2.12.12

El cine por primera vez –corte final-


Qué es pues el cine entonces?
Pues bien, el cine es simplemente “normal”, como la vida.
Roland Barthes.

Asdrúbal González quedo frustrado ante el espectáculo ofrecido por la comunidad al sentirse en plena oscuridad por arte de magia a causa del cinematógrafo, la penumbra, aliada fiel de las imágenes en el rito de encuentro entre el público y las escenas del rollo que nunca supimos de que se trataban, suscito  escándalo, y dio al traste ante la experiencia de “el cine por primera vez” en un pueblo que ansioso asistió el encuentro, pero no asimiló el acto primario de la atmosfera indicada para integrarse al pasatiempo fílmico.

Tal vez el primer camino productivo del cine como espectáculo, fue el ofrecido por González, ganancias que fueron sumando a un ahorro propicio para instalarse en alguna ciudad, y con otros socios, construir un teatro para seguir proyectando películas, además de otras actividades artísticas. Cines que fueron apareciendo ubicados estratégicamente en el espacio urbano, salones generadores de cultura que fueron adquiriendo las principales obras del circuito cinematográfico mundial, teatros que arquitectónicamente marcaban pautas estilísticas ante el escenario de la pantalla gigante, y sus asistentes estratificados que también empezaban a exigir calidad por el precio de una entrada.


Nuestras principales ciudades guardan en su memoria arquitectónica esos palacios de divertimento social que exhibieron lo mejor del séptimo arte, algunos ya destruidos, otros restaurados, y algunos convertidos para otros oficios: iglesias cristianas, parqueaderos o ventas de chucherías. En Bogotá tendríamos el ejemplo del restaurado Teatro Faenza -1924-; en Medellín el Teatro Junín -1924-, destruido en 1967 para construir el edificio Coltejer; Cali y el Teatro San Fernando, sitio de las exhibiciones del Cine club de Cali en los setentas, convertido en iglesia cristiana; en Barranquilla el Teatro Apolo -1930- luego reconstruido con el nombre de Teatro Metro.

Un caso especial, para el objetivo del texto en su última parte, es el Teatro Egipto -1950-, ubicado en la capital colombiana en la calle décima, a mitad de una efímera y empinada cuadra que comunica el centro histórico del barrio La Candelaria con la circunvalar y la tradicional Iglesia de Nuestra Señora de Egipto. Espacio público de exhibición cinematográfica convertido en “taller de reciclaje” como informa su aviso, allí cada semana, un camión descarga variados objetos que a otros no le sirven, también opera como pulguero de ropa usada, en su interior puede usted encontrar un gran lote dividido en piezas que resguardan diversos artículos: muebles viejos, cartón, pupitres escolares en desuso, estantes, neveras, televisores, lámparas, vidrios partidos, ataúdes –si se les ofrece-, entre otros elementos.


Según la investigación de Ávila y López sobre las Salas de Cine, el Teatro Egipto hace parte de la Fase IV: (1940-1969) La edad de oro,  etapa donde aparecen y proliferan en la ciudad los cines de barrio en medio de los diversos procesos de crecimiento que sufría Bogotá, dándose una descentralización del cine como entretenimiento en espacios residenciales populares consolidados o en pleno crecimiento, bajos rasgos no ajenos a la situación sociopolítica del país como  la migración del campo a la ciudad o por el contrario a los planes urbanísticos implementados: “Las salas de cine de escala barrial acompañaron los procesos de estructuración y fortalecimiento de comunidades obreras principalmente, por cuanto enriquecieron  el espacio cotidiano al conformar plazas y parques centrales, como el Teatro Junín en el barrio Santa Sofía, el Santa Cecilia en el Olaya Herrera, el Unión en la Perseverancia, y los teatros Las Cruces y Quiroga en los barrios  del mismo nombre” (pg. 30). También se sumaron grandes empresas de producción internacional que adaptaron sus propios teatros con exclusividad en sus cintas, tal es el caso del M.G.M, sumándole el doblaje en las películas norteamericanas que entraban en franca lid con el cine mexicano, lo que además de sumar variedad en la oferta, trajo consigo una clasificación en los rangos de precios por entrada en tres categorías definidas como teatros de primera, teatros de segunda, y teatros de barrio, estos últimos con un precio menor en su boleta.

En conclusión, “el cine por primera vez” en sus tres partes, trató de ubicar reflexiones diversas sobre el encuentro con el cinematógrafo: primero, invitando a un ejercicio de memoria que nos llevara a esa primera vez con las imágenes hechas movimiento, cruzando experiencias personales con acciones concretas de la historia del cine; segundo, transcribiendo un caso literario del espectáculo de feria ofrecido en una población que se asombró y censuro “la insoportable oscuridad del espacio fílmico”; tercero, al presentar nuestros palacios de exhibición con un ejemplo concreto.          

Fuentes
Jairo Andrés Ávila G., Fabio López S., Las Salas de Cine, Alcaldía Mayor de Bogotá, Archivo de Bogotá, 2006.   
http://yamidencine-y-filo.blogspot.com/2011/08/salas-de-cine.html                          


21.11.12

El Cine por primera vez –segundo corte-


Cada ciudad o población tuvo su primera vez con el cinematógrafo, y en ellas sus ciudadanos que sorprendidos o ansiosos del encuentro, se acercaron a ese invento insólito, sorprendente, peligroso, oscuro, mágico y soñador. Sin importar clase o condición social, convergían al espectáculo de feria que exhibía esas sobras luminosas del retrato de un mundo desconocido, y que se ponía al alcance del ojo y el oído. Así, a lomo de mula, en Colombia llegó el cine por primera vez a muchas plazas, entrando en una dinámica de recorrido y riesgo de algunos pequeños empresarios que veían en el negocio del cine una fuente económica de grandes réditos, tal cual como acontece con el texto que publicamos a continuación  sobre “el cinematógrafo” -por primera vez- en un sitio cualquiera de nuestra geografía nacional en 1939, acción que involucra las autoridades civiles del sitio, sus pobladores, y al arriesgado Asdrúbal, operador y exhibidor fílmico que recorre con ilusiones sitios inesperados para virar los rollos de historias desconocidas, a públicos ansiosos en el teatro de la vida cotidiana.                

