrafo en nuestras principales ciudades. Pero una nación con cien años de largometrajes, debe tener obras relevantes para su reconocimiento público en un arte tan joven, y lleno de historias sensacionalistas, melifluas, folclóricas, literarias, y apasionantes.  

Hugo Chaparro Valderrama, reconocido escritor y crítico del cine colombiano, se aventuró a recopilar más de cien cintas en su Álbum del Sagrado Corazón del Cine Colombiano, Cien Años del Largometraje en Colombia. Desde El drama del 15 de octubre -1915- de los hermanos Di Domenico; hasta El valle sin sombras -2015- de Rubén Mendoza.


Dejemos que el autor nos indique porque la razón de esta publicación:

Un álbum familiar registra la memoria y los momentos que definieron el rumbo de sus personajes. El cine, entendido como el álbum familiar de un país, acaso esté amparado en Colombia por el Sagrado Corazón de Jesús y por todos aquellos que se aventuraron haciendo del riesgo un estímulo o un padecimiento creativo.  […] Un álbum que trae noticias de nuestra historia hecha cine, asuntos que con buena o mala fortuna han traducido el patrimonio del tiempo en episodios diversos. Como sucede en un álbum, realizamos un ejercicio selectivo de nuestra memoria cinematográfica comprendiendo su legado desde la perspectiva del presente y, quizás, del futuro. Un álbum para recordar el material del que están hechos los sueños que cruzan y se desvanecen en una pantalla, prologándose en la materia no menos voluble de la historia (pág. 7).

Este libro, que recurre a la memoria clasificada del cine colombiano, funciona como catálogo para conocedores y, aquellos que consideran que el cine colombiano es invisible ante el escenario de la exhibición a no ser que gane un premio de talla internacional o sea nominado a “las grandes ligas norteamericanas”. Es una copiosa guía de entretenimiento para hacer descubrimientos, y plantearse posibilidades en torno a temas, encuentros, y desencuentros en el cruce contante con la situación política del país, y la posibilidad de reconocimientos especiales que distingue rasgos del tipo de regiones que tenemos, y las historias que nos cuentan.  

Como lo anuncia la portada, este libro es “divertimento” para los ojos, puede leerse sin orden, y a él se puede ir cuando se quiera tener un dato o una referencia de cinéfilo avezado. Lo componen seis partes: Razón del álbum; El milagro del cine en Colombia; Álbum del sagrado Corazón del cine colombiano; Al amparo del Divino Niño; los agradecimientos y el índice de películas; 278 páginas bien editadas que guían al lector por el camino de cien años de largometrajes, ponderación importante de uso continuo para demostrar cómo nos hemos filmado, y cuales han sido nuestras historias.

De un hecho político y religioso del pasado siglo, al cuadro a cuadro del Sagrado Corazón del cine colombiano un siglo después. ¡Amén!

Fuente
Hugo Chaparro Valderrama, Álbum del Sagrado Corazón del Cine Colombiano, Semana Libros, Proimágenes Colombia, Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, 2016.   

           

12.4.16

El fin justifica el cine

El cineasta Luis Ospina nos entrega un manifiesto generacional del denominado Grupo de Cali en un extenso e intenso documental poniéndonos en contexto con su vida, la de dos de sus amigos entrañables, y el resto de la "pandilla" que llegó por efecto fílmico a su vida como realizador: fotógrafos, directores de arte, montajistas, camarógrafos, actores, y unos buenos pocos amigos. Todo comenzó por el fin es un gran collage histórico del cine colombiano desde la perspectiva de un espacio geográfico definido desde el presente en retrospectiva hasta mediados del siglo veinte, pulso inicial para entrar en el archivo y conocer visos de su vida familiar en la infancia donde la cámara recrea cotidianidades hasta ponernos en otro momento, la del paciente Ospina, donde parece la enfermedad es el fin de una vida hecha rollo en plena realización fílmica.

La entrada a la intimidad del director caleño es desbordante, sin tapujos nos pone ante su situación médica y los devenires que conllevan ante los diagnósticos, las intervenciones quirúrgicas, y ese sosiego que significa el ejercicio de memoria lleno de olvido, el encuentro de amigos que atraviesa toda la cinta, y el adecuado montaje que se realiza para ir tejiendo estratégicamente la vida de Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, y allí un montón de anecdotario que le da voz a muchos en el intrincado fenómeno estético del cine en medio del sexo, la música, y las drogas, todo bajo la premisa del fracasado sueño sesentero del cual hicieron parte. Así, “ellos de rumba, y el mundo se derrumba”.       