El cinematógrafo
En el corrillo del martes por la tarde, en la plaza, frente a la casa parroquial, el barbero dio la noticia. El cura, el jefe civil, el médico, el juez de municipio, el procurador, el bachiller secretario de la jefatura civil, el boticario, el hacendado, y Anselmo Pérez, que no era nada pero cuyas opiniones se respetaban como las del que más, hallábanse sentados en sendas sillas de cuero cuyos espaldares apoyaban en los árboles.

-         ¿No lo saben ustedes, señores?  Un mozo de la capital, un tal Asdrúbal González, va a traer la semana que viene un cinematógrafo, y va a dar unas funciones.
-         ¡Al fin! –exclamó el bachiller, secretario de la jefatura civil-. Ya no era posible tolerar más este aislamiento en que vivimos: es necesario que la civilización llegue a nuestro pueblo, que nos abramos a las grandes corrientes culturales que circulan por el mundo. Nos estamos idiotizando.
-    Más nos valiera que llegaran perlas de quinina y vacuna contra la viruela, y no cinematógrafo –replicó el médico.
-         ¿Cinematógrafo? ¿Y qué llaman eso? –inquirió el hacendado.
-        Pero, ¿cómo? ¿Es posible que no lo haya oído mentar? –le preguntó Anselmo Pérez-. El cinematógrafo es un aparato modernísimo, la última palabra de la ciencia, por medio del cual se ven muñecos, con sus brazos y sus piernas y todo, tal cual una fotografía,  que se mueven sobre una sábana tendida que se llama pantalla.
-        Dicen que sale una vieja embozaleada que hace morisquetas para quitarse el bozal, lo mismo que si estuviera viva, y es divertidísimo –informó el boticario.
-         También aseguran que hay una pata que pasa caminando, con sus siete paticos detrás, y se echa a nadar en una laguna –dijo el procurador.
-         ¿Muñecos moviéndose solos sobre una sabana?
-         ¡Qué va! A otro perro con otro hueso –murmuró el juez de municipio-. De seguro que detrás de la susodicha sábana se pone alguno que mueve los muñecos con cordoncitos.  
-       ¿Y ese tal cinematógrafo no será medio subversivo? ¡Cuidado pues! –recelo el jefe civil.
-       Por lo menos es inmoral –anatematizó el cura-
Nada edificante debe ser eso de que aparezcan viejas embozaleadas haciendo morisquetas delante de un público formado por personas decentes y piadosas.

 Su opinión fue compartida por todo el sector conservador de la población
-         Ese fulano cinematógrafo tiene que ser invención del demonio –repetían las devotas.

En cambio, entre las muchachas casaderas, el entusiasmo era grande.
-         Ay, papá: no nos podemos perder del cinematógrafo nos tienes que llevar.

Alma de pionero o de conquistador, audacia de navegante por mares inexplorados o de sabio aventurándose en incógnitas regiones del misterio de la vida, tenía, ciertamente, Asdrúbal, aquella mañana en que tomó, con sus máquinas, sus aparatos, sus lámparas y sus reflectores, el plácido sendero de la aldea. Los cajones que se balanceaban, conteniéndolos, sobre el lomo de sus mulas, eran en apariencia de sobria y de sencilla madera: pero de ellos dimanaba un prestigio satánico. Las gentes los veían pasar como si fuesen sarcófagos.     

El joven tuvo que explicarle varias veces, y muy prolijamente, al jefe civil, en qué consistía su propósito, antes de obtener el permiso para la función.

El día anunciado, la población estaba sobre ascuas. Desde temprano las muchachas comenzaron a emperifollarse, y las mismas reacias de días antes, dulcificando sus escrúpulos, buscaban un pretexto para satisfacer su curiosidad.

-         San Jerónimo dice que es bueno enterarse del peligro para mejor precaverse de sus asechanzas.  

La turba de los chicos mosconeaba alrededor del solar que Asdrúbal había improvisado en teatro. A la hora fijada, el local estaba repleto, y el señor jefe civil hizo acto de comparecencia: grave el continente, taimada la expresión, examinó con suspicacia la casilla donde estaban las máquinas infernales, no quiso sentarse ni muy cerca ni muy lejos de ellas, e hizo que con cierto disimulo algunos agentes de policía se colocasen en su jurisdicción.


La tensión espiritual iba subiendo. Hacía calor, y la gente se revolvía en sus asientos, mirando con inquietud a Asdrúbal, quien, en mangas de camisa y después de haber contado las entradas, manipulaba sus artefactos.

Una obertura por la orquesta no hizo sino caldear aún más los nervios, poniéndolos al rojo vivo. Cuando la música terminó era el silencio tan profundo como una catalepsia. Ni los perros ni los lejanos gallos se atrevían a aullar en las calles o a cacarear en la burguesa holgura de sus corrales. Asdrúbal ultimó sus preparativos: todo el mundo se dio cuenta de ello, y todo el mundo palideció. Entonces metió algo en una máquina, giró sobre sus talones y apagó la luz.

El público quedo anheloso. Pasó un instante, un segundo instante: apenas un par de milésimas de instante. Entonces comenzó un ligero murmullo, que subió de tono con vertiginosa rapidez. Alguien se paraba de sus asientos. Varias sillas caían.
-        ¡Eso sí que no! ¡Aquí no me viene usted con vagabunderías! ¡Préndame esa luz, porque hay familias!
-         Gritó de repente, con su poderosa, tonante voz, el señor jefe civil. Sacó su revolver:
-         ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!

Lo descargó tres veces al aire. Los policías que estaban en su turno también produjeron los suyos, y comenzaron a disparar.  Había otras varias armas en el local: se supo porque todos se dejaron oír. Los que todavía no se habían puesto de pies, lo hicieron. Las sillas que no habían caído al suelo, cayeron. Una mujer principió a chillar:
-   ¡Socorro! ¡Socorro!
Otra le contestó enseguida:
-   ¡Ave María Purísima!
Los hombres se arremolinaban. Los chicos corrían.  

Las madres agarraban a sus hijos. Las novias se abrazaban de sus novios. Las esposas buscaban a sus maridos:
-   ¡Sinforoso! ¡Sinforosito Mío! ¿qué te has hecho?
Los cuerpos se tropezaban en la sombra. La gente se desbandaba hacia la entrada del solar. Algunos tropezaron con la casilla y al derribaron:
-   ¡Cuidado, que va a estallar! –gritó alguien.

Un señor obeso, que corría a cuatro patas, sintió que un pesado zapato de gruesos clavos se le asentaba con toda fuerza sobre la mano: dando un berrido de dolor se enderezó de golpe, y lanzó un puñetazo al frente. Sin decir palabra el vecino se revolvió contra él, le contestó con el mismo entusiasmo, y ambos se liaron a trompicones. Algunos que estaban cerca, alcanzados por los puñetazos, terciaron en la refriega. Varias señoras de edad fueron pisoteadas. Muchas muchachas sufrían magullones y sentían contactos nada delicados en diferentes localidades de sus cuerpos. Varios niños plañían a punto de perecer sofocados. De este modo ardían en el solar, hasta hace un minuto pacifico, numerosas guazábaras singulares, a la sombra del negro firmamento donde sonreían benévolamente las estrellas.

Fuente: Revista de las Indias, El Cinematógrafo, Época 2ª, N° 9, Septiembre de 1939.   
Imagen: Película Cinema Splendor, de Ettore Scola, 1988.   

8.11.12

El cine por primera vez –Corte 1-


Un ejercicio de memoria sería recordar cómo fue nuestra primera vez ante la pantalla gigante, que película vimos, y cuáles fueron las sensaciones que sentimos de ahí en adelante ante la emoción de asistir a la función del teatro de barrio local, con quién fuimos, si fue entre semana o el denominado matiné para niños y jóvenes. Para algunos su visita a la sala oscura pudo haber sido en la escuela, en la campaña educativa que una reconocida empresa de aseo bucal entregaba cada año escolar con el famoso doctor muelitas y su frase “los dientes de arriba se cepillan hacía abajo, los dientes de abajo se cepillan hacia arriba”, filme institucional en 16 mm., y dibujos animados, acompañado del kit respectivo que cada escolar llevaba a su casa en el proceso comercial preciso que la empresa deseaba para ofertar su producto.

También en el colegio el cine se atravesaba de vez en cuando, nuevamente en 16 mm., con los famosos documentales educativos de la BBC de Londres en temas científicos o de ciencias naturales o una ficción religiosa para complementar la clase, Moisés o Los Diez Mandamientos. Pero la opción más concurrida que mezclaba diversas edades, y otros colegios, eran aquellos contratos que hacían los directivos escolares con empresarios externos que ofrecían alguna función en el principal teatro de la ciudad, con una cinta de moda o “adecuada” para la edad, hora y media de silbidos, disputas colegiales con grotescas palabras, besos fortuitos de parejas clandestinas, saboteo constante al vecino de al frente –chicles, escupitajos, jalones de pelo, etc.-, finalmente, el descanso para algunos –sobretodo los profesores- al denotar en la pantalla los créditos de tan in-sufrible experiencia.

Si devolvemos el rollo del tiempo a la exhibición primitiva del cine, encontramos que es un dispositivo envuelto en el espectáculo de feria, novedad científica que refleja el mundo real en la irreal sombra de un espacio adecuado para su efecto, la caverna de Platón con la cámara oscura descrita como una habitación con un minúsculo agujero en una de las paredes (Aumont, Marie, 2006:41). Con emisarios puestos en puntos estratégicos y universos diversos, precursores del cine que ofrecieron su invento proyectando cintas cortas de hechos cotidianos o por el contrario filmando el día a día para imprimir y proyectar en la noche, donde algunos espectadores sorprendidos veían reflejada su estampa y terruño en el cotidiano acontecer de su vida pública, sorprendidos asentían el impacto de verse, aplaudiendo, riendo o abrazándose con el público acompañante; por el contrario, violentados en su imagen, censuraban la desfachatez que sin autorización, había cometido el comerciante al ponerlos en evidencia ante los demás por el efecto de la imagen hecha movimiento.

Contrario a lo que se cree, el cine casero también fue tradicional en los primeros momentos del cine, refiriéndome a espacios pequeños con pocos asistentes al disfrute de la exhibición, inclusive con el cinematógrafo de Auguste y Louis Lumière entre las  sombras y las luces aquel 28 de diciembre de 1895 en el Salón Indio del Grand Café en el número 14 del Bulevar de los Capuchinos, cuando puso su artefacto a disposición de un público asombrado ante la salida de los obreros de la fabrica o el regador regado. Más adelante, con los usos emergidos en los avances técnicos, los pequeños proyectores aparecieron en la industrialización del arte para medios educativos y divertimento familiar, un ejemplo concreto fueron los denominados Pathé Baby que se comercializaron al espacio de la enseñanza escolar con películas de ese orden, y al ámbito privado de la sala con obras de Chaplin, Félix el Gato, o documentales del mundo –vistas en movimiento-.


El proyector fílmico, económico, sencillo y acomodado a las necesidades del público, se fue instaurando en las acciones de divertimento creadas por un sector de la población, sobretodo la de las altas esferas que podía acceder por su situación económica, al entramado completo: equipo, películas y pantalla. Forma de mostrar a los invitados cierto status cultural de acceso a un divertimento de moda en los ambientes sociales de las principales ciudades en las primeras décadas del Siglo XX, donde el cine en toda su extensión, podía ser observado sin mediar la censura.