El uso de los archivos fílmicos sobresale por la misma eficacia de Luis Ospina al conservar sus documentos y posibilitar años atrás -en parte-  su acceso; por ende, el camino que él despeja para entregarle al espectador una narración fluida y acondicionada a un estilo ya marcado en sus pasados trabajos audiovisuales, reusados, y apropiados nuevamente como hipertextos. Pero el tema del grupo caleño de por sí, ha sido un copioso objeto de estudio desde miradas independientes a sus cabezas visibles o en conjunto en monografías de grados, ensayos literarios, exposiciones museísticas, artículos académicos u objetos audiovisuales con constantes temas transversales que incluyen nombres, épocas, obras, y un largo etcétera.

Lo anterior nos posiciona directamente para entender un momento de largo aliento que deviene más o menos en tres décadas que mezclan las etapas más disimiles que ya el profesor Ramiro Arbeláez se ha atrevido en clasificar en cinefilia, experimentación, y realización, las tres en conjunción con el Cine club de Cali, Ciudad Solar, la Universidad del Valle, la Cinemateca la Tertulia, el Canal Regional Telepacífico, y claro está, el contexto de la ciudad de Cali con sus teatros de barrio, la situación sociocultural, sus transformaciones urbanísticas, y la violencia que se identifica desde la explosión del 7 de agosto de 1956, hasta el fenómeno del narcotráfico con el “dinero fácil” de los años ochenta.

Un punto importante de este tema, es que los tres personajes puestos en lente han dejado obra escrita para inferir parte de su pensamiento intelectual vinculado al arte de la crítica, la literatura, el cine, la televisión, y las vicisitudes que eso conlleva. Tenemos entonces en la obra literaria y de crítica cinematográfica de Andrés Caicedo, las formas de comprender un mundo y estado de ánimo vinculado a su vida; en los dos libros de Carlos Mayolo, la singularidad a desparpajo de reconocer su accionar con el cine y lo televisivo; y en Luis Ospina, con sus “palabras al viento”, la pluma que juega con el lector y su visión del cine a través de sus “sobras” completas. Los tres escenarios vivenciales escritos, puestos en papel, son el mejor ejemplo de la necesidad que tiene el cinéfilo y realizador fílmico de dejar un registro, incluyendo la notoria correspondencia de los tres que sirve de parangón privado y público del sentir de un momento; por lo tanto, esa elaboración tiene una relevancia especial para el escenario de armar un rompecabezas especifico que tiene como línea temática lo fílmico, y en él, todo un séquito de personas que posibilitaron armar un mundo ligado a escenarios con una marca especial de representaciones, lo cual sucede de forma rápida y resumida en el documental reseñado.

Esta autobiografía fílmica que tiene marca certificada en el contexto mundial, nos deja como enseñanza que los procesos de realización cinematográfica siempre tienen un desarrollo grupal de arraigo fuerte, en cabeza de pocos que se distinguen sobre los demás, pero que imprimen un sello distintivo para dejar obras y huellas paralelas en otros escenarios de producción, desde los artísticos, hasta los académicos; posicionándolos en el entramado cultural, histórico, sociológico, y hasta político, situación que es recurrente y efectiva en este caso de estudio que atrae nuevos conocedores y, aumenta el conocimiento de esos viejos aficionados a ese influjo cultural tan atractivo y lleno de cine.    

Estamos entonces ante una obra compleja para aquellos que desconocen el desarrollo histórico del cine colombiano, y allí la situación social del país; no es cuestión de ser un “simple fanático” del grupo de Cali para hacerse la idea con este documental de ser ya un experto en el tema sin inmutarse en el riesgo que eso conlleva; el mismo que identifiqué en el grupo de personas que abandonaron la sala un poco estupefactos ante el intenso montaje de esos “locos de Cali”, o los que viéndola decían que era una película demasiada pesada y extenuante para una sentada de más de dos horas. Quedan las sensaciones, y las diversas miradas que suscita Todo comenzó por el fin, cada una apoyada en la mirada individual o colectiva que despierta ojo por ojo.   

Ficha técnica
Género: Documental.
Dirección: Luis Ospina.
Producción: Luis Ospina.
Producción ejecutiva: Sasha Quintero.
Guión: Luis Ospina.
Director de Fotografía: Francisco Medina.
Fotografía adicional: José Luis Guerín, Lina González, Luis Ospina, Rubén Mendoza, Margarita Peña, Miguel Salazar, Jaime Bonilla, Óscar Campo, Ramiro Arbeláez.
Edición: Gustavo Vasco / Luis Ospina.
Música: Camilo Sababria, Franz Schubert, Los Speakers, Johnny Pacheco & Rolando Laserie, Junior Jein, Bloque de Búsqueda.

Publicaciones a propósito del tema en el blog  





11.3.16

El lente memorístico de Fernell Franco

El andar pausado era proporcional a su voz a la hora de saludar y preguntar por el último estreno de la cinemateca; escasos minutos que sumaron horas con el pasar de los años en su visita semanal, siempre en primera fila, allá donde la pantalla parece que se le mete a uno por los ojos, sillas distintivas que los cinéfilos caleños escogen para verse -mejor- una cinta en el edificio de don Gino. La atmósfera creada en las fotos de Fernell Franco (1942-2006) siempre estuvieron inmersas en su historia de vida, lo que vivió en su niñez en la población de Versalles, sitio de donde salió exiliado con su familia por la cruenta violencia partidista, llegando a la capital vallecaucana para entrar en el circuito de una ciudad que lo cambiaba todo, y en ella, la realidad de sobrevivir ante la adversidad.

Su interesante trasegar por el mundo del oficio fotográfico, es narrado de forma magistral en el relato intimo que concedió a María Iovino entre los años 2001-2004. Fernell Franco otro documento, es un libro de bolsillo publicado con motivo de la retrospectiva de su obra expresada en las series Agua, Desierto, Retratos de Ciudad, Demoliciones, Pacífico, Amarrados, Festivales, Galladas, Billares, Interiores, Prostitutas; monumental exposición que nos movió por diversos espacios de Cali para sumergirnos en las luces y sombras del blanco y negro documental por el cual el ojo profundo del maestro fue preciso, pasando por décadas, personajes, espacios públicos, y su visión del mundo a través del rollo, el enfoque, y la reproducción técnica de sus imágenes:

[…] No confío en la rapidez de nada y menos de la fotografía, que es un medio en el que se puede hacer una composición inmediata, porque creo que para poder trasmitir algo con una imagen es mucha la honestidad que uno tiene que poner ahí.
Creo que en esto de intentar hacer una obra personal también he sido muy tímido y muy silencioso porque me parece que antes de que uno se atreva a hablar de algo, primero tiene que estar muy lleno de eso. No hay otra posibilidad que permita una lectura nueva (pág. 94). 

Estamos ante lo que podría ser el testimonio final del artista, llevándonos por etapas disímiles que dan testimonio de sus dificultades, encuentros, trabajos, y posicionamientos en el ámbito de la prensa, la reportería, y el mundo artístico venido de las bienales, y su accionar en Ciudad Solar a inicios de los setentas del siglo pasado.
Así, la curadora de esta gran muestra fotográfica afirma: 

[…] En las imágenes de Franco se desentrañan la relación férrea y desconfiada que se tiene con lo poco o con lo mucho que se posee en los países en conflicto; la dramática inestabilidad con respecto al lugar en que se habita; el misterio, la sobreposición de apañamientos y de soluciones de urgencia que ocultan lo que ha registrado la memoria; y el sentido lúgubre que imparte aún a las manifestaciones de la celebración, una historia marcada por el avasallamiento del más débil y por la diferencia extrema.  
   
En resumida cuenta, nuestro fotógrafo hizo parte de un mundo convulsionado por su propia historia, de la cual saco parte en el desarrollo de una sensibilidad agitada por su contexto como ciudadano en constante combate con la supervivencia, aquella que le mostró lo mejor y peor de sus congéneres.