Dos dimensiones de ver el cine fueron puestas al mercado por Eastman Kodak, la primera en  1923 con la película de 16 mm., oposición al ya tradicional cine en 35 mm.,  posibilidad para algunos países que veían en el formato un elemento económico y  sencillo de realización cinematográfica extensiva a diversos empleos, desde la educación hasta la diversión en privado. En 1932 apareció el Súper 8 –Cine Kodak Eight, u 8 Estándar- sistema casero que con el tiempo cobró relevancia entre cineastas, y que al día de hoy se recupera –igual que el 16 mm.- de archivos caseros para realizar obras fílmicas que ponen sobre el presente memorias opuestas o escondidas de un hecho familiar común.

Por su parte las cámaras de video en su evolución científica y técnica, aportaron al entorno cultural, económico y social  de los países en desarrollo, en el entramado de la creación artística, la aparición del medio televisivo, y su apuesta al uso casero para registrar los hechos más relevantes del hábitat familiar: cumpleaños, paseos, navidad, fin de año, etc., hacen parte del espectáculo privado puesto público al ser exhibido en momentos trascendentales cuando el hecho social lo ameritaba. Teniendo luego otros artefactos de la “reproductividad técnica” como dirá Walter Benjamín para las obras de arte, pero desde video y el cine, con el betamax creado por Sony en 1975, el VHS –Video Home System-  aparecido en el mercado en 1973 por JVC, los dos, casetes de cinta magnética en algunos casos regrabables, y que sirvieron para comercializar el cine y ponerlo al alcance del hogar, surgiendo un nuevo mercado de producción y exhibición con las video tiendas.

Con la aparición del DVD -Digital Versatile Disc- en 1995, nuevamente se transforma el mercado audiovisual, y con este la metamorfosis más efectiva de la conservación cinematográfica, algo insospechado en otros momentos en el ámbito del patrimonio, lo que puso en el mercado, elegante y ordinariamente, las películas más connotadas de la historia del cine, socializando el séptimo arte, convirtiéndolo más asequible en sus obras maestras, y creando cierta especialidad ficticia donde todos opinan y asumen el hecho fílmico en sus cineclubes domésticos, con tres características: como capital cultural -acorde a los diversos gustos-, vulgarización eficaz y generalización traumática.

El recorrido que he realizado pone de manifiesto algunas formas y medios de ver cine por primera vez, agregando que algunos como los de la telefonía móvil, y la internet con su plataforma, suman al hecho del encuentro con “el mundo puesto al alcance de la mano” como decía el mago George Méliès. Seguimos inmersos al mundo, más cercanos y con mayor intensidad, compartiendo, pegando, copiando, borrando, en medio de la infinita obra del ser humano que con los pasos del día a día sobrepone un nuevo invento.                         
              

5.11.12

Cali, la ciudad del domingo


Escrito por el poeta Eduardo Carranza (1913-1985), el texto titulado “Cali, la ciudad del domingo” es una apuesta clásica del sentir y descubrir una ciudad en el entorno de la provincia colombiana en 1939. Reflexión poética que nos transporta en el tiempo a ese “Cali que se fue” o al denominado “Cali viejo”, tan constantemente traído al presente cuando en conversaciones con los adultos sabios de la vida, nos ponen en el telón de los recuerdos y las palabras, los espacios, las gentes, y los modos de vivir de la capital vallecaucana.  
   
1
Ya para llegar a Cali se nos enreda en el alma una vaga ansiedad de víspera. Esa amabilísima zozobra que nos invade las venas cuando se acercan aquellos días que, presentimos, serán domingos eternos del corazón. Parece que la ciudad avanzara un brazo de aroma, de tibia felicidad, de lánguida música, un envolvente abrazo de inexplicable hechizo, para atraernos, desde lejos. Parece que la ciudad nos mostrara, allá, unos maduros labios de fruta, que nos llamara, suave y urgida con una caliente vocecita.

La luz se filtra por el aire con un dorado rumor de flotantes trigales: cae “como un agua seca” este férvido sol del Valle, dulcísimo arquitecto de las frutas: dos mariposas, satélites del arco-iris, ensayan su dichosa telegrafía de reflejos. Parecen los guaduales sedosamente desmayados bajo una invisible caricia. Yo no sé por qué me ha parecido siempre que los guaduales son las esponjadas palomas en el reino de los árboles.

El paisaje del Valle se alarga tan perezoso y voluptuoso, tan de hamaca y olvido, que nos olvidaríamos del cielo si no estuvieran allí las palmeras para recordádnoslo. Vibra, de repente, un pitazo trémulo y altísimo que parece enarbolar toda la claridad del mediodía. Y estamos en Cali, ya en plena fiesta, en cabal domingo, sin azules brumas de víspera, con segura luz de presente. Estamos en Cali, la sirena disfrazada de ciudad.

2
Hay algo embriagador en el aíre de esta ciudad habitadas por figuras de moreno cuerpo flexible. Llevan floreados trajes de olán que, entre la brisa, son como jardines volando. Nos miran con nocturnos ojos venidnos de no sé qué ensueño árabe. Las voces ondulan, alegres y salinas como delgadas olas. Avanzan con una delicada violencia, con una firme dulzura, desenvolviendo en la luz un móvil friso palpitante. Sus brazos abren melodiosos surcos, lentos, en el día de claro semblante. Se diría que pequeñas olas levantadas, andarinas y cantarinas, han invadido las calles, viendo cruzar a nuestro lado a estas niñas que tienen las voces y los ojos más jóvenes que el cuerpo. Por la tarde es dulce vagar mientras la diurna claridad se avapora sobre los jardines.

En el fondo de un vago salón unas manos que no sabemos ascienden y descienden por esa escala del piano en donde reside toda la música. En la cima de aquella escala, ingenuamente bella, nuestro sueño sitúa a una colegiala de pestañas onduladas por la costumbre de poner a vagar las miradas y los pensamientos por otro cielo de amorosas nubes. La tarde se va, insensiblemente, como una música que se aleja. Y parece que momentáneamente quisiera eternizarse en el perfil de los modernos edificios cortado a pico por el diamante del último sol.