Lo interesante de esta organizada narración son los datos que podemos extraer a propósito de sus gustos e influencias por el cine. Vemos entonces al niño, joven, y adulto que saca de su pasado algunos cuadros representativos del cine universal, vinculo especial donde las imágenes se hacen movimiento, y él las apropia para sus recorridos fotográficos:   
    
[…] El primero de esos amores que encontré en Cali y que me hizo saber a los doce años lo que es una pasión, fue el cine. Cerca de la casa que mis padres consiguieron en el barrio Guayaquil, cuando llegamos a la ciudad, estaba el teatro Ángel: un cine continuo medio tenebroso en el que pasaban fundamentalmente películas para el gusto más popular. Era la única distracción en esos alrededores y comencé a frecuentarlo, si podía, todos los días, hasta que supe de otros teatros en los barrios vecinos y de esa manera amplié cada vez más mi recorrido y al mismo tiempo, mis gustos cinematográficos.

En la situación económica en que vivía mi familia, era impensable que mis padres me pudieran llevar al cine o que me dieran dinero para que yo comprara boletos, pero siempre me las arreglé para entrar a todo lo que quería ver porque en aquella época existía un boleto que llamaban el “enganche”, lo que quería decir con el pago de uno entraban dos. Yo me paraba en la puerta de los teatros y, timidísimo como siempre he sido, me atrevía a abordar a las personas que llegaban solas para que me dieran la oportunidad de ver la película. Así conseguí pasar días enteros en los teatros, a veces, semanas seguidas sin parar. Salía de mi casa a las ocho de la mañana y no volvía hasta las diez de la noche.

A través del cine hice unos viajes maravillosos. Al comienzo no vi más que cine mexicano, pero aun así esos dramas intensísimos y esas historias exageradas de abusos de la pobreza que estaban en el guion de esas películas me mostraron que había otro país, que siendo distinto era igual al nuestro. Creo que por esa razón el cine mexicano era tan popular: la gente de los barrios pobres se sentía plenamente identificada con esas películas que tocaban esa forma latinoamericana de la vida. Lo hacían con otra música, con otro acento y con otras formas, pero era muy similar a la cotidianidad de nuestros barrios y de nuestros pueblos.

Las narraciones de la pobreza y del sufrimiento mexicanas eran tan fuertes que podían parecer irreales, pero me mostraron que con el drama se contaban historias. Todas se me volvieron una sola cosa, menos Los olvidados de Buñuel. Ésta me impacto tremendamente, porque está tan bien hecha que en la exactitud de sus imágenes sentí ya intensamente que ése era mi mundo. Me pareció que en el mensaje, en la imagen y en el tratamiento de Los olvidados estaban las realidades propias. 

En otro momento más adelante, cuando vi el neorrealismo italiano observé que se trataba también de que había una corriente que no evadía la realidad, que afirmaba lo cercano sin pena. Lo entendí así, porque había notado que en el cine americano la tendencia era eliminar lo real o disfrazarlo y avergonzarse de eso, desplazarlo de los lugares centrales y en cambio, hablar de la elegancia.  

Casi todo lo que veía era en blanco y negó y so me mostró, en comparación con lo que vi en color, que con el blanco y negro las profundidades y los dramas se expresaban mejor. Los maestros en este campo ya fueron los grandes directores del cine negro, que se convirtieron en un apoyo muy importante para la concepción de la imagen que me hice solo y a las carreras cuando trabajé como reportero (p.p., 30-32).

[…] Era tanto lo que yo corría en mi bicicleta, que un día me estrellé con un carro que no vi en mi acelere. Los dos: bicicleta y yo salimos volando y dando vueltas por el aire. No recuerdo que esto hubiera sido un trauma, reparé la bici y seguí moviéndome en ella de un lado para otro hasta que de pronto un día cualquiera desapareció para siempre. Supongo que se la robaron. Todo era exactamente como en la película de Vittorio de Sica. No sólo no había trabajo para el que no tenía bicicleta, si no que por esas mismas razones había que cuidarla muchísimo porque uno estaba en riesgo constante de que se la robaran. Todo el que estaba buscando una oportunidad laboral, que éramos muchos, necesitaba una bicicleta al menor precio posible. Ladrón de bicicletas es la película que traduce con toda exactitud lo que podía ser aquello, que tenía también mucho de ternura y de padecimiento (p. 49).