3
Hay un sitio cercano a Cali que parece haber nacido en el habla de aquellos poetas de oriente que loaban las rosas y el vino en baladas de lánguida estructura. Ascienden las palmeras que tienen en al cima de verde lucero desflecado. Las horas se deslizan blandamente entre guaduales que, antes, en el tiempo del vuelo, debieron tener plumas y volar. Zumba la luz como una abeja ebria. Allí mis ojos vieron a esa muchacha que, nadando, era igual a una espada de música en el corazón de la piscina. Era como un vivo jazmín de largo talle, blanco no, moreno, dorado, inexpresable. Su perfil se diría cincelado en una estrella: tan delicadamente puro. Tiene un rítmico nombre octosílabo en donde podrían apoyarse todos los romances de la galantería. Por sus labios hablaba y sonreía esa sirena disfrazada de ciudad que es Cali, mientras una garza volaba sola, semejante a una blanca tilde extraviada.

4
Cali. Tatuaje azul en la memoria. Aire sembrado de canciones. Tras el bordado hierro gongorino de las rejas se desdibujan morunos rostros de almendros ojos que fulguran sombríamente. Sobre algunos patios flotan los fantasmas de voces ya idas entre el encantado balbuceo de un agua que nos refresca el alma. Un río de curvo rumor le ciñe orlas de espuma y la abraza con un nocturno abrazo de serenata. En la mañana vemos unas lejanas, azúleas, casi diáfanas montañas. 

Pensamos que de un momento a otro van a disolverse en una columna de celeste humo. Más allá está el mar tejiendo su eterno madrigal de espuma o su ronca oda de tifones. Y nos parece que las montañas son una remota armada de cristal con desplegadas velas de tremulante y azul gasa, lista para zarpar hacia una playa del sur en donde pasean, morenas, las muchachas, entre un viento de oro, entre doradas palmeras y bajo el vuelo maravilloso de los pájaros multicolores.    

Fuente e imágenes
-Eduardo Carranza, Cali, la ciudad del domingo, Revista Estampa, Bogotá, abril de 1939.   
                   
                                                   

19.10.12

María: Primer Largometraje del Cine Colombiano


Hace noventa años, el 20 de octubre de 1922, se estrenó la película María en el Teatro Municipal de Buga y en las instalaciones del Teatro Moderno de Cali, fin de semana donde la incertidumbre y el suspenso albergaba a aquellos lectores que se habían encontrado con la obra literaria de Isaacs, y sentían que tal vez en el cinematógrafo sufriría “trasgresiones” insospechadas, aquellas que los comentarios periodísticos, notas de correo, y crónicas propagandísticas, venían haciendo eco de esa noticia artística importante para nuestra cinematografía.

De la obra dirigida y producida por Alfredo Del Diestro y Máximo Calvo, sólo conservamos veinticinco segundos de las posibles tres horas de duración, lo que nos lleva a la nostalgia de una inexistente o extraviada copia que en medio de esa “fascinación mariana”, Hernando Salcedo Silva en el documental En Busca de María, expresara con languidez: “¡No hay que ser pesimista, hay que encomendarse a la santa del cine, que como ustedes saben es Santa Verónica, para que aparezca, alguna vez una copia, debe estar por ahí votada, como de pronto se encontraba en los años cincuenta copias de películas completamente olvidadas, no hay que perder las esperanzas de que únicamente de la María, pues no quede más, sino este fragmentito que no dura ni siquiera, medio minuto!”.


Uno de los textos de la época publicado por Relator el 20 de noviembre de 1922, entregaba la que se puede considerar la primera crítica de María exhibida en el lienzo, después de que mucha cinta ha corrido por los proyectores de los teatros locales. Inicialmente, ante la pregunta del anónimo autor: ¿Qué significa esta película tan esperada y comentada con tanta anticipación y tanto interés y cuya proyección ha despertado en el país tan viva curiosidad?, encontramos la siguiente respuesta:

[…] Significa mucho: desde un punto de vista nacional es la realización efectiva de un esfuerzo que marca el primer paso del arte cinematográfico nacional que de contera abre las puertas de una nueva propaganda y brinda un amplio campo a la intelectualidad, al arte y a la industria del país. Esto es una real ventaja; desde el punto de vista artístico, representa también un esfuerzo coronado con un éxito mayor del que se esperaba y, una demostración de que hay entre nosotros  aptitudes superiores para esta novísima actividad, las que, refinadas en la escuela y depuradas en la crítica, pueden llegar a notables culminaciones. Deslindando este concepto general y concretándola a las diversas partes que intervienen en la confección de “La María”, preciso es tomar en consideración la fotografía, el libreto, la dirección escénica, y la interpretación.

Precisamente, con respecto a estos puntos y su lectura minuciosa, surgen las siguientes reflexiones:

Fotografía, en su dictamen estuvo deficiente, pero con un dato clave, los realizadores no tuvieron los elementos necesarios para llevar a cabo unas buenas imágenes, siendo posible que el presupuesto no alcanzará para traer material suficiente hacía esta tarea, agregando que debieron tener un tiempo presupuestado para culminar la película, siendo el resultado final –en algunos casos- igual a los filmes que llegaban a las salas de exhibición en Cali, por lo tanto las diferencias no eran notorias.

Libreto, a razón del articulo fue deficiente porque no hubo cuidado en sintetizar la obra de Isaacs en su primera parte, cambiando luego en su realización al ceñirse fielmente en los momentos cumbres del “drama mariano”; en este apéndice es importante resaltar que la película para su exhibición debió tener un receso, ya que su primera función tenía seis partes, que debieron ser las que presentaban el paisaje donde se desarrollo la historia y donde las personas se sentían más efusivas y alegres, más un segundo fragmento que daba el toque definitivo en que María cae en su lecho de muerte, llegando los silencios lagrimosos; lo que supone que la presentación cinematográfica entregaba un respiro a sus asistentes, que seguro saldrían a comentar sus impresiones sobre el Valle del Cauca retratado en movimiento o sintiéndose orgullosos ante la afirmación de ser amigo o familiar de uno de sus protagonistas al fervor de una bebida o un helado.    
  