[…]Me parece que la realidad es blanca y negra y que el color es el generador de engaños, que es un distractor que pone borroso lo que uno quiere decir. El blanco y negro permite manejar profundidad en lo más sencillo, porque lo obliga a uno entender el contraste más simple de lo verdadero. Desde que estaba muy joven me ha parecido que el color lleva a la fotografía al mundo de Walt Disney, porque le da el encanto de la fantasía y de las exageraciones.

Desde que era un muchacho vi mucho cine negro y era un gran entusiasta de las películas de James Cagney y de las de John Huston. Creo que muchas de esas producciones fueron determinantes en la mirada que me fui haciendo. El halcón maltes, por ejemplo, es una obra que ha permanecido en mi memoria como un gran clásico de la genialidad del cine.  Desde antes me impresionaba el encuentro de la sombra con la luz. Ver altos contrastes de penumbra y luminosidad es algo que ha llamado mi atención desde que soy un niño, quizás por lo mismo me impactaron la elegancia, la sofisticación y la intensidad de los blancos y negros del cine negro. En ese contraste se movía una cosa también intensamente violenta y malvada pero elegantísima (p. 66).

La primera parte de estos recuerdos fílmicos vienen de la mano con uno de los teatros de barrio ya en el olvido, en momentos donde la niñez y juventud de su cuerpo experimentaba necesidades de ocio tan comunes en esa etapa; y ahí, el cine como base de su encuentro con historias tan comunes a nuestras realidades desde México e Italia, este último con un ejemplo particular vinculado al neorrealismo, el cual entreteje con parte de sus necesidades laborales expresadas en ese accionar de la biela y el manubrio.

Luego nos da argumentos precisos sobre su gusto por el blanco y negro, ligándolo al género cinematográfico que mayor sacó provecho de estos colores para crearnos narraciones truculentas llenas de héroes, antihéroes, y heroínas malvadas sacadas de la literatura rápida de libros de bolsillo franceses y norteamericanos. Momento para encontrar en “franca lid” al fotógrafo y su especial gusto por un estilo único que aprovechó para mostrarnos historias cotidianas llenas de sensibilidad.

Con este valioso aporte a la historia de la cultura fotográfica, encontramos un claro ejemplo del sentido dificultoso y práctico de buscar un oficio, adecuarse a él, practicarlo, y ante todo experimentarlo en varias situaciones de la vida misma, convirtiendo finalmente en una marca insustituible que perdura en el tiempo con la memoria integra de quien fue un representante clásico de nuestra cultura caleña.        

¡Quedamos a blanco y negro!

               

        

6.3.16

Vivomatografías

Grata noticia tener en la web una revista sobre precine y cine silente en Latinoamérica. Las gestoras de este impulso intelectual son las maestras Andrea Cuarterolo desde su espacio académico de la Universidad de Buenos Aires en Argentina; y Georgina Torello de la Universidad de la República en Uruguay. Investigadoras especializadas de los encuentros y vericuetos de la aparición del cine como manifiesto artístico y documental a finales del siglo XIX, y los primeros decenios del siglo pasado en nuestros territorios.   

Además de la editorial, encontramos una división especial que posiciona diversos temas para el lector acucioso de conocer estos momentos del arte fílmico donde el silencio parecía ser un eco estruendoso del cine para cierto número de espectadores, los cuales distinguían las imágenes en movimiento en el entramado de los espacios públicos, y allí sus salones, teatros, o circos.


Artículos de investigación; traducciones; rescates; entrevistas; reseñas, y documentos; posicionan este primer número de invaluable valor académico para los interesados en este periodo de nuestra historia cinematográfica.  Para el caso colombiano, encontramos dos referencias: una de la profesora Ana maría López en la sección traducciones titulada Cine temprano y modernidad en América Latina; otra del profesor Ramiro Arbeláez y su documental sobre Garras de Oro, entrevistado por Juan Sebastián Ospina León.

El resto de documentos dan fe del objetivo que busca esta publicación: posicionar un tema al que poco investigadores se aferran en sus estudios fílmicos; y ser un órgano de difusión para nuestros países latinoamericanos en función de un momento histórico representativo.

Anímense, conozcan, y acérquense al llamado cine primitivo de nuestro continente, un esfuerzo loable puesto al alcance de nuestros sentidos.  


¡A buena hora!