 Dirección escénica, estuvo ligado con el libreto, resaltando nuestro observador avezado y crítico, cierto anacronismo y la repetición de muchas escenas que sobrecargaban la historia innecesariamente, como ejemplo tres actos que parecen fueron salidos de tono en cuanto actuación y puesta en escena, el caso de la cacería del tigre, cuadros de Londres y el ataque de María, este último merece dos interrogante: ¿Acaso por la fuerza de la actriz que tomo como suya la historia, e hizo que los asistentes entraran en conmoción ante tan trágica situación que devendría en su muerte? o ¿Estuvo tan sobreactuada que alcanzo lo ridículo?

Interpretación, teniendo en cuenta los comentarios positivos del crítico, las hermanas López en sus actuaciones estuvieron a la altura de las divas que nos llegaban del cine extranjero, a pesar de ser novicias en el oficio; y ante el porte personal y físico de Hernando Sinisterra, el desafortunado Efraín, no pudo haber quedado en mejores manos; el resto de actuaciones parecen que hicieron gala de la historia original en letras llevada a imágenes en movimiento bajo los escenarios más propicios que representaron la hacienda El Paraíso, pero esas interpretaciones no hubieran sido posibles sin la dirección de Alfredo Del Diestro, quien sostuvo la difícil tarea de poner a personas del común a actuar, ¿fueron buenas o malas interpretaciones?, no sabemos, tal vez el lenguaje silente soportaba los errores y sobreactuaciones, aquel que no soporto el cine sonoro al desnudar con su voz aquellas estrellas que bajo su perfil traían ya ganada una carrera dentro del llamado sistema estrella y eran endiosados por el público, pasando al fracaso y al retiro.

Correcciones, dentro las consideraciones que el grupo de notables hombres entregó a los productores de María –dentro de los que estaba el autor del escrito-, se resaltó que muchas se dejaron de corregir en su edición final, recomendando que se hicieran para seguir proyectando la cinta, algo que seguramente no se hizo porque ya estaba en camino su oferta para ser exhibida en el resto de ciudades del país; finalmente dos hechos son resaltados  en el criterio del crítico evaluador, primero, el alto costo de la boletería; segundo, que su concepto es ajeno a los sentimientos del público en general que se ha acercado a la película por la armonía con el escenario filmado y la familiaridad con sus intérpretes, es decir, se aparta para buscar cierta objetividad que deslumbre comentarios alejados a la apología, a pesar de sentir, en algunas de sus líneas, una emotividad particular y orgullosa de llevar la pluma avante en el naciente cine nacional y regional  de Colombia. 


Es importante resaltar la posibilidad de tener estos comentarios salidos de un observador que estuvo vinculado a las recomendaciones de corte y edición para la presentación final del producto expresado en nuestro primer largometraje, ya que nos deja algunos elementos característicos de la obra que hacen posible razonamientos e hipótesis sobre lo que fue su estreno y divulgación en el país, o para conectar y comparar con otra información como la que entrega la señora Berta Llorente en el cortometraje documental En Busca de María sobre su éxito por fuera de Colombia. María puso sobre nuestra incipiente cinematografía de principios de siglo XX, la piedra inicial como producción que involucró un trabajo en equipo que trascendió a otros espacios e influyó en un grupo de personas que directa e indirectamente siguieron vinculados al séptimo arte; regresando en el tiempo, podríamos imaginar las galas presentadas en cada ciudad donde fue estrenada, debió convertirse en un acontecimiento que llevaba las diversas clases sociales, aquellas que pagaba los sitios más costosos para tener el contacto directo con el lienzo y alienarse con la historia, y aquellos que en los palcos más lejanos alcanzaban a sentir la historia o los que iban, como en el caso del teatro Olympia en Bogotá, a resguardarse detrás de la pantalla para pagarle alguien algunos centavos por la rapidez de leer al revés los títulos.

Fuentes
-Hernando Salcedo Silva (1981). Crónicas del Cine Colombiano 1897-1950. Bogotá: Carlos Valencia Editores.
-Jorge Nieto, Diego Rojas, (1992). Tiempos del Olimpia. Colombia: Fundación patrimonio Fílmico Colombiano.
-Yamid Galindo Cardona, Veinticinco segundos de película: María -1922-, primer largometraje del cine colombiano, Artículo en proceso de publicación en el libro colectivo del grupo de investigación Nación/Cultura/Memoria.

Ficha técnica de la película María.

MARÍA (Colombia - 1922 - 180 min. - 35 mm - Blanco y negro - Ficción - Silente)
Dirección: Máximo Calvo Olmedo y Alfredo del Diestro.
Guión: Alfredo Del Diestro.
Dirección de Fotografía - Cámara: Máximo Calvo Olmedo.
Tramoya: Gilberto Forero "Mr Fly".
Montaje: Máximo Calvo Olmedo.
Dirección artística: Alfredo del Diestro.
Vestuario:
 Emma Roldán.
Compañía productora: Valley Film Company.
Locaciones: Buga, Hacienda El Paraíso, en el Valle del Cauca, Colombia.
Exhibición:
 20 de octubre de 1922 (función privada) (Buga, Cali) / 11 de diciembre de 1924 Teatro Olympia (Bogotá).
Intérpretes: Stella López Pomareda, Hernando Sinisterra, Margarita López Pomareda, Juan Del Diestro, Emma Roldán, Ernesto Ruiz, Jorge González, Alfredo Del Diestro, Ernesto Salcedo, Eduardo Salcedo, Francisco Rodríguez, Eduardo Salcedo Ospina (Edy Salospi).
Nota: éste es el primer largometraje de ficción colombiano, del cual sólo se conservan 25 segundos en la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano. Estas pocas imágenes se rescatan en el cortometraje En busca de María, realizado en 1986 y dirigido por Jorge Nieto y Luis Ospina. Igualmente allí se recrean e investigan los pormenores de esta producción.

Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano

Premio Alejandro Ángel Escobar: Ciencias Sociales y Humanas-2012


El grupo de investigación Nación/Cultura/Memoria se complace en informar que el profesor Gilberto Loaiza Cano, miembro de este grupo y profesor titular del departamento de Historia de la Universidad del Valle, recibió el 10 de octubre el Premio Nacional de las Ciencias Sociales y Humanas otorgado por la Fundación Alejandro Ángel Escobar. Este premio es considerado uno de los más prestigiosos que se confiere a los investigadores en Colombia. Según lema del fundador de este galardón, “los premios han de asignarse por trabajos realmente meritorios, que merezcan la nota de excelente, si no en absoluto, al menos dentro de la relatividad cultural del país. No es mi deseo que se premie al menos malo, sino al muy bueno”.

El premio fue otorgado al profesor Loaiza por su libro titulado Sociabilidad, religión y política en la definición de la nación (Colombia, 1820-1886), publicado por la Universidad Externado de Colombia; el libro fue reconocido como el mejor entre 88 trabajos que concursaron en esta ocasión, la más alta cifra de participantes en el área de ciencias sociales y humanas desde que se estableció el premio.


Para nuestro grupo de investigación es un orgullo la obtención de tal galardón. Al tiempo lamentamos que en la ceremonia de premiación no se haya hecho presente ningún directivo de la Universidad del Valle y que ni la rectoría ni las vice-rectorías hayan expresado, al menos por escrito, su satisfacción por un reconocimiento que constituye un estímulo para la investigación en las ciencias sociales y humanas en nuestra universidad y, en general, en las universidades públicas colombianas.   

Cali, octubre de 2012
Grupo de Investigación: Nación/Cultura/Memoria


1.10.12

El Manzanillo


En noviembre de 1943 se publicó en la revista trimestral “El Teatro” la comedia en tres actos El Doctor Manzanillo de Luis Enrique Osorio, estrenada en el Teatro Municipal de Bogotá por la Compañía Bogotana de Comedias. Según la presentación correspondía a una “acción en cualquier provincia de Colombia. Época actual”. Dieciséis personajes hacen parte de la historia, entre los que se encuentra Cesar Manzanillo –político profesional-, además de un cura, un policía y un bobo -entre otros- en un pueblo ficticio llamado Chirití. La obra teatral no cobraría importancia en la historia política del país, si de allí no hubiera salido una de las expresiones más usadas en el medio de los “padres de la patria” y sus alfiles burocráticos, “manzanillo”.

El personaje de la acción teatral se mueve entre las adulaciones constantes sin importar el color político o doctrinario, los favores “sospechosos”, la palanca, las promesas quiméricas, el manejo de presupuestos ajenos, el ofrecimiento de puestos; todo un ¡doctor! de esos que se encuentran por la inmediaciones de la Plaza de Bolívar de Bogotá, y los sitios gubernamentales de nuestros municipios. Un ejemplo del periplo de Cesar Manzanillo, nos deja un poco de su figura política, por ejemplo en dialogo con el sacerdote del pueblo:

...Cura- He tenido mucho gusto de estrechar su mano… Siempre he admirado a las personas inteligentes… y activas.
Manzanillo- Muy amable doctor… Y muy honrado en considerarme su amigo… No hay razón para que entre nosotros no reine completa armonía.
Cura- Razón, ninguna.
Manzanillo- Doctrinariamente, nosotros proclamamos la separación de la Iglesia y el Estado… Pero en cuanto a armonía… y mutuo respeto… y sobretodo reciproco afecto… claramente lo dice la nueva cara fundamental… Así que… siempre a la orden, doctor.
Cura- Lo mismo le digo yo: a la orden en la casa cural.
Manzanillo- Honradísimo. Iré a visitarle.
Cura- Aprovecharé esa oportunidad para mostrarle la iglesia. ¡Está tan destartalada!... ¡No se imagina cómo encontré eso!
Tomasa (dueña del Hotel de Chirití)- Daba lastima. Gracias a que su reverencia…
Cura- Yo estoy aquí desde hace un mes, nada más.
Tomasa- Y lo quieren tanto ya, como si hiciera un siglo.
Manzanillo- Muy merecido.
Cura- Es que yo pienso distinto de los que venían antes por aquí. Soy de la escuela nueva… Venían a predicar odio, a exaltar los ánimos…Y eso no está bien.
Tomasa- ¡Con los rojos que son aquí!... Piense, doctor, que al otro párroco, para sacarlo del pueblo, lo montaron en un burro, y al pobre animal le prendieron cohetes en la cola.
Pirulo (personero de Chirití) -Le buscó tres pies al gato.
Cura- (tomando a Pirulo del brazo) Pero en el fondo son buenos… No es más sino saberlos llevar…Yo no me ocupo sino de arreglar la iglesia y… y a ver si con influencia, doctor, nos consigue un pequeño auxilio para embaldosinar y acabar las torres. 
Tomasa- ¡Ay sí!
Manzanillo- Tratándose de usted, doctor, será el primer proyecto que presente… Para usted, doctor, no digo dos torres: dos basílicas. ¡Notre Dame y Santa Sofía!
Cura- ¡Qué bondadoso! (p. 12).

Ahora, preparando la cosa política:

Manzanillo- ¿Ya viene esa gente, personero?
Pirulo- Le movilicé todas las veredas donde tengo influencia… Usted va a ver que quien mueve aquí más hilos no es don Tiberio, como todos creen… Vienen los de Rioblanco, los de Rionegro, los de Aguaclara, los de Aguasucia, los de Lagunagris… ¿Voy a inundarle esa plaza, para que se convenza!... Y si bajan los de Tierraseca, que es la única vereda enemiga, las dos entradas del pueblo están bien guardadas. Dudo que se atrevan esta vez a interrumpirnos el libre ejercicio del sufragio. 
Manzanillo- Cuidado, personero, cómo perdemos. ¡Le va el pellejo!... Ya sabe que, teniéndome a mí en la asamblea, la secretaría es suya. Desde ahí observaremos lo demás y…
Pirulo- Tiene que portarse bien…Piense que tengo un hermano con cinco hijos… y dos sobrinas más necesitadas que esa de misiá Tomasa.
Manzanillo-  No se afane. Para todos habrá.
Pirulo- Y luego, doctor, que a esto hay que darle un vuelco… Le hablo como izquierdista. Andamos diciendo que hay una revolución en marcha, y no la veo por ninguna parte.
Manzanillo-Si, indudablemente. Hay que acelerar la marcha, que impulsar el ritmo.  
Pirulo- Sin ir muy lejos, ahí tiene usted a don Lino, que robó todo lo que pudo en la época de los empréstitos. Ahí está tranquilo, dueño de casi todo el pueblo, extorsionando a los habitantes y mandando al parada… Y el alcalde, detrás de él, como un perro faldero, esperando propina… y detrás de don Tiberio, porque fue quien lo hizo nombrar… Y los dos gamonales, don lino y don Tiberio, de brazo, porque son compadres… riéndose de todo para sus adentros… Estas son las cosas con que yo no puedo, doctor Manzanillo…Hay que comenzar por barrer a ese alcalde, que es un elemento pernicioso.
Manzanillo-Descuide, mí querido amigo. ¡Ya barreremos!... La escoba es hoy, en nuestras democracias, el primer instrumento de reforma social (pp. 13-14). 



Treinta escenas contienen la obra de Osorio, una parodia en escena de la vida política nacional en un pueblo cualquiera, y con unos personajes tradicionales en el entramado social y cultural del período en que fue escrita. En los créditos de la revista “El Teatro” se afirmaba que había completado hasta el 5 de septiembre de 1943 -en la noche-, las primeras cincuenta   representaciones, gozando de alta popularidad entre los asistentes bogotanos hasta el punto que el personaje principal calo en el imaginario social capitalino hasta extenderse a otras latitudes de Colombia, sobretodo en los cerrados círculos de los políticos de turno y sus contradictores, en idas y venidas de la línea burocrática en departamentos, capitales, pueblos, y sus respectivas extensiones.

En 1953 Gonzalo Cadavid Uribe compilo un libro a propósito del lenguaje popular antioqueño, allí hace mención al significado manzanillo, lo que indicaba su importancia dentro del lenguaje “común y corriente”; la definición fue retomada y ampliada por Mario Alario Di Filippo en 1964, exponiéndonos las características del personaje –sustantivo masculino- en la “selva” política nacional, que con claridad podríamos vincular a algunos personajes de nuestra actualidad institucional desde los pulpitos del senado, congreso, procuradurías, asambleas, concejos, etc., cada uno busque su candidato. A continuación la definición presentada por los autores citados:            
  
Manzanillo
Político sin escrúpulos que mira sólo al lucro personal. “Se aplica a los conservadores que dominaron el municipio de Bogotá hasta el 8 de junio de 1929 y que se imponían a las elecciones por medio de barrenderos o empleados del aseo, y de 1934 en adelante a los nuevos ricos del poder” (Julio Cesar García).
“En la fauna política, el manzanillo es el más despreciable de los animales, siendo todos despreciables. Hombre sin moral, sin decoro, poseído de un alto concepto de su grandeza, virulento, cobarde y falaz que pone a su servicio toda la bajeza de los hombres y toda su falta de hombría de bien para sus fines siempre oscuros. Llámese Manzanillo porque sus frutos y su sombra, como los del árbol de ese nombre, son dañinos y venenosos. Forman su cohorte perdularios, buscalavidas, incapaces, matones y zarrapastrosos. Su clima propicio es el aplanchamiento, la delación y el comité. Cañas huecas, cualquier viento adverso échalos por el suelo. Tanto es así, que de los diez millones y medio de Manzanillos que prosperaron en regímenes anteriores, ninguno ha sobreaguado, y es un consuelo saber que de los once millones que ahora actúan tampoco ninguno sobreaguará a su hora. (Gonzalo Cadavid Uribe, Oyendo Conversar al Pueblo).     
       
El más despreciable de los animales de la fauna política, siendo todos despreciables, tal es la figura del manzanillo en nuestro contexto, siendo aplicable al resto del mundo, hasta el punto que el reconocido Barreras diría: “cortados con la misma tijera”. A diferencia de los extintos dinosaurios –con el respeto que ellos se merecen-, estos “lagartos terribles” se mueven con ligereza transando, copiando, vendiendo, sobornando, alardeando porque sacaron “cincuenta mil votos”, llevando tunas, comprando propiedades incautadas, montados en carruseles de contratación, reeligiéndose, prestando a sus hijos los carros oficiales, incrementando sus sueldos, comprando zonas francas, etc.     

A moverse con cuidado, en cada ciudad tenemos nuestros manzanillos moviéndose en las esferas más altas y bajas de nuestra sociedad, buscan el momento preciso para actuar y entrar en acción, se visten de traje o informal, posan de sabios, nos manipulan y hasta gobiernan; por lo tanto reconocerlos, desenmascararlos, y ponerlos en el escarnio público, es el primer paso para romper la fila en la cual organizados tragamos entero y hacemos parte de las parodias de esos artistas.    

Bibliografía
-Gonzalo Cadavid Uribe, Oyendo Conversas al Pueblo: Acotaciones al lenguaje Popular Antioqueño, Medellín, Imprenta de la Penitenciaria Central de la Picota, 1953.   
-Luis Enrique Osorio, El Dr. Manzanillo, El Teatro –Revista Trimestral- Volumen I, Bogotá, Noviembre de 1943, Número 2.
-Mario Alario Di Filippo, Lexicón de Colombianismos, Cartagena, Editorial Bolívar, 1964.